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noviembre
2003
Nº 107

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El antisemitismo posmoderno
MIHÁLY DÉS
No es un viejo fantasma que
recorre Europa, sino un mutante. Una nueva forma del antisemitismo se
está colando en nuestra vida pública e, incluso, ha logrado
una buena reputación. ¿De qué se trata? Y si fuera
verdad, ¿cómo ha sido posible? He aquí algunos apuntes
al respecto, y como ilustración: unas viñetas en las páginas
17 y 18 de este número.
Tristes tiempos corrieron para el antisemitismo
después de la Segunda Guerra Mundial. El Holocausto lo desacreditó
tan despiadadamente que tuvo que replegarse durante varios decenios. Pero,
como era de esperar, no desapareció. Los que, como servidor, habían
vivido en carne propia el socialismo real, sabían que en la sombra
prohibitiva del marxismo-leninismo sobrevivía todo tipo de racismo
posible. El que más, el odio a los judíos.
En mi primer viaje a Occidente me enteré de que también
en el Mundo Libre el antisemitismo seguía vivo y coleando. En París
un bombero pluriempleado, con quien compartí el noble oficio de
cargar muebles, me explicó que el mundo estaba dirigido por los
judíos que, a la sazón, tenían su cuartel general
en Moscú. Desde entonces me he seguido informado de otras fechorías
hebraicas y de otras sedes de su conspiración global: Amsterdam,
Varsovia y, naturalmente, Nueva York y Jerusalén.
Pero todo eso no era sino el viejo antisemitismo, temporalmente limitado
al uso doméstico. Para que el odio más persistente de la
historia volviese a ganar la plaza pública hacía falta volverse
política- mente correcto. Era preciso encontrar una culpa universal
para los hijos de Israel, algo en la línea de antes: asesinos de
Jesús, usureros chupasangres, líderes del capitalismo y
del anticapitalismo
Esta oportunidad la ofreció el Estado
de Israel, cuya disputada creación, dicho sea de paso, fue apoyada
por la progresía mundial y votada por los componentes del imperio
soviético.
Pero las cosas se enredaron pronto. Los auténticos intereses geopolíticos
de la URSS estaban en el lado árabe y el sionismo se convirtió
en uno de los principales enemigos del campo de la paz. Se embrollaron
las cosas, y mucho, también en Israel, pero no teman que trataré
de aclarar este asunto en el restante folio y medio.
El caso es que Medio Oriente, con Israel como su epicentro, se ha vuelto
en el punto neurálgico de la Tierra y, por consiguiente, en el
centro de atención de la opinión pública internacional.
Si las sucesivas guerras y amenazas a las que el Estado de Israel ha estado
expuesto desde el mismísimo día de su creación no
han logrado despertar un sentimiento proárabe y antiisraelí
generalizado, sí lo ha hecho la lucha del pueblo palestino, sobre
todo en su versión de Intifada. Según la opinión
dominante en el mundo islámico y entre buena parte de la izquierda
europea (en compañía de la extrema derecha), Israel es un
Estado represor, que está cometiendo un genocidio.
Este radical diagnóstico ofrece la base ideológica y sentimental
de dos nuevos tipos de antisemitismo: uno islámico, particularmente
agresivo, y otro occidental, de origen izquierdista y liberal. El primero
se traduce en actos violentos. El segundo de alguna manera los legitima.
Para un conocimiento sobre el antisemtismo islámico, recomiendo
consultar la página web www.memri.org, que ofrece un archivo impresionante
sobre las manifestaciones antisemitas en los medios islámicos,
desde la invitación a exterminar a los judíos hasta la apología
del nazismo. El fenómeno no se circunscribe a Medio Oriente. Desde
septiembre de 2000, fecha de inicio de la Segunda Intifada, ha habido
y un incremento espectacular de actos violentos contra instituciones y
personas judías. La web www.tau.ac.il/Anti-Semitism informa debidamente
a los interesados, quienes encontrarán abundante material también
en La nueva judeofobia de Taguieff (Gedisa, 2003).
Desprovista de los Grandes Relatos, desorientada como nunca, parte de
la izquierda occidental se ha volcado sobre la causa palestina con el
mismo maniqueísmo combativo como lo hizo en su día en relación
con la Unión Soviética, la revolución cubana y otros
despropósitos históricos. Hasta aquí la historia
de siempre, pues. La novedad es que esa defensa indiscriminada e incondicional
de los palestinos empieza a incluir elementos específicamente antisemitas.
Fíjense no más en esas caricaturas aparecidas en diarios
españoles ideológicamente muy diversos sobre el conflicto
palestino-israelí, de las que ofrecemos una muestra en el presente
número. En casi todas, la figura del israelí es representada
como el judío de la propaganda nazi: un tipo siniestro y encorvado
con una enorme nariz ganchuda. En todas las viñetas se insiste
en algún tipo de paralelismo con el genocidio, el nazismo, la svástica.
El mensaje nada subliminal es el de Saramago: ahora los judíos
son como sus antiguos verdugos. Comparar las atrocidades cometidas por
Israel, en permanente estado de guerra, con la eliminación industrial
de millones de seres humanos sin resistencia, es una falacia histórica
que justifica el mismo trato con los israelíes que los nazis les
dieron a los judíos. Utilizando viejos símbolos hebracos,
las viñetas borran la diferencia entre un gobierno concreto, los
ciudadanos de Israel, el sionismo, los judíos e, incluso, a veces,
los EEUU. He aquí la vieja conspiración judeomasónica:
los todopoderosos judíos son culpables de todo, inclusive de los
atentados contra ellos mismos.
Naturalmente, nuestros dibujantes estarían indignadísimos
si supieran que les acuso de fomentar el odio racial. Éste es precisamente
el signo distintivo del antisemitismo posmoderno: no se reconoce como
tal. Hasta ahora todos los antisemitas de la Historia estaban encantados
de serlo. Nuestras bellas almas no lo saben o, al menos, no lo confiesan.
Extender la descalificación de un gobierno de Israel a todos los
isrelíes y, a su vez, a los judíos en general es tan atroz
y racista como tachar a los musulmanes en bloc de fundamentalistas o terroristas.
Lamenta-blemente, esto último también ocurre, pero sobre
todo a nivel popular y, por el momento, no está bien visto. En
el otro lado, en cambio, el trato maniqueo y perjudicial se ha vuelto
tan normal que uno ya ni se da cuenta. Yo mismo he visto varias de esas
caricaturas sin haberme alarmado.
Hace pocos días media Barcelona estaba empapelada con unas octavillas
firmadas por una tal Entesa Islam-Catalunya y la Plataforma Joves per
Palestina, declarando que El sionismo derrumbó a Europa en
200 años, El sionismo planificó la estructura
Económica y política de Europa, El Sionismo
controla la ONU y el FMI, El Sionismo pretende ahora acabar
con el Islam y el Mundo Árabe, El Sionismo controla
el proceso de la Globalización Mundial. O sea, puro Mein
Kampf. Pero como también exigían una Palestina libre,
su mensaje pasa, incluso despierta adhesiones, tal como podemos constatar
en todas las manifes- taciones por la paz y la libertad.
Empezando con la instauración del monoteísmo, los judíos
han dejado su impronta varias veces en la historia universal, aunque sea
mediante sus disidentes, como Jesús o Marx, o su martirio, como
en el caso del Holocausto. Tiendo a pensar que también el conflicto
que están padeciendo ambos bandos en tierras bíblicas tiene
esa trascendencia universal. Y no sólo por cuestiones geopolíticas.
En una época de dramáticas migraciones y dificultosas integraciones,
de desigualdades crecientes entre los países, de conflictos religiosos
y étnicos, de economías y violencias globalizadas, Occidente
está ante portem (o, incluso, algo más adentro) de los mismos
problemas que en Israel están ya en una mortal colisión.
Este conflicto difícilmente se resolverá sin asistencia
internacional, y el enfoque que se le dará será lo que en
gran medida determinará cómo Occidente podrá abordar
los mismos desafíos en su propia casa.
El antisemitismo políticamente correcto que se ha colado en nuestra
vida pública contribuye generosamente a que las cosas vayan peor
para todos, así en la Tierra Santa, como en la nuestra profana.
En este sentido, entonces, el nuevo antisemitismo es exactamente como
el viejo.
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