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marzo 2005
Nº 123

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Cuento

Tienda de mascotas
ERNESTO ESCOBAR ULLOA

En serio qué milagro verte por acá. ¡Cuántos años! La cuestión es que ese día nadie tenía yerba. Nos dormimos. La cagamos. El año nuevo estaba encima y no teníamos fiesta, no teníamos hembra, no te-níamos yerba, no teníamos nada. ¿Te acuerdas que mi enamorada se había ido a Miami hacía medio año, que me había dejado por un rapero? La enamorada de Carlos lo mismo. ¿Te acuerdas que se fue a Italia y se casó a los dos meses para agarrar pasaporte y ni más regresó? Llamamos a la mancha y nadie tenía yerba. “No, flaco, se me ha terminado”, nos decían. ¡Bien  mentirosa la gente…! ¿Quién te iba a pasar yerba en pleno 31? “Ya pues, qué importa, la suerte es la suerte, vamos a La Mar”, me dijo Carlos.

Éramos bien patas en esa época. Parábamos todo el día relojeando fumadazos, en su viejo Toyota verde del 79. Nunca habíamos ido a La Mar a comprar. Jamás. Una vez fuimos a Santa Cruz. Pero fue una vaina, vimos harto policía, harto tombo, harto raya. Tú sabes pues, los tombos paraban relojeando por ahí para agarrarte con la merca y pedirte coima, si no te metían en cana. Nosotros teníamos nuestro dealer, el Yux, ¿te acuerdas? Ah, tú no lo conociste… Era un flaco demacrado que vendía ahí en Camacho, para toda la gente platuda de alrededores, de La Molina, de Neptuno, de esos barrios, hasta de La Planicie iban. Pero justo un par de semanas antes de las fiestas, el Yux desapareció. Yo me acuerdo. Al principio no la creíamos. Tú sabes como es la gente de fantasiosa. Que el Yux se ha ido a Miami. Que el Yux se ha regenerado. Que el Yux se ha convertido al Hare Krishna. Que el Yux cayó. Respuesta correcta, la D. El Yux cayó y con las manos en la masa. Vivía por La Recoleta. Tú ibas y le tocabas el timbre, el Yux salía a la puerta y te vendía tu tamalito, a veces hasta te fumabas un tronchito con él, de paso que te sacaba un paquete que te duraba tu par de semanitas fumando cada día, o sea que te servía bonito, se portaba bien. Y sobre todo era seguro, pues. ¿Para qué te ibas a arriesgar a que te agarraran los rayas en La Mar o Santa Cruz? Por eso la gente se pasó la voz tan rápido. Lógico. Hasta que un día le comenzaron a caer de otros barrios, gente de San Borja, gente de Lince, gente de San Isidro. Se enteró medio Lima. “Ahí en Camacho hay un paquetero que vende barato y es seguro”, decían. Un día vino a mi casa el loco Christian, ¿te acuerdas de Christian?, ahora vive en Francia, en París, falsificó documentos y como sabía francés de la Alianza en la embajada se la creyeron, bueno, un día vino con un periódico en la mano, uno de esos periodicuchos amarillos, El Chino, El Cholo, uno de ésos, y ahí estaba el Yux, con su número de preso, con su cara de fumón, todo despeinado, le habían hecho una foto bien fea, terrorista perecía, terruco. “Cae paquetero pitucón”, decía el titular. Nos cagaron. Qué quedaba. Santa Cruz o La Mar. Tiramos una moneda y salió La Mar. Así que agarramos el carro y salimos cueteados.

Nos salvaste hermano, menos mal que nos llamaste porque para ese año nuevo no teníamos plan. A mí Puerto Fiel me encantaba, era la playa más bonita del sur. Me acuerdo clarito que nos dijiste, “traigan yerba, yo pongo el trago y las hembras”. Nosotros igualito compramos harta cerveza, y ron, y Carlos le peló un vodquita a su hermano, un Absolut Citron, hasta papitas compramos, hicimos unos sanguchitos, nos preparamos bien, no te creas. Y después del supermercado, nos fuimos embalados a La Mar. En esa época, mucha gente en Lima se guardaba y no salía. ¿Te acuerdas que era una época bien brava? Con el terrorismo, la delincuencia, la inflación, el toque de queda, la gente tenía miedo. Nosotros salíamos igualito, con toque de queda o sin toque de queda, igualito te ibas a morir pues, si te tocaba, te tocaba, mala suerte.

Oye, increíble que no te hubiéramos contado nada. Es que con la fiesta y el año nuevo y los tronchos y las flacas, a mí, la verdad, se me olvidó. La cuestión es que dábamos vueltas y vueltas y nada. La Mar estaba vacío. Parecía que habían hecho batida. ¿Te acuerdas de las batidas? En cualquier momento llegaba un escuadrón de policía y se levantaban a todos. Aguanta. Espera. No sé si te acordarás pero justo entonces había comenzado una nueva modalidad de batida, la más brava, la llamada “batida sorpresa”, es un detalle importante. ¿Te acuerdas o no? Ahí no se salvaba nadie. Además no la hacía la policía, la hacían los milicos. Con tanquetas y toda la parafernalia. Agarraban una calle al azar, en Miraflores, en el centro, en Pueblo Libre, en cualquier barrio, y la cerraban con tanquetas, claro que te acuerdas, esas mismas. Se bajaban los milicos de los camiones y pasaban carro por carro, con un perrazo de este tamaño. Decían que así habían encontrado hasta explosivos de los terrucos, amonal, esa vaina. No era necesario ni que te registraran el carro porque los perros estaban tan entrenados que olían desde coca hasta lanzagranadas. Bueno, total que “nos vamos de acá”, dijimos, “a Santa Cruz, mala suerte, en La Mar no pasa nada”. Y justo en eso vimos a un flaquito con cara de paquetero. Bajé la luna al toque y “ya, flaco”, le pasé la voz, “¿cómo es?, ¿la llevas o no la llevas?” y el flaco “¿cuánto?” y yo “50 cocos, campeón, pero rápido que estamos apurados”. En esa época era un montón 50 cocos, mucho más que ahora. Y el flaco “date una vuelta, brother, date una vuelta”. Nos dimos la vuelta de rigor y al volver nos estaba esperando en la esquina, ligerito para zafar culo apenas agarrara su plata, y en efecto, lo primero que dijo, “la plata, brother”, y Carlos “estas huevón, primero enséñame la vaina”, claro, la gente decía que esos huevones a veces te vendían pasto, y tú te quitabas tan contento y cuando te dabas cuenta ya era demasiado tarde, para qué ibas a regresar, esos flacos se las sabían todas. Total que nos sirvió bien, hartos moños, encima una yerba excelente, rojita, no sabes la cara de felicidad que se nos puso, le pagamos encantados de la vida y encima volvimos para darle su propina, “feliz año, flaco”, “feliz año, brother”, contento el puta, y nosotros también, listos para largarnos a Puerto Fiel, listos para ganarnos con todos esos culitos lindos de allá del sur, no hay duda de que en el sur están los mejores culos de Lima, hermano. Y recién al salir nos dimos cuenta de que no teníamos música. “Uy, carajo, qué huevones somos”, “¿y los casetes?”, “¿no los trajiste tú?”, “no, yo pensaba que los habías traído tú”, discutiendo, “eres un huevón”, “eres un imbécil”. En esa época Carlos y yo escuchábamos puro heavy, mejor dicho, trash, trash metal, Megadeth, Metallica, toda esa onda, Slayer, Vio-Lence, súper metaleros, pero no teníamos el pelo largo, ni usábamos jeans apretados, parábamos en sandalias y ropa de baño todo el día, pero la música era como los tronchos, una droga, tú sabes pues. Así que dijimos, “ni hablar, tenemos que volver”, “a tu casa o a la mía”, “no podemos hacer el camino al sur sin música”. Así que volvimos pues. Y no sé cómo nos metimos por Miraflores. Y no sé cómo acabamos en Pardo. Ya me dirás tú cómo, porque yo no tengo ni idea. Ya estábamos stonazos pues, yo me hice un troncho así de grande en el carro. Y en eso, “oye, ¿qué pasa?”, “qué tráfico de mierda, ¿no?”, decíamos, “se nos va a hacer tarde”. No avanzábamos ni un metro. Y con lo volados que estábamos –tú sabes que el tiempo pasa más lento– seguro que cuando nos percatamos llevábamos ahí una hora. En eso Carlos dice “la cagada”. Y yo “¿la cagada qué?” Y Carlos “la cagada, la cagada”. Y entonces me doy la vuelta y veo una tanqueta en la esquina. Y de nuevo me doy la vuelta y veo otra tanqueta en la otra esquina. Y saco la cabeza y veo una fila de milicos inspeccionando los carros detrás y delante de nosotros, tranquilamente te hablo de más de cincuenta milicos, pero milicos de los de verdad, como las FARC, con su uniforme, con su metralleta, y con sus perros, unos perrazos así, grandazos. Uy, carajo, nos jodimos. Yo me veía en la cárcel, cuñado, en Lurigancho me vi, con mi foto en un periódico chicha, como el Yux, con Carlos, y nuestros números de presos, “Decomisado un alijo de 50 cocos a tremendos fumones”. Al principio pensamos en tirarlo por la ventana, pero los cachachos ya estaban demasiado cerca como para no verlo, y no importaba dónde lo escondiéramos que los perros lo olían seguro. No sabes qué angustia. Bueno, discutiendo, “es tu culpa, huevón, ¿por qué te metiste en Pardo?”, y Carlos “carajo, no jodas, ¿tú porqué no dijiste nada?” y yo “ya cállate y piensa” y Carlos “carajo, no puedo, estoy stone, piensa tú”. Ya sabes que stone estás anulado, no puedes pensar, más es lo que te asustas que lo que piensas, y en vez de pensar, nos mandábamos a la mierda, “eres un cojudo”, “eres un idiota”, no te imaginas. Tampoco íbamos a bajar del carro y correr, por más ganas que tuviéramos, porque te juro que yo tenía unas ganas de abrir la puerta y salir corriendo… No sabes… Pero fijo que nos metían bala. En la batida sorpresa no entraban en vainas. Te hacías el payaso y pum, ahí quedaste. Tú sabes como era.

De pronto llegaron al carro de adelante, un taxi, y vimos cómo lo inspeccionaron, nos quedamos de piedra. Los milicos iban en pareja. Uno pedía papeles y el otro se paseaba con el perro alrededor del carro. Me quedé frío cuando vi que en eso el taxista abrió la puerta y el perro se metió adentro. Uy, carajo, estamos fritos, pensé. Vi que nos detenían, vi que nos metían en el camión, vi a los curiosos chequeándonos, como cuando en el colegio te sacaban para llevarte donde el director y toda la clase “¡uuuuuy!” se reía a tus espaldas, igualito, compadre, vi que me decían “posesión ilegal de estupaficientes, tiene derecho a una llamada”, como en las películas. Porque a los tombos los podías comprar hasta con una cajetilla de Marlboro Lights, pero a los milicos… Fue en ese momento que Carlos me dijo “¡ya!, ¡ya sé!, cruza los dedos”, y yo, no te miento, le hice caso, crucé los dedos bien fuerte, esas cojudeces que haces cuando la fe te abandona, cuando ya sólo te queda encomendarte a Dios y creer que existe, por una vez en tu vida, a ver si te salva, y le pregunté “¿qué vas a hacer?”. Se le había prendido el foquito. Es una historia bien rocambolesca que no te vas a creer. Resulta que Carlos se acordó de una vez que iba por Corpac, por la avenida Canaval Moreira y se equivocó de calle y se metió en el desvío que conduce al Ministerio del Interior.  Estaba muy stone y no se dio cuenta, total que cuando se acercó el cachaco para ver quién diablos era y qué diantres quería, Carlos le dijo “vengo a ver al General Maldonado”, y le mostró su electoral y la tarjeta de propiedad del carro, “es mi padre”. El cholo se enderezó inmediatamente, le hizo el saludo militar y lo dejó pasar. Y Carlos entró y se dio una vuelta por el parking del ministerio totalmente volado, y al cabo de quince minutos se largó, de lo más tranquilo. Después de unas semanas se enteró por el noticiero que, curiosamente, en el ministerio había un pez gordo que se llamaba Sergio Maldonado, general del Ejército, no sé cuántas medallas y condecoraciones, tampoco se acordaba de si era ministro, viceministro, secretario general o qué, pero estaba seguro de que ése era el nombre, Sergio Maldonado. Habían pasado dos años, era una arriesgada total, porque tú sabes que acá en el Perú los cargos de peso no duran ni dos meses. Encima su viejo no se llamaba Sergio, se llamaba Teodoro, así que tenía que decir que era su tío, o algo parecido, porque en la libreta electoral figura el nombre de tu padre y el de tu madre. Y el huevón ¿sabes lo que le dice?, llega el milico, le pide que baje la ventana y Carlos “señor oficial, déjeme marchar cuanto antes que tengo una cita con mi padrino, el general del Ejército Sergio Maldonado”. Ni bien abrió la boca el perro se me subió a la ventana y se puso a ladrar hecho una fiera. Y Carlos, “acá tiene mi libreta electoral y la tarjeta de propiedad, todo en orden jefe”. Y yo, ¿padrino?, qué huevón eres pensé, ahora sí ya nos cagaste. El milico le hizo un gesto a su subalterno para que controlara al dog que ya casi me estaba destruyendo la puerta. A todo esto, la yerba la tenía yo debajo del asiento. Al ratito el milico, con el gesto algo desencajado, le preguntó, “¿cómo ha dicho?, ¿el general qué?” Uy la cagada, pensé, ahorita nos meten bala por graciosos, ahorita nos queman acá nomás. ¿Te acuerdas que en esa época los milicos tenían el dedo flojo y te inflaban de plomo nomás por pestañear? Así cuántos se habrán bajado… Y entonces el milico se ajustó los lentes de sol y se agachó para escucharlo mejor, por el perro, que no paraba de ladrar, “¿el general Madonado del ministerio del Interior dice usted?, y Carlos “exacto, oficial”, y el milico “pero si el general Maldonado murió el año pasado”. Entonces Carlos pronunció esa frase que nunca olvidaré, y mira que Carlos no cuenta con muchas frases memorables en su haber. Así, con toda su sangre fría y el perro ladrando como una bestia, le dijo, “se equivoca usted, oficial, el que murió no era el general Maldonado, era el almirante Maldonado, de la Marina, no del Ejército, mi padrino está vivo y es el actual viceministro, así que por favor, déme usted su identificación o déjeme pasar que estoy apurado, me imagino que no querrá tener problemas con sus superiores por estas molestias que me esta haciendo pasar”. Yo quise matarme de la risa igual que tú, porque claro, no era para menos.

El milico se quedó mirando al subalterno, que nada más esperaba su orden para comenzar el registro y soltar a su perrazo, que ya se había vuelto literalmente loco, y después se quedó mirándome a mí, que miraba al frente, al semáforo en verde, y a los carros que se alejaban de la pesquisa sanos y salvos, limpios de polvo y paja, y después se quedó mirando a Carlos y seguramente pensó qué mierda, mejor los dejo ir y me aseguro en mi chamba que la situación no está como para botarse uno mismo de su puesto de trabajo, y luego se quedó mirando al cielo, como preguntándose, me estará mintiendo este pendejito, hijito de papá, cabrón, maricón de porquería, playero de dos al cuarto, me estarán tomando el pelo este par de pituquitos de Monterrico, cholos con plata, jijunas de la gran puta, carajo, qué hago, y el perro que seguía ladrando, y sin exagerar, dándose de cabezazos contra mi puerta, y quizá por eso me salió una sonrisa, no pude evitarlo, total que siguió ladrando cuando Alberto arrancó, y aún seguimos oyéndolo ladrar cuando llegamos a Puerto Fiel y nos encontramos contigo, y yo hasta ahorita me acuerdo de los ladridos de ese perro cabrón como si fuera ayer, y no sé qué me late que este perro va a ladrar igualito, por eso te lo voy a comprar, porque me trae buenos recuerdos, compadre, ¿sabes cómo le voy a poner?, Maldonado, general Maldonado, sí, claro, bien bonito es este perro, oye, a ver cuándo nos juntamos un día para chupar, yo lo llamo a Carlos, ¿qué haces este año nuevo?, ¿sigues yendo a Puerto Fiel?, ¿sigues saliendo con esa chica tan linda?

 

Ernesto Escobar Ulloa (Lima, 1971). Se licenció en Filología por la Universidad de Zaragoza. Es colaborador de diferentes revistas culturales, autor del libro El viaje Sacrílego (Anaya, 2001), y editor de la versión en español de la revista literaria The Barcelona Review.