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octubre
2003
Nº 106

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El kitsch nuestro de cada
día
Mihály Dés
El reciente fallecimiento de la cineasta
Leni Riefenstahl, estrechamente vinculada a Adolf Hitler, ha despertado
un gran número de reacciones elogiosas. El autor de este ar- tículo
reflexiona sobre el por qué de esta aceptación unánime,
sobre la relación entre ética y estética, y sobre
el kitsch como forma de aceptación de la propaganda como arte.
Acaba de fallecer en olor de santidad y
a la edad de 101 años Leni Riefenstahl, una cineasta que estaba
a punto de alcanzar la inmortalidad. No sólo por su desmesurada
longevidad, sino, al parecer, también por méritos artísticos.
Propagandista hacendosa y eficaz del Tercer Reich, ya en su día
había obtenido una reputación de gran cineasta, que después
de un paréntesis comprensible tras la Segunda Guerra Mundial, fue
recuperada en sus últimas dos décadas de vida, incluso (o
sobre todo) en España, donde el insulto social más frecuente
junto con el de neoliberal, claro sigue siendo el de fascista.
Pero Ars vincit omnia, y a decir por las extensas necrológicas
que, como pocos artistas extranjeros, ha merecido en los medios peninsulares
hasta sus más severos críticos reconocen su indiscutible
talento.
Dejemos de lado su condición de estrella agit-prop del nazismo,
que supuestamente redimió cultivando la fotografía étnica
a sus cincuenta y tantos años en África, y la submarina,
cumplidos ya los setenta. Concentrémonos en sus virtudes artísticas
y preguntemos si puede haber tal cosa tratándose de lo que se trata.
Todo el mundo ha visto al menos alguna fotograma o secuencia de sus estéticos
deportistas y sus coreográficos desfiles. Y cualquiera que tenga
una mínima noción de la historia del cine sabe que la revolución
cinematográfica que se le atribuye apenas consiste en una hábil
aplicación los logros del expresionismo alemán y del documentalismo
ruso de los años veinte, además de algunas mejoras técnicas
en el uso de las cámaras.
Pero suponiendo que haya inventado el agua caliente, y que todo cuanto
ha hecho sea absolutamente original e innovador, sigo sin entender las
reverencias y alabanzas que suscita su obra. ¿Qué grandeza
puede haber, por ejemplo, en su El triunfo de la voluntad, un exaltante
y exultante documental sobre el Congreso del Partido Nazi de Nuremberg
en 1934, para que hasta según un crítico tan crítico
con ella como Lluís Bonet asegure que se trata de una joya
fílmica incuestionable?
En el presente número de la revista, Ibsen Martínez, a partir
de una memorable frase de Perón el cargo habilita,
boludo, hace un brillante análisis de ese hábito
de los populismos, latinoamericanos o no, de suprimir los profesionales
y entregar la gestión a fieles chapuceros. La otra cara de la moneda
es el profesional que pone su buen hacer al servicio del mejor impostor.
Es una variante del he cumplido una orden incluso cuando
ni siquiera la es
y podría llamarse: El encargo habilita,
desgraciado.
Según Hermann Broch, Hitler vivió el kitsch sangriento
y amó el kitsch de sacarina. En cuanto a su predilecta documentalista,
sus masas ordenadas coreográfica- mente y sus deportistas de artística
pose e iluminación son el enmascaramiento sacarinado de una sangrienta
realidad kitsch. ¿Por qué gusta tanto, entonces? Por eso
mismo: por ser un kitsch talentoso y altamente estético. Sólo
eso permite entender la propaganda como arte: un arte hecho a la medida
exacta de las expectativas depositadas en él.
Curiosamente, la confortable relación entre el kitsch y su público
no se estropea a causa de un asunto morboso o un escándalo, sino
más bien al contrario. El pasado colaboracionista de Leni Riefenstahl
ha sido un aliciente para su segunda consagración. También,
ya por nuestros lares, una polémica de pacotilla convirtió
en bestseller un anodino libro de cuentos en que se da un trato preferencial
a los violadores. El apasionado debate doscientos años después
del marqués de Sade sobre semejante asunto y enfoque, no
acertó a plantear, sin embargo, las cuestiones realmente inquietantes
acerca de la representación artística de lo siniestro: además
de constituir un tabú social tan poco respetado como el no
matarás o no desearás la mujer del prójimo,
la violación es también una fantasía sexual bastante
común, incluso entre mujeres. La dificultad de su representación
tiene que ver con esa doble condición. Como fantasía no
presenta mayores problemas, y la literatura erótica se ocupa de
ella, nunca mejor dicho, satisfactoriamente, tal como la novela negra
se ocupa de los asesinos en serie. La representación artística
de lo que realmente es el abuso sexual, en cambio, resulta más
que problemática. En el referido debate, los defensores de las
violaciones de ficción destacaron las descalificaciones de las
mujeres que procedían del protagonista y no del autor, que tiene
en su haber el mérito de poder meterse en la mente de un violador.
Yo no sé muy bien qué necesidad hay, fuera de lo psicológico
o policial, de meterse en la mente de un psicópata. Lo que sé
es que pocos se toman la molestia de meterse en la de las violadas. Y
cuando alguien logra hacerlo, se encuentra con un notable desinterés.
Es por eso que casi nadie ha leído el estremecedor libro de la
croata Slavenka Drakulic, Como si yo no estuviera, publicada hace un par
de años por Anagrama. Planteada como un texto documental, la novela
recoge las vivencias de una mujer bosnia que fue utilizada como esclava
sexual en la guerra de Yugoslavia en el 92. La gran novedad de ese libro
está en el enfoque prosaico y factual, y la óptica femenina
en lugar de y no en la actualización de ese asunto en un ambiente
historico-
social contemporáneo.
Ya el Antiguo Testamento ofrece abundante ejemplo de violencia y sometimiento
sexual, incluso fuera de la entonces legal institución de la esclavitud:
Lot ofrece sus hijas a los furiosos sodomitas que le exigen a los ángeles
creídos forasteros; Abraham cede su mujer, Sara, al faraón
como si fuera su hermana para que no le mate; y hasta hay un hermoso ejemplo
de violación con incesto, que cometen mujeres contra un hombre
(Gén. 19, 30). Allí se encuentra también la primera
representación de una violación tal como la entendemos hoy:
Diná, la hija que Lía había dado a Jacob, salió
para ver a las jóvenes del lugar. La vio Sikem, el hijo de Jamol,
el jivveo, príncipe de aquel país, se la llevó, se
acostó con ella y la violó. (Gén. 34.)
La Biblia trata estos asuntos con lacónica objetividad y el arte
y las literaturas modernas con ambiguo moralismo. Parece que debajo de
la representación artística de ese siniestro asunto, en
realidad, latiera la misma pulsión de la fantasía sexual
que alimenta la literatura pornográfica. Si quieren un ejemplo
más personal, les remito a La campesina de Moravia, de la que luego
Vittorio de Sica hizo una película memorable, titulada Dos mujeres,
con Sophia Loren, de madre, y Eleonora Brown, de hija. El episodio de
su violación masiva por unos soldados fue una escena que tanto
en versión papel como en la oscura sala del cine revisitamos y
comentamos incansablemente la pandi- lla felliniana de adolescentes a
la que
pertenecía.
Hoy tiendo a pensar que hay demasiada complacencia en esas obras, un uso
abusivo de la perturbadora tensión que despierta el tema, una especie
de estetización del horror, y por tanto, la misma mentira kitsch
que, en otro ámbito, representaba Leni Riefenstahl. Y precisamente
por eso gustan: la sublimación artística de lo abominable
permite su aceptación, e incluso deja espacio para el goce sin
remordimientos. Y
por eso incomoda una obra como la de Drakulic, en la que no hay espacio
para
la erótica de la violación ni la fantasía
transgresora.
Por supuesto puede haber otra razón también por la que una
obra como el libro de Slavenka Drakulic fuese rechazada por el público.
Los horrores que describe sin la mascarada del morbo, el suspense o la
estetización, claman por una intervención militar, como
también clamaron los crímenes de aquel nazismo al que Leni
Riefensthal sirvió tan provechosamente. Y esto es algo que el lector
políticamente correcto de nuestros días no puede ni quiere
aceptar. Se le entiende. Pero también él debería
comprender que su reparo pertenece al mundo de las ideas embellecedoras
y falazmente reconfortantes. 0 sea, al imperio del kitsch.
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