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Sin Ficción
Una taza de té con Yiya
Charla con la mujer que envenenó a sus amigas tomando el té (y jugando al póquer)
LEILA
GUERRIERO
Tres
señoras argentinas que solían reunirse por las tardes para jugar a cartas
aparecieron muertas por envenenamiento. La cuarta señora se llamaba María
de las Mercedes Bolla Aponte de Murano, más conocida como Yiya, y estaba
viva. Fue condenada a cadena perpetua por vertir gotas de cianuro en las
tazas de té de sus amigas. Años después, esta cronista
fue a su encuentro en pos de una confesión. Yiya la invitó a tomar el
té.
Lloran mientras mueren. Los envenenados con cianuro lloran
mientras mueren. El veneno bloquea la respiración celular y provoca una
asfixia minuciosa, pero hasta que eso sucede –hasta que el organismo es
una masa de carne sofocada– se producen temblores, vómitos, náuseas. Y
lágrimas. Una profusión severa, incontrolable –humillante– de lágrimas.
El cuerpo llora, la sangre se torna rojo encendido y el aire espirado
tiene el olor de las almendras amargas. Los músculos, por falta de oxigenación,
se vuelven oscuros, amoratados.
Entre el 11 de
febrero y el 24 de marzo de 1979 tres mujeres argentinas, amigas entre
sí, murieron presentando uno o varios de estos síntomas: Nilda Gamba,
Lelia Formisano de Ayala –a quien le decían Chicha– y Carmen Zulema del
Giorgio Venturini, conocida como Mema.
Las sobrevivió una cuarta amiga de nombre María de las Mercedes Bernardina
Bolla Aponte de Murano, nacida en la provincia argentina de Corrientes
en el año 1930, casada con el abogado Antonio Murano, habitante del barrio
porteño de Monserrat y madre de un hijo: Martín Murano. Le de-cían Yiya,
Yiyona. Yiyi. Era alta, rubia, nadadora. Le gustaba tomar el té en las
confiterías de Buenos Aires, ir al cine, comprar ropa, recibir regalos.
Pero poco tiempo después de la muerte de su última amiga la señora Murano
dejó de tener una existencia tranquila. Perdió para siempre el nombre
Mercedes y fue, por el resto de sus días, Yiya. Los diarios la mostraron
en primera plana. La llamaron “la envenenadora de Monserrat”. A todas,
decían, las había matado con cianuro.
Nilda Gamba era vecina de departamento y concuñada de Yiya Murano. Lelia
Formisano de Ayala vivía en Mar del Plata. Cuando iba a Buenos Aires se
hospedaba en casa de Nilda. Carmen Zulema del Giorgio Venturini era prima
segunda de Yiya. Viuda y habitante de La Plata, una ciudad que dista pocos
kilómetros de Buenos Aires, tenía un departamento en la capital argentina,
donde las amigas se reunían a jugar al póquer.
En 1979, la dictadura militar que había comenzado en 1976 iba acompañada
de una situación económica singular. Los intereses que bancos y financieras
ofrecían eran altísimos: un puñado de pesos se multiplicaba por tres en
poco tiempo. Yiya, una maestra que nunca había trabajado, un ama de casa
ambiciosa, decidió dedicarse un tiempo a la usura. Recibía dinero de sus
amigas, lo colocaba en algún plazo fijo no demasiado oficial, y devolvía
capital más intereses a cambio de una comisión.
Primero Carmen, después Nilda, por último Lelia, le entregaron dinero,
entusiasmadas con la idea de ganar mucho sin esfuerzo. Al principio Yiya
cumplió, pero con el correr de los meses empezó a retrasarse con los pagos.
En el verano austral de 1979 debía entregarles a sus tres amigas un total
de 300.000 dólares.
El sábado 10 de febrero de 1979 Nilda Gamba sintió dolores fuertes en
el estómago. Había comido pescado y tomado té con Yiya. Un médico le recetó
antiespasmódicos y Yiya, como era su vecina, se quedó para cuidarla. A
las 2.30 de la madrugada del domingo 11, Nilda cayó en coma y poco después,
murió. El médico que firmó el certificado de defunción decretó la causa:
“paro cardíaco no traumático”. La causa de muerte de media humanidad.
Días después,
cuando se vencía el plazo para devolver el dinero a Lelia Formisano de
Ayala, Yiya fue a su departamento. Tomaron el té, se citaron para ir al
teatro esa noche. Cuando Yiya pasó a buscarla nadie respondió. El 22 de
febrero los vecinos denunciaron un olor penetrante en el departamento
de la mujer. La policía la encontró muerta frente al televisor, con masas
y una taza de té en el piso.
El 24 de marzo, Carmen Zulema del Giorgio Venturini, prima segunda de
Yiya, sintió nauseas, mareos y salió al pasillo de su casa a pedir ayuda.
Cuando se revolcaba, rodeada de vecinos y el portero, llegó Yiya. Entró
apurada al departamento, rebuscó algo –dicen que un papel, un frasco-y
al salir insistió en acompañar a su prima en la ambulancia. Zulema murió
antes de llegar al hospital. En el funeral, Diana María Venturini, hija
de Zulema, recordó que Yiya tenía una deuda con las tres muertas. Buscó
en el departamento de su madre el documento firmado en el que Yiya se
comprometía a devolver el dinero. No lo encontró. Habló con el portero,
que le confirmó que la señora Murano había entrado en la casa buscando
algo, frenética, antes que llegaran los médicos. Diana fue a la policía:
dijo que dudaba.
Se abrió una causa. Se ordenó la exhumación de los cuerpos. Las autopsias
de Nilda y Lelia, que habían sido enterradas en tierra, no fueron concluyentes:
los cuerpos inhumados de ese modo producen, en el proceso de descomposición,
clorhidrato de cianuro. Pero en las vísceras del cadáver de Zulema se
descubrieron restos de cianuro alcalino. El 27 de abril del 1979 un comisario
entró en el departamento de Yiya.
—Señora, nos va
a tener que acompañar.
Fue juzgada y acusada por el asesinato de las tres mujeres y estuvo presa
entre 1979 y 1982. Ese año fue liberada por falta de testigos directos
de los crímenes y pasó tres en libertad, hasta que en 1985 la Cámara de
Apelaciones la consideró culpable: la acusó de homicidio calificado con
veneno, reiterado en tres oportunidades, y estafa al patrimono de las
tres mujeres. La condenaron a cadena perpetua. Se dio por probado que
el veneno estaba en las masas o las tazas de té. Diez años más tarde,
en noviembre de 1995, beneficiada por una conmutación de penas, salió
en libertad. Se presentó entonces en varios programas de televisión, proclamando
que era inocente.
Después, durante
mucho tiempo, Yiya Murano desapareció.
Faltan
tres minutos para la una de la tarde. Es agosto de 2003. El mediodía está
helado en Buenos Aires y, por momentos, parece que no sucederá. Que la
voz de la mujer en el teléfono –plena de salivas, musculosa– ordenando
“El lunes a la una en la confitería La Ópera” fue un invento de la imaginación.
Pero entonces, a la una en punto, las puertas de confitería La Ópera se
abren y –ojos sepultados tras varios centímetros de cristal oscuro– Yiya
Murano entra, bamboleante, enorme, y saluda sonriendo a uno y otro lado,
como si los veinte metros que la separan de las mesas del fondo fueran
una pasarela. Nadie sabe quién es excepto yo, pero ella usa sus modos
de celebridad. Eso es lo primero que se ve de ella: el mundo i-nexistente
donde vive. Ese mundo estertóreo, recuerdo agonizante de años en los que
era espléndida y todos se volvían para admirarla. Era rubia. La boca una
fruta partida. Una promesa de todas las cosas.
Ahora tiene 73
años.
Llega hasta el
borde de la mesa y dice, clavando los ojos viscosos, un brillo raro detrás
de las gafas:
—¡Qué linda sos!
¡Sos un amor, vos! ¡Eliana...!
—Leila
—¡Eleila! ¡Estás
hablando con Yiya Murano! –grita Yiya Murano y pide que por favor la llame
Mercedes– Ay, qué lindo es este lugar. Vos también sos un amor, querido
–le dice al mozo que se acerca a tomar el pedido–. Voy a hablar de vos
con...¿cómo te llamabas vos, nena... Elvira... Leticia?
—Leila.
—Eso. ¿Qué puedo
tomar, a ver...? Bueno, traeme un tecito. Y para ella, también, ¿no, tesoro?
Un tecito.
Lo dice con toda
intención, pero el mozo tiene apenas más de veinte y cuando ella salía
en los diarios él jugaba con trenes eléctricos. Vuelve con té y dos masas
dulces que apoya, indolente, sobre la mesa. Ella ha cruzado las manos
como en un rezo.
—Decíme, querida.
¿Qué querés saber?
Todas las opciones
son malas.O es una mujer inocente que pasó trece años en la cárcel, o
estoy sentada frente a una asesina.
Se parece a las fotos que los diarios publicaban hace treinta años: la
misma cara inmensa, la misma mirada escurrida. Una bufanda se extiende
en cruz sobre sus pechos planos. Lleva falda larga, medias opacas, los
pies sometidos a unas pantuflas de geriátrico.
—Tengo un agujero
acá, tocá.
Se lleva la mano
al lado izquierdo, sobre la frente. El pelo ralo, rubio, se aparta como
una cortina mustia y se ve esto: una hondonada bajo la piel clara producto
de una operación a la que tuvo que someterse en 1980, cuando estaba detenida
y le diagnosticaron un aneurisma en el cerebro. Le quitaron parte del
hueso que recubre la masa encefálica, de modo que ahora sólo la piel crujiente
de arrugas separa esa masa suave, rosada, del mundo exterior.
—Me lo pueden
arreglar con cirugía estética, pero yo le tengo pánico a las operaciones,
así que ni loca. Le tengo pánico a las operaciones y a los gatos. El médico
me dijo que mi operación había
sido un milagro. Nadie esperaba que yo sobreviviera.
La intervención
le dejó otra secuela: perdió el olfato. No puede oler.
—Yo, que era la
loca de los perfumes.
De una cartera
pequeña que lleva colgada del cuello saca un papel, una fotocopia arrugada. Tinta corrida, letra manuscrita.
—Preparate porque
te voy a mostrar la prueba concluyente de que yo no las maté. Mirá lo
que dice acá... Ay, no tengo anteojos para leer... Qué pena... Bueno,
acá dice que habiéndosele practicado a mi prima, la señora de Venturini
respiración boca a boca no se puede haber muerto de cianuro porque cuando
vos aspirás cianuro inmediatamente te morís. Y el médico que le hizo respiración
boca a boca no se murió.
—¿Ese papel es
una prueba presentada en el juicio?
—No,
no. Esto es una carta que me firmó un doctor. Es una prueba concluyente.
Yo lo único que sí puedo confesar es que he sido una usurera. Vivíamos
prestando plata, y en esa época prestabas treinta mil y te devolvían noventa
mil. Y eso sí, lo siento muchísimo. Y te voy a confesar algo...
La voz entre la
congoja y la confesión final. Una pausa dramática aprendida en tardes
de talk shows y telenovelas.
—Yo sí maté a
dos personas.
Evalúa el efecto.
Examina, como un entomólogo mira un insecto, la reacción en el rostro
del que escucha.
—Maté a mi madre
y a mi marido, Antonio Murano. Ellos no pudieron soportar mi detención.
Las
mejillas tiemblan, la cara se retuerce. Enseguida dice que no quiere llorar.
Que ya ha llorado suficiente.
Martín Murano, hijo de Yiya, era stunt –doble de riesgo– y afecto
a las artes marciales. Escribió en 1994 un libro publicado por Planeta
llamado Mi madre, Yiya Murano. La imagen de tapa es así: una mano de mujer
vertiendo gotas en una taza de té. Y eso es sólo el principio. “No visité
a mi madre más que una docena de veces durante los tres años que duró
su primera detención –escribe–. En ese tiempo ya se consolidaba en mí
la certeza de que mi madre era culpable y ese sentimiento hacía que me
resistiera a verla (...) Era teatral, fría, manipuladora y sumamente egoísta”.
La describe como una mujer afecta a gastar
dinero, llena de amantes a los que visitaba llevándolo con ella y obligándolo
a llamarlos “tío”.
“Yiya estaba acostumbrada
a manejarse con una buena cantidad de efectivo en la cartera, montos que
utilizaba despreocupadamente para comprar cualquier cosa o invitar a gente
que apenas conocía. Daba la impresión de que el dinero no tenía para ella
ninguna importancia, que no lo necesitaba, y despreciaba a la gente que
se cuidaba en gastar”.
De su padre, Antonio Murano, dice en cambio que era un hombre bueno, sometido.
Enamorado. Asegura que cuando la justicia ordenó su segunda detención,
Yiya huyó y permaneció oculta. Cuando él fue a buscarla para convencerla
de entregarse, su madre le ofreció dinero –dinero– para que guardara silencio
sobre su escondite.
—¡Jamás estuve
yo escondida! –grita Yiya ahora–. Martín nunca me fue a buscar. Yo estaba
esperando que me llegara la orden para presentarme.
–¿Dónde estaba?
–No. Eso no lo
voy a decir. Yo pasé fronteras. Estuve en Brasil, en España. Un día abrí
un diario y vi que decían que yo me tenía que presentar y ahí fui.
Martín
tiene una versión distinta. Asegura que en aquel escondite su madre le
confesó dos cosas: que Antonio Murano no era su verdadero padre, y que
ella las había matado.
“—Sí, yo las maté–
confesó. Yo ya lo sabía, no tenía ninguna duda, pero escuchárselo decir
no dejó de impresionarme.
—Pará, pará, ¿cómo
les diste el veneno si vos no estabas cuando murieron?– indagué. Confieso
que a esta altura mi bronca había cedido ante la curiosidad.
—Estaba... estaba
en los saquitos de té”.
Esta tarde, en
La Ópera, Yiya se ha servido té dos veces.
—Martín dice que
usted le confesó que el veneno estaba en los saquitos de té.
Da
un respingo, responde indignada:
—¿Cómo en un saquito
de té? Si jamás se lo dije.
Jamás se lo dije,
dice, y sobre la mesa se esparce un silencio difícil.
—Yo no lo hice,
te recontrajuro por mi hijo que es lo más grande que tengo, que yo no
lo hice.
Después de salir en libertad pasó mucho tiempo sin hablar con Martín.
Ahora jura que ya se reconciliaron, que él vive en Estados Unidos, que
la quiere.
—No
tengo la menor idea de lo que hace Martín en Estados Unidos, pero para
mí mi hijo es lo más grande que tengo. Muchos me dicen “Pero si te ha
crucificado”. No importa. Yo he pasado mucho. Mucho. Mirá, nací en la
provincia de Corrientes donde tuve la infancia más feliz de mi vida. Cuando
me recibí de maestra me dijo mi padre: “Tenés el puesto que quieras, de
maestra o como secretaria”. Elegí secretaria. A Antonio Murano lo conocí
y a la semana me dijo “Yo me voy a casar con vos y no me gusta que la
mujer trabaje”. “Ay, ningún problema”, le dije, “voy a renunciar”. Cuando
lo conocí, yo estaba saliendo con un médico, Héctor. Nos íbamos a casar,
pero pensé que un médico me iba a dejar sola todas las noches y Antonio
era abogado, entonces me fui con él. Después de doce años nos volvimos
a encontrar con Héctor, y hasta que él murió me visitó siempre donde yo
estaba detenida.
“Con el correr del tiempo –escribe Martín
Murano– esas aventuras de mi madre con sus amantes serían vox pópuli y
comidilla de todo el mundo; únicamente mi padre las ignoraba”
—¿Antonio no estaba
celoso de esa relación?
—Antonio, si no
se enteró, no quiso enterarse.
—Usted
tenía... intimidad con Héctor.
—Síííí,
claro. Antes de quedar embarazada yo tuve intimidad con él. El tenía un
departamento muy cerca del club donde yo iba a nadar. No te cuento intimidades,
pero yo iba a comer con él ahí. Me dio una pulsera que era toda de oro,
con eslabones así de gruesos. Si vos vieras las alhajas que yo tengo:
para comprarme tres departamentos. Un día Héctor me dice “Vos dirás que
soy brujo, pero si me decís que estás embarazada, yo te creo”. Me hago
el estudio y me da positivo. Yo tenía 35 años y 13 de casada. Mirá vos,
a la vejez. Héctor fue un hombre que me ha querido más que a su vida.
—¿Nunca le pidió
que se separara de Antonio?
—Nooo, al contrario.
Mi marido era una persona buenísima, pero este hombre me traía las sorpresas
más grandes. Venía con una caja de cigarrillos y ponía dólares adentro
y me traía dos o tres cajas.
—¿Nunca pensó
en divorciarse de Antonio?
—No, qué esperanza.
—¿A cuál quería?
—Yo tenía un corazón
muy grande. A mi marido yo lo quise. A mi marido le cerró los ojos Héctor,
porque Antonio... ¡te pido perdón Antonio!... murió mientras yo estaba
detenida. Héctor me dijo, cuando Antonio murió “Aunque estés adentro,
estuve tantos años esperando... yo me caso con vos”. Yo le dije “En vida
de mi marido ya lo engañé bastante. Cuando salga, lo vamos a pensar”.
—¿Lo pensó?
—No. Héctor falleció
al poco tiempo, mientras yo estaba en ese lugar. Menos mal que yo no estaba
afuera, si no también me lo ponían. Si me han puesto como once después
que me detuvieron.
—¿Once muertos?
—Sí. Gente que
vivía, incluso.
—¿Martín es hijo
suyo y de Antonio?
—Martín es mi
hijo. Es lo único que sé. Y no me preguntes más de mi familia. Basta,
no me preguntes más de mi familia. Vos concentrate en mí.
Hablamos
de la cárcel, entonces.
Las historias que Yiya elige contar de la
cárcel son extrañas. Estuvo trece años detenida pero asegura que nunca
tuvo problemas con las internas y que el director de la cárcel, un tal
Miranda, solía hacer observaciones de este tipo: “Señora, yo sé que si
a usted la dejo en la puerta, cuando vuelva la voy a encontrar en el mismo
lugar”.
—Un
caballero, el director. Nunca tuve problemas psiquiátricos, ni los pienso
tener. Me acuesto y duermo como un angelito. Incluso ahí adentro. Por
eso cuando en el juicio mío el juez dijo “Bueno, hemos terminado”, yo
me levanté para retirarme, y escucho que dice “Queda detenida como presunta
asesina”. Te juro que yo creí que el techo me aplastaba. Me llevaron a
la cárcel. Era de noche, pasadas las 12. Me llevaban en ese carromato
y yo pensé, desesperada, “si a Dios lo han llevado con las manos atadas,
quién soy yo, Él me va a ayudar”.
El gesto beatífico, doliente. Por creer, cree
en toda la ristra de santos, misterios y milagros de la religión católica.
Por eso, dice, pudo aguantar ahí.
—Gracias a Dios,
la fe me sostuvo.
En la cárcel la
pusieron a trabajar en la proveeduría: ordenaba, almacenaba, clasificaba
alimentos.
—Todo muy bien,
muy buena gente. Antonio, mi esposo, venía todo el tiempo. La segunda
vez que yo estuve, él no pudo soportarlo y murió del corazón. Mi madre
también. Murió en 1981. Y mi marido sufría muchísimo... ¡Antonio, te pido
perdón! Pero te digo, por la vida de mi único hijo, que nunca maté. Mi
error fue que empezamos a ser prestamistas, yo y unas amigas.
—¿Cómo cree que
murieron esas mujeres?
—Mi versión es
que a estas mujeres alguien las mató.
—¿Quién, por qué
motivo?
—Mi prima estaba
ligada a una gente no muy santa, después me enteré. Yo la quería con locura.
—¿La misma persona
habría matado a las otras dos?
—No sé, porque
las otras no dieron con cianuro. Mi prima sí. Una vez soñé con mi prima.
Estaba como las Madres de Plaza de Mayo, con un pañuelito, y yo le decía
“¿Qué es de tu vida?”. Ella se reía, se ve que desde el más allá.
Cuando salió de
la cárcel tenía 65 años. Antonio y Héctor habían muerto. Su hijo no quería
verla. Vivió en casa de una de sus hermanas hasta que se casó con un hombre
de cuyo nombre no quiere acordarse porque el matrimonio duró un mes.
—No, era una persona
que... no quiero hablar de él porque ha fallecido hace un año. Menos mal que yo no estaba con él, si no, también
me lo ponen.
Todos mueren. Yiya no. Ella tiene vocación de siempre viva.
—He pasado mucho
yo, mucho.
Lagrimea, y porque
lagrimea se quita los anteojos. Lo que hay detrás no es agradable. Dos
ranuras en las que aletean pocas cosas. Apenas la vida, un poco más el
viento seco de sus secretos. Pero no importa: nadie la ve. Julio Banín,
su marido en terceras nupcias, es un hombre ciego.
Cuando Yiya Murano conoció a su actual marido, Julio Banín –un veterano
del gremio de la gráfica– él todavía estaba casado con Ana Cáceres, una
mujer que murió de un paro cardíaco poco después que el hombre conociera
a Yiya. Yiya supo también, por esos días, que había quedado viuda de ese
marido que le había durado apenas un mes después de salir de la cárcel.
Casi inmediatamente se casaron. El 30 de diciembre de 2002 Yiya de 72
años, y Julio Banín, de 80, se unieron en matrimonio. Pero no viven juntos.
Él protesta. Yiya no quiere.
—Cada uno tiene
su casa. Es mejor.
Ella se siente más libre así. Jura que todavía despierta pasiones, que
ahora mismo hay un ex comisario de la policía que enloquece por ella al
que no puede negarse. Que en sus buenos años fue amante de un ex presidente,
de varios políticos, de un sindicalista fallecido.
—No me juzgues.
No me juzgues, eh, no me juzgues –respira, aletea–. Yo lo hago porque
tengo un corazón enorme. Esta persona que tengo ahora se desespera por
mí. No le puedo decir que no. Bueno, vamos a terminar con esto. Encontrémonos
otro día. Ahora, cuando salga a la calle, no mires para dónde voy. La
semana que viene nos vemos. Te voy a llevar a Julito, que es un encanto,
así lo conocés. ¿Cómo te llamabas vos?
—Leila.
—Ah... Leila.
Como una amiga mía. Leila Formisano de Ayala.
—¿No era Lelia?
—Sí, Lelia, Lelia.
Entonces levanta
las manos y recita. La trilogía fatal:
—Nilda Gamba,
Lelia Formisano de Ayala, Carmen Zulema del Giorgio de Venturini.
Antes de irse
descubre el plato con la masita que no ha comido. Lo desliza hacia mí.
Ordena:
—Comela. Yo no
la voy a comer.
Obedezco.
Es
otra tarde helada, una semana más tarde. Esta vez la cita es en el barrio
de La Boca, en una pizzería enorme y brumosa. Yiya ha prometido traer
su mejor secreto, el hombre al que nunca muestra: su marido ciego.
Aparece a la hora señalada, desde algún sitio incierto porque Yiya
no permite que se sepa dónde vive, de dónde viene, a dónde va. Cada vez
que la llamo por teléfono a un geriátrico donde sé que vive, finge estar
allí de visita. Cada vez que se va, me pide que no mire por dónde desaparece.
Julio Banín es un fruto flojo colgando de
su brazo. Pálido, pequeño, tambaleante, usa saco de tweed, pantalones
oscuros, bastón, boina y anteojos que a veces se deslizan nariz abajo
y entonces se ve, donde debería haber un ojo, una pasta masticada de carne
rosa. Algo que no existe.
—Yo creo que él
va a recuperar la vista –dice Yiya melosa, con voz de telenovela–. Julito,
te presento a... ¿cómo te llamabas vos, tesoro?
Banín es ceremonioso.
Besa la mano, habla poco. Es egresado del colegio Nacional Buenos Aires,
en el que suele estudiar la intelectualidad porteña, y su conversación
ronda la historia y la política. Nunca vio a su mujer. Cuando ella devino
mujer pública, él perdió la vista por una enfermedad sin retorno llamada
maculopatía. El año en que Yiya se hizo famosa, Banín se quedó ciego para
siempre.
—Yo le digo “Hay momentos que sos mi hijo, otros
que sos mi nieto, momentos que sos mi novio y mi marido. Y otros momentos
que sos mi amante” –desgrana Yiya–.
Cuando me conoció, Julito me dijo el piropo más grande, me dijo “Desde
hoy te voy a llamar solcito, porque gracias a vos volví a ver”. Me dice
que soy lo más hermoso. Él es un hombre muy optimista, a mí me llama el
sol de sus ojos. Me dice “Merceditas, por vos volví a ver”.
—¿Qué le gustó
de Mercedes, Julio?
—Que es muy consecuente,
muy buena –dice mientras su mujer observa como un pájaro, agazapada al
otro lado de la mesa–. A mí me ayuda mucho. Porque estar ciego no es nada...
agradable, ¿no? Una vez me preguntaron si yo no tenía miedo de estar con
ella. No, miedo no. Nunca tuve miedo.
Banín toma una andanada de pastillas. La edad, la salud, la vista. Yiya
le administra los medicamentos, el dinero, la vida. Por eso, a veces,
le preguntan si tiene miedo. Y él dice que no.
—¿Cómo se imagina
a Mercedes?
—Y... un poco
gordita –dice, tímido.
—Bajé 14 kilos–
se solivianta Yiya.
—Muy simpática...
muy habladora.
—Le
hago muchos favores a los necesitados –interrumpe ella, tajante–. Ya lo
ves: acá tenés a Julito. Que igual se conserva como un muchacho, en todo
sentido te lo digo. Sin ninguna vergüenza. Es un toro.
El hombre se encoge, los anteojos se deslizan,
la pasa de su ojo parece una llaga viva, un pozo de carne.
—Mamá... ¿me pedís
un té?
—Si, Julito. Acá
Elina nos invita.
—Leila...
—Leila... Ah,
mirá, como Leila Formisano de Ayala, una amiga mía.
—Era Lelia, Mercedes.
—Tenés razón,
querida. Pero te recontrajuro que yo no lo hice. ¿Te creés que Julio Banín,
que es un hombre normal, se hubiera casado conmigo si hubiera sospechado
lo más mínimo? No.
Como él dice,
seré ciego, pero no idiota. Yo le dije a la Virgen “Virgen santísima,
poneme al lado del ser que más me necesite”, y parece que me ha puesto
siempre junto al que más me necesita.
—Julio, ¿usted
la necesita?
—Eh... sí, sí,
por supuesto.
—¿La quiere?
—Y... pseeee –dice
Julio.
La furia de Yiya es una malformación, una uña oscura, retorcida.
—¡Habla como si
dudara! –se encrespa–. No se da cuenta que al hablar así me tira tierra.
¡Porque parece que dijera que no! Porque cuando estoy sola me dice que
soy lo que más adora, me dice “Te adoro como nunca” ¡Pero acá se expresa
mal siendo un tipo que ha trabajado con la pluma! ¿¡Por qué se expresa
tan en duda?!
Las alas de Yiya chirrían. Julio titubea, desesperado. Se encoge Banín
bajo la gorra.
—No, sí, sí
la preciso, la preciso.
Pero ella está
dispuesta a tragárselo, a arrancarle los ojos que le quedan.
—Yo te digo, nena,
a Julito lo preciso, lo necesito... –sigue.
—...yo... sin ella... sin ella no podría vivir –ensaya
Banín, la voz paupérrima.
—... pero a Julito
más que nada ¡lo amo!
—...no podría
vivir... sin ella no podría vivir...
Yiya se queda
muda. Revuelve el té. Susurra que siempre le pasan estas cosas, que sin
ir más lejos el libro de su hijo la hundió, la hundió.
—Me hundió. No
sé por qué escribió ese libro. Me hundió.
En la página 58 el libro de Martín Murano dice esto: “Desde que tenía
cuatro o cinco años, empezó a nacer en mí un sentimiento de repulsión
hacia mi madre. A ella se le hacía cada vez más difícil sostener sus mentiras
y yo había aprendido a simular que le creía, a predecir sus actitudes.
Me perturbaban, no obstante, las advertencias que me hacía sobre las calamidades
que caerían sobre mí cuando ella muriera. Cada vez que me portaba mal
ella me decía “Cuando yo ya no esté te vas a acordar de lo que te decía”.
Su personalidad era dominante: antes que amigas o amigos, tenía seguidores.
No se atrevían a contradecirla. Ella hacía y deshacía sobre la vida de
los demás”.
Han transcurrido dos o tres minutos de silencio absoluto. La voz de Yiya
ha cesado. Banín se alarma. Cree haber quedado solo:
—¡Mamá! ¡Mercedes!
¡Dónde estás!
Ella sonríe, beatífica. Arrastra la mano sobre la mesa y hace tilín con
la cuchara en la taza de té de su marido.
—Acá estoy, Julito.
Pobre. Pobrecito. No me escucha y se desespera. Qué linda sos vos, eh,
sos un amor. Ya sos nuestra, ¿no Julito? ¿No que Eliana es como si fuera
una cosita nuestra?
Silencio. Quizás
porque siente que tiene que reforzar una idea, Banín arriesga:
—No podría vivir
sin Mercedes. Me faltaría todo. Ella maneja todo. Mercedes me maneja.
Ahora sí. Todo está perdido, estropeado, pulverizado por el resto de la
tarde.
—¡Lo manejo para
su bien, lo hago vivir! –brama Yiya–. ¡Si no me tuviera a mí...!
Banín
dice m-m-m, como quien asiente.
Una
semana más tarde, Yiya y Julio se toman fotos junto al Riachuelo, el curso
de agua más putrefacto de la ciudad de Buenos Aires. Ella está de buen
humor. Cuenta que a Julio, ayer, le tocaron el culo en un ómnibus.
—Le tocaron el
culo, pobre Julito.
Hay algo de abyecta obscenidad cuando Yiya usa palabras como culo. O a
lo mejor es que su marido mueve la cabeza, humillado, y no se atreve a
pedir que pare, que no cuente.
—El culo, pobre
Julito. Dos por tres le tocan el culo.
Yiya está histriónica, disparada. Cuenta un chiste. Olvida el final. Cuenta
otro. Vuelve a olvidar el final. Esta mañana, es una versión sin diluir
de sí misma. Mientras camina a la vera del río, porque Julio no la oye,
se vanagloria de su éxito con los hombres.
—Menos mal que
éste no ve. Que si llega a ver, se separa. Julio. ¡Julio, te estoy hablando!.
Banín detiene
su paso de carro lento, esforzado.
—Te quiero preguntar,
Julito, cómo te imaginás que soy.
—Eh... no... no
sé, mamá, a veces te quiero sacar por la voz. Pero no, no...
—Mirá lo que dice
ahora. Él dice que soy la mujer más hermosa que ha conocido. Cómo me ha
mentido. “Sos hermosa”, me dice. ¡En público tendría que decir! No, si
tenés visión me largás, así que no vale la pena que tengas –dice, el rostro
agarrotado–.
Julio se aparta.
Su mujer se asoma sobre la baranda a mirar el río y él queda, sin intención,
de espaldas a ella.
—¿Siempre vivís
en la calle California vos, querida?–pregunta Julio.
—No. Yo nunca
viví en la calle California. ¿Quién le dijo que... ?
Entonces la voz
de Yiya –una bravata, una amenaza con olor helado– ruge:
—Tené cuidado,
Julito. No le hablés. Ésta te va a querer sacar toda la información.
Julio se vuelve,
se desespera como un pájaro ciego, mira al vacío, se toca el pecho. Dice,
vencido:
—Sí,
mamá. Sí.
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| Leila
Guerriero. Periodista y escritora argentina. Redactora de la revista dominical
del diario La Nación y editora para latinoamérica de la revista
de viajes mexicana Travesías. Ha publicado en los medios más prestigiosos
de América Latina, entre ellos la revista Gatopardo. |
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