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junio
2000
Nº 66

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editorial
"Entre asesinos..."
MIHÁLY DÉS
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Nuestra sensibilidad chapada a la posmoderna y basada
en la inmediatez resulta inmune incluso ante los asesinatos en serie de
ETA. Que, después de mil víctimas, el 7 de mayo mataran
a un periodista por representar una opinión diferente que sus asesinos,
es ya agua pasada. Hasta el próximo crimen, seguimos tranquilitos;
entonces ya volveremos a indignarnos.
Viendo los horrores ajenos y lejanos uno nunca comprende
cómo esa gente llegó hasta esos extremos de la violencia.
Podemos consternarnos o sentir sincera compasión, pero sabe- mos
que se trata de algo que se nos escapa, en que nada podemos hacer. En
esa perpleja incomprensión, en esa involucración espectadora
se basa nuestra catársis diaria ante la televisión viendo
en directo guerras, matanzas y linchamientos.
Hay, sin embargo, un eslabón que de manera tangible
nos encadena a esos grandes crímenes ajenos que tanto nos indignan.
Me refiero a la relación de nuestra sociedad con ETA. Naturalmente
todo el mundo está contra la violencia, el cáncer y el calentamiento
fraudulento de la Tierra. Sin embargo, mirando desde fuera, uno, atónito,
puede formular las mismas preguntas en relación con el terrorismo
vasco que solemos hacer al ver, digamos, las matanzas entre hutus y tutsis.
Las diferencias son de color de piel o de proporciones (aquí andamos
sólo por los mil muertos, pero las estadísticas siempre
son mejorables), mas el letal sinsentido y el escándalo moral son,
básicamente, los mismos. El primero, la absoluta irracionalidad,
es de ETA. El escándalo moral, en cambio, nos atañe a todos
nosotros que pacíficamente convivimos con esa violencia.
Complicidades y desidia, concesiones y pereza son los
componentes sine quan non de esa buena cooperación ciudadana con
el más criminal nacionalismo vasco. No vale la pena ahondar en
la relación paternal del PNV con ETA, pero sí en la indulgencia
que dicha política merece. Sus votantes, por ejemplo, que supuestamente
tampoco son favorables a los asesinatos y la permanente violencia callejera,
podrían expresar con mayor elocuencia su desacuerdo que ese goteo
de votos huidos. No debe suponer un gran esfuerzo mental, ni siquiera
para un nacionalista vasco, que el repudio al terrorismo perpetrado por
personas de su misma sangre no significa una alta traición a la
causa vasca.
Generosa tolerancia
Asimismo, generosamente tolerantes resultan con la política
colaboracionista del PNV los otros nacionalismos, de epíteto moderados.
Instructivo espectáculo ofreció al respecto la visita del
lehendakari al Parlament catalán pocos días después
del asesinato del periodista López de Lacalle. Parece que personalmente
Ibarretxte desaprueba los homicidios, incluso los políticos. Representa,
en cambio, un gobierno y un partido político que a hurtadillas
pactan con ETA, colaboran con el brazo político de la organización
terrorista, y que trabajan afanosamente para realizar la Euskal Herria,
la Gran Euskadi basada en la ley de la sangre (of course de RH negativo),
que se extiende por Francia y Navarra. Pues, la recepción del máximo
representante de esta política, avalada por el reciente asesinato,
fue de lo más agradable y cordial. Únicamente los mandatarios
del Partido Popular y algún que otro espontáneo socialista
mostraron ser aguafiestas, de manera que, gracias a las demás fuerzas
políticas, su muda protesta se transformó en un asunto españolista.
Desde nuestra condición de ciudadanos, probablemente
sería algo difícil incidir en la línea de actuación
del Papa Juan Pablo II o del Fondo Monetario Internacional. Los partidos
políticos, en cambio, están dispuestos a hacer hasta volteretas
para ganar nuestro voto. Nada le costaría a Jordi Pujol, por ejemplo,
imponer condiciones democráticas a la colaboración con el
PNV, si sus votantes lo pidieran. Pero los votantes no lo piden. De otro
modo cómo se puede explicar que en la misma recepción los
parlamentarios de Esquerra Republicana, no es que no expresaran su malestar
con esta visita, sino que aprovecharon el insuperable momento para gritar
exaltados Gora Euskadi, que en catalán sería como aíxi
es fa pàtria, cullons! Muchos de los nuevos votantes de este partido
en alza proceden de la antigua izquierda internacionalista. Al menos ellos
deberían transmitir a sus líderes algo que recuerdan de
su viejo catecismo, como la solidaridad, la fraternidad, etc..., en caso
de que los derechos humanos les parecieran demasiado burgueses.
Una de cal, otra de arena
Los ejemplos de ese apocamiento generalizado son innumerables
y no se limitan a los partidos políticos y sus votantes. Lateral
mismo, para hacer uso de una cortesía autocrítica, muy pocas
veces ha protestado contra esa terrible anomalía. ¿Y qué
decir de otros medios? De esas tertulias donde eminentes periodistas aplican
la regla de una de cal y otra de arena y hablan de concesiones mutuas,
como si el gobierno que para bien o para mal me representa también
debería dejar de matar e intimidar a personas de opiniones contrarias
a la suya. Pero se podría señalar también al gobierno
central que no es capaz de garantizar la seguridad de sus ciudadanos.
O a la policia autonómica que claudica ante el así llamado
terrorismo de baja intensidad. O a la Comunidad Europea, tan histérica
con Austria, y tan indiferente ante las manifestaciones antidemocráticas
del gobierno vasco.
Lo más preocupante, sin embargo, no es la actitud
de las autoridades, sino la falta de una sociedad civil, de una sensibilidad,
llámese democrática, cristiana o humanista, que no puede
quedar callada ante el terror. Quince días después del ominoso
asesinato, la perspectiva de un desfile militar en Barcelona congregó
a 12.000 luchadores de la Paz para protestar contra dicho evento. Evitar
un desfile militar es siempre preferible a celebrarlo, pero llama la atención
que esa marcha de la paz no incluyera en su menú de protesta asuntos
tan baladís como el flamante crimen de ETA. El domingo anterior,
o sea, una semana después del asesinato, se celebró en el
Parque de la Ciutadella de Barcelona una gran Fiesta por la Paz, música
y comida alternativa incluidas, pero sin una sola consigna o discurso
contra el el asesinato de un periodista cuyo cuerpo apenas debió
empezar a descomponerse.
Tampoco he visto jamás que los estudiantes de mi
universidad, hayan expresado alguna vez su rechazo a la violencia etarra,
ni siquiera cuando asesinaron a un profesor dentro de un recinto universitario,
eso sí, madrileño; ni tampoco cuando algunos cruzados de
la independencia atacaron a Jon Juaristi y otros invitados.
Creer que no se puede hacer nada es mucho más tranquilizador
que la fe en el libre albedrío, que constantemente reclama decisiones.
Lo que pasa es que si no decides por ti mismo, terminan decidiendo por
ti. Y en asuntos como el derecho a la vida, esto puede resultar algo contraproducente.
"Entre asesinos, cómplice es el que calla", escribió
en pleno nazismo el, por lo demás, apolítico poeta húngaro
Mihály Babits, y su formulación parece un mínimo
ético al que cualquiera de nosotros puede atenerse. El nacionalismo
radical vasco racista y populista de izquierdas podría
ser imposibilitado socialmente, como lo es, por ejemplo, el nazismo o
el Ku-Klux-Klan. Es cuestión de crear un clima donde sus causas
no sean defendibles ni confundibles con auténticos propósitos
de izquierdas o nacionalistas; es cuestión de desmontar, cada uno
la parte que le corresponda, ese entramado de hipocresías, egoísmos
e inercias que permite su proliferación.
Amigos, enemigos, conciudadanos: el terrorismo es un asunto
demasiado importante como para dejarlo sólo en manos de los políticos
y la policía.
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