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abril
2003
Nº 100

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Crónica de un número no anunciado
Mihály Dés
El número cien constituye un hito tan
grande en la trayectoria de una revista cultural que resulta muy difícil
no hacer solemnes balances, una evaluación inevitablemente positiva,
resaltar méritos propios, rebajar los ajenos, o ejercer la modestia
al resumir nuestras obras y milagros. El autor del presente artículo
se enfrenta, sin embargo, con este difícil reto.
Llegar al número cien de una revista cultural
es como cuando un mortal llega a los cien años. No quiero insinuar
yo que haya alcanzado mi primer centenario aunque, modestia aparte,
en realidad he entrado ya en el segundo siglo de mi vida, pero varias
veces he visto en la tele cómo lo celebraban otros. Más
o menos como se celebra el número cien de una revista: un vejete
en silla de ruedas recibe con la cabeza temblorosa y algo ajeno
a lo que ocurre a su alrededor las efusivas felicitaciones de sus
parientes y allegados. La principal diferencia consiste en que a mí
me felicitan también los enemigos y que mi lumbago recurrente
sea el testigo todavía no me he hecho con la silla adecuada.
Les pongo un ejemplo concreto, una situación plausible. Va uno
con las mejores intenciones posibles a un premio literario que tiene fama
de servir gambas (un crítico que se precie no se personifica en
fiestas con cruasanes de jamón dulce y minipizzas) y en el momento
menos pensado (por ejemplo, en medio de la soterrada lucha por una copa
de Rioja) se encuentra con el colega, inevitable en estos eventos, que
le formula la inevitable pregunta: ¿Cómo va la revista?
Como soy una persona educada en el pudor y la mesura, ni se me pasa por
la cabeza decirle la verdad. Le contesto, pues, con un decoroso bien,
bien, ahí andamos, y procuro respaldar mi evasiva con una
sonrisa alentadora. Él parece satisfecho y sentencia: Sí,
ya es una revista muy asentada
Asentada
,
asiento yo, pero la cosa nunca queda ahí. El colega inevitable
está empeñado en meter el dedo en la llaga y, como de manera
casual, me dirige su dardo más venenoso: ¿Por qué
número andáis?
Los tiempos que corren
¡Ya está! Ya estoy en la silla de
ruedas y empieza a temblarme la cabeza. Y para que no se note, la agacho.
Bueno murmuro, estamos preparando el número cien.
¿El cien? repite incrédulo, y en su inevitable
cara aparece la inevitable mueca entre pena y admiración. ¡Joder!,
enfatiza, y acto seguido inicia una disquisición sobre los difíciles
tiempos que corren para la cultura y, particularmente, para las revistas
de literatura. De cultura, digo para mis adentros, Lateral
es una revista de cultura y no únicamente de literatura, imbécil,
pero no me atrevo a corregirlo porque quedaría en evidencia que
no suele leerla y entre sus aclaraciones y excusas yo perdería
la copa de Rioja.
Él no ceja: Debe ser duro aguantar tanto tiempo. Pocas revistas
llegan hasta el 100. Sí, me digo, la mayoría perecen
entre los 70 y 80 de muerte natural, pero conocí una a la que le
dio un infarto a los 43 (a ella o a sus lectores), incluso me acuerdo
de otra, muy prometedora y siempre pulcra, que murió en un accidente
de tráfico siendo aún muy joven
Por suerte mi colega
está a punto de terminar. Pero hay que resistir, concluye,
y para no defraudarlo, le prometo una resistencia numantina. Para despedirme,
levanto el puño izquierdo en señal de no pasarán,
mientras con el derecho atravieso el muro antirriojano y agarro una copa.
Ahí está la otra similitud con el vejete centenario. Nadie
le pregunta si valió la pena vivir tanto. Pero, claro, si cada
año de su vida fue un desastre, una calamidad, un infierno, multiplíquenlo
por cien y tengan el morro de felicitarle. O imaginen que fuese un canalla.
¿Por qué tanto interés en que semejante bribón
una vergüenza para su familia, un lastre para la sociedad
tenga tanta margen para sus fechorías? ¡Que estire la pata
lo antes posible! Los cien números de una revista de cultura también
parecen más un prodigio de longevidad o una hazaña de la
resistencia que un mérito intelectual. Hasta tal punto que a veces
me siento antes un valiente guerrillero que un hacendoso editor. Casi
me da apuro recordar que hay ahí (bueno, aquí) una publicación
de cierto valor y prestigio, incluso internacional, y que todos esos números
conforman una trayectoria. La Lateral de los inicios no es la revista
mucho más variada y desinhibida pero también más
comprometida que estamos haciendo ahora.
Lo que no ha sido Lateral
A estas alturas ya no vale la pena hablar de
lo que es esta revista si alguien todavía no se ha enterado,
ya sería un poco tarde, ¿no?, pero tal vez sí
de lo que no es o lo que no ha conseguido. Por ejemplo, no ha logrado
entrar jamás en la Biblioteca Nacional de Cataluña. No parece
estar a la altura. Tampoco hemos ganado nunca un premio. Ni la revista,
ni ningún texto o ilustración que se haya publicado en ella.
Todo un signo de distinción si consideramos que, según una
reciente estadística oficial, sólo en Cataluña existen
más de 1.200 premios literarios. Por suerte, esta desconsideración
patria se compensa con un reconocimiento externo bastante halagador: Lateral
representa a Cataluña o España, según desde donde
se mire, en diversos foros internacionales y muchos de los textos que
publicamos se reproducen en varios países.
Nuestra lista negra que incluye injurias desde todas las aceras
políticas es tediosamente larga y, sobre todo, indigna de
esta festiva ocasión. Más curioso puede resultar saber cómo,
a pesar de las adversidades, hemos llegado hasta aquí. También
en el caso de un anciano centenario, lo único que intriga es cómo
ha conseguido tamaña longevidad. Se hurga en su dieta y se estudia
su biorritmo. Se le supone alimentado a base de frutos secos, kefir o
queso de cabra, pero finalmente casi siempre resulta que había
fumado, bebido y, posiblemente, fornicado como cualquier hijo de vecino.
Nosotros también hemos hecho de todo, menos lo que ustedes, ya
saben. ¡Cuidado! Aquí ha habido mucha contención y
disciplina. Pero como ocurre con casi todos los hitos en la vida, sean
cien años o cien números, también lo nuestro se ha
logrado gracias a una no premeditada mezcla de exceso de vitalidad y de
inconsciencia. A veces me preguntan si había pensado alguna vez
si llegaríamos al número cien. Pues, claro que sí.
Si al principio de su vida uno no tuviera la secreta convicción
de que es inmortal no seguiría viviendo. Y para cuando se desengaña,
ya es demasiado tarde. Otra cuestión es si, sabiendo lo que sé
hoy sobre el asunto, me habría metido en semejante berenjenal.
Pues, claro que no. Pero como no lo sabía, me metí, y ahora
ya me costaría mucho arrepentirme. Quieran o no, cien números
obligan.
Por eso, preferiría no hablar del lado oscuro de todos estos años,
del esfuerzo por lo general desmesurado, los malos ratos, los sustos y
los apuros. En este sentido, también resulta válida la analogía
con el centenario del vejete de la cabeza temblorosa. Pero ésta
es una idea para la que estoy preparado desde mi más tierna infancia.
En el folklore húngaro, cuando el joven héroe se pone a
trabajar para algún ser mágico una bruja o un dragón
de siete cabezas se le advierte que en ese lugar tres días
valen por un año. En Lateral, son tres números. Pónganse
a calcular.
Al final de mi primer editorial, hará ya casi nueve años,
me referí a una idea de Faulkner que decía que los
escritores deberíamos ser juzgados por la brillantez de nuestros
fracasos en la realización de lo imposible. Yo, demasiado
altivo y ambicioso, imploré entonces, al menos un fracaso brillante.
Estos cien números que estamos celebrando ahora me han hecho mucho
más humilde. Hoy me conformaría con una simple victoria
opaca.
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