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noviembre
2000
Nº 71

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editorial
Perspectivas vitales y poéticas
El falso poema de GGM o los albores de una cultura planetaria
MIHÁLY DÉS
"Gabriel García Márquez se ha
retirado de la vida pública por razones de salud: cancer linfático.
Ahora parece que el asunto es cada vez más grave. Ha enviado una
carta de despedida a sus amigos, y gracias a internet ha dado a parar
en manos mías". Con este encabezamiento ha llegado a manos
nuestras este poema apócrifo que se analiza aquí en profundidad.
Un fantasma recorre la aldea global, el fantasma de un
supuesto poema de Gabriel García Márquez, en el que el narrador
colombiano, supuestamente moribundo, se despide de la vida. Si a estas
alturas usted todavía no ha recibido en su domicilio dicho poema,
inmediatamente debería replantearse la vida y sacar conclusiones
a largo y medio plazo, pues significaría que a) usted no tiene
quien le escriba; b) y esto sería mucho más grave, usted
no tiene dónde recibir lo que le escriben. Por lugar de recepción
naturalmente entiendo el mail box de su conexión a Internet. En
su buzón tradicional difícilmente encontrará usted
otra cosa que no sean facturas o propaganda. Ni siquiera puede aspirar
a que por teléfono le reciten un par de sonetos, falsos o auténticos,
da igual. Sus esperanzas (sean poéticas, comerciales o comunicativas)
ha de depositarlas en la Red. Internet ha llegado a desbancar incluso
la fotocopia como la forma más democrática del apoderamiento
mágico del saber sin necesidad de conocimiento, ofreciendo, además,
una capacidad prácticamente ilimitada para su difusión.
En este curioso contexto hay que situar la exitosa circulación
virtual del falso poema de GGM. Se trata de un hecho realmente extraordinario.
No por el fraude en sí, aunque nobless obligue, un falso García
Márquez tiene bastante más morbo que el plagio de una presentadora
de televisión que estos días está conmocionando España.
Los dos asuntos están relacionados con las posibilidades que ofrece
la informática. En el primer caso, con el correo electrónico,
y en el segundo, con el provechoso uso del comando cortar y copiar, un
servicio del ordenador que está revolucionando, entre muchas otras
cosas, el volumen de los trabajos universitarios.
La pobre mujer de la tele
Ambos autores son víctimas de un engaño.
Lo que pasa es que la presentadora con cara de una de nosotras había
sido engañada no por un ciberpirata desconocido, sino por su propio
testaferro, su negro, como dice la prensa. El caso ha levantado mucha
polvareda; se han sucedido las confesiones, las revelaciones y las inevitables
columnas indignadas. Curiosamente, pocos culpan al ingrato negro, que
faltó al trato por doble partida (al plagiar y, luego, al revelarlo);
en cambio, todos los dedos acusadores señalan hacia esa pobre mujer
de la tele, que cumplió escrupulosamente con su deber de entregar
a la editorial un libro de venta masiva.
Tampoco el público debería sentirse defraudado,
ya que en ningún momento nadie buscaba en este libro un texto literario
sino una reliquia avalada por un icono televisivo, y a estos efectos con
plagio y todo la obra referida resulta perfecta y honestísima.
Por otra parte, indignarse por la práctica habitual de fabricar
libros con testaferros y caras de famosos, no me parece demasiado justo
en un mundo donde en todos los registros impera el star system; donde
el 129% de los premios literarios tienen la función no de descubrir
y promover talentos, sino de promocionar obras de venta segura; y donde
el único resultado de las campañas y eventos culturales
para la promoción de la lectura es que libros como los suspiros
poéticos de don Antonio Gala se conviertan en best seller.
Ahí radica, precisamente, lo extraordinario del
falso poema de GGM: es igualmente kitsch y masivo, y, sin embargo, su
difusión no es lucrativa, sino voluntaria, casi militante. ¿Qué
impulsa, entonces, al anónimo autor o autora de estos versos? Los
grandes fraudes literarios no pecunirarios solían tener un móvil
ideológico. El nacionalismo, por ejemplo, como en el caso de los
falsos poemas de Ossian, supuesto bardo celta-escocés, que a principios
del siglo xix conmovieron a Europa, o de los falsos manuscritos medievales
que, unas décadas más tarde, contribuyeron a despertar la
aletargada conciencia nacional de los checos.
¿Será el desafío global lo que motivó
al enigmático poeta best seller, quien, con gran modestia, prefirió
esconderse detrás de un nombre público? Ciertamente, el
resultado supera con creces lo que fue capaz en su día el sentimiento
patrio escocés o checo. A mí mismo me ha llegado el poema
al menos cuatro veces, siempre acompañado de afectuosas recomendaciones.
Decenas, tal vez cientos de miles de copias viajan de ordenador a ordenador
haciendo palpitar los corazones y humedecer los ojos. Un auténtico
fenómeno cultural, para qué vamos a negarlo, pero se equivoca
quien cree que el secreto consiste en el (ab)uso de un n/hombre famoso.
Estos días recibí, por ejemplo, otro poema
de inmenso éxito virtual, escrito para ayudar a un niño
moribundo que padece de leucemia. Enviado originalmente desde los EEUU,
me llegó de Hungría, ya traducido, junto con el original
inglés anónimo. Por esos típicos errores del envío,
se podía reconstruir todo su itinerario en territorio magiar: casi
medio millar de direcciones visitadas en menos de una semana, bastante
más que el número de adhesiones a nuestra campaña
contra los asesinatos de ETA, que dura ya como cuatro meses y cinco o
seis muertos... También es cierto que la leucemia y el cáncer
linfático (remember 'Love Story') son mucho más conmovedores
que el tiro en la nuca, con cuya víctima, por lo visto, cuesta
mucho más empatizar.
Sea como fuera, algún asunto grave parece indicado
para esa parodia de catarsis de la que hablaba Adorno a raíz del
kitsch. Es precisamente ahí donde no se acertó de estrategia
al publicar la información, por lo demás valiosísima,
sobre el temperamento literario y amatorio de Maruja Torres cuando obtuvo
su flamante premio Planeta. Porque es verdad que la afirmación
según la cual ella es "apasionada y ardiente tanto en
las páginas como en las sábanas" (El País, 16
de octubre) le da un toque humano a la galardonada, también es
cierto que le resta ese pathos del que dispone el falso poema de GGM.
Aun así, dudo que el exitazo se explique con una
simple leucemia. Al fin y al cabo, las desgracias abundan, pero los hits
poéticos escasean. Como siempre, la respuesta final debe encontrarse
en el texto mismo. Hay que ir, pues, al poema.
Más fuerte poder cantar
Desde el punto de vista poético el texto nos pone
a prueba, puesto que carece de cualquier recurso que, desde Homero y Safo
hasta hoy, nos ha acostumbrado la poesía, como por ejemplo, la
rima, la métrica, el ritmo, las imágenes, la musicalidad,
las metáforas... Ofrece mucho, en cambio, en el terreno de las
ideas. Como punto de partida, vemos a un hombre moribundo pero a la vez
vital que, al repasar su vida, como ya es costumbre en el lecho de muerte,
llega a la sorprendente conclusión de que hubiera tenido que aprovechar
más el tiempo. Se trata de un canto a la vida, un himno de amor,
un poco en el espíritu de la ya clásica canción ecologista
de Roberto Carlos:
Yo quisiera tener un millón de amigos
Y así más fuerte poder cantar.
Lo que pasa es que, a diferencia del brasileño,
nuestro sujeto poético moribundo y amante de la vida, más
que querer "ser civilizado como los animales" quisiera ser animalesco
como los humanos. En su propuesta de una segunda vida más sencilla
(en la ropa) e intensa (en lo afectivo) y, sobre todo, mucho más
comunicativa, tal como recomiendan los libros de autoayuda (de hecho,
lo único que le falta es una estrofa dedicada al respirar hondo),
el presunto GGM confiesa una aspiración realmente sorprendente
por su atrevimiento: comer un helado de chocolate. Si la idea de una segunda
vida tiene largas resonancias literarias y filosóficas (Éluard,
por ejemplo, se hubiera afiliado nuevamente en el PC), el propósito
de comer uno o más helados asimismo tiene sus paralelismos culturales.
Hace unos años un Borges apócrifo reclamó más
chocolate, por ejemplo, en un poema que también recorrió
el mundo, pero sin el poderoso respaldo del world wide web. Y como en
tantas cosas hoy en día, lo tecnológico marca la diferencia.
Gracias a Internet, nace ahora un nuevo arte anónimo
y masivo sentimental, previsible, familiar, hedonista e imitativo
como todo kitsch, que a la democracia del consumo y a la igualitarista
cultura de masas les otorga dimensiones planetarias y velocidad de superordenador.
¡Pobre García Márquez, al parecer,
realmente enfermo! ¡Tantas obras maestras escritas con sangre y
sudor, tantos codeos con dictadores de primera, y no le sirvieron para
nada! Por ahí fuera en la Red millones de almas bellas están
dispuestas a creer que esta tontería lacrimógena la ha escrito
él.
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