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abril
2001
Nº 76

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Editorial
Observaciones al Gran Hermano
Mihály Dés
Aprovechando que el En portada del número trata
de la literatura catalana, el autor de este artículo cavila sobre
la condición minoritaria con la que él mismo se identifica.
¿Desgracia e incomodidad o, al revés, íntimo refugio
y agridulce orgullo? Pertenecer a una comunidad pequeña o periférica
tiene sus complicaciones, pero también, tal vez, alguna compensación.
Desde que George Orwell imaginara la ubicua figura del
Gran Hermano watching you a destajo, todo occidental sabe a qué
atenerse e, incluso, se sintiría desfraudado si resultara que no
hubiera nadie detrás de las cámaras o mucho peor
se le hubiera acabado la pila a la máquina de observación.
La percepción de estar bajo permanente vigilancia parece más
que justificada en el sentido político, policial o psicopatológico,
pero difícilmente se sostiene en el cultural. En este terreno nadie
puede vanagloriarse de sentirse observado que no sea a causa de una prospección
del mercado, y el que menos, el representante de una cultura pequeña
o periférica. Sea desde una posición represiva, sea desde
otra permisiva, el Gran Hermano jamás se ha interesado por la cultura
del Pequeño. Lo que ocurre es que como en ciertas historias
de pasión en las que la disminución de las peleas rituales
es tomada como un signo de desamor la mengua del elemento coercitivo
evidencia aún más el desinterés.
Ante esta evidencia se encontraron los países de
Europa del Este después de la caída del Muro o Cataluña
después de la muerte de Franco: despareció la represión,
pero ha permanecido el ninguneo. Y donde más dolorosa o, si se
quiere, neuróticamente se acusa esta indiferencia, este aislamiento,
es en el campo lingüístico. Les dice alguien por si acaso
en un idioma mayoritario y triunfante, cuya lengua materna, el húngaro,
no sólo es pequeña sino que ni siquiera es indoeuropea,
y quien vive en un país, Cataluña, donde buena parte de
sus seis millones de habitantes es principalmente castellanohablante.
Más allá de la posibilidad histórica de que estas
lenguas sean absorbidas por otras más grandes y más acá
del consuelo de que este pronóstico no se ha cumplido en los últimos
mil y pico de años, pertenecer a ellas tiene sus complicaciones.
Sobre todo para un intelectual, especialmente para un escritor.
La atención glacial de los colegas
No es que el autor que escribe en una lengua minoritaria
no goce del amor de su público, en caso de que lo tenga. Al contrario,
tratándose de espacios vitales restringidos, siente el calor de
este cariño tan a flor de piel como la atención glacial
de sus colegas. Pero siempre le queda la duda de qué hubiera pasado
si hubiera escrito en alemán, castellano o inglés, según
el caso.
De vez en cuando se pone a fantasear con esta posibilidad.
Imagina tiradas imperiales, premios de alcance continental, público
multiétnico, multilingüe y, sobre todo, multitudinario. A
él no le logran engañar con eso de que the small is beautiful.
¡Hombre!, depende, dice algo ofendido por creer que se trata de
una alusión personal. Ni que tampoco le vengan con el consuelo
de que por todas partes cuecen habas y el escritor americano también
tiene sus problemas. Sabe que él es mejor que toda la plana mayor
de la literatura estadounidense y le parece un poco extraño el
éxito desmesurado de García Márquez. No está
mal, pero tampoco es para tanto.
A veces piensa que escribir en su amada lengua minoritaria
es un sacrificio y siente la agridulce satisfacción de los mártires
o del director de una revista cultural. Lo más curioso del caso
es que a lo mejor tiene razón, y realmente es tan bueno como aquel
que está leyendo todo el mundo. Lo que pasa es que nadie se ha
enterado. Y ahí está la melancólica clave del asunto.
A los que pertenecen a lenguas mayoritarias y culturas
dominantes, les cuesta y, a veces, les molesta imaginar todo esto. Cuando
hace unos años Lateral organizó en la Feria del Libro de
Frankfurt una mesa redonda sobre "Centro y periferia" (ver nº
23, noviembre de 1996), el nigeriano Ben Okri cortó en seco el
nudo gordiano del debate con la revelación de que el centro estaba
en él. El público irrumpió en aplausos y risas al
oír esta frase feliz que sonaba a aforismo zen, y a servidor sólo
su educación austrohúngara y su grave responsabilidad de
moderador le impidió advertirle al apuesto y céntrico autor
africano que el centro estaba en él porque, al escribir en inglés
y vivir en Londres, él estaba en el centro. Pero que tratara escribir
en su lengua tribal, vivir en su tierra natal y ni el curandero local
iba a leer sus meritorios libros.
Los senderos de la gloria
A veces ocurre el milagro, y el representante de una pequeña
lengua se integra en ese invento de Goethe llamado literatura universal.
Pensándolo bien, ocurrió una sola vez: con el trío
escandinavo de Strindberg, Ibsen y Kirkegaard. Últimamente hay
mucha más movilidad en este terreno, pero también en el
de la amnesia colectiva. En cualquier caso, los caminos de la eternidad
literaria son insodables. Con una importante obra en catalán, Ramon
Llull se hizo universal como Raimundus Lullius. En cambio, el húngaro
Janus Pannonius (1434-1472) no escribió una sola línea en
su lengua materna, pero el latín sólo le sirivió
para convertirse en el primer gran poeta magiar. Convencido de que escribía
en un latín casero, San Francisco de Asís compuso el primer
poema italiano, el "Cantico de le creature", y Judah Halevi
(1075-1141), el mayor poeta de Sefarad, escribió en árabe
Ha-Kuzari, su opus magnum.
Es verdad que entre mis compatriotas han prosperado más
los que por elección o por azar escriben en otra lengua
mayor: Stephen Vizinczey, el de En brazos de una mujer madura; Agota Kristof,
la de El gran cuaderno; Giorgio Pressburger, el de La ley de los espacios
en blanco, para no ahondar en los clásicos: George Lukács,
Arnold Hauser, Arthur Koestler, Joseph Pulitzer... Mas el que realmenta
ha conseguido conmover a Europa en estos años es el póstumo
Sándor Márai, un húngaro nacido alemán, que
perfectamente hubiera podido optar por una lengua imperial.
Por otra parte, difícilmente puede haber otra condición
posible para un intelectual que ser minoría. Y más que nunca
en una época masiva y estadística en la que el mismo concepto
mayoritario se ha vuelto sumamente sospechoso. Suceden y aumentan las
superventas, pero creo que apenas hay un escritor que no sea minoritario
que valga la pena, y si no lo es aún ya se convertirá con
el tiempo. Lo son hasta los más populares de siempre: Bocaccio,
Balzac, Dickens, Hemingway...
El estado natural de la atención es el solitario,
la fuerza de la minoría es su necesidad. Pero hay Pequeños
Hermanos que pretenden nivelarse a la ignorante indiferencia del Grande.
La educación en los pequeños países obvia, con el
mismo olímpico desdén de los Grandes, la historia y la cultura
de otros pueblos y comunidades menores. Todo el mundo tiene alguna opinión
sobre los gitanos, por ejemplo, pero hasta ahora siempre he logrado sorprender
a mis alumnos universitarios con la información de que su lengua
original es pariente del sánscrito. La educación española
presta poca atención a la lengua y cultura catalana, gallega y
vasca (ni en Filología Hispánica es obligatorio aprender
los fundamentos de alguno de estos idiomas), y existen nobles esfuerzos
para pagarle con la misma moneda.
Propongo revindicar la angustia y la avidez del menor.
Sugiero como modelo el amor no correspondido, la inagotable perspicacia,
la triste sabiduría del amoroso ignorado. Amargo consuelo o dulce
venganza, el minoritario, aunque pertenezca a una comunidad masiva, sabe
más cosas sobre el eterno Gran Hermano que éste siquiera
sospecha de sí mismo. Incluso podría advertirle: amigo,
the Little Brother is watching you. Pero no vale la pena porque éste,
como la bienamada, no se daría por enterado.
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