| El mundo artificial
de Cabrera Infante
EDMUNDO PAZ SOLDÁN
Uno de los legados fundamentales de la obra
de GCI ha sido la exploración de los vínculos
entre la literatura, los mass media, y el conjunto de la industria
cultural. El boliviano Paz Soldán se fija en la modernidad
del paisaje de Tres tristes tigres, y apunta las bases del
mundo artificial con que captó la fragmentación
del presente.
Ahora que Guillermo Cabrera Infante ha
muerto, quizás se pueda ver con más claridad
su papel fundamental en la cultura latinoamericana del siglo
XX. Los lugares comunes en torno a su obra son ciertos: ábrase
al azar cualquier página de sus libros y se verá
que era un “malabarista de la palabra”, un “mago
verbal”. Es una delicia leerlo, gozar con sus juegos
de palabras, sus parodias a Carpentier, sus páginas
en blanco y sus infinitas digresiones (pocos como él
han asimilado las lecciones de Sterne). Si su obra está
muy viva hoy, es por el poder de su escritura, pero también
porque el escritor cubano fue uno de los escritores latinoamericanos
más interesados en la relación de la literatura
con los medios de comunicación masivos. En cierto modo,
Cabrera Infante vio más lejos que la mayoría
la instalación de un nuevo paisaje mediático
a mediados del siglo XX. Ahora que ese paisaje está
definitivamente instalado entre nosotros, quizás convenga
volver sobre nuestros pasos y releer a Cabrera Infante.
Desde sus comienzos como crítico de cine a principios
de la década del cincuenta en La Habana, Cabrera Infante
tuvo una relación intensa con el medio de las imágenes
fotográficas en movimiento. Si bien esta relación
se la puede observar sobre todo en sus crónicas recopiladas
en Un oficio del siglo XX (1963), y en los ensayos de Arcadia
todas las noches (1979), aparece también en sus novelas.
De hecho, su clásica Tres tristes tigres (1967) se
interroga constantemente sobre el lugar de la escritura y
el cine en la nueva ecología mediática de mediados
del siglo XX. La obra de Cabrera Infante, junto a ciertos
textos de Cortázar, es el necesario punto de enlace
entre el interés en el imaginario cinemático
desplegado entre los años veinte y cuarenta por las
vanguardias —Huidobro, Oswald de Andrade--y Bioy Casares
—en La invención de Morel--, y la obra de Manuel
Puig a finales de los sesenta y principios de los setenta.
¿Y qué nos dice Tres tristes tigres de este
nuevo paisaje mediático? Que ya se ha instalado en
América Latina una precaria industria cultural que
ha comenzado a desplazar al escritor de su relevancia social
en la primera mitad del siglo veinte; que el cine y la radio
se han convertido en parte de la vida cotidiana del individuo,
y más aún, que la misma estética del
cine ya se ha convertido en parte de la psiquis del sujeto;
que quizás uno de los proyectos fundamentales de la
novela como género sea explorar el lugar de la escritura
cuando esta se ve sometida al contacto con las nuevas tecnologías
de la modernidad, aparentemente más capaces de captar
y procesar los ruidos, la fragmentación del presente.
En Tres tristes tigres, los productos de la industria cultural
aparecen mencionados constantemente, y hay también
una interesante relación de dependencia entre la industria
cultural que viene de afuera (Hollywood), y la precaria industria
cultural cubana del periodo pre-castrista en que transcurre
la novela. Una de las posibles lecturas de esta novela es
que la condición periférica de la modernidad
latinoamericana tiene como uno de sus sustentos principales
consumo y el disfrute de los productos culturales que vienen
de afuera, y el intento de imitar el modelo de esta industria
cultural, al mismo tiempo que las condiciones materiales de
producción hacen imposible que este modelo consolide
su independencia. Es decir: se importa la ideología,
pero no los resultados. Las promesas discursivas de la modernidad
no vienen acompañadas de la realización concreta
de estas promesas.
En Tres tristes tigres, se puede constar la presencia de la
estética del cine en la vida cotidiana del sujeto,
y el ingreso de esta estética a la misma psiquis del
sujeto. Los personajes se hallan constantemente haciendo referencias
a actores y películas. Pero mo sólo se trata
del star-system, sino de un lenguaje cinematográfico
que sirve como un marco de analogía para representar
la realidad: en el Malecón, el sol de verano está
en su apogeo, pero a veces aparecen unas nubes “que
lo echan a perder al convertirlo en un crepúsculo de
final de película religiosa en Technicolor”;
cuando Silvestre le cuenta una seducción a Cué,
lo hace con referencias a películas y al lenguaje ciematográfico:
“dentro del cuarto ya fue una lucha de villano de Stroheim
con heroína de Griffith… y yo que veo en big-close-up
su mano… y yo muy hombre de mundo, muy a lo Cary Grant…
y yo me la tiro encima, no del todo muy de escena romántica…
y comienzo a trabajarla en los planos medios o plano americano…
y le pido, comienzo muy bajo, casi en off… y de un solo
gesto se suelta los props… y toda la escena pasa del
suspenso a la euforia como de la mano de Hitchcock”.
De hecho, lo que ocurre en la realidad real —por decirlo
de alguna manera— se halla constrastado con lo que ocurre
en el cine, y no se trata de que uno de estos mundos dependa
del otro. Por ejemplo, en la escena de seducción narrada
por Silvestre, éste termina diciendo: “Total,
para no cansarte, que con igual técnica y el mismo
argumento consigo que se quite los pantaloncitos, pero, pero,
momento en el que el viejo Hitch cortaría para insertar
inter-cut de fuegos artificiales, te soy franco, te digo que
no pasé de ahí”. La industria cultural
que proviene de afuera, sobre todo el cine de Hollywood, es
objeto de goce de los personajes de la novela, y parte constitutiva
de su realidad. Pero los personajes parecen distinguir entre
las fantasías que se llevan a cabo en el cine, y los
deseos frustrados de la realidad. Las fantasías realizadas
del cine son actos compensatorios de las frustraciones de
la realidad, pero ello no significa que sean más reales.
En cuanto a la industria cultural local, los cuatro narradores
principales de la novela están relacionados con el
mundo cultural y del espectáculo cubano de los años
de Batista. Arsenio Cué es un actor de la radio y la
televisión que aspira a escribir guiones; no hay cine
local, pero hay un escritor, Silvestre, al que algunos críticos
han identificado como alter ego de Cabrera Infante, apasionado
por el cine; Codac, ya su nombre lo sugiere, es un fotógrafo
relacionado con la industria del espectáculo y el periodismo;
y Eribó es el músico, el que toca el bongó.
Codac está muy consciente de la precariedad de la farándula
cubana, de su falta de profesionalismo, de su condición
de copia del modelo norteamericano y europeo. El nombre del
cabaret en el que conoce a Estrella Rodríguez es Las
Vegas; una revista donde aparecen mujeres semidesnudas proclama
a una de ellas como “la BB cubana” (en alusión
a Brigitte Bardot); de otra mujer que trabaja en el cabaret,
Codac dice que “se parecía a Marilyn Monroe si
a Marilyn Monroe la hubieran cogido los indios jíbaros”,
y Cuba Venegas, la estrella de moda, tiene un peinado “a
lo Veronica Lake mulata”. La falta de profesionalismo
se puede ver cuando, la noche en que conoce a la Estrella,
Codac se ha olvidado llevar su cámara fotográfica.
Esta precariedad está también presente en los
otros personajes: Arsenio, por ejemplo, sabe que su apuesta
por convertirse en un escritor de guiones teatrales y cinematográficos
se mueve entre “el ridículo y el hambre”.
En un medio como el cubano, la profesionalidad del escritor
es una alucinación delirante. Los intentos de profesionalización
del escritor en América Latina, que tuvieron un gran
impulso a fines del siglo XIX, en la época del modernismo,
parecen haber fracasado a mediados del siglo XX: si bien Idelber
Avelar concluye en Alegorías de la derrota que el “boom
representa… el momento culminante en la profesionalización
del escritor latinoamericano” y que “[p]or primera
vez en Latinoamerica una generación entera de escritores
encuentra su medio de supervivencia en la escritura literaria”,
lo cierto es peca de optimista: los escritores del Boom son
apenas la punta de un iceberg de escritores semiprofesionales
o de gente que debe abandonar su vocación literaria
para subsistir. Como sugiere Cabrera Infante en Tres tristes
tigres, la literatura no logra consolidar su propia esfera,
un espacio autónomo, y los escritores, como en el siglo
XIX, se siguen adscribiendo al poder o a los medios de comunicación:
Arsenio se resigna a ser considerado un periodista y no un
escritor: señala que “en Cuba nadie es escritor.
Esa profesión no existe, como me dijo una bibliotecaria
de la Biblioteca Nacional un día en que llené
la boleta para sacar un libro y puse donde preguntan la profesión
esta mala palabra, escritor”.
No sólo eso: en una escena emblemática de la
pérdida de prestigio simbólico de la literatura
ante el avance de los medios, Silvestre relata que debía
ingeniárselas para conseguir dinero para entrar al
cine. Después de vender muchas cosas, comienza a saquear
las bibliotecas de su papá, del tío de su papá,
y del padre del tío. El patrimonio literario es vendido,
y el “plomo literario” es transmutado en “oro
del cine”. Las metáforas no son casuales: los
libros, que muchas veces se hallan vírgenes, intactos,
sin haber sido leídos por nadie, son desplazados como
metales de poco brillo para dar lugar al fulgor central y
dorado del cine. En esa escena, Cabrera Infante resume simbólicamente
el nuevo status de lo literario en la ecología mediática
del siglo XX: un metal que ha perdido relevancia ante el avance
del cine.
Pese a la precariedad de la industria cultural cubana, los
sueños y ansiedades de los personajes son reales: uno
quisiera ser escritor o vivir de su vocación artística;
uno quisiera destacarse en su campo y lograr fama o reputación.
El deseo de fama de La Estrella es el más evidente.
Ya el nombre sugiere sus ansias de alcanzar la gloria artística.
Codac señala que ella grita por toda la casa: “’¡Pero
voy a ser famosa! ¡Voy a ser famosa! ¡Famosa,
coño!’”. La obsesión con la fama
hace que su principal miedo sea “morirse antes de llegar”.
Irónicamente, la Estrella muere sin haber alcanzado
la fama. Quizás esto ocurre porque ella no entiende
las reglas de profesionalización del arte cuando éste
se transforma en parte de la industria cultural: ella canta
en todas partes, “por el puro placer de cantar”,
y de una manera natural: “ponía algo más
que el falso, azucarado, sentimental, fingido sentimiento
de la canción, nada de bobería amelcochada,
del sentimiento comercialmente fabricado del feeling, sino
verdadero sentimiento y su voz salía suave, pastosa,
líquida, con aceite ahora, una voz coloidal que fluía
de todo su cuerpo como el plasma de su voz y me estremecí”.
En su descripción de La Estrella, Codac privilegia
el lado corporal. La Estrella es una “fuerza de la naturaleza”,
enorme y gorda, fea, la cara sudada y los ojos ocultos bajo
las cejas. Es capaz de cantar toda la noche y su música
sale del cuerpo: lo natural de La Estrella se opone a lo prefabricado
de la industria cultural, de los falsos sentimientos de la
música comercial. En la novela, la industria cultural
como artificio está representada por Cuba Venegas,
que tiene publicista y usa mucho maquillaje y ni siquiera
utiliza su nombre auténtico, pues su verdadero nombre,
harto más prosaico, es Gloria Pérez. Así
como en la Estrella se privilegia el exceso, en Cuba todo
es armonía, placer estético para la vista: tiene
buena figura y es una mujer hermosa, a quien es “mucho
mejor ver… que oírla”. Y así como
La Estrella el poder y la musicalidad de su voz está
relacionado con la naturaleza, para Codac, Cuba es artificio
puro: ella se parece a “Olga Guillotina, que es la cantante
cubana que gusta más a esa gente que le gustan las
flores artificiales y los vestidos de raso y los muebles tapizados
en nylon”.
Entre la cantante de voz esplendorosa pero estéticamente
desagradable y la vedette hermosa pero de voz de dudosa calidad,
la industria del espectáculo elige a Cuba. Cuba va
ascendiendo de cabarets hasta llegar al Mil Novecientos, en
el centro de la noche habanera; mientras tanto, La Estrella
sigue en los cabarets de segunda, ansiando la fama pero sin
importarle el profesionalismo, cantando a plena voz, sin música,
haciendo su parodia de Cuba Venegas y dedicada al chowcito,
a los amigos, hasta el amanecer. La Estrella morirá
sin conocer la fama.
En la industria cultural cubana que representa la novela,
la estética artificial y comercial prevalece sobre
el poder natural del arte. Si hacemos caso a la metonimia
del nombre, quizás se pueda leer el destino de Cuba
como una alegoría de la Cuba capitalista en los años
pre-Castro. Así como los escritores deben resignarse
a no poder vivir de su arte, quienes triunfan deben hacerlo
a costa de reprimir lo natural y crear un arte vacío
de sentimientos, prefabricado. La Cuba de Batista es, como
Cuba Venegas, un mundo con mucho ruido y maquillaje, al que
se puede amar de sólo verlo, pero cuyos logros se desvanecen
al acercarse a éstos: “quien la ve la ama, pero
quien la oye y la escucha y la conoce no puede amarla, nunca”.
De ese modo, en Cabrera Infante se encuentra, a la vez, la
elegía por un mundo perdido, pero a la vez la constatación
de que este mundo era artificial. A ello habría que
añadirle una vuelta de tuerca: el mundo artificial
es una parodia no intencional del mundo del espectáculo
de afuera: “estaba en Tropicana… y el Emcí
sigue presentando a los concurrentes como si fueran celebridades
y en alguna parte del mundo debe estar el original de esta
parodia, supongo que en Hollywood…” Los desencuentros
de la modernidad periférica latinoamericana son, en
Tres tristes tigres, los desencuentros de una modernidad que
ansía ser original, autónoma, independiente,
pero que se queda en el pálido eco del modelo de las
grandes metrópolis de Occidente.
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