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enero
2005
Nº 121

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Sin ficción
El regalo de Kekelma
ROBERTO HERRSCHER
Hay dos modelos, entre otros
posibles, de escribir un reportaje periodístico: el tradicional,
utilizando un lenguaje aséptico y sin la presencia palpable del
periodista, y otro, la crónica literaria. Roberto Herrscher escribió
un artículo a propósito de una salida en busca de las lenguas
menguantes centroamericanas. Diez años después, revisando
sus notas, se atrevió a contar la misma historia de otra manera.
La lectura de ambas versiones es un ejercicio tan revelador como didáctico.
Yis ma isho: el reportaje periodístico tradicional
Alí García tenía nueve años, pero lo recuerda
como si fuera ayer. En medio de una clase de español, le habló
a un compañero en bribri, el idioma que su pueblo usa desde hace
miles de años. El maestro lo mandó a arrodillarse en el
rincón, sobre granos duros de maíz.
Hoy, dos décadas más tarde, García cuenta la anécdota
con una sonrisa inteligente y comprensiva; pero no olvida. Y no se le
escapa la ironía de que el maíz con el que su maestro lo
castigó es otro producto de la cultura indígena.
Una parte importante de su trabajo como dirigente de la Fundación
Iriria Tsochok (madre tierra en bribri) es buscar con sus hermanos el
desarrollo sin perder la identidad.
Como Alí García, hay maestros y representantes de una docena
de pueblos indígenas en América Central que están
trabajando, solos, en escuelas rurales, en organizaciones indígenas
o en oficinas de los ministerios de educación, para proponer por
primera vez, un modelo sistemático de educación bilingüe
que brinde a los niños de sus comunidades la enseñanza en
español, para competir en el mercado laboral de los "ladinos",
junto con el aprendizaje de sus lenguas, tradiciones, historias y relaciones
con la naturaleza y sus productos.
El camino que ya se recorrió fue importante, y los que lo vivieron
dan cuenta de sus dificultades: primero, cientos de estudiantes indígenas
se convirtieron en maestros en el único modelo que existía
hasta esta década, que no incluía su cultura.
Con un pie dentro del sistema educativo oficial, estos
educadores empezaron a hablar a sus alumnos en el idioma indígena,
en general a espaldas de inspectores y autoridades. Poco a poco, surgieron
cartillas, programas de radio, alfabetos en lenguas indígenas,
métodos de enseñanza basados en palabras generadoras, historias
y leyendas propias.
Al mismo tiempo, maestros e investigadores comenzaron a recopilar la enorme
riqueza oral de los pueblos indígenas en libros y cuadernos, que
ya se están usando en escuelas y colegios de la región.
Superando sus deficiencias en una cultura que no era la propia y la discriminación
de muchos docentes, hoy hay 24 maestros indígenas activos en Costa
Rica. En Panamá, donde la formación de maestros "a
distancia" empezó en 1979, ya son 125.
En una oficina impersonal del Ministerio de Educación de Panamá,
David Binns, ex Presidente del Congreso General Ngobe y actual asesor
de la Dirección General de Educación de Jóvenes y
Adultos, cuenta el comienzo de esta lucha: "Hace 29 años no
había maestros indígenas, no había materiales didácticos,
ni investigaciones serias, ni siquiera una forma de escribir nuestras
lenguas".
La Ley General de Educación de 1947 no hacía mención
a las seis etnias indígenas de Panamá. El sistema, en español,
era igual para todos los niños del país. Pero con el tiempo
se fue haciendo cada vez más evidente que los niños necesitaban
una educación adecuada a su realidad y su cultura, y la desigualdad
en la competencia hacía que gran parte de los alumnos indígenas
no terminaran sus estudios.
Para los Ngobes, un paso importante fue la decisión de la comunidad
de reemplazar a los profesores blancos por indígenas, aún
sin título docente. "El gobierno está preparando a
estos maestros elegidos por la comunidad, y aunque todavía usan
principalmente el programa tradicional, tienen otra relación con
los alumnos".
La oficina de Binns complementa esto con alfabetización de adultos.
"Sólo para Chiriquí Oriente ya formamos 45 facilitadores,
que junto con tres coordinadores y dos supervisores están enseñando
a leer y escribir en ambos idiomas a unos 1.000 ngobes".
La nueva ley de educación, aprobada en 1995, reconoce el derecho
de los seis pueblos indígenas (Ngobe, Kuna, Emberá, Wounaan,
Teribe y Bugle) a preservar su identidad y patrimonio cultural, a la educación
bilingüe-intercultural, a formar parte de comisiones para determinar
los contenidos de esta educación, y a facilidades y becas para
la formación de educadores indígenas.
De acuerdo con el Director General de Educación de Jóvenes
y Adultos, Guillermo Smith, "la preservación de la identidad
y cultura indígena en los próximos 25 años dependerá
del rescate de valores mediante la educación bilingüe. Si
no se desarrolla e implementa una política fuerte de etno-educación
a nivel nacional y local, estas culturas pueden desaparecer".
Cuando se pregunta a algún líder Kuna por el tema de la
educación bilingüe, todos remiten al maestro Orán,
que desde hace 17 años trabaja por el rescate de la lengua y la
cultura Kuna, la escritura y la educación de los niños en
la isla de Tupile.
A diferencia de la mayoría de las 365 islas en el
Archipiélago de San Blas, Tupile tiene calles anchas y rectas,
edificios de bloc y cemento, un generador de energía eléctrica
y una cancha de básquet. La labor de rescate de Orán se
desarrolla en uno de los sitios donde más se nota la mano del blanco,
que buscó cambiarlo todo para introducir la "civilización".
El trabajo de Orán ya se reconoce entre los escritores indígenas
de la región. Como culminación de sus esfuerzos, acaba de
volver de México, donde logró, junto con escritores indígenas
de todo el continente, establecer un premio para la literatura en lengua
indígena.
Su libro de lectura en Kuna ("Ue an ai", o Tienes un amigo)
marcó caminos. Tanta necesidad tienen los educadores de libros
para enseñar su idioma, que la mayoría pasa por enormes
esfuerzos y penurias para escribirlos. Alí García es autor
de libros de plantas medicinales e historias bribris en edición
bilingüe; David Binns confeccionó un manual de aprendizaje
del Ngobe con dibujos y usando los métodos de Paulo Freire, y el
maestro cabécar Severiano Fernández, escribió en
su idioma y en español varias colecciones de historias de su pueblo
junto con la arqueóloga y diseñadora gráfica Valeria
Varas.
Orán considera que la enseñanza de la escritura, las costumbres
y los valores indígenas son la única alternativa ante la
pérdida de la cultura propia, pero enfatiza que lo principal es
la autonomía y el control sobre las tierras.
Los kunas dieron pasos considerables hacia la autonomía. Todas
las noches se reúne en cada isla el congreso de los "sailas"
de la comunidad, para tomar decisiones sobre temas comunes. Las islas
eligen representantes a cuerpos deliberativos mayores, hasta llegar al
Congreso General.
"Pero la cultura es fundamental para seguir conservando nuestra identidad.
¿Hasta dónde aceptamos los avances modernos sin comprometer
nuestros valores? Lo estamos viendo en cada caso; por ejemplo, con la
llegada de la electricidad a nuestra isla, llegó la televisión.
Ahora los niños juegan con pistolas de juguete en vez de los juegos
tradicionales. En la escuela tratamos de que mantengan sus tradiciones".
Con los costes de convertirse en maestro de otra lengua y otra cultura,
el educador cabécar Severiano Fernández tomó su puesto
como maestro en Talamanca hace 12 años. Pero cuando intentaba contarles
a los niños cuentos de su misma cultura, en su propio idioma, el
supervisor le decía fastidiado: "¿Todavía sigue
el atraso?"
En 1994, un grupo de maestros e investigadores presentó al Ministerio
de Educación Pública un diagnóstico de la realidad
y las necesidades de la educación. "El currículum no
estaba adecuado al contexto de los alumnos, había una precaria
relación en casi todos los casos entre la escuela y la comunidad
a la que se supone que servía, y había mucho analfabetismo
tanto en los niños como en los adultos".
Un decreto de 1995 crea plazas docentes para hablantes
indígenas con sexto grado aprobado, quienes se convertirían
en instructores de la lengua con el apoyo y asesoramiento de lingüistas.
"En el 95 teníamos una plaza, en el 96, seis, y este año
ya vamos por 24 y con seis puestos de educadores itinerantes casi aprobados",
comenta Fernández.
Para el maestro, el peligro de la desaparición de la lengua está
a la vuelta de la esquina. "El chorotega y el huetar ya murieron;
el térraba está en coma, el boruca puede que se levante
porque hay tres educadores itinerantes haciendo un buen trabajo. Pero
tenemos que seguir apuntalando el maleku (de los guatusos), el bribri,
el cabécar y el guaymí, porque la influencia de afuera es
grande sobre la juventud, y ya son muchos y muchos años que nos
dicen que hablar nuestro idioma es quedarnos en el pasado".
En estos momentos, programas de radio (en el caso Costarricense, en conjunto
con el Instituto Costarricense de Enseñanza Radiofónica
- ICER), cartillas y el apoyo institucional de leyes y decretos, permiten
abrir esperanza para la educación indígena.
Como el fuego, la cultura permanece encendida si se sigue moviendo y atizando.
El futuro de estos idiomas estará seguro si permanece en las conversaciones,
los cantos, las costumbres y los juegos y los sueños de los indígenas
de Panamá y Costa Rica.
Pero silencio, presten todos atención que va a comenzar la historia
de Kekelma, dueño del rayo. Resulta que, hace mucho, mucho tiempo,
Kekelma vivía en un paraíso llamado Tierra...
El último cuento de un idioma que muere. La crónica
literaria
En la sala había un sofá desvencijado, un escritorio de
plástico con dos teléfonos, un mapa de Costa Rica y un hombre
cordial, macizo, de piel dura y arrugada por el sol. Esa mañana
yo andaba apurado. Era el último artículo para la revista
centroamericana Hombres de maíz, en la que trabajaba. En tres días
me iba para siempre. Después de terminar la entrevista con el maestro
de la etnia cabécar Severiano Fernández, tenía que
pasar por el consulado, ir a buscar unos análisis, recoger a mi
hijo del jardín. Sea lo que fuera que Fernández tenía
que decir, debía ser en 40 minutos.
La nota era sobre educación bilingüe de niños indígenas
centroamericanos. Hay muy pocos expertos en el tema, y fácilmente
me hice con la lista de las fuentes, pero eran difíciles de entrevistar.
Eran un puñado de sabios ancianos y ancianas que pasan casi todo
su tiempo en remotas escuelas rurales, enseñándole a los
niños su lengua, su historia y su identidad, y ya había
hablado con casi todos ellos.
Era mi última entrevista. Severiano Fernández llevaba veinte
años como maestro en las montañas de Talamanca en el sur
de Costa Rica. Había sido el primero de su pueblo en aprender a
leer y escribir en castellano y se convirtió en instructor de una
lengua y una cultura ajenas. Cuando no venía el inspector, hacía
guerrilla educativa y les hablaba a sus alumnos en cabécar. "Los
está manteniendo en el atraso,Ó le reprochaba el inspector.
"Si no quiere que progresen en la vida, yo me haré cargo de
que usted no progrese en la docencia."
Con enorme esfuerzo y paciencia y con la ayuda de lingüistas y antropólogos
de la universidad pública y de ONG, Severiano Fernández
diseñó un método para escribir el cabécar
con las letras del castellano y el uso de signos fonéticos. En
los últimos diez años publicó cuatro libros en los
dos idiomas con historias de sus mayores, historias sobre Sibš, el
Creador del Mundo, sobre el sol, la lluvia, los animales, sobre el amor
y la muerte y el dolor y la felicidad.
Yo tenía cuarenta minutos y sabía perfectamente
lo que quería de Severiano Fernández. Los caciques, maestros
y curanderos kuna, ngobe, bribri y maya-quiché que había
entrevistado antes ya me habían contado lo difícil que fue
al principio (por ejemplo, de niño al dirigente bribri Alí
García el maestro lo arrodillaba sobre granos de maíz si
lo descubría hablando su idioma), cómo lucharon contra la
injusticia (los ngobes echaron a los maestros no indígenas y trataron
de montar escuelas alternativas), y cómo las cosas están
empezando a cambiar (los kunas ya tienen 125 maestros, libros de historia,
literatura o agricultura en kuna y puestos en el Comité de Asuntos
Indígenas del Ministerio de Educación).
El artículo ya estaba hecho. Sólo faltaba completarlo con
un par de citas y algunos datos. Pero Severiano Fernández se sentó
en la punta de la silla, sonrió y empezó a contarme un cuento.
Kekelma, el Dios del Rayo, vivía en un paraíso llamado Tierra.
Tenía dos hijos y su hermosa mujer estaba embarazada. Tuvo que
viajar a otros planetas, así que les dejó leña, agua
y comida, y les dijo que no abandonaran la casa, porque afuera no sabrían
distinguir el bien del mal. Pegué un vistazo al reloj. Bien. Podía
soportar otros diez minutos de Kekelma.
Pero pasa un mes, se acaban la comida, el agua y la leña, y la
esposa de Kekelma escucha que alguien está cortando leña
afuera. Es Itso, el Dios del Mal. Kekelma les había dicho que nunca
le pidieran nada, pero tienen frío, y ella le pide leña.
Itso le trae piedras.
ÀCuál será un buen momento para interrumpirlo? Tal
vez pueda encontrar información de este Kekelma en un libro. Voy
a llamar a la profesora que entrevisté en la universidad. Todavía
me faltan citas, datos, números. Sólo necesito que mis lectores
entiendan que Severiano Fernández puede contar una leyenda cabécar,
sin tener que escucharla toda. El consulado cierra a la una.
Resulta que Itso se enamora de esta mujer. Se enamora locamente de la
esposa de Kekelma, y para él amarla es poseerla, devorarla, destruirla.
La abraza y le absorbe toda la carne y la sangre. Ella se queda quieta,
sentada en su silla, puro hueso y piel y el feto, que queda intacto.
Qué raro. Está contando el cuento de la manera en que hay
que contar este tipo de cuentos pero que muy pocas veces se tiene el privilegio
de oír: como si fuera la cosa más natural del mundo, como
si contara un hecho doméstico y trivial. Este monstruo está
absorbiendo a la mujer como si tomara una taza de té, y me doy
cuenta que el narrador me lo está contando de la misma manera en
que se lo debieron contar a él sus padres o sus abuelos, y los
padres y abuelos a ellos.
Los hijos de Kekelma se trepan a un árbol. Se agarran de una rama.
Itso toma aire, la rama se dobla, se acercan más y más (en
este punto Severiano se levanta e interpreta a Itso llenándose
los cachetes de aire y a los niños aterrorizados en la rama), y
entonces los chicos gritan: "¡Viene papá, viene papá!".
Itso se da vuelta y la rama vuelve a subir.
La historia sigue por hora y media. Estoy pegado a la silla. Hay un agujero
en medio de la oficina con piedras rojas de calor donde Kekelma finalmente
castiga a Itso por sus crímenes y Severiano es Kekelma y es Itso
y es su padre en el acto de contar la historia y es el pueblo cabécar,
del que quedan sólo 2.000 sobrevivientes hambrientos y desperdigados,
y es mil años de cultura que hablan y respiran a través
de este cuento.
Ya es tarde para todo lo que tenía que hacer. La historia me absorbió
como a la mujer de Kekelma, hacia un mundo distinto, una manera diferente
de medir el tiempo, hacia el corazón de una cultura que está
desapareciendo.
"No sé si el cabécar estará vivo dentro de 20
años," declara Severiano Fernández cuando finalmente
empieza la entrevista. "Los padres ahora les hablan en castellano
a sus hijos. No hay mucho futuro en una lengua cuando los hablantes tienen
que aprenderla en la escuela, junto con los juegos, las canciones y los
cuentos de irse a dormir."
Salgo a la calle. Me siento más rico y lleno de tristeza. No sé
qué hacer con lo que aprendí. Kekelma fue capaz de rehacer
a su esposa con carne de animales y frutas del bosque, pero el bosque
también está desapareciendo. Desde la vereda rota, en medio
del calor de la siesta en San José veo por la ventana a Severiano
Fernández que se deja caer en su silla, consulta la agenda, agarra
el teléfono. Y lo sé. Sé que no va a ser capaz de
rehacer la identidad cabécar y revivir su cultura.
Somos Itso. Les absorbimos la vida.Miro otra vez el reloj. No sé
si merecí el cuento.
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| Roberto Herrscher. Es periodista
y profesor de periodismo, corresponsal en España de la revista
Opera News y responsable en Lateral de la sección "Sin
ficción". |
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