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ANDRÉS
HOYOS
Abre los ojos y va volviendo len tamente
en sí. Aunque todavía siente el mareo de la
anestesia, de inmediato le llama la atención la presencia
de algo en el área de su estómago. Quiere tocarse
pero los brazos no le responden bien: el izquierdo sigue conectado
a una botella de suero, mientras el derecho parece muy cansado.
Desiste. Por lo visto se halla en la sala de recuperación.
Haciendo un esfuerzo adicional alza un poco la cabeza para
comprobar si hay alguien más allí, pero la falta
de las gafas a duras penas le permite percibir contornos borrosos
de color, luz y sombra. Recuerda que es muy miope y que le
han hecho dejar las gafas en un locker con el resto de la
ropa antes de tenderlo en la camilla para anestesiarlo. Tiene
la certeza de que no está solo. Una enfermera a la
que no puede ver bien se le va acercando; cuando por fin la
tiene al pie de la cama, alcanza a percibir en ella una mirada
amable, quizá de compasión.
—¿Cómo se encuentra?
—Bien, creo –contesta.
—Descanse un poco. Al ratito lo llevamos a su habitación.
¿Descanse? Unas náuseas no solamente físicas
acompañan la llegada a su mente, en rauda y desordenada
secuencia, de lo sucedido en los tres días anteriores.
Todo empezó el lunes en el instante en que sonó
el teléfono interno de la oficina. Era la voz de su
secretaria.
—Don Isaac, no se le olvide que tiene una cita con el
doctor Martínez a las diez de la mañana.
—Gracias, Adelita –contestó entonces don
Isaac con la voz apacible de siempre. Ese lunes, según
su costumbre de trabajar de sol a sol, estaba en la oficina
desde las siete de la mañana, y Adelita hacía
bien en recordarle la cita, pues de otro modo hubiera podido
olvidarla. Como en la familia no había ningún
médico, para dolor de su difunta madre Sara, quien
lo había atormentado a él mismo y luego a sus
tres hermanos para que alguno estudiara medicina, don Isaac
tenía que ir adonde el doctor Martínez, un reputado
gastroenterólogo goy que la semana anterior le había
hecho practicar numerosos exámenes debido a una molestia
digestiva que a sus 69 años era necesario mirar de
todas maneras. La imagen áspera y severa de su madre,
Sara Grozman, mame Sara, aparecida de forma repentina en medio
del contorno borroso de la sala de recuperación, le
causa malestar. La oye repetir en su mente: “Ich bin
ahntoisht...” y se oye responder casi sin aliento: “Sí,
madre, sé que estás decepcionada, pero...”.
¿De qué tendría ella que estar decepcionada
a esas alturas, muerta como está hace más de
veinte años? Isaac no es un hombre insignificante,
ni mucho menos. No por otra razón el lunes a las 9.30
de la mañana Raúl, el chofer, lo estaba esperando
en un Volvo blindado para llevarlo al consultorio del doctor
Martínez. Es desde luego lamentable que tenga que andar
tan protegido y que gente como él se esté yendo
del país –mame Sara odió esa tierra abrupta
desde que puso pie en ella por primera vez, con Isaac ya en
brazos, y nunca cambió de opinión– a causa
de los frecuentes secuestros que afectan muy en particular
a la comunidad judía, llamada por algunos la Colonia.
Aparte de Raúl, atrás los seguía un Toyota
blanco con dos guardaespaldas más. En ese momento,
lo recuerda Isaac mientras ve palpitar las difusas luces de
neón, se repitió que era una situación
lamentable, tres hombres que a la hora de la verdad poco trabajan
y que se la tienen que pasar en los vestíbulos y en
los garajes de los edificios hasta que él sale. Un
desperdicio. No como en los Estados Unidos, donde viven tres
de sus cuatro hijos. Allí no se necesita nada de eso,
pero al mismo tiempo la persona se hunde en un mundo sin diferencias
porque hay demasiada gente parecida a uno en lo social, en
lo económico. Ahora, ahí sobre la camilla, esa
misma reflexión se le antoja lejana.
El lunes, en medio del trancón matutino en la avenida,
Isaac pasó leve revista a un par de episodios de su
vida. Poco antes de la guerra, sus padres tuvieron la fortuna
de escapar a tiempo del terror nazi que se cernía sobre
Austria para emigrar a Colombia, el remoto país suramericano
en que vive la familia, después de considerar la posibilidad,
preferida desde siempre por mame Sara, de ir a lo que entonces
se conocía como Palestina, hoy, sobra decirlo, Israel.
Pero por una vez se impuso Isaac, su padre, quien luego aprendió
a expresarse en un castellano correcto que le resultaba indispensable
para trabajar. No así mame Sara, quien aprendió
la lengua mal y de mala gana. Entre ellos siempre hablaban
en yiddish. Él mismo puede entender y hablar la lengua
de su infancia, lo que bien visto es otra lástima,
otro desperdicio, porque ya no hay con quién hacerlo
y muchísimo menos ahí con vista a ese techo
frío e impersonal de la sala de recuperación.
—Alevei!
La enfermera se le acerca de nuevo pero él le hace
un signo con la mano para que no se ocupe.
—Llámeme no más si me necesita.
No, por ahora no la necesita.
En el austero consultorio del doctor Martínez no lo
hicieron esperar mucho. El doctor se levantó y le dio
la mano al entrar.
—Siga, don Isaac, y siéntese por favor.
Se sentó. El rostro del médico permanecía
inescrutable. De repente, el doctor Martínez se echó
hacia adelante y tomando de un solo golpe lo que pareció
una buena bocanada de aire, dijo:
—Siento tener que informarle que el resultado de los
exámenes que le practicamos la semana pasada no es
bueno, don Isaac. Mis temores, que no le había participado
a usted porque uno primero tiene que cerciorarse y descartar
posibilidades, resultaron ciertos. Usted tiene un tumor en
el colon.
Ahí sobre la camilla don Isaac vuelve a sentir, al
igual que el lunes mientras el doctor Martínez le explicaba
los resultados, que le meten un hielo por los oídos,
un hielo que le aprieta la respiración y le invade
el cuerpo a la manera de un relámpago.
—Entiendo...
El doctor Martínez le dio unos cuantos segundos para
que se aflojara la corbata y dejara revolotear la mirada asustada.
En ese momento, sin encontrar un lugar donde posar sus ojos
espantadizos, sintió que en la vida hay instantes traicioneros,
definitivos, como ése que acababa de pasar en una ráfaga.
—¿Qué tenemos que hacer? –dijo por
fin.
—Por lo pronto, operarlo para extirparle el tumor. Esto
tiene que ser muy en breve, digamos pasado mañana.
En estos casos no es conveniente esperar.
—¿Ha hecho metástasis?
—Pues algunos de los indicios no son los mejores; también
le detectamos varios ganglios inflamados. Sí, parece
haber alguna medida de metástasis pero usted comprenderá
que lo esencial es enterarnos de hasta dónde ha avanzado
la enfermedad. Eso tan sólo lo sabremos tras la cirugía.
O sea que lo sabrán ahora, ya. Una súbita energía
lo lleva a hacer señas a la enfermera para que se le
acerque.
—¿Usted me hace un favor?
—Sí, ¿dígame?
—¿Puede traerme mis gafas? Las dejé guardadas
en el locker con la ropa.
A la salida del consultorio, el doctor Martínez se
despidió con un afectuoso apretón de manos y
lo dejó solo en aquella tierra de nadie de la que hablan
los guerreros. Camino a casa, el hielo le siguió apretando
el pecho todo el tiempo, estorbándole la respiración.
Además de estar enfermo de gravedad, lo peor era tener
que hablar con Rebeca, su mujer. La verdad es que hace ya
muchos años que no se lleva bien con ella. Inclusive
no duermen en el mismo cuarto. De hecho, se lleva con ella
peor de lo que al final de la vida se llevó con Sara,
su madre. Rebeca es tan previsible, tan aburrida, y al perder
su fría belleza juvenil se puso tan gorda que... Al
igual que a mame Sara la vida se le fue avinagrando con el
paso de los años, porque los hijos se van o no se van
de la casa, porque hacen o no hacen lo que ella quiere, porque
se relacionan con gente que a ella le disgusta, porque dejan
un hueco creciente que un viejo trabajador como él
no está en capacidad de llenar. Esa misma noche, tras
enterarla del diagnóstico de la forma más escueta
que pudo, Rebeca quedó petrificada, como si la enfermedad
no se la hubieran descubierto a él sino a esa entidad
abstracta e impersonal que ella siempre llama “la familia”.
Entonces Isaac no tuvo más remedio que llamar a Sara,
su hija menor. Con ella al menos podía hablar. No obstante,
le duele que sus hijos se hayan vuelto tan belicosos con la
vida. Para colmo, por razones de seguridad no le llevan los
nietos; él tiene que viajar a verlos.
—Aquí las tiene.
—Gracias, querida –contesta Isaac, respirando
profundo.
Se pone las gafas y puede echarle un vistazo a la enfermera,
que permanece de pie contemplándolo y sonriendo. Es
una chica alta y bella, llena de gracia, pero evidentemente
pertenece a un mundo que no es el suyo.
Isaac Meitner, a quien en este momento
tenemos ahí tirado sobre la camilla de la sala de recuperación
número 6 de la Clínica Shaio con la mirada revoloteando
a su alrededor, las gafas recién puestas, tiene, según
se dijo atrás, 69 años. Pese a las leves dolencias
gástricas de los últimos meses y a que ha perdido
una parte considerable de su reciente robustez, hasta el viernes
anterior era don Isaac para los empleados de sus empresas,
para los meseros de su restaurante favorito y para la gente
del club hebreo. Durante la primera parte de su vida de casado
fue un hombre de rutinas, de familia, de creencias no tanto
religiosas cuanto apegadas a la tradición. Con el tiempo,
las rutinas se le fueron volviendo amargas. Tiene el orgullo,
eso sí, de estar muy remotamente emparentado con Lise
Meitner, la famosa física vienesa, prima tercera de
su padre. En la oficina hay una foto firmada por ella, enmarcada
y colgada en la gran pared a la izquierda. Con todo, queda
dicho que la familia cercana carece de médicos, así
como de científicos, músicos y literatos: todo
el mundo se dedica a los negocios, lo que, gracias al cielo,
les ha dado a la mayoría una gran prosperidad que ahora
que Isaac lo piensa no ha traído mucha calidez.
Claro que está el caso del primo León, un buena
vida que nunca se ha sabido ganar un centavo; más bien
dilapidó una fortuna cuando, creyendo que le bastaba
con ser un gran lector para publicar libros con éxito,
quiso montar un negocio editorial –boberías de
ésas, como decía en su fuerte acento germánico
mame Sara– y que hoy por hoy hay que sostener en un
apartamento razonable con la esperanza de que alguno de sus
cuatro hijos se haga cargo luego. Cuatro veces por semana
León hace como que trabaja en una de las empresas de
Isaac. A Isaac le toca una cuota alta en el sostenimiento
de León y de su familia, y esto porque Isaac es un
hombre rico, aunque no el más rico de la familia, posición
destacada que ocupa con creces un primo hermano con quien
Isaac no se lleva bien y en quien prefiere no pensar, sobre
todo no en momentos como éste. Según las cuentas
que mantiene muy al día y actualiza por ahí
una vez al mes, a valor presente su fortuna ronda los 19 millones
de dólares, 10 de los cuales están a buen recaudo
en un par de bancos internacionales rindiendo beneficios,
quizá no los óptimos porque ésos sólo
se consiguen cuando uno atiende personalmente el dinero, pero
sí muy aceptables.
Los camilleros llegan y lo preparan para llevarlo al cuarto.
Isaac se despide de la bella enfermera dándole un beso
en la mano, y por el camino ve pasar los pasillos del hospital
y se siente mal. Se teme lo que en efecto tendrá lugar:
que todo el mundo estará allí, Rebeca, Samuel,
Jacob, Lisa y Sara, todos de regreso tras el llamado de urgencia
que hizo Rebeca el propio lunes en la noche. Cada cual tendrá
cara de acontecimiento. En una de ésas llegará
el cirujano y él pedirá que los dejen solos.
El cirujano le dirá...
—Señor Meitner, lamento informarle que no fue
posible extirparle todos los tejidos cancerosos.
—Doctor, ¿eso significa que me voy a morir?
—La oncología tiene hoy en día procedimientos
muy avanzados, don Isaac. Hay que esperar a ver qué
dicen ellos.
—Plats...!
Lo que sucede en los días siguientes
se puede sintetizar pues hace parte de la tétrica rutina
de las enfermedades graves o terminales cuya exploración
no es nuestro objeto aquí. A la semana, una vez Isaac
puede dejar el hospital y visitar al oncólogo, éste
le dice que hay órganos vitales comprometidos, de modo
que las esperanzas de vida son reducidas. Le propone varios
tratamientos paliativos, y ante la pregunta de si debe viajar
a los Estados Unidos para obtener una segunda opinión,
el oncólogo le dice que no sobraría. El siguiente
oncólogo que visita de urgencia en Houston ratifica
el diagnóstico: le quedan entre seis y ocho meses de
vida, de tres a cinco de alguna calidad si se realizan los
tratamientos paliativos prescritos por el doctor colombiano
de forma correcta.
—I’m sorry.
Isaac no contesta nada –se pregunta, sí, qué
clase de especialidad es ésa para un médico,
donde no se ve sino pura gente de-
sahuciada–, paga la cuenta con un cheque personal pues
siempre le pareció mal negocio adquirir seguros médicos,
y regresa al país que lo ha albergado durante la inmensa
mayoría de la vida. Allí lo encontramos de nuevo,
pasado un mes desde la operación. Lo que nos interesa
más específicamente acontece entonces. Ahora
se nos vuelve a aparecer Isaac Meitner, con dos o tres kilos
de menos, pero con un semblante todavía aceptable.
Algo le pasa, algo relacionado con el merodeo de la muerte.
Prefiere no estar en familia. Tiene la impresión de
que Rebeca ha adoptado un espíritu conspirativo y eso
le produce rabia, un sentimiento de muy rara ocurrencia en
su pasado. Quizá sólo recordaba algo de crudeza
semejante durante la infancia por el trato que le daba su
madre: puras órdenes en medio del chantaje de las lágrimas.
En este instante está tomando un aperitivo en casa
de Juan Antonio Samaniego, quizá su amigo más
entrañable. Juan Antonio, como el nombre lo indica,
es goy hasta los tuétanos, y va por la vida de librepensador
y buena vida. Es un conversador animado y según el
comentario que Isaac le ha oído a varias mujeres que
conoce, es también uno de los hombres más buenmozos
de su generación en la ciudad, condición de
la que Juan Antonio ha sacado gran partido, para sufrimiento
constante de Irene, su esposa de veinte años, de quien
se separó hace quince, después de una sangrienta
ordalía legal que terminó en empate. Con Irene,
Juan Antonio tiene dos hijas mayores, pero por ahí
le han aparecido un par de hijos naturales a los que reconoció
y a los que también educó y ayuda con lo producido
por sus explotaciones de flores exóticas.
Los líos de su amigo llevan a Isaac a rememorar los
tiempos en que él mismo rondaba los cuarenta años.
Por esa época todavía tenía algo de pelo
y era de buen ver. Su propia fortuna subía como la
espuma: se había sacado, por así decirlo, varios
plenos a la vez en la ruleta del aletargado mundo de los negocios
del país. Después la euforia lo llevó
a cometer un par de errores costosos; ésos, sin embargo,
era mejor no paladearlos mucho pues incluso le habían
traído fuertes tensiones con Rebeca, quien suponía
que un buen padre de familia judío no se podía
equivocar, y mucho menos en los negocios. En ese entonces
había estado a punto de adquirir una amante en dos
ocasiones: la primera era goy y la segunda judía, casadas
las dos. Pero ¿qué se van a comparar esos conatos
no consumados, más que todo por razones de trabajo,
con las azarosas corre-rías de Juan Antonio? Ése
sí que ha disfrutado, ¡coño! Juan Antonio
es lo que se dice un sibarita de 70 años... Su fortuna
no alcanza ni siquiera a la tercera parte de la de Isaac.
Pero eso ¿qué tan importante es cuando a uno
no le quedan sino ocho meses de vida? Lastimosamente no es
muy importante: los recuerdos valen más que el dinero
a la orilla de la muerte, aunque a la orilla de la muerte
nada vale lo que dos o tres años más de vida,
así sean a pan y agua.
Entre lo más valioso que tiene Juan Antonio se cuenta,
según dicen los que saben, su colección de arte.
Claro que vaya véndala, como decía mame Sara
al cuestionar cualquier compra suntuaria de boberías
de ésas... ¿Se podrá vender? Él
mismo no sabe nada de pintura ni de arte –la parsimonia
es otro de los legados de mame Sara– ya que en 69 años
de vida no le ha quedado tiempo para enterarse. El único
objeto de arte que hay en la familia es un retrato al óleo
que su padre trajo del viejo mundo. Examinado por unos expertos
sugeridos por Juan Antonio, eterno consejero familiar en esas
lides, parece que es de la mano de un expresionista menor
y que vale unos cuantos miles de dólares. Para evitar
fastidios, la posesión del retrato es rotatoria, y
hoy por hoy está en manos de su hermano Bernardo.
Juan Antonio llega por fin, le da un abrazo a Isaac y destapa
la media botella de champaña que siempre tiene en el
refrigerador del estudio. Se sirve su copa habitual, y los
amigos brindan y conversan de trivialidades varias. Isaac
pone el tema del valor de la colección.
—Hombre, Isaac, si yo vendiera mi colección hoy
en día conseguiría una buena marmaja. En general,
me dicen –o me digo yo, ja, ja, ja– que he tenido
muy buen ojo. Pero aunque ya aterricé en el séptimo
piso, no quiero venderla.
—A tus hijos y a tu ex mujer el arte...
—No les interesa ni papa, tienes razón. Pero
tampoco me decido a donarla en vida a algún museo.
Si lo hago, me echarían estricnina en el desayuno con
tal de cobrar el seguro de vida.
—No se lo pagarían.
—Déjame decirte que a Irene sí se lo pagarían.
Yo sé la clase de extorsionista que es ella. Believe
me.
—¿Y por qué no llevas los cuadros a una
subasta internacional? Aquí veo que tienes cualquier
cantidad de catálogos. Yo te acompañaría.
—Desde que uno entrega los cuadros hasta el momento
de la subasta pasan por lo menos cuatro meses. Por ejemplo,
a las subastas que hay a fines de este mes ya no te dejan
entrar. Además, es más sabroso comprar que vender.
Pero como decía Rabelais, la falta de dinero, que es
dolor incomparable, últimamente me lo tiene prohibido.
—Cuatro meses, cuatro meses... No, no tengo cuatro meses.
O tal vez tiene justo cuatro meses. Con suerte, un par de
meses más. La vida, que antes pasaba al ritmo amodorrado
de un explorador que se hubiera perdido en un pantano, ahora
va por un tobogán vertiginoso hacia la muerte. No hay
sosiego ni para desaparecer de la faz de la tierra, y las
cosas simples como la vieja cara de tu mujer cambian en un
salto de calidoscopio. Día tras día se ve que
Rebeca va adquiriendo un aire de preocupación que significa:
Isaac, hay problemas que se deben resolver, no te olvides.
¿Problemas? ¿Problemas como por ejemplo morirse
uno? Ése también es un problema, un problema
agudísimo, no estar ya vivo. Recuerda entonces una
propaganda irónica a la que no había puesto
atención en su momento. En ella un par de adolescentes
se divierten de lo lindo en una cabina de primera clase de
un avión. El eslogan dice: “Viaje en primera
clase, porque si usted no lo hace, sus herederos lo harán”.
Él siempre viaja en business class, nunca en primera
clase. ¿A cuánto habrá ascendido la diferencia
sumada durante tantos años? Sin duda le ha ahorrado
un buen dinero a la familia, dinero que...
Agotado el tema del arte, Juan Antonio pasa a contarle una
aventura que tuvo una vez con una lesbiana muy bella llamada
Andrea. Isaac piensa que hubiera pagado por oír esas
historias que el amigo desgrana como si fueran golosinas para
los niños en Halloween. Es evidente que Juan Antonio
lo sabe de sobra, de modo que procede con su sonrisa de goleador
impenitente.
—¿Y cómo hiciste, es decir?
—¿No te lo había contado? Pues ella se
convirtió de religión por mí durante
un par de años. Nos teníamos que encontrar a
escondidas, no tanto por causa mía, ¡sino porque
estaba en juego la reputación de Andrea con las nenas!
Sobra decir que no siempre nos éramos fieles, pero...
lástima que nunca quiso jugar al triangulito. Decía
que de pronto se le cruzaban los cables.
Casi cincuenta años atrás, Isaac también
había estado tentado de contrariar su religión,
o sea su religión judía, por amor. Eran los
tiempos de su breve especialización en finanzas en
el extranjero, y en la universidad se había enredado
con Julia Mejía, una goy alta y no bella pero sí
muy graciosa. La sonrisa de Julia era como una marca de fuego
y exhalaba una tranquilidad de estar viva que hubiera sacado
de casillas a mame Sara, quien por supuesto ignoró
la existencia de la relación a todo lo largo. Isaac
inclusive se había acostado con Julia, algo de veras
inusitado para la época, y recuerda un placer levemente
dañado, jadeante, por fuera de la ciudadela, al descampado.
Julia es provinciana, de modo que apenas la ha vuelto a ver
un par de veces en todos estos años; así y todo,
tiene la idea de que vive una vida interesante y figura en
su ciudad en actividades de mu-seos o algo por el estilo.
Eso sí, la imagen de Julia siempre acude a su mente
cuando oye la melodía de esa canción que dice:
“bésame, bésame mucho, como si fuera esta
noche la última vez”. A ella le encantaba y la
ponía todo el tiempo.
—¿Por qué no me prestas algún libro
de historia del arte?
—El que quieras, mi amigo.
—No, pensándolo mejor, prefiero leer aquí.
¿Me invitas?
—No, voy a cobrarte la entrada.
—Tan gracioso.
Juan Antonio, libre pensador y todo, no deja escapar oportunidad
de gastarle chistes relativos a las supuestas neurosis pecuniarias
del judío. Para su fortuna, o tal vez para fortuna
de Isaac, Juan Antonio no alcanzó a conocer a mame
Sara pues no se quiere ni imaginar la de chispas que hubieran
saltado entre ambos.
Terminada la tertulia, Raúl lo está esperando
en el Volvo. En casa habrá sin duda comida caliente.
Pensando en eso se relaja, pero al llegar lo que de veras
le espera es la cara de Rebeca, quien lo acompaña a
comer y lo mira todo el tiempo con aire exacerbado.
—Mi amor...
Isaac siente aprensión; hace mucho que ella no le dice
así.
—¿Dime?
—Es que Sarita habló con un abogado amigo de
ella allá en Miami, y el abogado le dijo que era mejor
que tú pusieras las cosas en orden porque, si no, puede
haber problemas; unos impuestos...
—Las cosas ya están en orden.
—Yo te creo, pero...
Isaac siente renovarse por dentro el frío helado de
aquel lunes por la mañana en el consultorio del doctor
Martínez, mezclado con la ira reciente. Ese “pero”
quiere decir que no está tan segura, que los moribundos
no cuentan, que los moribundos se equivocan, que los que cuentan
son los que siguen vivos. ¿Será eso parte de
la tradición de la que hablan los chistes pesados que
le cuenta Juan Antonio? Toda la vida él ha manejado
sus asuntos en Nueva York, en contra de la presión
de su mujer y de sus hijos que le han insistido mucho en trasladar
las cuentas a Miami, adonde están migrando en masa
los judíos colombianos. A su vez Isaac se ha rehusado
con el argumento de que “en la capital del mundo...”.
Piensa que Nueva York ha sido uno de sus pocos amores fieles.
—De todas maneras pienso ir a Nueva York apenas pueda.
Quizá la semana
entrante.
—No sabía. Te acompaño.
—No, le dije a Juan Antonio que si me acompañaba.
También quiero descansar un poco de las presiones.
No estoy tranquilo.
Rebeca hace cara de asombro ante esa decisión que él
acaba de tomar y que ella al parecer considera en extremo
sospechosa. El viaje se le ha ocurrido de repente, como disculpa,
sin ni siquiera consultar con Juan Antonio.
—¿Oí bien?
—Sí, oíste bien que voy a Nueva York,
pero no voy solo, voy con mi amigo Juan Antonio. ¿Qué
tiene de raro que por una vez haga lo que me place?
—¿Dónde te quedas?
—En mi hotel de siempre.
Rebeca no comenta nada más sino que se levanta de inmediato.
Isaac presiente que va a llamar a alguien y, en efecto, al
poco tiempo ve cómo se enciende el botón rojo
del teléfono que identifica al aparato del estudio.
De seguro está llamando a alguno de los hijos a rendirles
informes del fracaso de la misión. Habla un rato, hace
un par de llamadas más, y luego silencio.
Esa noche Isaac sueña con una variación de un
chiste que Juan Antonio le contó hace poco. Una dama
judía llama al periódico y pide que la comuniquen
con la sección de obituarios.
El encargado le pregunta:
—¿Qué puedo hacer por usted?
—Quisiera poner un obituario.
—Muy bien, ¿cómo quiere que diga?
—Irving Cohen ha muerto.
—¿Eso es todo? ¿Irving Cohen ha muerto?
—Sí, eso es todo.
—Pero, señora, el obituario permite poner tres
líneas.
—OK, ponga: “Irving Cohen ha muerto... era un
cobarde”.
Isaac se despierta. El sueño le parece raro, pues el
mal chiste de Juan Antonio terminaba con: “Irving Cohen
ha muerto... se vende un
Cadillac”.
Esa misma mañana, después de un desayuno que
todavía logra ingerir con algo de placer, Isaac llama
a Juan Antonio y le propone el viaje. No le da ninguna razón
sentimental, como digamos que quiere despedirse de una ciudad
que siempre le encantó; hace la propuesta como si le
quedaran veinte años de vida. Juan Antonio accede de
inmediato.
El día antes del viaje, Isaac visita al
oncólogo.
—Don Isaac, no sobraría que se tome estas pepas
–le dice el oncólogo, extendiéndole una
fórmula.
—¿Qué son?
—Antidepresivos. En su condición son de alguna
ayuda. Recuerde también que hay posibilidades de dolor,
de modo que vaya al médico apenas sienta algo que no
consiga calmar con los analgésicos que ya le he formulado.
—Gracias, doctor, pero yo lo que necesito es un antidepresivo
de verdad. Y esos no vienen en botellitas.
Los dos amigos viajan en business
class porque desde hace años la aerolínea nacional
ha dejado de ofrecer primera clase, pero se bajan en el Hotel
Pierre, situado en la Calle 61 esquina con la Quinta Avenida,
sobre el Central Park. Es el preferido de Juan Antonio, y
según él, le ha servido para tener tórridos
encuentros con mujeres despampanantes. Isaac hacía
bastantes años que no se hospedaba allí –pensándolo
mejor, sólo había estado en el Pierre un par
de veces en que un cliente suyo muy importante lo invitó
en viaje de negocios y, por cuenta del cliente, le preguntó
qué hotel prefería– y sonríe al
ver la tasa que va a pagar: 740 dólares la noche por
una suite con vista al parque.
Desempaca el smoking italiano que compró para el matrimonio
de Lisa y que le va bien pues ha vuelto al peso de entonces,
y lo envía para que le den una limpiada experta. Luego
se da un baño. A la salida, envuelto en la gruesa bata
de toalla blanca que el hotel provee, Isaac siente un impulso
y llama a su casa en Bogotá. Le contesta la muchacha,
y cuando pregunta por la señora Rebeca, ella le cuenta
que doña Rebeca viajó ese mismo día.
—¿Adónde?
—Pues ¿no fue a Nueva York con el señor?
—Ah.
Nada raro, cabía esperarlo. Ojalá no haya escenas
detectivescas. Rebeca desconfía de Juan Antonio, quien
no le cae mal sino peor, para usar las propias palabras de
ella. Juan Antonio por su parte la ignora en forma amable.
Por expreso pedido de Isaac, en los días siguientes
el par de amigos hacen un tour por los principales museos
de la ciudad: van al Metropolitan, van al Moma, van al Guggenheim.
Pero es sobre todo la Colección Frick la que deja extasiado
a Isaac. Allí están el San Francisco en el desierto,
de Giovanni Bellini, que según su amigo es un espléndido
ejemplo del quattrocento italiano, con su tonalidad ingenua
y su luz serena; le impactan el libro en el atril y la calavera;
está uno de los últimos autorretratos de Rembrandt;
está el retrato que le hizo Hans Holbein el joven a
Tomás Moro, víctima del famoso Enrique VIII
–no sabía que el autor de Utopía fuera
un santo católico. Sin embargo, los tres cuadros de
Vermeer le impresionan por encima de todo.
—Era el pintor preferido de Proust. Éste del
ama y la criada fue lo último que compró el
viejo Frick.
Es un cuadro enigmático, lleno de una luz en calma
que casi duele. La criada le habla al ama y le entrega una
carta o algo por el estilo. El ama, que viste una lujosa casaca
amarilla de cuello de armiño, mira a su vez a la criada
con sorpresa; el ama alza una mano hasta la barbilla y en
la otra sostiene un lápiz que reposa casi ingrávido
sobre un papel en blanco frente a ella. ¿De quién
es la carta, qué dice, proviene de un amante, de la
madre, de un hijo, es un pedido de la autoridad, del panadero,
es una tontería?
—¿Cuánto le costó?
—Hombre, ni idea. Pero lo único cierto es que
hace ochenta años los cuadros eran mucho más
baratos que ahora.
—¿Y a qué horas compraba tanta cosa si
también trabajaba?
—Para que veas. En todo caso, la primera vez que yo
vine a la colección, hace ya muchos años, me
impresionó tanto como a ti. Y me puse a averiguar un
poco. ¿Sabes que todo esto estuvo a punto de no estar
aquí?
—¿Cómo así?
—Pues por allá en el año mil ochocientos
noventa y tantos, mucho antes de que Frick pensara en comprar
ningún cuadro, al muy zorro le dio por bajarles el
salario a los empleados de su siderúrgica. Éstos
le hicieron una huelga muy belicosa, y él, ni corto
ni perezoso, contrató a unos esquiroles armados para
romper la huelga. Hubo enfrentamientos y murieron siete u
ocho de lado y lado. El viejo Frick se salió con la
suya, pero unos meses más tarde un anarquista se le
metió a la oficina y le pegó tres tiros, además
de dos puñaladas con una navaja envenenada. Aun así
no lo mató.
—O sea...
—¿Y sabes lo más gracioso?
—No...
—Que el joven anarquista que le pegó los tres
tiros a Frick era hijo de un próspero hombre de negocios
judío, como tú. Se llamaba Alexander Berkman.
¿Qué tal tener hijitos así?
Isaac se figura la escena vívidamente pero sólo
acierta a comentar:
—A mi primo el avaro el hijo le salió comunista
y guerrillero.
—De todas maneras Frick terminó por ganarles
la partida a la pareja de anarquistas judíos.
—¿Pareja?
—Sí, Berkman era novio de otra judía lituana
llamada Emma Goldman, “la roja Emma”. Fue la del
dicho famoso: “si no me dejan bailar, no quiero estar
en su revolución”. Berkman se suicidó
ya viejo y enfermo de...
—¿De cáncer?
—Sí, perdona, pero ésa es la historia.
—No le hace; cualquiera se enferma de cáncer.
Pero yo no me voy a suicidar.
La historia de Frick y de los dos muchachos judíos,
más la intempestiva mención del cáncer,
le revuelven un poco el estómago a Isaac. A lo mejor
alguno de los dos era familiar de sus antepasados, en particular
la tal Emma Goldman, siendo lituana... Juan Antonio también
cuenta que la muchacha trató de prostituirse sin éxito
para que su amante pudiera comprar el revólver del
atentado, pero que nadie la quiso o no supo cómo venderse.
Eran otros tiempos.
Isaac, camino a la cita que tiene al día siguiente
en el banco, se da otra breve pasada por la Frick, situada
a pocas cuadras del hotel. De ahí toma un taxi y llega
puntual a la cita. Lo atiende la ejecutiva de siempre, una
mujer atractiva, de por ahí cuarenta años, llamada
María. Ella le informa que Rebeca y sus hijos le han
pedido una cita para esa misma tarde. Isaac siente que se
le renueva la ira por dentro.
—Me hace el favor y en este mismo instante cambia las
instrucciones de acceso a mis cuentas. Yo soy el titular y
nadie más puede darle órdenes de ninguna especie
mientras yo esté vivo.
—Claro, don Isaac. De hecho, así están
las disposiciones. ¿No recuerda?
—Sí, pero no quiero interferencias. Además,
me extiende por favor una carta de referencias con mi crédito,
porque la voy a necesitar.
—¿A nombre de quién?
—A mi nombre.
El breve episodio tiene efectos alquímicos
–quizá la rabia sea un gran estimulante–,
y por primera vez desde que Isaac Meitner salió cabizbajo
y abatido del consultorio del doctor Martínez, ahora
lo vemos avanzar con paso firme. Se despide de beso de María,
la ejecutiva de cuenta, llevando en el maletín todo
lo que ha solicitado. Una vez afuera, pide el ascensor con
un sólido golpe de su dedo índice y ya en la
calle levanta con claridad ese mismo dedo para detener un
taxi que lo lleva al hotel. A la llegada hace un sol espléndido,
y como Juan Antonio todavía tardará media hora
en llegar, de pronto un poco más –no es el ser
más cumplido de la creación, pero esto, que
solía exasperar a Isaac, a estas alturas le preocupa
menos– sube a la suite, guarda los papeles en la caja
de seguridad y vuelve a bajar para hacerse en la terraza y
pedir un aperitivo. Whisky de malta Glenmorangie en copa pequeña,
sin agua ni hielo, según sugerencia de Juan Antonio,
el consejero.
Pasados quince o veinte minutos el amigo aparece por la puerta
de la terraza. Juan Antonio viene envuelto en su bufandita
de otoño y sonríe con aire cómplice.
Trae lo que Isaac le ha pedido. Antes de sentarse, él
también pide un Glenmorangie en copa sin hielo y se
acomoda bajo el parasol a revisar los planes.
—¿Estás seguro de que quieres continuar
con esto?
—Tan seguro como que me llamo Isaac Meitner.
—Pues he marcado cinco o seis maravillas que, por eso
mismo, están en el rango de precios que me indicaste.
Eso sí, no queremos nada de arte contemporáneo.
Lo producido después de la Segunda Guerra está
altamente sobrevalorado. Y como las grandes obras del impresionismo
ya casi no queda en manos privadas, nos concentraremos en
el primer arte moderno, hoy por hoy la fruta más exquisita
del mercado.
—Sólo por curiosidad, ¿cuánto costaría
un Vermeer?
—Costaría una invasión a Holanda. Ni Bill
Gates lo puede comprar. Simplemente no hay ninguno para la
venta.
—Pero si llega a salir alguno.
—No sé, ¿setenta u ochenta millones de
dólares? De pronto más. Hablando de holandeses,
en esta subasta hay un magnífico Van Gogh, pero para
esa maravilla ni siquiera a ti te alcanza. Tiene de bueno,
eso sí, que los grandes cañones van a estar
concentrados en él y a lo mejor dejan el campo despejado
para otras cosillas. También hay un bello desnudo de
Modigliani, pero como son bastante escasos el precio es altísimo.
¿Chagall?
—No, Chagall tal vez no.
—Es de la primera época, la que de veras vale,
y está muy bonito. Veamos, también hay un bello
Klee que no está tan caro, pero –alza los ojos
y cata por un instante a Isaac– no te veo gran afinidad
con Klee.
—Quiero algo más contundente –dice Isaac
concentrado en el catálogo.
—Hay un par de cuadros de los esposos Delaunay, pero
los descarté porque siempre me parecieron unos polizones
que se colaron al gran trasatlántico del arte moderno.
También hay un Léger no tan barato y bastante
aburridor. Pues bien –dice abriendo con gran ceremonial
en una página que tenía marcada–: aquí
está tu pretendida: Odalisca con magnolias del gran
Matisse, cuadro pintado en 1923 cuando ni tú ni yo
habíamos nacido.
La reproducción cubre toda una página, y el
rostro de la mujer está ampliado en detalle en la página
siguiente. Isaac mira los precios estimados, que en efecto
están en la parte alta del rango que le dijo a Juan
Antonio, y siente un escalofrío: ¡boberías
de esas! ¿Qué diría mame Sara si lo viera
dispuesto a pagar cerca de la mitad de la fortuna de la familia
por un cuadro que un señor pintó en apenas quince
días? Pues que no diga nada, porque no está
ahí para decir nada. Isaac recuerda que una vez muerto
su querido padre, ella le exigió que la sacara del
país y la instalara en la Florida. Esa huida le pareció
la última traición. A los pocos años,
Sara se enfermó de cáncer y se fue a morir a
Houston como los elefantes.
—El Matisse tiene, además, la ventaja de que
está entre los primeros lotes, justo después
del Van Gogh, de modo que si se nos llega a salir de las manos,
siempre nos queda la posibilidad de apostarle al Modigliani
cuando ya las dos grandes batallas hayan debilitado al enemigo.
Realizada la discusión, hay que agregar las comisiones
para sacar precios reales, ponerse un tope y afinar la estrategia.
Luego, lo más importante, ir a visitar las obras.
—Haces como cualquier sultán que se paseara por
el serrallo, compadre, catando a las nenas que esa noche...
De regreso a la suite antes de salir a cenar, Isaac encuentra
un mensaje de Rebeca: favor llamarla. Ni idea de cómo
se enteró de que estaba en el Pierre; tal vez en una
de ésas se le escapó el nombre al referir algún
cuento de Juan Antonio. Sin embargo, Isaac ha dado instrucciones
de que no le pasen llamadas y no llama.
Al día siguiente los dos amigos bajan a desayunar antes
de salir a visitar los cuadros, pero la familia en pleno intercepta
a Isaac en el lobby. Isaac se pone tieso como una estatua.
—Estoy simplemente de vacaciones. Eso es todo. ¿Por
qué no me comprenden?
—Pero papi... –dice Sarita.
—Pero papi nada. Les ruego que me dejen en paz una semana.
¡En paz! Una semana nada más. Luego todo vuelve
a ser igual y hago lo que quieran.
Se marchan a regañadientes. Isaac encarga a Juan Antonio
de que en forma discreta se asegure de su partida y, en efecto,
al momento el amigo regresa con la noticia de que los vio
subirse a sendos taxis. Por si acaso, cada uno sale sigilosamente
por la puerta lateral del hotel y juntos toman el taxi en
una calle adyacente donde estarán seguros de que nadie
los sigue. El catálogo va en el maletín de Juan
Antonio.
En Christie’s hay bastante movimiento. Un grupo muy
grande rodea el cuadro de Van Gogh del que se espera que imponga,
si no un récord pues ya no hay japoneses locos con
chequera por ahí, sí una marca muy alta. Alrededor
del desnudo de Modigliani hay menos aglomeración. Isaac
lo mira un buen rato y, sí, desde luego que es una
maravilla. Una mujer joven, relajada, entre misteriosa y complaciente,
con una sonrisa seductora que en el fondo del fondo también
es triste. Tiene los brazos levantados en una mezcla de sensualidad
y pereza y lleva, por toda indumentaria, un leve collar. El
pequeño triángulo del pubis irradia un fragor
misterioso.
Un poco más allá está el Matisse. Hay
un grupo considerable a su alrededor.
—No sonrías tanto, Isaac –le cuchichea
Juan Antonio al oído– son el enemigo.
Isaac se quita las gafas para limpiarlas bien con el pañuelo.
Mientras ve los apacibles contornos de luz y sombra que despide
el lienzo, piensa que por una vez en la vida tendrá
que mirar con la mayor claridad posible. Al volverse a poner
las gafas da la razón a Juan Antonio: el cuadro produce
un efecto, como dice él, de “calma, lujo y voluptuosidad”.
—Es un verso de Baudelaire.
—Ah.
El ombligo de la odalisca está iluminado y lo rodean
unas sombras apacibles. Los senos descansan como leones dormidos,
si bien es el rostro de la mujer el que parece estar en paz
a un tiempo con la eternidad y con el instante. En un plato
verde a la izquierda hay cerezas, frambuesas, frutos del final
de la primavera, pero ella no quiere comer, está satisfecha,
no hastiada pero sí satisfecha. Detrás del diván
a rayas verdes y blancas se ve un biombo estampado con magnolias.
Los colores son muy vivos pero a la vez irradian una gran
armonía.
—¿Qué vas a hacer con el cuadro?
—No sé. Por lo pronto llevármelo a
la casa.
—El sultán se fuga con la hurí.
Isaac ríe. Sí, muy corrompido y muy musulmán
todo esto. Ambas, la de Modigliani y la de Matisse, son mujeres
de ésas que nunca le tocaron en la vida. Ahí
mismo decide que pujará con fuerza por la odalisca
de Matisse, en cuya biografía acaba de leer que también
fue víctima del cáncer. Si físicamente
no le alcanza, entonces comprará la mujer de Modigliani,
cuyo estimativo es algo más de la tercera parte del
de Matisse. Junto con el Van Gogh, son lo mejor y lo más
bello que hay en el catálogo.
Tras la espera más larga de
la vida de Isaac, a los tres días llega por fin el
momento de la subasta. Isaac y Juan Antonio, ambos vestidos
de impecable esmoking, hacen la entrada al gran salón
de subastas. Isaac tramita las referencias y le dan la paleta.
Con una sonrisa danzante recuerda la salida del hotel, realizada
una hora y media antes: toda una operación de comando.
Cada uno por su lado tomó un taxi y se encontraron
en un bar del vecindario. De ahí, previo trago de buena
suerte, atravesaron varios corredores, entraron y salieron
de la estación del subway, y tomaron otro taxi.
La subasta enciende motores en forma súbita. Rematan
un pequeño Picasso en setecientos mil dólares,
y la cosa entra en calor. Luego sale otro par del mismo rango.
El Sonia Delaunay pasa sin comprador. Nada raro. La tensión
trepa en la montaña rusa cuando anuncian el Van Gogh.
El precio sale del partidor como un caballo desbocado y salta
raudo la barrera de los 40 millones. Sigue subiendo. Al final
hay tremendo alboroto cuando un comprador telefónico
se lo lleva por 58 millones 350 mil dólares. Pasan
dos, tres, cuatro lotes más, y viene otra de las estrellas
de la noche, Odalisque aux magnolias, de Henri Matisse, pintado
en 1923. Pasado el anuncio, sube raudo como espuma, seis millones
cuatrocientos mil dólares... La vida se va pero se
queda. Isaac siente el rastro del galope de los caballos hacia
el abismo. Después pasará lo que tenga que pasar,
pero en el entretanto lo importante es lo que queda registrado
en una foto tomada por su amigo Juan Antonio. En ella Isaac
sale flaco pero sonriente, vestido de esmokin, en el instante
mismo en que levanta la paleta...
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