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julio
- agosto 2001
Nº 79/80

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La nueva clandestinidad
Conquista de espacios
para una opinión pública
Mihály Dés
El autor de este artículo ha
detectado un extraño fenómeno mediático-cultural
que se está gestando en la más estricta clandenstinidad.
Siguiendo la pista subterránea, que aquí por fin se hace
pública, le pareció detectar una clave de nuestra época:
la insoportable levedad de poder decirlo todo o, al revés, la melancólica
gravedad de no poder decir nada que valga la pena
Primero fue una fotocopia que me pasó un amigo
al enterarse de que todavía no conocía su contenido. "Tienes
que leértelo", me dijo mirándome fijamente en los ojos,
como intentándo sacarme una promesa que en ningún momento
me negaba a cumplir. Luego empezaron a llegar los correos electrónicos.
El mismo texto de la fotocopia, sólo el tono de su recomendación
variaba. Un conocido crítico literario a quien, sin embargo,
yo no tenía el gusto de conocerle, al menos personalmente
se lo envió radiante y jocoso a los componentes de un selecto mail
box puestos a los ojos de los receptores, al que, para mi sorpresa, yo
también pertenecía. No fue nada personal, pues; tan sólo
proselitismo. Unipersonal fue, en cambio, la cálida recomendación
de una amiga madrileña quien me lo presentó directamente
como una revelación que necesitaba compartir conmigo.
Para entonces se multiplicaron los envíos y entregas,
circulaba por doquier la subversiva información y pronto ya no
hacía falta siquiera materializar el reparto. Bastaba intercambiar
sonrisas cómplices, constatar el conocimiento mutuo. ¿Lo
has leído?, era la contraseña, que no hacía falta
completar porque todos lo habíamos leído y todos contribuimos
por activa o por pasiva a su propagación. A todas luces,
un nuevo credo estaba germinando, una nueva alianza estaba a punto de
nacer. Por razones obvias, todavía en la más estricta clandestinidad.
El secreto de la Buena Nueva
Pero ¿cuál era, exactamente, la Buena Nueva
que anunciaba dicho texto?, ¿quién era su profeta? y ¿qué
terribles y/o consoladoras verdades predicaba? Me temo que nunca lo adivinaríais,
apacible lector, sin aportaros un dato muy especial: ese documento de
amplia circulación subterránea había aparecido originariamente
en el diario de mayor tiraje de España.
Conociendo este detalle, la secreta trama se revela por
sí misma: se trata del artículo de Juan Goytisolo "Vamos
a menos", publicado hace algunos meses en El País, en el que
el veterano escritor nacido en Barcelona y afincado en Marrakesh venía
a afirmar que la vida cultural española está podrida, reina
en ella el amiguismo y la codicia, que es venal y mediocre, y cosas por
el estilo. Como mayor novedad y extremo atrevimiento, Goytisolo criticaba
también Babelia, el influyente suplemento cultural del mismo periódico
en que salió su artículo, de servir de plataforma de promoción
de las también influyentes editoriales del Grupo al que pertenece.
Total, el artículo de vibrante trayectoría
underground no decía nada que no supiera todo el mundo, o mejor,
mundillo, ya que de estas cosas el público ni se entera ni le importa.
La única discrepancia que suele suscitar la salud de la cultura
española es acerca de si cojea del pie izquierdo o derecho. Pero
esta diferencia no necesariamente tiene una lectura política. En
este asunto basta y sobra lo personal.
Dicho consenso de fondo se refleja en una de las contadas
reacciones públicas al artículo de Goytisolo, en la que
el joven Benjamín Prado no encontró otra manera de rebatir
las agrias afirmaciones del viejo maestro que, por una parte, relativizar
su gravedad (diciendo, más o menos, que en todas partes y todos
los tiempos cuecen habas, y hasta compilaba una lista, algo inexacta,
para demostrar su atrevida afirmación) y, por otra, señalar
oportunamente que Goytisolo es también muy amigo de sus amigos
Carlos Fuentes y Julián Ríos. Prado tiene toda la razón
del mundo, e incluso del mundillo: la mediocracia, la venalidad, el amiguismo
no es ninguna exclusividad de nuestros tiempos. Pero se le escapa ese
detalle propio y particular que hace único e irrepetible la corrupción
cultural de cada época y lugar, y que en nuestro caso, sospecho,
se manifiesta en el factor clandestino.
Que un texto público, retransmitido y renumerado
requiera y genere un destino clan-destino en una sociedad en que la palabra
libertad es la más frecuentemente usada después de joder
y hostia, es un fenómeno tan propio de nuestros tiempos y lares
como la visión de todo tipo de individuos esparcidos en lugares
públicos tapando una oreja y hablando y gesticulando solos.
No se crea que estoy magnificando un caso aislado. Desde
que en el último número de Lateral saliera un artículo
inusualmente crítico con Antonio Muñoz Molina, apenas podemos
con las felicitaciones y las muestras de solidaridad. He recibido tantas
palmadas que me salió un moretón en el hombro y un editor
madrileño, incluso, aseguró perdonarme todo como reconocimiento
por la inmensa valentía de dar espacio a un texto adverso a Muñoz
Molina dentro de un dossier más que elogioso.
Yo no sabía que había tanta gente odiando
a Muñoz Molina, puesto que ese rencor pertenece al ámbito
clandestino. Así se entiende por qué nadie me haya felicitado
por el resto del dossier, que insiste en los méritos del autor,
y por qué nos hayan llegado únicamente apologías
y defensas con fines de publicación.
Honores morales y económicos
El asunto de la nueva clandestinidad resulta tanto más
formidable cuanto uno de los fenómenos más novedosos de
las democracias posmodernas es que no sólo encajan generosamente
cualquier embestida crítica, sino que, incluso, la alientan, creando
así una élite intelectual que vive de fustigar el sistema.
Por lo mismo que en cualquier época anterior se encontraba uno
en una celda mal iluminada, en la hoguera, en el paredón o, en
el mejor de los casos, en el exilio, ahora es una celebridad con los máximos
honores morales y económicos. Y da lo mismo que si su denuncia
es honesta o hipócrita, lúcida o moralizante si procede
de una atoridad intelectual que cotiza en el mercado.
El artículo de Goytisolo, de la variente honesta
y lúcida, tampoco es ninguna excepción de esta regla, pero
¿cómo se explica, entonces, su dimensión clandestina,
ciertamente no prevista por el autor? ¿En qué quedamos,
pues, existe una libertad sin riberas o padecemos de una nueva forma de
censura que obliga expresar todo referente a lo público sólo
en privado?
Además de la perenne ley de quod licet Iovi, non
licet bovi (o sea, no vas a pretender que te permitan lo mismo que a Goytisolo),
se trata, como siempre, de una cuestión de poder. La impunidad
en atacar a gobiernos, partidos, instituciones, personajes públicos,
acciones internacionales o medidas económicas no es sólo
un signo de libertad, sino de que el blanco de las denuncias no representa
un auténtico poder o, en cualquier caso, representa un poder rival.
Fíjense qué poco crítican nuestros intelectuales
a los grupos mediáticos (con excepción de si trabaja para
la competencia), los holdings editoriales, las entidades financieras concretas
o su política de fundación.
Llegando a este punto, el misterio de la clandestinidad
democrática resulta diáfana: público es por lo que
hay demanda en el mercado y (por tanto) no hace ni cosquillas al poder;
clandestino e invisible queda lo que no se cotiza y lo que no se atreve.
Pero como en ninguno de los dos casos pasa nada, ruego no multiplicar
de manera ilegal este volante.
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