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octubre
2001
Nº 94

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Coincido, ergo sum
Mihály Dés
La ilegalización del partido vasco Herri Batasuna
ha tenido el apoyo de la mayoría de los partidos políticos
de España, pero ha levantado una polémica entre medios nacionalistas
e izquierdistas. Parece que el debate gira no tanto en torno a la conveniencia
o inoportunidad de dicha prohibición, como en torno a las malas
compañías que supone defender una u otra opción.
Contrariamente a lo que se dice por ahí, la explotación
no es la verdadera causa del innato malestar del ser humano, como sentenciaban
Marx y Engels, ni tampoco su incapacidad de quedarse quieto en su habitación,
como sostenía Pascal, y ni siquiera su mala (in)conciencia que
trata de reprimir instintos agresivos y autodestructivos, como lo aventuraba
Freud. No, el hombre está condenado a la infelicidad porque no
es capaz de compaginar su natural inclinación a coincidir con los
demás miembros de su especie, y su irremediable ambición
por distinguirse de ellos. Y como dicen en mi tierra, con un solo culo
no se puede montar dos caballos.
Gregario en cuanto a su programación genética,
su desigual evolución social se debe, sin embargo, a los exitosos
intentos de romper con esa regla. Todo el mundo conoce el resultado de
ese incesante empeño de cuadrar el círculo que es la historia
humana. A mí tan sólo me gustaría señalar
un aspecto particular de esa aspiración de ser, a la vez, idéntico
y diferente: con cada elección se elige asimismo una nueva grey,
donde se encontrarán una serie de coincidencias no deseadas.
Me explico con un ejemplo tan sencillo como son los hobbies.
Fíjense qué desagradable, pero comparto afición tanto
con Hitler (el cariño por los perros) como con Stalin (la pasión
por las películas de Chaplin). Con las pasiones públicas,
como es la política, el asunto se complica notablemente. El qué
a menudo se mezcla con el quién. Lo que busca uno es precisamente
el partido de los trabajadores o la comunidad de los okupas o quiere ser
admitido por el poder que reprime a ambas colectividades. Pero como esas
filiaciones ya no suelen ser tan generalizadas y, sobre todo, estables,
los actos de distinguirse y/o realizarse se plasman en causas a las que
uno se adhiere ocasionalmente, a sabiendas de que coincidirá con
personas que no son de su agrado.
Las manifestaciones de solidaridad son una expresión
mayor del fenómeno. Pongamos el caso de una marcha por la causa
del pueblo palestino. Es probable que el manifestante de talante democrático
que reclama justicia para los palestinos, comparta espacio con gente que
odia (juntos o por separado) Occidente, el capitalismo, la democracia,
Estados Unidos y, naturalmente, a los judíos y su Estado, y busca
la manera de erradicarlos, juntos o por separado.
¿Qué se debe hacer en estos casos? ¿Dónde
están los límites? ¿Qué pesa más: la
buena causa o sus malas compañías? Tomemos el caso de las
manifestaciones contra la globalización durante la cumbre de Barcelona
el marzo pasado. En la misma marcha participaron los profesionales de
la globalofobia (grupo Attack), los sindicatos (que suelen colaborar con
los gobiernos), los socialistas (que suelen colaborar con la globalización)
y elementos radicales (como Herri Batasuna, brazo político de ETA),
dispuestos a cargarse todo y a todos contra los que se manifestaban, y
a parte de los que les acompañaban en la protesta.
El brazo ilegal
Todo esto viene a colación porque el referido brazo
acaba de ser declarado ilegal. El proceso ha contado con el apoyo abrumadoramente
mayoritario de los partidos políticos del Reino de España
y con un respaldo ligeramente minoritario en la comunidad foral del País
Vasco, causando, además, bastante malestar en círculos nacionalistas
e izquierdistas.
Cualquiera hubiera pensado que la ilegalización
de un partido que no sólo predica la violencia, sino que colabora
con una organización que la ejerce, es una cuestión meramente
práctica: ¿contribuye esa prohibición a debilitar
a ETA, o más bien la refuerza? Pero no, resulta que para la opinión
pública de las mencionadas o parecidas orientaciones políticas,
se trata de una cuestión de principios. Hablan de derechos humanos,
democracia, libertad y cosas parecidas. Hablan como si el balance de unos
mil muertos, muchos más heridos, el cúmulo de familias destruidas,
una sociedad fracturada que vive bajo el terror, la violencia cotidiana
y el miedo omnipresente que impide ejercer las más elementales
libertades, incluidas las de expresión y de voto, fuera un patrimonio
que defender.
Tanta sensibilidad democrática me impide insistir
aquí sobre la necesidad de la lucha contra ETA y, por consiguiente,
HB, y demostrar que en este momento no es exactamente el Estado español
el que supone un peligro para el País Vasco, sino esa sociedad
criminal paralela que lograron crear ETA y sus compinches legales, y que
cuenta con unos poderosos mecanismos para ejercer el terror y la amenaza
desde entidades cívicas y públicas, y con un vigoroso sistema
de financiación que ya no depende únicamente de las recaudaciones
del impuesto revolucionario.
Me da la impresión de que esas cosas constituyen
unas evidencias y que en ese caso también, tal como había
establecido Locke, "el error no es una ausencia de conocimiento,
sino un yerro del juicio". Exactamente como ocurrió en su
día en relación con los horrores del nazismo y del bolchevismo,
ignorados, precisamente por el tipo de gente que tenía la capacidad
de saberlo. Ahora, en una situación infinitamente menos grave,
se repite el mismo fenómeno. ¿Por qué? ¿Por
qué personas de buena fe, enemigas de la violencia y con grandes
inquietudes sociales son más condescendientes con el delirio nacionalsocialista
que representan HB y ETA que con el Estado que procura garantizar los
marcos de una convivencia pacífica? ¿Por qué para
toda esa gente resulta menos incómodo aceptar la legalidad de una
organización terrorista que la de un Estado democrático
gobernado por un partido político que goza de su antipatía?
Reconozco que no es nada fácil quedar bien. Si
uno expresa las más mínimas objeciones a las prepotencias
y/o chapucerías de la política exterior de EEUU, le identifican
con el fundamentalismo islámico o los hoolligans del movimiento
de antiglobalización. Pero si se atreve a censurar la violencia
de ciertos antiglobos le tildan de lacayo del imperio americano al servicio
de las multinacionales
Queda claro, pues, que no hay opciones sin malas compañías
ni apuestas sin daños colaterales. Aún así, llama
la atención el maniqueísmo practicado en ambos lados que,
en parte, se explica por la falta de auténticos proyectos y objetivos.
Se elige por omisión, e importa más con quién no
coincidir que en qué, menos con quién quedar bien, que con
quién quedar mal.
Por lo demás, existe una larga tradición
de ese tipo de rivalidades privilegiadas entre fuerzas políticas
cercanas. En los años treinta, los partidos comunistas a veces
parecían más ensañados con sus compañeros
de ruta que con sus auténticos enemigos, los fascistas. Esto es
lo que Freud llamaba el narcisismo de las pequeñas diferencias.
Por mal que les sepa a los nacionalismos democráticos y a los izquierdismos
moderados, tienen mucho más que ver con el PP que con partidos
que profesan la violencia. Y ésta es una idea insoportable para
muchos.
Si coincidir con prójimos contrarios e incluso
antagónicos es una inevitable condición de la existencia
humana, lo que convendría es establecer los mínimos en que
esas diferencias son, a la vez, asumibles y necesarias. El modelo podría
ser aquella alianza contra natura que en un momento dado unió al
conservador Churchill con el socioliberal Roosevelt y el comunista Stalin.
No creo que en el caso de ETA sea tan difícil encontrar ese mínimo.
Al fin y al cabo, no se trata de consensuar modelos económicos
o vías políticas, sino coincidir en el rechazo inequívoco
de la violencia asesina. En caso contrario, se vuelve a incurrir en el
error de tratar de montar dos caballos con un solo culo.
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