| La fiesta del asno
La última novela de J.F. Ferré
JUAN GOYTISOLO
Ha publicado varios libros de ficción,
algunos de ellos del todo inclasificables, como I love you
Sade. La fiesta del asno, de próxima publicación
por la editorial barcelonesa DVD, es su segunda novela. En
ella, Juan Francisco Ferré se recrea en el uso de algunas
de sus armas narrativas más poderosas: una feroz crítica
social y cultural,
y el humor a través de la parodia.
Imaginemos una Arcadia feliz: un país
siempre verde, cubierto de bosques y prados, con caseríos
agrestes, leñadores rudos, sabios ancianos depositarios
de una lengua y un saber milenarios, en el que un niño
busca ansiosamente sus raíces, las costumbres primitivas
y atávicas que nutrirán su esencia y configurarán
su inmutable personalidad. Este país idílico
sufre, por desdicha, la feroz opresión de extranjeros
desconocedores de su idioma y sus fueros, opresores que cuentan
para colmo con la vergonzosa colaboración de partidos,
asocia- ciones e individuos traidores a la causa sagrada.
Felizmente, la Organización vela por todos y cada uno
de sus hijos. Los bastardos son desechables y merecedores
de un buen tiro en la nuca. La guerra justa, mantenida a lo
largo de los siglos, concluirá, de acuerdo con el programa
de aquella, con un mañana diáfano: la independencia
conquistada “por la fuerza y la violencia de la convicción”.
Gorka K., después de su experiencia iniciática
con el viril leñador y el sabio anciano de la montaña,
intervendrá, ya mozo aguerrido, en el conflicto que
desgarra su país: primero, como concejal del brazo
político de la Organización; luego, como soldado
de ella. Pronto se distinguirá por su eficaz manejo
de las armas y la audacia de sus acciones patrióticas.
Su carrera promete ser brillante y lo será, aunque
no de la forma prevista. La novela de Juan Francisco Ferré
no se ajusta a un guión trazado ni a las pautas del
género: nos depara a cada paso sorpresas y sobresaltos.
La legítima ejecución del hombre del polo de
marca –un aborrecible representante de la nación
opresora– sigue cauces inesperados: por más que
Gorka le descerraje un tiro tras otro, el del polo de marca
prosigue el trayecto, marcado por un reguero de sangre, hasta
el piso en el que Gorka penetra también con intención
de rematarlo, para encontrarse allí con la viuda, parientes
y amigos –concejales o empresarios vendidos al enemigo–
despidiendo el duelo de una víctima que no puede ser
la suya; la visita al domicilio campestre del escritor admirado,
de quien espera palabras de aliento y orientación patriótica,
le enfrenta a una escena muy distinta: un disparo abrupto
en el interior de la casa y el cadáver de una mujer,
insultos soeces del homicida que no será a la postre
el escritor admirado sino un antiguo mando de la policía
nacional que abrevió piadosamente los sufrimientos
de su esposa, enferma terminal de cáncer.
Párrafo tras párrafo, capítulo tras capítulo,
Juan Francisco Ferré desestabiliza al lector: cada
vez que éste cree pisar un terreno conocido, se encuentra
en otro enteramente extraño. La lógica del mundo
y la lógica del relato entran en colisión desde
el inicio al fin de la novela. El tiempo de ésta zigzaguea
caprichosamente, la acronía es continua. El joven Gorka,
mitificado por la Organización, se transmuta en otros
Gorkas insospechados: el fetichista de la chapela y los uniformes
militares, el masturbador, el sodomita, el ajusticiado brutalmente
por los enemigos de la Causa. Muere y resucita: viste como
los mozallones de los encierros bravíos de San Fermín
y es perseguido incansablemente por una multitud de linchadores
que lo acorralan en la arena de los sacrificios. Cambia de
sexo y reaparece, reciclado por la cúpula de la Organización,
como propietario jubilado de una discoteca caribeña
ornada con las fotos de los ajusticiados por él (o
ella) en el curso de la guerra patriótica. El proteico
Gorka dispone ahora de unos pechos opulentos y de una vagina
acogedora, y se mueve en su nuevo ambiente con simpática
desenvoltura, bailotea con la clientela masculina y sirve
al corresponsal venido a entrevistarlo la especialidad de
la casa: el cóctel explosivo denominado “cochebomba”.
Los lectores de la novela no deben deducir que se trata de
una mera parodia corrosiva de la banda terrorista, aunque
también lo sea. La sátira va mucho más
allá y apunta a todos los niveles del lenguaje informativo
y medios audiovisuales que banalizan la violencia: la utilización
política o empresarial del terror y de la fascinación
que ejerce en lectores y, sobre todo, espectadores, no sólo
por parte de los patriotas justicieros del país sino
también por grupos de jóvenes y pandillas sin
objetivo concreto alguno, fuera del morbo y excitación
sexual que procura. Como en esos videojuegos en los que, con
una simple presión de los botones de mando, un pistolero
intrépido, cuyas motivaciones no se precisan, corre
tras sus futuras víctimas sorteando vertiginosamente
toda clase de obstáculos hasta acabar cumplidamente
con ellas, los personajes de La fiesta del asno obedecen a
la lógica de la máquina y a la habilidad y prontitud
de quien la manipula.
La ejecución catártica
de los once concejales traidores o tibios por cinco encapuchados
a las órdenes de Gorka, filmada por el cámara
de un importante medio televisivo ducho en la elaboración
de encuadres efectivos, secuencias suculentas y fundidos encadenados,
sintetiza otro de los temas recurrentes del libro. La sociedad
del espectáculo, analizada por Debord, especula con
el horror rentable de la muerte en directo y mete en un mismo
saco a protagonistas y mirones: lo sepamos o no, todos somos
partícipes de ella, a un lado u otro de la pantalla.
La risa irrespetuosa del novelista no perdona a nadie, no
perdona nada. Todo es excesivo, como ese sueño de la
razón que engendra monstruos. Muertes y resurrecciones,
orgías carnavalescas y vaciado de cerebro, vísceras
y cuencas oculares de Gorka durante una lección magistral
de anatomía de un reputado forense. El jesuitismo de
la banda en lucha contra la cruel ocupación extranjera
plasma en escenas deliciosas, como las de los contactos del
protagonista en los lavabos de un gran centro comercial con
la invisible Loyola, su misteriosa coordinadora y directora
espiritual. Las llamadas fuerzas vivas y demás protagonistas
del conflicto no salen mejor paradas. Todos son comparsas
de un juego cuyas normas ignoran, peones de la Gran Máquina.
Ésta dispondrá de sus vidas y haciendas, conforme
a esa “sinrazón congénita” de la
que habla Cernuda.
A medida que subimos y bajamos por el tobogán de la
novela, advertimos otro de los propósitos del autor,
siempre “a la escucha de las voces del mundo”
que proponía Karl Kraus: la reproducción, llevada
al absurdo, de los distintos lenguajes que hoy nos agreden,
ya sean políticos, religiosos, nacionalistas o publicitarios.
Juan Francisco Ferré los mezcla en su gran batidora:
así, la lenta mutación del discurso patriota
en promoción del modelo de “coche patriota”,
esto es, enteramente fabricado en el país, frente a
los modelos foráneos importados por el enemigo; o la
exposición de las Reglas de Juego por la cúpula
visible de la Compañía, como si se tratara de
un torneo de ajedrez, sazonadas con consideraciones de alta
estrategia destinadas –y ahí está la gracia–
a los jugadores de los dos bandos. En estos y otros casos,
el acoplamiento del lenguaje político con el de la
mercadotecnia astutamente dispuesto por el novelista provoca
la risa salutífera del lector.
Quien busque un mensaje positivo cualquiera en La fiesta del
asno se sentirá defraudado. El juego esperpéntico
de Juan Francisco Ferré se sitúa en las antípodas
de la corrección política. Su energía
subversiva radica precisamente en la total ausencia de corrección.
Ni los nacionalistas de uno y otro bando, ni los políticos,
jueces, policías ni religiosos involucrados en el problema
vasco hallarán en la novela argumento alguno para alimentar
sus convicciones más o menos racionales, más
o menos tajantes. Quedan por fortuna los amantes de la literatura
dotados del más refinado y peor repartido de los sentidos:
el del humor.
|