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marzo
2005
Nº 123

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Poesía
Reinventando a Ariosto
JOSÉ
MARÍA MICÓ
A
más de un siglo de la última traducción castellana del Orlando Furioso,
Lateral ofrece en exclusiva un adelanto de la nueva versión en español
de esta obra cumbre de la literatura renacentista italiana.
El libro, que aparecerá próximamente bajo el sello de Espasa y
la Fundación Biblioteca Universal, ha sido traducido y anotado por el
estudioso José María Micó.
Pocos son ya quienes caen en la cuenta
de la copiosa herencia que el Orlando furioso, aquel libro “divino y milagroso”
(según lo definía Girolamo Ruscelli hace más de cuatro siglos), ha ido
depositando en nuestra tradición literaria y artística. El Orlando, vecino
a la Comedia de Dante en la cima del canon italiano, merece salir del
purgatorio de la erudición y regresar al pa-raíso de la lectura, que es
donde estuvo en su tiempo y donde lo tuvieron, para frecuentarlo siempre
que podían, gentes como Cervantes, Voltaire, Goethe o Hegel, por no decir
nada de admiradores italianos como Galileo, Bruno, Casanova, Foscolo,
Carducci, Croce, Gadda o Calvino. Unos u otros vieron en el Orlando un
palacio, una galería regia, una máquina de sueños, un atlas de la naturaleza
humana, un alarde de humor y fantasía, una enciclopedia de los ideales
caballerescos, un universo con su propio moto perpetuo o una fuerza creadora
equiparable a la del océano cuando rompe en la playa. Los europeos cultos
del Renacimiento se preciaban de leerlo en su lengua original (el mismo
don Quijote dijo saber “algún tanto del toscano” y “cantar algunas estancias
del Ariosto”), porque, como escribió otro admirador confeso, Pere Gimferrer,
su público “estaba formado por una extensa minoría culta que en aquel
preciso momento de la historia de Europa casi coincidía con el más amplio
público a que un libro podía aspirar”. Fue, es verdad, un libro de gran
éxito que atrajo al auditorio más selecto, empezando por la nobleza de
Ferrara, pero que también representó como ningún otro la expansión de
la literatura en lengua vulgar entre un público creciente de nuevos lectores
y lectoras.
Sin embargo, la gran fortuna editorial de la obra en la España de los
siglos XVI y XIX (pues sólo en esos siglos se pensó en traducirla, ya
fuese en verso o en prosa) no tuvo continuidad en otros períodos y Ariosto
volvió al limbo de los clásicos olvidados: el lector de nuestro tiempo
debía conformarse con la reimpresión o refundición de alguna prosificación
decimonónica, ya convertida en rareza bibliográfica, o con la reedición
de la insatisfactoria traducción de Jerónimo de Urrea, que se remonta
a 1549 y que hoy, desprovista de vigor literario, resulta no pocas veces
incomprensible. Y es que la antigua losa de la imposibilidad de traducir
la poesía ha pesado especialmente sobre el Orlando furioso. La primera
de las traducciones castellanas fue la de Urrea, criticada por los personajes
y por los contemporáneos de Cervantes; pero también fue, y lo ha sido
hasta hoy, la más difundida: sólo durante el siglo XVI conoció más de
una docena de ediciones, y por una razón u otra ha sido la escogida en
tiempos más recientes, como en la serie ya desaparecida de “Clásicos Universales
Planeta” (Barcelona, 1988, con introducción de Pere Gimferrer) o en la
colección de “Letras Universales” de Cátedra (Madrid, 2002, con las pertinentes
correcciones de Mª de las Nieves Muñiz Muñiz y una anotación muy atenta
a los ecos españoles de la obra).
Más allá del deseo de conservar “la dulzura y primor”
originales y del no muy destacado talento poético de Urrea, su concepto
de la traducción admitía y aun exigía libertades de manga muy ancha: eliminó
buena parte del canto tercero, desvirtuó episodios importantes, dulcificó
las críticas ocasionales a los españoles y, sobre todo, añadió no pocas
octavas para incorporar a su versión un elogio de diversos próceres de
los que Ariosto no tuvo noticia. Hoy esa conducta nos sorprende, pero
era bastante común, y tanto la atenuación de las implicaciones religiosas
como la hispanización de temas y personajes se dieron en otras traducciones
del Furioso, como en la versión, también en octavas, de Hernando de Alcocer
(1550) y en la prosificación de Diego Vázquez de Contreras (1585), elogiada
por Alonso de Ercilla precisamente porque el traductor había acertado
a quitar “las cosas licenciosas y las impertinentes para nuestra nación”.
No se conocen traducciones de los siglos XVII y XVIII, pero a lo largo
del XIX aparecieron varias, tanto en verso como en prosa. La última traducción
versificada, publicada en 1883, fue la del incansable Juan de la Pezuela,
conde de Cheste, quien, valiéndose de una irónica licencia del mismo Ariosto,
suprimió el largo y divertido episodio de Astolfo y Giocondo, mientras
que la pudicia o el nacionalismo le inspiraron otras muchas censuras menos
llamativas y más estratégicas. De eso hace más de ciento veinte años,
y, como he escrito en parecido trance a propósito de Ausiàs March, aunque
el texto de los clásicos goza del privilegio de la perennidad, cada época
requiere sus traducciones.
Las versiones de Jerónimo de Urrea, Hernando
de Alcocer o Juan de la Pezuela tienen interés histórico y filológico,
pero no literario, y ni siquiera nos aseguran la comprensión literal y
completa del texto de Ariosto. En su prólogo a la penúltima y ya citada
reedición de la versión de Urrea, Pere Gimferrer, que sabía de lo que
hablaba (pues había traducido el fragmento inicial del canto primero en
la revista Vuelta), insistió en la “intraducibilidad” del Orlando furioso:
“es intraducible en la medida en que una parte esencial de su existencia
estética se vincula de tal modo al idioma que (...) no bastan para compensar
su falta los elementos de la obra que sobreviven en una traducción”. Traducir
es, en efecto, un ejercicio extremo de supervivencia literaria, y yo he
hecho todo lo que he podido por preservar –no sé con qué fortuna– las
virtudes expresivas del autor del Orlando: la legibilidad de su narración,
la musicalidad de su verso, la agilidad de su ironía. Después de algunas
reflexiones y probaturas, he optado por una traducción en estrofas de
ocho endecasílabos: sueltos los seis primeros, y en rima asonante o consonante
los dos últimos; con este pareado de cierre (además de otras asonancias
ocasionales en los pasajes más elaborados y aliterativos) intento garantizar
la función cohesiva y estructurante de la octava, de gran importancia
en el compromiso lírico-narrativo del romanzo ariostesco.
Aquí
van unas muestras.
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| José
María Micó (Barcelona, 1961). Poeta y traductor. Es profesor de literatura en la Universitat Pompeu Fabra. Próximamente
aparecerá su poemario La
sangre de los fósiles (Tusquets). |
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Tres estampas del ‘Orlando furioso’
Traducción
de José María Micó
Orlando
contra la orca (original)
(XI, 37-40)
Tosto
che l’orca s’accostò, e scoperse
nel schifo Orlando con poco intervallo,
per ingiottirlo tanta bocca aperse,
ch’entrato un uomo vi saria a cavallo.
Si spinse Orlando inanzi, e se gl’immerse
con quella àncora in gola, e s’io non fallo,
col battello anco; e l’àncora attaccolle
e nel palato e ne la lingua molle:
sì che né più si puon calar di sopra,
né alzar di sotto le mascelle orrende.
Così chi ne le mine il ferro adopra,
la terra, ovunque si fa via, suspende,
che subita ruina non lo cuopra,
mentre mal cauto al suo lavoro intende.
Da un amo all’altro l’àncora è tanto alta,
che non v’arriva Orlando, se non salta.
Messo il puntello, e fattosi sicuro
che ’l mostro più serrar non può la bocca,
stringe la spada, e per quel antro oscuro
di qua e di là con tagli e punte tocca.
Come si può, poi che son dentro al muro
giunti i nimici, ben difender ròcca;
così difender l’orca si potea
dal paladin che ne la gola avea.
Dal dolor vinta, or sopra il mar si lancia,
e mostra i fianchi e le scagliose schene;
or dentro vi s’attuffa, e con la pancia
muove dal fondo e fa salir l’arene.
Sentendo l’acqua il cavallier di Francia,
che troppo abonda, a nuoto fuor ne viene:
lascia l’àncora fitta, e in mano prende
la fune che da l’àncora depende.
Orlando contra la orca
(XI,
37-40)
En cuanto se
acercó la orca, viendo
a Orlando en el esquife, abrió una horrenda
boca descomunal que bien podría
tragarse a un caballero y su caballo.
Avanzó Orlando y se metió en las fauces
del monstruo con el ancla y, si no yerro,
con el bote también, dejando el ancla
allí entre lengua y paladar clavada,
de manera que el monstruo no podía
cerrar sus tremendísimas quijadas.
De este modo apuntalan los mineros
las galerías en las que trabajan
para no perecer en un derrumbe
mientras baten metal desprevenidos.
El espacio es enorme: tal, que Orlando
no llega al otro extremo sin un salto.
Con
el puntal del ancla, Orlando sabe
que el monstruo no podrá cerrar la boca,
y tomando la espada entra en la oscura
cavidad dando tajos y estocadas.
Ya se sabe lo bien que se defiende
un fortín si está dentro el enemigo:
igual puede la orca defenderse
del paladín que en la garganta tiene.
Siente el dolor y ya en el mar se eleva
ostentando sus lomos escamosos,
o se hunde en las aguas removiendo
las profundas arenas con su vientre.
En cuanto advierte el paladín de Francia
que el monstruo se zambulle, sale a nado,
dejando el ancla en la espantosa boca
y arrastrando en su mano la maroma.
La
locura de Orlando (original)
(XXIII, 129-132)
Pel bosco
errò tutta la notte il conte;
e allo spuntar de la dïurna fiamma
lo tornò il suo destin sopra la fonte
dove Medoro insculse l’epigramma.
Veder l’ingiuria sua scritta nel monte
l’accese sì, ch’in lui non restò dramma
che non fosse odio, rabbia, ira e furore;
né più indugiò, che trasse il brando fuore.
Tagliò lo
scritto e ’l sasso, e sin al cielo
a volo alzar fe’ le minute schegge.
Infelice quell’antro, et ogni stelo
in cui Medoro e Angelica si legge!
Così restâr quel dì, ch’ombra né gielo
a pastor mai non daran più, né a gregge:
e quella fonte, già si chiara e pura,
da cotanta ira fu poco sicura;
che rami e
ceppi e tronchi e sassi e zolle
non cessò di gittar ne le bell’onde,
fin che da sommo ad imo sì turbolle
che non furo mai più chiare né monde.
E stanco al fin, e al fin di sudor molle,
oi che la lena vinta non risponde
allo sdegno, al grave odio, all’ardente ira,
cade sul prato, e verso il ciel sospira.
Afflitto e stanco al fin cade ne l’erba,
e ficca gli occhi al cielo, e non fa motto.
Senza cibo e dormir così si serba,
che ’l sole esce tre volte e torna sotto.
Di crescer non cessò la pena acerba,
che fuor del senno al fin l’ebbe condotto.
l quarto dì, da gran furor commosso,
maglie e piastre si stracciò di dosso.
La
locura de Orlando
(XXIII, 129-132)
Erró
toda la noche por el bosque,
y al despuntar la luz de la mañana
lo llevó su destino nuevamente
donde esculpió Medoro su epigrama.
Al ver su afrenta por el monte escrita,
ardió con fuerza tal, que no hubo pizca
de su cuerpo sin ira, rabia y saña,
y
sin dudarlo desnudó su espada.
Cortó
la roca y la inscripción haciendo
volar sus mil pedazos hasta el cielo.
¡Desgraciada caverna y pobres árboles
en que se lee «Angélica y Medoro»!
Desde aquel día
no han de dar más sombra
ni frescura a pastor ni grey alguna.
Ni aquella fuente cristalina y pura
pudo de tanta ira estar segura,
pues
arrojó en sus aguas sin descanso
ramas, raíces, troncos, piedras, barro,
para enturbiarla hasta su mismo fondo.
¡Y pensar que más limpias no las hubo!
Al fin, cansado y de sudor bañado,
cuando en su exhausto aliento no cabía
su implacable desdén, ira y desprecio,
cayó
en el prado suspirando al cielo.
Se
desplomó cansado y afligido,
mirando al cielo sin decir palabra.
Tres veces salió el sol y tres se puso,
mientras él ni comía ni dormía.
No dejó de crecer su amarga pena
y acabó por perder del todo el juicio.
Al cuarto día, consumido en furia,
las
mallas se arrancó con la armadura.
La
Reina y el enano (original)
(XXVIII, 34-37)
Quindi scopria de la regina tutta
la più secreta stanza e la più bella,
ove persona non verria introdutta,
se per molto fedel non l’avesse ella.
Quindi mirando vide in strana lutta
ch’un nano aviticchiato era con quella:
et era quel piccin stato sì dotto,
che la regina avea messa di sotto.
Attonito
Iocondo e stupefatto,
e credendo sognarsi, un pezzo stette;
e quando vide pur che gli era in fatto
e non in sogno, a se stesso credette.
«A uno sgrignuto mostro e contrafatto
dunque (disse) costei si sottomette,
che ’l maggior re del mondo ha per marito,
più bello e più cortese? oh che appetito!»
E de la moglie
sua, che così spesso
più d’ogn’altra biasmava, ricordosse,
perché ‘l ragazzo s’avea tolto appresso:
et or gli parve che escusabil fosse.
Non era colpa sua più che del sesso,
che d’un solo uomo mai non contentosse:
e s’han tutte una macchia d’uno inchiostro,
almen la sua non s’avea tolto un mostro.
Il
dì seguente, alla medesima ora,
al medesimo loco fa ritorno;
e la regina e il nano vede ancora,
che fanno al re pur il medesmo scorno.
Trova l’altro dì ancor che si lavora,
e l’altro; e al fin non si fa festa giorno:
e la regina (che gli par più strano)
sempre si duol che poco l’ami il nano.
Se veía la estancia
más secreta
de la reina, la más engalanada;
y en tal estancia nunca entraba nadie
que no fuese de extrema confianza.
Miró con atención y vio a un enano
revuelto en rara lucha con la reina,
y era tan diestro el tipo en su trabajo,
que logró colocársela debajo.
Giocondo, estupefacto y aturdido,
pensando que soñaba, estuvo un rato
mirando, y cuando vio que no era un sueño,
creyó por fin en lo que estaba viendo.
Pensó: «¿Por qué la reina se somete
a un monstruo jorobado y contrahecho
teniendo a un rey excelso por marido,
el más bello y cortés? ¡Oh, qué apetito!»
Entonces recordó
a su propia esposa,
a la que tanto había criticado
por entenderse con aquel muchacho,
y pensó que su error era excusable.
No era su culpa, sino de su sexo,
que con un hombre solo no se sacia;
si todas pecan de ese mismo antojo,
ella al menos no lo hizo con un monstruo.
Al día siguiente
y a la misma hora
y a ese mismo lugar vuelve Giocondo,
y también ve a la reina y al enano
haciendo al rey la misma chirigota.
Y vuelven al trabajo al día siguiente
y al otro, sin jornada de descanso;
y la reina se queja (esto sí es raro)
de
que el enano es en amor muy parco.
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| Ludovico
Ariosto (1474-1533) nació en Reggio nell’Emilia, Italia. Escribió
comedias, odas, sátiras y sonetos. Orlando furioso, su obra más
célebre, es considerada una de las cimas de la épica renacentista
italiana. La presente traducción (introducción y notas) de José
María Micó, será publicada próximamente por Espasa – Fundación
Biblioteca de Literatura Universal. |
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