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noviembre
2001
Nº 83

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Suicidios ejemplares
Mihály Dés
A partir de las acciones kamikazes contra Estados
Unidos, el autor sobre el impulso suicida de una parte de la intelligentsia
occidental. Se trata de un mal que se manifiesta desde hace más
de dos siglos, y que ahora, en la posmodernidad, se ha globalizado y ha
sufrido algunas mutaciones.
De las Torres Gemelas prefiero no opinar"
dijo la ejecutiva cincuentona con una sonrisita coqueta y abriendo
las manos en señal de lo siento, pero esto es lo que hay,
"ya sabéis que siempre he sido pro-palestina." Lo que
venía a transmitir la no-opinión de la opulenta ex comunista
catalana era que en nombre de una causa que le parecía justa
veía razonable un asesinato de masas y la destrucción parcial
de la ciudad a la cual solía realizar peregrinaciones de carácter
marcadamente consumista.
El poeta francés, en cambio, no llegó
tan lejos como para establecer una relación causa-efecto directa
entre el conflicto palestino-ísraelí y los atentados contra
Estados Unidos. Tal paralelismo incluso al autor intelectual y financiero
de los sangrientos acontecimientos se le ocurrió sólo a
posteriori. Hasta hace poco, Bin Laden no mostraba demasidado interés
por esa causa abanderada por un movimiento con cierta proclividad a aplastar
con sangre, fuego y maña a sus rivales islamistas.
Pero a mi amigo francés, el poeta,
no se le puede impresionar con argumentos tan efímeros y politizados.
Él encontró satisfacción en los atentados por razones
mucho más poéticas, añadiendo, faltaría más,
que se trataba de algo horrendo.. Lo que pasa es que le fascinó
la contundencia y simplicidad del ataque contra el poder supremo. Basta
comparar, me decía, el agresivo nerviosismo del presidente Bush
y la belleza de los calmados gestos de Bin Laden tomando té, para
ver la diferencia entre las dos civilizaciones...
El psicoanalista y el filólogo
Había también alegrías
más modositas y reproches más prosaicos. Según un
psicoanalista argentino y judío, y perdonen la redundancia, la
madre de todas las batallas musulmanas no es ya una u otra política
israelí hacia los palestinos o la supuesta complicidad pro-judía
de los EEUU, sino directamente "la anomalía que supone el
Estado de Israel". Hoy en día ya ni Arafat se atrevería
a afirmar una cosa así, al menos no públicamente. En lugar
de servirse de las sugerencias que ofrece su oficio ("Consideraciones
de actualidad sobre la guerra y la muerte" de Freud o Caín,
violador de la ley de Szondi, pongamos), mi amigo psicoanalista recurre
a la consabida retórica de las buenas conciencias occidentales,
y ve las convulsiones del mundo islámico (incluida la invasión
de Kuwait por Irak) como manifestaciones comprensibles y, hasta cierto
punto, legítimas de una grandísima verdad, en cualquier
caso, de una verdad mayor que la que representa el egoista y desalmado
Occidente.
Más audaz resultó la declaración
pública del brillante germanista, para quien los kamikazes de Bin
Laden son mártires con causa frente a los estadounidenses que no
serían capaces de dar la vida por nada... Más allá
del detalle que había por ahí algún que otro bombero
y policia neoyorquino que sacrificó su vida, la aseveración
del conocido filólogo coloca en superioridad moral a cualquier
asesino con causas politicas, religiosas o raciales (incluido al matón
etarra) en relación con sus víctimas.
Llevo semanas escuchando estas justificaciones
y originalidades, las primeras con las ruinas de las Twin Towers todavía
echando humo y apenas empezado el rescate de los casi seis mil muertos.
En realidad son años y décadas que se escuchan estas cosas
a propósito de las Causas de turno: la URSS, la guerra de Vitenam,
el foquismo del Ché precursor laíco del Santo Laden,
la Revolución Cubana, la guerra de Irak contra Kuwait, la Intifada,
la intervención (o no) de Occidente en los Balcanes, en África,
en donde sea... En realidad hay poca diferencia entre los discursos actuales
y anteriores, lo que pasa es que en las causas de antaño era posible
creer, aunque sea por error, falta de información o necesidad ética.
En Bin Laden y su misión de administrar personalmente la venganza
divina no creen ni los talibanes que ahora, por su culpa, perderán
el poder. ¿Qué ocurre, entonces? ¿Por qué
lo defienden implícitamente tantos intelectuales occidentales?
Todos mis personajes (y los cientos de miles
que comparten sus ideas) pertenecen, activa o residualmente, al ámbito
de la Izquierda. Esto no quiere decir que desde el lado derecho no se
oyen barbaridades. Hay quien exige arrasar a los musulmanes, árabes
o lo que haga falta. Otros como Oriana Fallacci, hasta hace poco
heroína de todas las bellas almas europeas ofrecen clases
magistrales sobre la superioridad cultural de Occidente, demostrando con
argumentos imbatibles que, frente al yermo intelectual-artístico
de las masas islámicas, el campesinado occidental tiene a su servicio
a Dante, Stockhausen y los presocráticos. Lo que pasa es que no
son éstas las voces que dominan los medios de comunicación
en un momento en que hasta los gobernantes hablan de replanteamientos
políticos y económicos a escala global.
De todos modos, no son esas voces trasnochadas
reclamando una cruzada occidental las que interesan intelectualmente.
Que yo sepa, no es la Derecha, perenne, que necesitaba reinventarse y
reubicarse después del derrumbe del imperio soviético. Una
asignatura que sigue pendiente. Por eso es posible que el izquierdista
que justifica el terrorismo islámico y al mismo tiempo, con
una dialéctica envidiable culpa de él aquellos que
lo sufren, coincide en sus posturas únicamente con la extrema derecha.
Por otra parte, llama la atención
la manifiesta levedad de las citadas opiniones sobre asuntos tan graves.
Las causas posmodernas de Occidente no piden sacrificio o consagración
a sus acólitos. Las guerras ideológicas, igual que las verdaderas,
se han profesionalizado. Comandos antiglobalizadores recorren el planeta
en representación de las malas conciencias del Primer Mundo, que
sólo piden una cosa a cambio de su apoyo moral y verbal: que no
se les pida nada más.
Esa delegación de la responsabilidad
individual favorece las causas lejanas y enrevesadas hasta la incomprensión.
En mis círculos, por ejemplo, preocupa bastante más el conflicto
palestino-israelí que el terrorismo de ETA, que es un asunto mucho
más claro y tiene la (des)gracia de que se puede hacer algo para
aliviarlo, aunque sea tan poca cosa como no votar partidos que indirectamente
lo sostienen, no frecuentar establecimientos donde expongan su proganda
o no consentir en charlas privadas su justificación o
apología.
Existe otro rasgo que comparten mis personajes:
todos son potenciales víctimas del fundamentalismo islámico
que de alguna manera respaldan, la mayoría de ellos, incluso, por
cargos acumulados: la ejecutiva por fumadora, bebedora, ser una mujer
independiente y tener (o, más bien, haber tenido) amantes; el poeta
por librepensador y anarquista; el psicoanalista por judío y, tal
vez, por psicoanalista; el germanista por homosexual, y todos ellos por
ser impíos, ateos y de izquierdas.
Eso de defender a tu futuro verdugo, exigirle
libertades y derechos, al tiempo de repudiar con saña los poderes
y las instituciones que mal o bien (más bien mal) te representan
es una exclusividad de la civilización judeocristiana. Se trata
de una tradición noble, pero algo costosa en cuanto a vidas humanas
se refiere. Hay una sola cosa que resulta más vigorosa todavía
que el instinto suicida de nuestra intelligentsia: su rencor antioccidental.
Que quede claro: no propongo renunciar a la crítica del sistema,
ni siquiera censuro la ambición de su mismísima sustitución.
Sólo sugiero no hacerlo en nombre de algo que sabemos que es mucho
peor. Y que no se respalde ese algo. Pero esto es lo que está ocurriendo.
A la proverbial pregunta de Kavafis sobre qué haremos sin los bárbaros,
ya tenemos la respuesta: no hay que preocuparse; no sólo los hemos
reinventado, sino que ya estamos preparados para volver a ofrecernos a
ellos en sacrificio.
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