lateral


diciembre 2003
Nº 108

home

 

En ojo ajeno
Mihály Dés

Mucho se ironiza sobre las exageraciones a las que ha conducido en Estados Unidos el fenómeno de la corrección política, pero poco se ha reflexionado sobre su equivalente en otros lugares. Esto es lo que ha pretendido hacer Lateral reuniendo a varios intelectuales en un acto en la Casa de América, y luego en la Feria de Frankfurt. El dossier central da fe del resultado.


El día en que la izquierda estado-unidense comprendió su imposibilidad para hacer la revolución social, decidió emprender la revolución semántica. Como siempre, la intención fue buena, el resultado desigual. Lo que se proponía era combatir los residuos lingüísticos de la discriminación racial, sexual o física. Ipso facto, el negro pasó a ser gente de color, el ciego invidente, y el maricón, homosexual o gay. Pero claro, esto de no llamar las cosas por su nombre, también puede tener sus inconvenientes. Si en nombre de la justicia histórica y la igualdad étnica los indios son (auto)declarados native Americans, el resto de los estadounidenses (incluidos los que llegaron con el Mayflower) automáticamente se convierten en unos inmigrantes advenedizos, unas espaldas mojadas indeseadas o, al menos, sospechosas.
Y ya puestos, ¿qué es eso de americano, sea nativo o no? En nombre de todos los pueblos latinoamericanos (¿o debo decir hispanoamericanos?; o más bien, ¿sudamericanos?; no, tampoco; ¿iberoamericanos, quizás?)… Bueno, en nombre de los habitantes y habitantas del continente americano, que no sean ciudadanos de Estados Unidos ni de Canadá, exijo retirar toda combinación lingüística que incluya el componente -americano de manera excluyente e imperialista.

¿Pero qué se ha creído usted...?
La triunfante revolución semántica pronto se vio reforzada por otro movimiento reivindicativo: el multiculturalismo. Todos conocemos el proceso según el cual, en el campus norteamericano, Homero, Dante, Shakespeare o Goethe llegaron a convertirse en odiosos ejemplos de la dominación masculina y blanca. El patrimonio espiritual de Occidente pasó a ser una especie de club de hombres blancos y muertos, a los que era preciso sustituir por representantes de la cultura viva, preferentemente minoritaria…
En Europa nos divertimos mucho con esa nueva perversión estadounidense, que –todo hay que decirlo– ayudó a conocer realidades y culturas minoritarias, periféricas o, simplemente, poco conocidas.
En realidad, ese tipo de corrección política no ha tenido demasiado predicamento en España, aunque nuestros compatriotas también han hecho sus pinitos. Empezó con los alumnos y alumnas, los compañeros y compañeras, los vascos y vascas (si hacía falta, treinta veces en el mismo discurso), y terminó, en relación con las prostitutas más concurridas de los últimos tiempos, con lo subsahariano, expresión que, como sinónimo de negro (y negra) además de poner a prueba nuestros conocimientos geográficos, borra del mapa africano a los blancos de Rodhesia y Suráfrica.
Sin embargo, la contribución realmente novedosa de España a la causa universal de la corrección política ha sido convertirla en una especie de insulto, sinónimo de lo socialmente oportunista, del esbirro del poder –pero, ¿por quién me ha tomado usted?, ¿con quién cree que está hablando?–, o sea, justo lo contrario de lo que originariamente significaba ese fenómeno de inspiración izquierdista y liberal. De repente, empezó una furibunda carrera entre todos los bandos políticos y estéticos por declararse lo más incorrectos posible, equivalente de rebelde e inconformista, acusando a los contrincantes de profundamente correctos. No conozco a nadie en España, incluido yo mismo, que se confiese correcto, aunque sea políticamente.
La corrección política, entonces, es como el pensamiento único, que sólo existe en forma de acusación. Tampoco he escuchado a nadie que se haya confesado partidario de esta amenazante corriente filosófica. De hecho, el único pensamiento único del que tengo conciencia es aquel que, en todos los foros posibles y al unísono, constata que hoy por hoy el mundo está regido por el pensamiento único.

La gran marcha
Por otra parte, la corrección política ibérica muestra cierta proclividad por combatir causas abstractas y algo nebulosas parecidas al pensamiento único, como la misma corrección política o la globalización. En cambio, defiende asuntos muy concretos y urgentes, como la sostenibilidad, la integración, la diversidad cultural o la dieta natural… Por lo general, le gustan las causas nobles, lejanas y poco comprometedoras, de las cuales, la paz está en el lugar más elevado. En La insoportable levedad del ser, Kundera ya había dedicado algunas páginas memorables al fenómeno de la gran marcha, que iba hacia un mundo mejor, la paz y la justicia. Si alguien se atrevía a señalar, recordaba Kundera, que dichos movimientos están manipulados por ideologías totalitarias, inmediatamente pasaba a convertirse en un enemigo de la paz y la justicia.
De La insoportable levedad del ser hemos pasado a la confortable levedad de la lucha social. La gran marcha de Kundera se ha convertido en un transplanetario e-mail colectivo. Las causas igualmente son nobles, la protesta sigue siendo necesaria, pero la acción se reduce a pulsar un botón. En cuestión de unos 17 segundos, y sin siquiera salir de casa, puede uno contribuir a la redención social y, de paso, tranquilizar su conciencia.
Además de llamativamente cómoda, la corrección política de mi entorno es también sumamente selectiva. Se protesta por la lapidación de una pobre mujer nigeriana, pero poco se manifiesta contra la violencia terrorista en el País Vasco. Se protesta contra los abusos ecológicos o económicos del Gran Capital, pero se tolera casi medio siglo de represión en Cuba; se protesta contra la invasión de Irak, pero en su día nadie salía a la calle contra Saddam Hussein, responsable personal de múltiples genocidios.
Como una auténtica contaminación ambiental que es, el PC está en todas partes. El otro día subí con algunos niños al Montjuïc de Gerona. Se ofrece desde allí una vista mágica: el concierto medieval de los tejados del barrio judío, las manchas impresionistas de la ciudad en el valle, el sensual lomo de las colinas que la ro-dean... “Allí empiezan los Pireneos”, señalé las montañas que se agazapaban en el fondo del paisaje. “Y allí hay una fábrica”, señaló una lejana chimena uno de los niños, y añadió: “Y como siempre, contaminando.” Tenía tan sólo nueve años y ya sabía lo que hace falta saber: las fábricas contaminan, fumar mata, sus preferidos dibujos animados son telebasura y la asquerosa verdura que le obligan a comer es buena...
Pero no crean ustedes que tengo algo personal contra la corrección política, que, igual que la mentira, cumple una función muy necesaria en nuestras vidas en cuanto generador de una imagen favorable sobre uno mismo. Lo que pasa es que si prolifera demasiado –otra vez como la mentira– puede llegar a ser contraproducente, convertiéndose en una especie de tiranía, en una expresión colectiva de la falsa conciencia. Lo vimos durante la guerra de Irak, cuando un combativo pacifismo se apoderó de las calles y los medios de comunicación, creando la certeza de que en las próximas elecciones iban a barrer el gobierno servilmente proamericano. En lugar de esto, la derecha española volvió a ganar con mayoría absoluta.
En el más famoso punto de su tesis sobre Feuerbach, Marx proponía a los filósofos que, en lugar de seguir intentado interpretar el mundo, procurasen cambiarlo. Tal vez el mayor problema del pensamiento políticamente correcto, incluso cuando se lo llama incorrecto, es que –por su maniqueísmo y su autocomplaciencia– no está en condiciones de plantear ninguna de esas dos posibilidades. Tal vez por eso mismo resulta tan satisfactorio para sus usuarios.