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febrero
2004
Nº 110

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Sobre los nuevos dioses
Mihály Dés
Los antiguos fueron temerosos a Dios, y los modernos
a sus sucedáneos totalitarios. A nosotros, en cambio, no nos da
miedo nada ni nadie, entre otras cosas porque no tenemos constancia de
ningún ser Todopoderoso. Ya Orwell observaba durante la guerra,
cómo el desconocimiento incapacita para imaginar el peligro real
y conduce a un optimismo infundado.
A mí, personalmente, me cuesta resignarme a la idea de que después
de milenios de inquebrantable aunque variada omnipresencia, el Demiurgo
se esfumara así como así. Para mí que sigue estando
ahí, al acecho, observándonos y anotando todo en una libreta
marrón-grisácea. Su ausencia no es ninguna prueba de que
no exista. Más bien al contrario: me aventuro a afirmar que su
esencia siempre ha sido brillar por su ausencia.
Él, Ella, Ellos o Ellas deben estar ahí, pues. Y no lo digo
por una inquietud teológica, sino por una cuestión de lógica:
si, tal como nos enseñaron, la materia no desaparece sino que sólo
se transforma, tampoco las substancias inmateriales dejan de existir.
Ahora bien, ¿en qué se han metamorfoseado las deidades de
antaño? Habrá quien diga que en los poderosos de turno.
Pero ¿qué clase de dioses son aquellos, cuyos multitudinarios
y combativos herejes se expresan en su contra, tan poco temerosos al castigo
divino? Otros señalarán al dinero como nuestro Señor.
¿Pero no es ese viejo dios del que nos explican desde la cuna que,
precisamente, no lo es Todo?
Para darse con un Dios ausente, lo más aconsejable resulta detectar
la religión que lo sustenta. Si detrás de cada gran hombre
hay una gran mujer, detrás de cada religión (o tal vez,
delante) debe haber al menos un Dios. Y como ustedes saben, la única
fe que profesa el mundo desarrollado, y que quisiera compartir con él
el resto del planeta, es el consumismo.
Naturalmente no aludo al eterno anhelo del ser humano de comer el triple
de lo que necesita, de disfrazarse para que se note que lo que lleva encima
ha costado lo suyo, o de apoderarse de todo tipo de objetos y bienes que
ni siquiera le aseguran comodidad o salud. Me refiero a que en nuestro
mundo desarrollado, ese anhelo se ha vuelto realizable para la mayoría
de los mortales.
Llegar a este edénico estado ha sido producto de una evolución
compleja, que incluye elementos meramente cuantitativos (ahora mucha gente
tiene lo que antes era privilegio de los happy few, o sea, ahora casi
todos somos iguales, aunque algunos siguan siendo más iguales todavía),
y factores nuevos que han causado cambios cualitativos. Entre estos últimos
figuran los productos de la revolución tecnológica, y de
forma más destacada, los de la telecomunicación.
En su reincidente rivalización con los dioses, nunca el ser humano
ha llegado a apoderarse de tantos atributos divinos como hoy. Viaja por
el cielo, se comunica a lo largo y ancho del planeta y, gracias al móvil,
se ha vuelto ubicuo y omnipresente. Refiriéndonos a las nuevas
tecnologías, solemos destacar lo práctico que resultan.
En realidad, lo práctico sería -tanto desde el punto de
vista de la salud mental, como de la comunicación con los semejantes
en cuerpo presente- apagar de vez en cuando el móvil y no consultar
cada media hora el correo electrónico. Y si no hacemos caso a ese
consejo es porque estos artilugios ofrecen algo más grande que
la posibilidad de estar en todo momento ubicable, como si de un policía
jefe o un ginecólogo en espera de partos se tratara. Y este algo
no es sino la suspensión transitoria de la soledad inmanente al
hombre, eso que padece a causa de saberse mortal. Mientras estamos conectados,
no nos ensordece el silencio cósmico. Pero para estarlo, nos hace
falta cierta asistencia técnica.
Al igual que para comunicarse con los dioses de antaño se requería
un servidor, el suministro de la nueva fe también lo administra
una iglesia, en este caso una iglesia llamada Compañías
de Telecomunicación. Tal vez porque en lugar de un Poder Central
Supremo tienen que atender a millones de pequeños candidatos a
dios, la relación con la nueva jerarquía eclesiástica
todavía resulta algo dificultosa, el suministro es algo defectuoso.
Desde hace algún tiempo, creadores especialmente susceptibles al
Progreso venían a visionar una sociedad que ejercía su poder
a base de una mera proyección: juicios sin causa, guerras sin enemigo,
represión sin resistencia. Pero hasta en la más terrible
metáfora de Kafka ("Ante la ley"), el protagonista, que
lleva toda una vida ante la puerta de la Justicia, aunque nunca podrá
atravesarla, antes de su muerte recibe la compensación de unas
palabras del guardián que compartió con él su espera
vitalicia. Ahora bien, intente usted hablar con un sacerdote de AUNA:
sólo logrará escuchar a autómatas que le invitan
a pulsar botones cada vez más enigmáticos, o a jóvenes
que actúan como autómatas.
Un amigo me ha comentado que su señora madre llegó a llorar
ante el aparato telefónico después de una tarde de intentos
frustrados para presentar una reclamación. Cuestión de talante,
yo suelo despotricar, pero exactamente con el mismo resultado, y no conozco
a nadie que haya podido cursar una baja en estos servicios sin meses de
histérica gestión. Cuando tenía contratada una tarifa
plana para internet con Retevisión, en lugar de la suma acordada
de unas 4.000 ptas., empezaron a llegarme facturas de entre 30 y 50.000.
Cada vez que protestaba, empezaba un ping-pong que me obligaba a llamar
a nuevos departamentos, hasta que les saqué una promesa de investigar
el caso, cosa que jamás ocurrió.
La pésima gestión de esas compañías todopoderosas
es propia de toda corporación (Estado incluído) de poder
desmesurado. Por otra parte, todas estas llamadas en espera, los botones
que te obligan a pulsar, las cotorras que siempre te remiten a otro departamento,
pueden formar parte de una estrategia, al igual que el redondeo de las
fracciones de minutos de nuestra llamada que, al parecer, aporta entre
un 20 y 30 % de sus beneficios.
La omnipotencia de estas compañías está en proporción
con nuestra necesidad de sus servicios, que es ilimitada y está
en permanente crecimiento. Esto no ha hecho más que empezar. El
futuro como terminal móvil replantea las agotadas formas de la
lucha de clases. Si vivimos en una sociedad de consumo, éste también
debe ser el eje de la lucha social. Pero las propuestas que llegan a mi
ordenador y móvil invitándome a boicotear los servicios
de las compañías que me transmiten el mensaje, están
condenados al fracaso, tal como sucedió en su día con la
destrucción de las máquinas por parte del primer movimiento
obrero inglés.
La principal dificultad de articular la lucha contra los nuevos falsos
dioses consiste en que, primero, se necesita una buena red de telecomunicaciones,
y, segundo, pese a sus posibilidades globalizadoras, integradoras y liberadoras,
en su uso cotidiano y masivo, las nuevas tecnologías fragmentan.
En lugar de abrir puertas al mundo, ofrecen la posibilidad de encerrarse
en el de uno mismo: en ludopatías, cofradías, hobbies, sectas,
manías, fans, clubs... En los años treinta, el polaco Bruno
Schulz lo previó todo al proclamar -mediante uno de sus personajes:
un delirante padre anciano- el derecho a la Creación por cualquier
humano. No quería competir con la perfección del Demiurgo.
Reinvindicaba creaciones "casi provisorias, hechas para un solo uso":
perfiles de cara, una pierna, la realización de un gesto. O sea,
"crear el segundo hombre a imagen del maniquí". La profecía
se ha cumplido. La alta tecnología nos ha hecho partícipes
de esta segunda Creación, pero a cambio de un contrato de consumo.
Ante esa realidad tan poderosa, pero también tan fragmentada, no
me queda otro remedio que proponer organizarse. ¡Consumidores del
mundo, uníos!
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