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diciembre
2000
Nº 72

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editorial
Soy quien soy
MIHÁLY DÉS
¿Cuál es el hilo conductor entre la
conocida autopresentación divina, un ardiente debate en un congreso
de revistas culturales de Europa y la muda manifestación contra
un nuevo asesinato de ETA? La respuesta está en este artículo
que, con nocturnidad y alevosía, introduce un tono sentimental
y patriótico en el repertorio irónico e iconoclasta de su
autor.
There is not such a thing as identity bramaba consternado
el filósofo de Belgrado y su indignación grave y belicosa
parecía tan auténticamente balcánica que por un momento
temí por el estallido de un conflicto intelectual interétnico.
Todo empezó cuando el economista polaco desautorizó las
reivindicaciones sociales de la enviada de la mítica y elocuente
New Left Review, al mismo tiempo que lanzó sus propias reclamaciones,
que eran descaradamente neoliberales. Y como si faltara algo más
en un ambiente tan progre, hizo el panegírico de una cosa tan reaccionaria,
muerta y enterrada como es la identidad, en su caso encarnada en la lengua.
Todos se abalanzaron sobre él. El filósofo
serbio, cual un chetnik del pensamiento posmoderno, le preguntó
rugiendo si había leído el flamante libro de una autoridad
intelectual estadounidense de nombre impronunciable, refutación
inapelable de la cosa identidad. Un filósofo portugués,
más melancólico que un fado y más incisivo que un
agitador sindicalista, llamó la atención sobre el hecho
de que, en la era de la globalización, no tiene sentido hablar
de identidad: el capital no tiene identidad, por todas partes están
los mismos productos, y las grandes entidades que dirigen el mundo son
supranacionales...
Identidades, entidades, calamidades... La pequeña
tormenta intelectual que rememoro se desató en un reciente encuentro
de revistas culturales europeas de signo más o menos izquierdista
y liberal, reunidas bajo la bandera virtual de la flamante página
web eurozine, donde España estaba representada por Lateral, una
publicación de Barcelona editada en castellano y dirigida por un
húngaro. Dicho acto se celebró en un hermoso palacio barroco
de la capital de Eslovaquia, Bratislava, que, con el nombre de Pozsony,
fue durante siglos sede de la dieta húngara y es conocida en alemán
como Pressburg, especie de suburbio de la capital imperial habsburga de
la que apenas la separan unos 50 kilómetros. Así que es
muy posible que en la actualidad no tenga ningún sentido hablar
sobre identidad pero cosas del pasado esa ciudad tiene al menos
tres.
Aun más que las ciudades, las personas también
solemos tener varias identidades, de las cuales la vinculación
nacional, regional, provincial, comarcal o esquinal representa tan sólo
una dimensión. Está, además, la lengua, la religión,
el sexo, la edad, la profesión o la clase social, para homenajear
una categoría todavía más en desuso que la identidad.
El problema empieza cuando una de esas identidades se apodera de las otras
y ejerce un dominio totalitario sobre ellas: la fe piadosa se vuelve en
fundamentalismo religioso, el compromiso social en fanatismo político
y el amor a la patria en chovinismo rencoroso. Nace así una identidad
fácil, inequívoca y unidimensional que no admite tener otra
ni para sí ni para los otros.
Dios en directo
Buena parte del pensamiento humano revolotea precisamente
alrededor del asunto de la identidad, concretamente, de la pregunta ¿quién
soy?; planteamiento indispensable para aclarar luego la otra gran preocupación
espiritual el hombre: ¿y qué diablos hago yo aquí?
En unas de sus pocas actuaciones en directo, Dios se presenta a Moisés,
primero como un ser histórico ("soy el Dios de Abrahán,
de Isaac, de Jacob..."), y luego, cuando ve que esto no le impresiona,
se pone metafísico y le da una respuesta divinamente enigmática:
Soy quien soy, que la consabida simpleza humana muchas veces interpreta
como ¿y a ti qué te importa quién soy?
Lo que pasa es que importa, y aunque tú no te definas,
lo hacen por ti. El polaco Witold Gombrowicz sostenía que no existe
la identidad, ya que somos una proyección de lo que social e individualmente
se espera de nosotros y actuamos de acuerdo con las expectativas, incluso
cuando nos rebelamos contra ellas, cumpliendo con el rol perfectamente
establecido de los que se rebelan. Y es verdad: aunque hagas lo que quieras,
te fichan a tu antojo. Y encima, equivocadamente.
En mi vida anterior, pertenecí a los círculos
externos de la minúscula oposición húngara. Por otra
parte, como traductor, tenía contacto con intelectuales izquierdistas
de Occidente y del Tercer Mundo. Los dos grupos eran gente de la misma
calaña hasta en el vestir. Tenían gustos culturales muy
parecidos, compartían un sentido del humor y una mirada crítica,
la misma sensibilidad social y el mismo modo de argumentación febril
y cáustico. Eran los mismos en otras circunstancias. Excepto en
lo político. Tardé en comprender que estaban en el lado
opuesto de la barricada. Cuando, por ejemplo, nosotros rezamos para que
España votara a favor de la entrada en la OTAN (que hubiera sido,
y fue, un gran apoyo tanto en lo político como en lo anímico),
mis semejantes españoles, inevitablemente progres, escucharon horrorizados
mis argumentos. En cambio, cuando a mis amigos húngaros, polacos,
checos o cubanos les hablé de las injusticias en el Tercer Mundo
o de las dictaduras de derecha, se pusieron a ironizar sobre mi antiimperialismo
y aseguraron que el totalitarismo comunista, perenne, nada tenía
que ver con las efímeras dictaduras bananeras.
Cuando en el año 1986 aterricé en España,
mi identidad fue objeto de un permanente malentendido. Por hablar mal
de los regímenes comunistas, la gente afín a mí en
todos los demás aspectos consideró que usaba los mismos
argumentos que había utilizado la propaganda de Franco y, por lo
tanto, era un facha. Superada por la Historia la ecuación: crítica
del comunismo = apología del fascismo, los malentendidos no cesan.
La versión local de la nueva ecuación mágica reza
así: crítica de las concesiones del Partido Nacional Vasco
para con los asesinos de ETA = apología del Gobierno Español.
A raíz de nuestra campaña contra ETA, nos llegan voces y
e-mails que nos acusan de ser del Partido Popular o pagados por ellos.
¡Es realmente formidable! Seis años de esfuerzo que roza
el masoquismo por editar esta revista y una campaña cuando menos
desinteresada y arriesgada para que vengan unos salvapatrias y te digan
que estás pagado por el poder.
Estuve pensando sobre estas cosas mientras caminaba en
Barcelona entre otras 900.000 personas que decidieron expresar, bajo el
consenso de un absoluto silencio, su rechazo a ETA a raíz del asesinato
del catedrático y político Ernest Lluch. Fue la primera
manifestación de mi ya dilatada vida. ¿Por qué ahora?
Porque el repudio al terror sembrado por ETA es una obligación
moral de todos aquellos que aspiran a vivir en paz; porque rechazar la
violencia es un necesario acto de autodefensa, un gesto de libertad. No
ejercerlo equivale a resignarse al terror. No hacía falta estar
de acuerdo en cuestiones ideológicas ni en soluciones políticas
de hecho, yo no comulgo con el nacionalismo de la víctima
sino en un solo precepto ético de enorme trascendencia práctica:
basta de matar.
Soy quien soy... Una de las razones por las que vine a
este país es porque me sobraron identidades y vínculos.
Barcelona resultó ser el lugar apropiado porque, contrariamente
a lo que se dice, es tolerante hasta la indiferencia. Nadie me pedía
filiaciones, nadie aspiraba conquistar mi alma. Y yo estuve encantado
de vivir aquí sin sentirme catalán o español. Pasaron
los años. De empezar el diario por las noticias internacionales
llegué a abrirlos por las locales. De tener todos mis recuerdos
allí, me ha crecido un pasado también aquí. Tengo
vínculos irreversibles: familia, hijos, amistades. Pero fue allí
en la manifestación, envuelto por el majestuoso silencio marino
de un millón de personas, que de repente comprendí que amo
este país y a él (también) le pertenezco. Siempre
huía de mis identidades y resulta que ahora me han salido dos nuevas.
Es hora de largarme.
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