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marzo
2005
Nº 123

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Ensayo
¿Una tradición
silenciada?
Hacia un corpus de la literatura nómada
JORDI CARRIÓN
La reedición en Argentina del libro
de crónicas de viaje Larga distancia (Seix Barral) de Martín
Caparrós y la aparición de Viaje intelectual (Beatriz Viterbo
Editora), un ensayo de Beatriz Colombi sobre la literatura hispanoamericana
de finales del xix y principios del xx constituyen dos buenos pretextos
para examinar algunas cuestiones pendientes sobre el viaje y la literatura
escrita en castellano.
Ensayos-en-movimiento
La modernidad líquida ha reclamado
un arte líquido en que los géneros se fecunden para relatar
el viaje como lo que es: mutación, pero ya no sólo vital,
sino también escrita. Nació así el meta-viaje o lo
que Eloy Fernández-Porta ha llamado, a propósito de otros
autores, el ensayo-en-movimiento. A mi entender, Wim Wenders, Claudio
Magris, Edgardo Cozarinsky, Gao Xingjian, Miquel Barceló, W.G.
Sebald, Cees Noteboom, Peter Handke o Juan Goytisolo serían algunos
de los artistasmásrelevantes de esa tendencia posmoderna que ha
logrado alumbrar obras de altísimo nivel estético e intelectual
–alimentadas por el motor del viaje– cuya naturaleza formal
es mutante.
En sus obras, las técnicas y los géneros se metamorfosean
y a menudo lo gráfico se integra a lo textual. Las películas
oscilan entre el documental y la ficción; examinan ideas con la
profundidad del ensayo. Los cuadros también son ensamblajes técnicos
y conceptuales. En el terreno de la escritura, la crónica periodística
ostenta el rigor y la osadía de la novela. El narrador se sabe
siempre viajero y aunque la narración esté muy presente,
el lector se queda con la duda de si no fue un ensayo lo que estuvo leyendo.
Ensayo en doble movimiento: el de los pasos por el paisaje; el de la mente
por lecturas e ideas.
Crónicas de larga distancia
Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957)
es autor de dos volúmenes de crónicas de viaje fundamentales:
Larga distancia (1992; Seix Barral, 2004) y La guerra moderna (Norma,
1999). La reedición de Larga distancia propicia su reivindicación
a la luz del ensayo-en-movimiento que he destacado como tendencia internacional.
Hay que tener en cuenta, a este respecto, que Caparrós ha cultivado
con excelencia tanto el ensayo y el periodismo como la novela. Esa versatilidad
se muestra en los tres tipos de texto que conforman el volumen que comento:
la crónica de viaje, el relato de ficción y el ensayo fragmentario
con pinceladas líricas.
Las crónicas retratan, entre otras realidades, algunos momentos
políticos de América Latina que han sido reenfocados en
los últimos meses. Me explico: una de ellas se adentra en la Bolivia
del líder cocalero Evo Morales en 1991, doce años antes
de que éste fuera el Evo Morales que ha puesto en jaque a su país;
otra traza una semblanza espacio-biográfica de Aristide en la misma
fecha, antes de ser el terrible Aristide de la Haití de principios
del siglo xxi. Los relatos, por otro lado, son principalmente borgeanos,
como “Don Miguel o el honor de la deshonra”, a propósito
del autor del Quijote, o “Caparrós o la derrota esperanzada”,
irónica historia de un militar del siglo xviii apellidado Caparrós,
que murió sin descendencia. Y, por último, están
esos fragmentos de un ensayo no unitario, destacados en cursiva, que actúan
como hilo conductor del volumen y van encadenando aspectos y tópicos
del viaje, sometidos a una mirada crítica y, al mismo tiempo, poética.
Esos son –precisamente– los polos entre los que se mueve el
escritor en movimiento.
El libro ostenta una rara virtud, la de la armonía. Este valor
musical, no demasiado reivindicado en literatura, provoca en algunas pocas
obras una sensación de equilibrio difícil de conseguir.
Parece mentira que piezas tan dispares, escritas y publicadas durante
años en medios muy diversos, puedan encajar con tanta coherencia.
La que sólo otorga la voz que defiende un discurso.
Para lo que aquí trato de explorar, no obstante, los textosmásimportantes
son los de corte ensayístico: los fragmentos citados y la crónica
“Mato Grosso: el mismo río”. En ésta, el narrador
es, a un mismo tiempo, periodista en un crucero por la selva brasileña
y teórico del turismo posmoderno. Es difícil encontrar un
texto escrito en castellano donde el meta-viaje que tanto abunda en Noteboom
o Sebald se haga explícito al nivel en que lo sitúa Caparrós:
“Los turistas conforman una especie casi inmóvil por lo previsible
de sus movimientos y, aun así, resbaladiza. (...) El viaje del
turista es circular, trayecto de ida y vuelta sinmásllegada que
el punto de partida: un viaje casi puro, sinmásobjeto que el viaje
–sus recuerdos”. En esa travesía entre Conrad y la
banalidad del viaje de masas, el barco se convierte en la cocina de la
escritura viajera, correlato del laboratorio donde se ha experimentado
la propia redacción de todas las crónicas del volumen. Escritorio
donde la voz deviene fragmento de un discurso que trasciende el paréntesis
de cada viaje.
“Todo depende de la carga de mito que el viajero sea capaz de agregarle,
voluntaria o involuntariamente”, dice el escritor viajero. Esa carga
depende directamente de la mirada propia: “Problema de la mirada:
si yo fuera americano, por ejemplo, me resultaríamásfácil
viajar: tendría, en principio, una forma de mirar el mundo.”,
afirma y añade: “Pero soy –casi argentino–”.
Irónicamente, Caparrós trata el tema de la tradición
viajera y se siente huérfano. Borges, Cortázar o Eloy-Martínez
también viajaron y también escribieron sobre el viaje. Pero
sólo hace falta observar la cartografía para percatarse
de la diferencia. El viaje en la literatura hispanoamericana canónica
abarca sobre todo América y el oeste europeo (París como
capital), con incursiones puntuales en un Oriente de fronteras móviles,máslibresco
que político o real. Si he situado a Caparrós en otra órbita
es porque su cartografía es otra. Su trayectoria vital y profesional
le han llevado (como dan fe Larga distancia, La guerra moderna y ¡Dios
mío! Un viaje por la India en busca de Sai Baba) de Argentina a
Brasil, Birmania, la India o China: itinerario que rehuye las metrópolis
y los espacios saturados de escritura. Podríamos encontrar precedentes
de incursiones en ellos en las tradiciones francófonas y anglosajonas,
pero apenas en la producida en castellano. Además, hay un tema
nada frecuente en autores de mayor edad que recorre su obra: el turismo.
Místerhyde del viaje; inseparable de éste. Tema insoslayable
para los escritores que en los últimos treinta años han
reflexionado sobre qué significa viajar.
La tradición interrumpida
Al leer el primer libro de crónicas del escritor
chileno Juan Pablo Meneses, Equipaje de mano (Planeta Chile, 2003), se
reconoce en él la maestría de Caparrós. Eso no significa
que Meneses no encuentre su propio tono ni sus propias fuentes de recursos
técnicos, quizá siguiendo una de las afirmaciones memorables
de Larga distancia: “Hay pocos viajes que no conozcan –desde
el principio– sus palabras”. Otros volúmenes de crónicas
literarias de viaje que también han aparecido últimamente,
en cambio, no acusan la influencia, porque ésta no pudo producirse:
el libro de Caparrós no atesoró la difusión que merecía
en España. Sería interesante saber cómo serían
volúmenes notables como 7 colores (RBA, 2004), de Jon Arretxe,
o Lugares que no cambian (Alba, 2004), de Eduardo Jordá, si el
género disfrutara del debido diálogo editorial transatlántico.
Diálogo que no hay que circunscribir a las editoriales, sino también
a las revistas y a las reuniones académicas. Diálogo que
quizá no deba limitarse al periodismo literario, sino también
a todos los géneros que se expresan a partir o desde el viaje.
Eso, aunque en una primera instancia pueda parecer saludable, ya que demuestra
la capacidad de ciertos escritores para crear una incipiente tradición
propia o para inventar poéticas personales, señala sobre
todo hacia una ruptura paralizadora. Que Larga distancia, que no en vano
recibió el premio Rey de España, no haya sido difundido
debidamente en los países de lengua castellana es una pruebamásde
cómo la modernidad hispánica se construye a copia de interrupciones.
Aún hoy en día las obras viajeras del argentino Domingo
Sarmiento, del español exiliado en Gran Bretaña Blanco White,
del argentino radicado en París Edgardo Cozarinsky o del español
afincado en Marruecos Juan Goytisolo constituyen piezas sueltas, no una
tradición literaria. Aunque seguramente no sea tan abundante como
la anglosajona, sospecho que existe esa estela de autores, que todavía
no es considerada en su continuidad como lo son Stevenson, London, Conrad,
Hemingway, Lowry, Bowles, Kerouac, Chatwin, Naipaul, Theroux, etc. Seguramente
no exista esa continuidad porque no hay entre ellos una tan evidente intertextualidad
ni editores que hayan actuado como mecenas o que hayan potenciado las
pertinentes colecciones. Las razones son múltiples, no viene a
cuento –todavía– enumerarlas. Pero sí intuyo
que los hilos son más de los que parecen. Habría que rastrearlos.
La generación viajera
En Viaje intelectual. Migraciones y desplazamientos en América
Latina (1880-1915) (Beatriz Viterbo Editora, 2004), la profesora de la
Universidad de Buenos Aires Beatriz Colombi recuerda que Manuel Ugarte
habló de una “generación viajera”, que estaría
formada por un grupo de escritores hispanoamericanos que, como él
mismo, sufrieron Europa. Entre otros: Rubén Darío, Gómez
Carrillo, Leopoldo Lugones, Gabriela Mistral o Alcides Arguedas. Dice
Colombi: “Estos rasgos comunes [definidos por el propio Ugarte]
son: la expatriación por razones políticas o por incompatibilidad
con el medio, la consecuencia y continuidad con los precursores, la búsqueda
de una literatura nueva, la necesidad de profesionalización, la
defensa de un programa iberoamericanista, la intervención pública
en los sucesos de la época y, finalmente, un desenlace prematuro
o trágico”.
Me ha parecido brillante el análisis que firma
la autora sobre el modo en que los escritores hispanoamericanosmássignificativos
del fin de siglo impulsaron su modernidad a partir de la tensión
viajera (Estados Unidos-América hispanohablante- Europa). Una modernidad
basada en el diálogo con la tradición europea de la literatura
de viajes. No es de extrañar, por tanto, que ningún escritor
español sea mencionado como referente personal o textual de esa
“generación viajera” ni de la que la precedió
(con Sarmiento a la cabeza). En el siglo xix –como se recuerda en
el capítulo quinto: “Retóricas del viaje a España”–
nuestro país era a este respecto una ficción francesa. Sarmiento,
a la hora de redactar su viaje español, tiene en cuenta a Dumas
y a Chateabriand. El tópico de la “entrevista con el escritor”
es elaborado por esos escritores viajeros: Victor Hugo hasta los 80 del
siglo xix; después: Verlaine y otros. Figuras que merecen la peregrinación,
cuya frecuentación es cotizada. Ningún español poseía
ese halo de gurú.
¿Qué significa esa ausencia? ¿Qué papel juega
en ella el interés de la generación del 98 por los viajes
sin salir de España? ¿Por qué escritores de la segunda
mitad del siglo xx, como Cela, Llamazares o Manuel de Lope, siguieron
apostando por lo exclusivamente ibérico? ¿Qué autores
de los últimos cincuenta años han cultivado la crónica
de viajes a un nivel literario que merezca la antología? ¿Los
poemarios americanos de Juan Ramón y Lorca deben ser considerados
literatura de viajes? ¿Hasta qué punto la emigración
decimonónica y el exilio españoles de los años treinta
en países hispanoamericanos contribuyó a esa genealogía
silenciada, aún por reivindicar?
Al cabo, tal vez se trate de itinerarios particulares, de construcciones
de miradas y no de cánones. De ser así, el viaje como aventura
personal sería traducción y hallazgos, a un tiempo, esto
es, un canal por el que encontrar lo que el sistema cultural de tu país
de origen no puede –o no quiere– brindarte. Incorporo ahora
Larga distancia y Viaje intelectual a mi biblioteca. Continúo pendiente
de mis preguntas. Y hago de nuevo la maleta.
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| Jorge
Carrión (Tarragona, 1976). Es escritor y responsable de
las crónicas de viaje de Lateral. Ha sido incluido por
Julio Ortega en la antología Extra-mares (Jorale, México,
2004). Actualmente es lector de español en la Universidad
de Chicago. |
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