|
Mundos
subterráneos
El extraño destape chileno
JUAN PABLO MENESES
Para cualquier extranjero, Chile es una
nación que mezcla dos virtudes poco frecuentes en Latinoamérica:
economía ejemplar y tranquilidad política. Sin
embargo, para la otrora capital más conservadora de
Sudamérica, estos últimos doce meses han sido
sexualmente agitados. El autor de esta crónica se sumergió
en los subterráneos de los clubes nocturnos, los pijos
y los no tan pijos, para entregar una mirada distinta y candente
del extraño destape sexual de los chilenos.
Ya poh, mi amor, invítame
a una bebida... O si querís, por siete lucas podemos
tener un contacto allá arriba –dice Alejandra,
y apunta hacia una pequeña y oscura galería,
donde hay tres parejas teniendo sexo.
Son las tres de la tarde de un lunes y todo sucede en un subterráneo
del centro de Santiago. Exactamente, en la galería
Capri, un conjunto de pequeños almacenes atendidos
por señoras desganadas y donde se puede encontrar menaje,
lencerías, prótesis, manteles y peluquerías.
Todo esto a tres cuadras de la Catedral y a dos cuadras de
las oficinas de Joaquín Lavín, alcalde de Santiago
y candidato presidencial de la derecha chilena, militante
de la UDI y miembro del Opus Dei, quien en este mismo momento
está recibiendo en su despacho, de techos altos y escritorio
de madera fina, a una delegación de microempresarios
a quien felicita por su iniciativa y pone como ejemplo de
un Chile líder en materia económica.
El lugar donde trabaja Alejandra se llama Orianis, aunque
quienes lo visitan lo conocen como El Tablón, por su
característica tribuna que parece de estadio de fútbol,
donde las chicas se te sientas en las rodillas y te bajan
los pantalones por poco más de diez dólares.
Otros, más creativos, le llaman “El establo”,
porque según una de las chicas: aquí adentro
“se culea como animales”.
Desde la calle parece un simple cabaret. La entrada cuesta
mil quinientos pesos, y te da derecho a un pequeño
vaso de plástico que puede venir con Fanta, Sprite
o Coca Cola. El pasillo de entrada está iluminado por
unos tubos fluorescentes que le dan al lugar un aire a carnicería
de barrio. Tras bajar la escalera apareces en un cabaret mal
iluminado, donde una mujer bastante gruesa se mueve de manera
amateur sobre un escenario de espejos trizados. La música
suena fuerte, es una balada romántica de Ricardo Montaner
que acompaña a la bailarina mientras simula una gloriosa
masturbación. Frente al escenario se ubican cinco largas
filas de asientos de cuero sintético. Tras los asientos,
la gradería que le da el sobrenombre al lugar.
Esta tarde hay pocos clientes. Diez, en total. Cinco de ellos
en las hileras de asientos, dos parados conversando –negociando–
con alguna de las chicas, y tres clientes con los pantalones
abajo, en pleno tablón. En un rincón del techo,
un televisor muestra una porno donde una rubia le practica
un fellatio a un musculoso rubio mientras por atrás
recibe la embestida de un latino con pinta de guardaespalda
de boxeador.
—Ya poh, vamos arriba– insiste Alejandra, mientras
desliza suavemente sus manos por donde quiere.
Los clientes son de todo tipo: gordos malagestados, viejos
con cara de mala jubilación, un par de tipos de anillos
que podrían ser camioneros en día libre o dueños
de un puesto de verduras en la feria de Lo Valledor, estudiantes
de algún instituto de informática o comercio
exterior y otros que visten corbata y traje oscuro. Me llama
la atención un tipo que está sentado en la primera
fila. Es canoso y de tez blanca, buen traje y modales educados.
Un tipo que no acepta compañía de las chicas,
porque le gusta mirar lo que otros hacen. Un hombre que inevitablemente
pertenece a otro mundo, pero que está sentado en la
primera fila de un lugar donde las bailarinas son feas y el
olor a perfume es tan profundo que se te pega hasta en los
zapatos. Un señor que goza mirando a algunas parejas
que a menos de cuatro metros están manteniendo relaciones
sexuales como si todo esto se tratara de una orgía
entre amigos. Como si todos los que estamos aquí adentro,
en estos veinte metros cuadrados a donde entramos tras pagar
menos de tres dólares, estuviéramos protagonizando
nuestra propia fiesta Spiniak [Claudio Spianiak es un empresario
chileno, ex director de la Cámara Nacional de Comercio
de Chile, que en el año 2000 fue aprehendido en una
sesión sadomasoquista con menores de edad. Se le acusa
de posesión de drogas y de estar vinculado a una red
de pederastia]. Pero sin niños, sino que con bailarinas
mal coordinadas que, salvo que haya una explosión atómica,
jamás saldrán de este subterráneo. Y
todo, a las tres de la tarde de un lunes cualquiera, en pleno
centro de Santiago, la ciudad más conservadora de Latinoamérica.
Alejandra me insiste que le invite
a una bebida. Mil pesos y nos vamos a conversar, es su invitación.
Cuando aceptas pagarle un dólar y medio a una chica
como Alejandra, en un lugar como el Orianis, te quedas parado
en un rincón esperando que ella vuelva con su vaso
plástico con Coca Cola. Mientras esperas, te das cuenta
de que la chica del escenario se ha ido entre muy pocos aplausos
y que en seguida aparece otra bailarina, una mulata gruesa
que ya sabes que es ecuatoriana porque antes te insistió
majaderamente, incluso tirándote de la camisa y jalando
de tu brazo, para que la invitaras a tomar algo. Cuando llega
Alejandra te das cuenta de que la invitación a conversar
se traduce en que ella se te pega al cuerpo y se mueve, primero
mirándote a los ojos y luego dándote la espalda.
Mientras te da la espalda se agacha, y mientras está
agachada meneando su trasero sobre ti, la ves que habla con
otra de las muchachas y le hace señas, señas
del tipo, hey después ándate al camarín
que tenemos que hablar, o, estoy apurada y tengo que atender
a diez más para irme rápido a la casa. En El
Tablón todo huele a perfume barato y sexo barato. La
pared donde estás apoyado se mueve, cruje, porque esa
misma pared de madera delgada afirma la galería donde
“por siete lucas nos pegamos una cachita”.
La mayoría de las chicas del Orianis son de caderas
demasiado anchas para triunfar en otro escenario. Todas van
con bikini, aunque afuera hay cinco grados. Casi todas fuman,
mastican chicle y se ven despeinadas. Todas usan tacos altos,
algunas tienen tatuajes y por lo menos tres, o cuatro, llevan
una llave colgando en la muñeca. La llave es de los
casilleros donde guardan su ropa de calle, el dinero que van
ganando y los condones. Alejandra tiene ojos grandes y manos
chicas. Usa botas con plataforma que le llegan hasta la rodilla,
parecidas a los que usaban los integrantes del grupo Kiss
en sus mejores épocas. Tiene caderas anchas, pechos
caídos y panza abultada. Tiene bonita sonrisa y, antes
de invitarla a tomar una bebida, cuando estuvimos conversando
en una de las filas de asientos, me dio a entender que era
la chica linda de la Villa Francia, su barrio, un vecindario
de la periferia de Santiago donde se celebra todos los años
el día del combatiente, en homenaje a los Hermanos
Vergara, cuyos asesinatos durante la dictadura siguen siendo
emblema para las organizaciones que combatieron contra Pinochet.
Alejandra es madre soltera de dos hijos y ése no es
su nombre real sino el artístico. Con bastante ternura,
me confidencia que se lo puso en homenaje a su primer novio,
un compañero de Liceo que se llamaba así, Alejandro.
Dice que dejaron de verse porque en un verano él se
fue a Valparaíso y ella quedó embarazada de
un amigo de su hermano. Dice que nunca más vio a Alejandro
y que ya no lo extraña, aunque cada vez que le dicen
Alejandra, ella se acuerda de él. También dice
que se aburrió de decir que estaba aquí de paso,
como dicen todas. Ya se convenció que seguirá
en esto, porque nadie le dará un trabajo en blanco:
para ella, trabajo en blanco es tener AFP, ISAPRE y aguinaldo
para Fiestas Patrias y Navidad. Dice que nunca alcanzó
a trabajar en blanco en toda su vida, y lo dice así,
“en toda mi vida”, aunque Alejandra tiene apenas
24 años. Llegó hasta un cabaret siguiendo un
aviso donde buscaban mesera. Al entrar se dio cuenta que era
un topless, pero ya había golpeado demasiadas puertas
como para seguir buscando. Dice que hoy está tranquila.
Tiene varios clientes que la esperan y que por sus hijos ha
rechazado buenas ofertas, dice, de irse a otros night clubs
de ciudades lejanas como Calama y Los Ángeles. Alejandra
se ve mucho mayor de lo que es. Tiene el pelo crespo y las
piernas gordas. Es de baja estatura y cuando viste jeans y
chaqueta negra –la ropa que usa para andar en la calle–,
nadie sospecharía que trabaja en el Orianis. Vestida
así entre el enjambre de personas que transitan por
el centro, pasaría más por una asistente de
contador o por una mesera de Fuente Soda o por una dueña
de casada esposa de un albañil, trabajo que desempeña
actualmente Alejandro, según le han contado a ella
en la Villa Francia.
En un buen mes, Alejandra gana 300.000 pesos. De esos ingresos
saca el dinero para comprar los condones que le vende un hombre
que pasa todas las semanas con bolsas de supermercado repletas
de preservativos, la suma es módica: 30 condones por
5.000 pesos. Las chicas hacen fila para comprarle. Algunas,
con 30 condones quedan listas para dos semanas. Otras, las
más lindas, compran 60 para siete días.
—Yo voté por Lagos, pero en realidad no entiendo
mucho de política. Al final, tenemos que trabajar igual
no más –me dice, y cuenta que nunca ha participado
en las manifestaciones y celebraciones de la Villa Francia
porque le da miedo que le llegue un balazo–. Entran
tanques y los pacos se ponen a dispararle a la gente, todos
los años es la misma cuestión. Sabe que la vida
es injusta. “Los que nacimos pobres vamos a morir pobres”,
es la frase textual pero, inmediatamente después de
decirla, y demostrando su oficio, gira la conversación
y agrega: “Por eso es que tenemos que pasarla rico mientras
podamos, ¿no es cierto?”. Alejandra dice que
todos los hombres chilenos son “medio degenerados”.
Lo dice riendo, mientras me acaricia el muslo. Me da esa respuesta
cuando le pregunto su opinión sobre los últimos
escándalos del país:
—No entiendo para qué hacen tanto atado, si a
todos los huevones les gusta el hueveo. Yo aquí he
visto de todo. Tu veís cómo es este lugar, puta,
por acá pasa de todo, desde gallos sin un peso hasta
tipos muy pitucos. Hay gallos de plata, que nosotras conocemos,
que vienen tres veces por semana. Vienen turistas, vienen
de todo. Y después vos veís la tele y veis a
unos huoenes preocupados, hablando del sexo y de toda la hueá,
y te juro que yo pienso que no cachan nada. O son huones o
son mentirosos, una de dos.
Alejandra se mueve aparatosamente sobre mí, diría
que apurada. Mientras tanto, una nueva pareja sube a la tribuna.
Cuando le digo que prefiero no subir, que me tengo que ir,
que otro día nos vemos, me dice que bueno, que me vaya
bien, que si le puedo dar una propina, que si tengo cien pesos
más que le pueda dar. Sobre el escenario, la ecuatoriana
baila sobre una botella plástica de Coca Cola llena
de agua. El cliente canoso y de tez blanca de la primera fila
sigue atento el decadente show. A mis espaldas, cuatro parejas
siguen jadeando mientras la madera cruje, aunque los quejidos
son más fuertes y apagan el ruido que puede anteceder
al derrumbe. Alejandra se ha acercado a hablarle a otro cliente,
y supongo que cuando él le dice “hola Alejandra”,
ella habrá vuelto a recordar a ese primer novio, en
una singular tortura impuesta por sí misma, quizás
como un recordatorio indeleble de la vida que pudo tener y
no tuvo.
La noche promete el sexo más lujoso
de la ciudad en el mejor club nocturno de Latinoamérica.
El Club Platinum también está en un subterráneo
pero, comparado con los suelos del Orianis, este subsuelo
debe valer cien veces más caro. El Platinum queda en
plena comuna de Vitacura, una de las zonas con mejores ingresos
del país. A diferencia del Orianis, donde en la puerta
te atiende un gordito sentado en un banquito de madera, en
la puerta del club Platinum hay una lustrosa limusina negra.
Una Lincon 97, para ser más exactos, pero que tiene
un detalle especial: en las puertas lleva pintada la palabra
Platinum, con una caligrafía inglesa color plateado.
El club se vende a sí mismo como el mejor de nuestro
continente, y entre sus ofertas está precisamente ésa,
la de la limusina negra de la puerta. Pero claro, basta verla
ahí, estacionada como escenografía de lujo,
para darte cuenta de que la fantasía de recorrer la
ciudad con un par de chicas lindas adentro no pasaría
desapercibida: sería demasiado evidente recorrer las
calles con una limo que tiene impresa la palabra Platinum,
más aún en una ciudad donde las únicas
limusinas que se ven son de clubes nocturnos.
—La verdad es que nunca he visto que la usen. ¿Quieres
que vayamos a dar una vuelta, lindo? –me susurra al
oído Karen, una rubia uruguaya de minifalda y piernas
brillantes, mientras conversamos en la barra. Para llegar
a la nave central del club, primero debes pagar veinte mil
pesos en la entrada, luego bajar en ascensor hasta el tercer
subterráneo y después de recorrer un largo pasillo
de alfombra roja por sobre una serie de piscinas en cascadas.
Ahí, de golpe, te topas con una treintena de chicas
que bordean los veinte años, vestidas algunas con traje
largo, otras con pantalones ajustados, todas con escote, todas
muy maquilladas, y casi todas inmigrantes. Es como si, apenas
pagando treinta dólares, hubieses llegado a una reunión
de promotoras vip latinoamericanas.
A primera vista, hay para todos los gustos: hay altas, bajas,
de cara más dulce, de mirada agresiva, hay unas más
sexys, otras más románticas, unas más
evidentes, otras más distantes. Los clientes de corbata
llevan chaqueta y los sin corbata se doblan las mangas de
sus camisas Polo. Me encuentro con un compañero de
universidad, cuando los dos estudiábamos Ingeniería
Civil, y me saluda de abrazo y me dice que recién se
cambió de empresa a una más grande, me comenta
que está en el negocio del retail, que es ejecutivo
de una gigantesca cadena de supermercados y que su trabajo
tiene que ver con todo lo que es venta y distribución
de mercadería. Además, y en tono de confidencia,
me cuenta que se acaba de topar con un gerente de la empresa
que lo reclutó, un gallo súper choro, un hueón
que está entre los ocho y los diez palos, que corta
200 mil verdes al año, con el cual se ha encontrado
varias veces aquí adentro, pero que en la empresa no
hablan sobre esto, pues “cuando nos encontramos en reuniones
o en el ascensor nos saludamos, pero ninguno dice nada, ni
una broma, aunque estemos solos, una cosa absolutamente de
trabajo, la cosa muere aquí, compadre, y puta, que
bueno que te veo, tanto tiempo que ha pasado, te acordái
de esa época, compadre, te acordái que yo tenía
el pelo hasta aquí, más largo que la cresta,
puta que tenía el pelo largo, te acordái, que
hueón más loco que era yo, te acordái”.
De alguna manera el lugar es sofisticado. El mito dice que
aquí la mayoría de las chicas son universitarias
y provenientes de buenas familias en sus países de
origen. A diferencia de en El Tablón, aquí las
mujeres se pasean coquetamente, esperando una galantería
antes de acercarse. Karen, la uruguaya, me habla de Montevideo
y de su viaje en avión y de los barrios que, según
ella, este verano estarán de moda en Punta del Este.
Dice que cuando vuelve le gusta ir a jugar al casino del Conrad
y que varias veces ha ido a fiestas en yates. Karen, que habla
desenvuelta, me convence de que vayamos a tomarnos un trago
a uno de los rincones del lugar. Mientras caminamos de la
mano, se nos cruzan varios clientes que van y vienen con sus
chicas de la mano. Cuando estás sentado en un cómodo
sillón color crema con dos gogo-dancer bailando a pocos
metros, provocativas y desnudas, y hacia donde mires hay mujeres
de pantalones ajustados o vestidos cortos, con escotes que
brillan y cabelleras largas y sonrisas incitantes y además
estás sentado junto a una uruguaya que te toma la mano
y se la pone en su cintura de mil abdominales diarios y te
dice una broma al oído y luego te muerde suavemente
el lóbulo de la oreja y te dice que a ella le gusta
bailar en privado, y tú le haces una broma y ella se
ríe, y hacen un brindis y ella bebe del trago que le
compraste por dieciocho mil pesos, trago que te da derecho
a conversar, a que te hable de sus viajes, porque la mayoría
de estas chicas ha viajado en avión, ha probado suerte
en otros sitios, ha tenido ofertas para irse a México
o a Colombia o a Miami o a España, y la escuchas que
te dice que sueña con una casa en la playa, en Punta
del Este, que no le gusta Cabo Polonio, que Punta del Este
ha sido siempre su sueño, y entonces te vuelve a insistir
con eso de que quiere bailarte, de que quiere hacerte un table-dance,
como se le llama aquí a que te bailen en privado, y
le preguntas y ella te dice que eso cuesta treinta mil pesos
y cuando le dices que bueno, que te gustaría que te
baile en privado, Karen, que no te suelta la mano, que a esas
alturas ya es como tu novia, que a esta hora de la noche está
aún más dulce y atractiva y fina de lo que te
pareció en un comienzo, te lleva por un pasillo todo
elegante, todo iluminado, igual como en las fotos de las mansiones
de los narcos, y tu caminas por ahí con una rubia gusto
de narco, y todo el que se te cruza te sonríe, los
mozos, las otras bailarinas, los otros clientes, porque ya
no eres un simple mirón, ahora estás a otra
altura, y entras a un privado cerca de los baños mientras
Karen casi imperceptiblemente se ha encargado de toda la cosa
administrativa, de avisar a los superiores y de pasar la plata,
y ahora ella está de pie frente a ti, para que la mires
de arriba a abajo, de abajo a arriba, y le veas sus zapatos
de tacos altísimos y sus muslos bronceados y su minifalda
ajustada y su cintura plana y su escote gigante y su cuello
largo y sus manos de dedos delicados y uñas cuidadas
y sus muñecas con joyas y sus labios brillantes y su
nariz fina y su cabellera larga y así, embobado con
ese panorama, Karen comienza a bailarte ahí, sólo
para ti, pero a bailarte lentamente, como en una cámara
lenta, muy lenta, y mientras te baila, mientras se mueve suave,
muy suave, y te das cuenta que la minifalda se trasluce y
que abajo apenas lleva un diminuto hilo y ella te mueve su
esplendoroso trasero para que veas ese hilito, porque de seguro
ella sabe que se trasluce y que eso te gusta, ella sabe todo
lo que te gusta mientras sigue bailando lento y tú
sigues sentado en el cómodo sillón de cuero
donde ella te ha depositado, como lo haría el acomodador
de un cine, y ahora, que ya está bailando, ella te
acaricia la cara con sus uñas y se acerca, lentamente,
y se acomoda sobre ti, toda suave, mientras de fondo suena
una música house que calza perfecto, y entonces, sentada
sobre ti, con esas piernas firmes y suaves sobre las tuyas,
con esa cintura tan al alcance de tu mano, con ese escote
tan cerca de tu boca, todo tan oscuro, tan relajado, tan tranquilo,
te besa suavemente los labios, te suelta un botón de
la camisa y no deja de moverse sobre ti, y la ves más
linda de lo que debe ser y parece inalcanzable pero está
al alcance de tu mano y toma su copa y tú tomas tu
copa y hacen un brindis y ella dice que brindemos por una
noche larga y cuando dice “larga” sonríe
coqueta y luego del brindis toma un delicado sorbo de su trago,
del que le compraste en 30 dólares, y dice que tiene
ganas de ir a otro sitio y cuando dice otro sitio lanza los
brazos al cielo como si bostezara y mueve su cabellera amarilla
y baja las manos cruzándosela por los pechos y deja
caer el vestido y sus senos aparecen en mitad del baile y
son pechos lindos, bien operados, que no puedes tocar, pero
ella sí se los toca, y en seguida se vuelve a poner
de pie, vuelve a bailar, y deja caer de a poco su minifalda,
y ahora solo la cubre su colaless y los tacos altos y las
joyas de su muñeca y se mueve de un lado a otro, demostrándote
que ella es tu sueño, que eso es lo que tu quieres,
y se pasa las manos por la cintura y por la cola, muy paradita,
y de espalda, esta vez, vuelve a sentarse sobre ti y parece
que está cantando algo y luego como que dice algo que
no entiendes, y mueve su cabellera por tu boca, y toda su
espalda bronceada está a un milímetro tuyo y
ahí gira la cabeza y su cara, su hermosa cara queda
frente a ti y te dice, “adónde podríamos
ir mi amor”, e insiste, “qué te gustaría
hacerme mi amor”, “qué podemos hacer”,
y tú sabes que ya es muy tarde para dar un paso atrás,
tú sabes que nadie te obligó a llegar ahí,
y te pones a imaginar lo que viene después, te imaginas
que sacas a Karen en la limusina, que gastas casi medio millón
de pesos por subirte a la parte trasera de la Lincoln, que
cumples el sueño que ahí te venden, y primero
te sientas tú solo y enseguida aparece ella, que ahora
viene vestida con un ajustado vestidito blanco que hace brillar
su bronceado y parten por Avenida Vitacura hacia abajo y destapan
una botella de champagne y ríen haciendo un brindis
por estar ahí, por lo que viene, y por afuera va la
ciudad y al chofer ni lo ves y Karen te besa el cuello mientras
bebes y bajan al centro de la ciudad por la costanera y en
una luz roja los autos vecinos te miran sin verte, porque
no saben que tú estás ahí con esa modelo
de calendario que acabaste de comprar y al lado se te frena
un Fiat Uno con tres que vienen borrachos y mientras Karen
te abre el pantalón ellos te gritan ¡Una por
mí, hueón!, o ¡Ándate a culear
a un motel!, porque las letras Platinum en la puerta son demasiado
evidentes, y sigues bajando por la ciudad, por la ciudad que
pasa por fuera de tu burbuja de poder, y tu sigues protagonizando
tu propio vídeo del éxito, porque esto es el
éxito, nadie te ve de afuera pero todos saben que adentro
estás disfrutando, y en otra luz roja hay unos niños
malabaristas a las tres de la mañana, pero son niños
artistas y no niños abusados, y Karen te baja el pantalón
y bebes champagne y cruzando la Plaza de Armas esta vez no
miras si hay algún niño prostituyéndose,
ni intentas ver si está Ringo García, y cuando
la limo pasa por fuera del Orianis, porque esta noche tú
dices por dónde te da la gana ir, las puertas están
cerradas, y ya todo está cerrado, y entonces pasas
frente a La Moneda, y el palacio de gobierno está con
las luces bajas, tan bajas como tus calzoncillos, y Karen
te hace sentir que eres un tipo fuerte, porque ella dice que
ha estado con muchos tipos poderosos, y de pronto Karen te
vuelve a decir si quieres ir a otro lado, porque el table-dance
ya se ha terminado, ya no hay más baile privado. Y
se despide de ti con un beso en la boca, y cuando vuelves
a la nave central del Platinum te da la idea que de pronto
todas las chicas tienen el mismo tipo de belleza, todas parecen
modelos de un programa de televisión, y en la barra
del Platinum te vuelves a encontrar con tu amigo de cuando
estudiabas Ingeniería, cuando él tenía
el pelo largo, y ahora está de pelo corto y de ejecutivo
de grandes supermercados y medio borracho, y te dice, te grita,
al lado de las chicas, que no te olvides que son putas, no
te vayas a enamorar, y me lo dice tan en serio, tan borracho,
que por un momento creo que él de verdad se ha enamorado
o que, por lo menos, ya no lo está de la mujer que
lo espera en casa, ésa con la que se casó tras
ocho años de dulce pololeo.
Un par de semanas después que estuve en el Orianis
y en el Platinum, ambos lugares aparecieron en la prensa.
Fue con diferencia de pocos días. Chilevisión,
el canal liberal, mostraba con las cámaras ocultas
de su programa En la mira, todo lo que sucedía en el
tablón del sexo. La revista El Sábado, del conservador
diario El Mercurio, publicaba un reportaje firmado por Sergio
Paz al mejor club de Latinoamérica. Hoy, quince días
después, el Orianis está clausurado y el Platinum
está de moda.
|