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Celebraciones bélicas
Mihály Dés
Sobre los atentados contra las Torres Gemelas y el
Pentágono se ha dicho todo, Tal vez demasiado. Pero este artículo
se refiere a algunos aspectos menos tratados, como una soterrada satisfacción
en ciertos medios de opinión occidentales, y el desconocimiento
del verdadero alcance mediático del primer espectáculo bélico
del siglo XXI.
Si le hacemos caso a los titulares y los e-mails colectivos
de protesta, dentro de unos días aquí habrá una buena
guerra, a lo mejor, incluso, directamente la Tercera Guerra Mundial. Sin
embargo, en la calle no se percibe la más mínima señal
de una psicosis bélica. Por mucho menos, mi abuela empezó
a acaparar harina y azúcar.
Escribo estas líneas la víspera de que este
número entre en imprenta (el viernes, 22 de septiembre de 2001)
y mi opinión se hará pública cuando la guerra habrá
estallado o, en su falta, ya se estarán anunciando nuevas catástrofes.
Es que últimamente resulta difícil concentrarse en un solo
desastre y mantener la sensibilidad ante lo que ocurrió anteayer.
La transmisión en directo de acontecimientos del calibre del derrumbamiento
de la torre de Babel o la destrucción de las ciudades gemelas de
Sodoma y Gomorra no se olvida fácilmente, pero me pregunto si de
aquí a un mes serán todavía publicables aquellas
reflexiones sobre esta tragedia que no han cabido en el presente número.
¿Quién habla hoy de aquel congreso, por
ejemplo, donde hace apenas quince días más de
tres mil organizaciones sociales y humanitarias del mundo se pusieran
de acuerdo en los decisivos asuntos de cómo mejorar el mundo (básicamente
dos: reclamar una compensación dineraria a los países europeos
por la esclavitud pretérita y señalar a Israel como el país
racista en el planeta tierra), mientras buques fantasmas plegados de cientos
de esclavos contemporáneos recorrían los mares sin que haya
un solo país, rico o pobre, que les ofreciera cobijo? Y eso, cuando
no fueran directamente arrojados al mar.
Globalizar el complejo edípico
Por otra parte, ni la mala memoria ni la aceleración
están reñidas con la posibilidad de una guerra que carece
de sentido tanto política como militarmente y tampoco tiene motivaciones
económicas de peso. Perversamente, nunca desde su victoria sobre
el fascismo, Estados Unidos ha tenido tan óptima imagen en el mundo
como ahora, gracias al atentado. Una operación militar convertiría
la víctima (un papel inusual para ese país) en verdugo,
que para muchos es su rol natural.
Tampoco se justifica una respuesta militar a una acción
de ámbito policial por más espectacular y sangrienta que
ésta fuera. Es posible que los atentados contra las Twin Towers
y el Pentágono sirvan de pretexto para imponer medidas de seguridad
extremas (un chip de PIN incorporado en nuestro organismo, pongamos),
pero parece poco probable que empiece una época en que cada acción
terrorista se responda con un bombardeo.
Con tantas razones más que razonables confiemos
en que no habrá guerra o, como mucho, sólo una acción-Rambo
envuelta en una cortina de humo militar. Pero todo depende de quién
manda realmente en Washington. Si fuera Bush-hijo, todo sería posible.
Las fotografías del padre durante la Guerra del Golfo, en compañía
de sus dos principales consejeros, y las del hijo ahora, con los mismos
hombres como su propio vicepresidente y ministro de exteriores, respectivamente,
sugieren una extraña y peligrosa versión del complejo edípico,
consistente en globalizar el impulso de matar al padre.
Dicho esto y, espero, satisfechas todas las nobles almas
que prefieren la paz a la guerra, la vida a la muerte, la sonrisa al puñetazo,
la fragancia a la peste.., aprovecho la oportunidad para expresar mi extrañeza
por cierto carácter festivo que ha acompañado uno de los
acontecimientos más graves de los últimos tiempos.
Para empezar, su presentación tuvo algo de un grandioso
espectáculo macabro y fascinante. Y de veras fue como una de esas
películas catastrofistas con efectos especiales que uno tanto detesta.
Hasta ahora nuestra cotidianidad ha ido pareciéndose cada vez más
a una americanada. A partir de ahora, también nuestras tragedias
colectivas. Los escenarios conocidísimos (sobre todo el futurista
perfil de Manhattan transformada en una ennublada visión apocalíptica)
y la hipnótica repetición del impacto del avión en
el rascacielos ya ardiente y el hundimiento de las dos torres como castillos
de naipe reforzaba esta sensación de ficción. Uno de los
pocos elementos que indicaban que se trataba de algo real fue el recurrente
aviso de que el partido del Real Madrid se podría ver en otro canal.
Era como estar en un cine donde en principio uno no quería
ir pero que luego ya no podía abandonar. Lo que pasa es que en
el caso del cine uno más o menos sabe lo que va a ver. Resultó
especialmente desconcertante esta falta de conocimiento previo. Todo el
mundo contaba lo visto desde esta óptica: yo no sabía nada...
Para no aumentar el pánico, la transmisión
televisiva y, luego, los fotorreportajes evitaban mostrar los horrores
auténticos, la sangre, las mutilaciones, los cadáveres.
Todo ha sido estéticamente terrible.
¿Se lo buscaron?
Tal vez por estas mismas características, el letal
atentado ha causado mayor impresión y perplejidad que auténtica
conmoción solidaria. Llama la atención cuánta gente
aprovechó el trágico momento para dar rienda suelta a su
antiamericanismo. No me refiero a los extremos: fundamentalistas religiososos,
izquierdistas, derechistas o nacionalistas radicales de cualquier país
que más o menos abiertamente se congratularon de que Estados Unidos
haya recibido su merecido, sino a gente moderada que empezó con
los peros que tan bien conocemos en relación con los asesinatos
de ETA.
Que Estados Unidos tiene que repensar su papel, cambiar
su política exterior, reflexionar sobre... En fin, lo que en el
fondo quieren decir estas opiniones es que Estados Unidos se lo buscó.
Y ´rsta es una falacia. Primero porque no es el momento. Esperen
con las lecciones de política exterior y justica social al menos
el recuento de los cadáveres. Segundo porque estas opiniones relativizan
y, de algún modo, justifican la barbarie terrorista. Finalmente,
porque es un error pensar que se puede quedar bien con los terroristas
sin renunciar a principios democráticos. Ningún demócrata
aspire a conquistar el corazón de Hitler.
En cuanto a repensar el mundo, repartir la riqueza de
manera justa, cambiar las relaciones entre países rícos
y países pobres, claro que es una tarea prioritaria, pero no sólo
para Estados Unidos y ni siquiera para los países desarrollados.
La decepcionante experiencia del Congreso contra el Racismo sirve de buen
ejemplo como oportunidad desaprovechada. Pero en este extraño momento
entre una tragedia real y una guerra posible creo que haría falta
abandonar momentáneamente las abstracciones políticas y
los prejuicios ideológicos, y procurar pensar en concreto. Y en
este momento no hay nada más concreto que las víctimas.
Y la verdad es que no entiendo cómo no sentir piedad por ellas.
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