
|

enero
2005
Nº 121

home
|
cuento
Srebrenica
Edmundo paz soldán
A la memoria de Elizabeth Neuf fer,
cuya investigación me
permitió escribir este cuento.
Conocí las fosas comunes de Srebrenica porque mi novio me dejó
y me quedé sin planes para el resto del verano. Me la pasé
llorando dos noches y luego recordé la invitación de mi
jefe y lo llamé y le pregunté si era tarde para unirme al
grupo. Me dijo que no, pero que debía apurarme con los papeles;
era domingo, salíamos el viernes. Me dijo que le alegraba mi decisión.
No le conté las verdaderas razones.
Estábamos en julio de 1996. Cuando los periódicos y los
noticieros televisivos hablaban de la guerra en Bosnia, palabras como
"limpieza étnica" y "genocidio" aparecían
con frecuencia. Se conocía la existencia de por lo menos veinte
fosas comunes en la región; en Srebrenica había entre seis
y ocho. Reconozco que no es fácil dedicar parte de un verano a
la exhumación de estas fosas. Sobre todo si una tiene veinticinco
años y está enamorada.
Mi ex novio se llama Marcos y es argentino. Siempre me dijeron que me
cuidara de los latinos, o latinoamericanos, es lo mismo. Pero, acaso porque
soy de Kansas, siempre me atrajeron. Después de crecer al lado
de tantos chicos rubios, una tez más morena y un acento inglés
fuerte son el colmo del exotismo. A Marcos lo conocí en una recepción
en honor a los nuevos estudiantes al doctorado en antropología.
En ese entonces yo mantenía una relación a la distancia
con un chico español que vivía en Sevilla. Marcos me dijo
que eso no le importaba, pero tres meses después se cansó
y me dio un ultimátum: debía decidir entre el español
o él. Esa misma noche corté con el español. Marcos
debió haberse dado cuenta de que estaba enamorada: yo estaba feliz
con él y no disimulaba mis sentimientos. ƒse fue, acaso, el
comienzo del fin.
El fin llegó siete meses después. Para no perderlo había
tolerado muchas cosas: por ejemplo, si estábamos juntos un viernes,
eso significaba que no nos veríamos el sábado: él
decía que necesitaba estar con sus amigos. Yo sospechaba de otras
cosas -él era guapo a pesar de sus largas patillas, y su mirada
penetrante y su labia atraían a las mujeres-, pero prefería
reprimir esas sospechas. Supongo que Marcos se acostó con muchas
mujeres esos meses, hasta que llegó una que le dijo que debía
decidir entre ella o yo. Y Marcos decidió.
Bertrand, mi jefe, es un antropólogo forense, una de las autoridades
mundiales en exhumación de fosas comunes. Se había hecho
famoso por su trabajo en El Mozote. Tomé una clase con él
mi primer semestre en Cornell, y me impresionó. Era desgarbado
y el vestirse bien no era una de sus prioridades -no sabía combinar
colores y había manchas de café y comida en sus camisas-,
pero sus clases eran magníficas y nos convencía y conmovía
su fe en que los huesos de los cadáveres permitían reconstruir
la forma de la muerte y acaso la identidad de la persona. El segundo semestre
me convertí en su asistente para un proyecto de investigación
en la biblioteca. Ese semestre viajó mucho: se había formado
el Tribunal Yugoslavo para enjuiciar como criminales de guerra a los líderes
serbios responsables de las matanzas de serbios y croatas musulmanes en
Bosnia, y el tribunal necesitaba pruebas de esos crímenes. Se había
decidido exhumar las fosas comunes en Srebrenica; mi jefe sería
uno de los responsables de la exhumación.
Bertrand intentó convencerme de que lo acompañara, me dijo
que sería una experiencia única. Tendría trabajo
en el verano, podría escribir al respecto. Rechacé su oferta.
Cuando se lo conté a Marcos, se puso del lado de mi jefe e insistió
en que fuera. Me dijo que él venía de un país diezmado
por una "guerra sucia" y que eso lo hacía valorar el
trabajo de quienes se dedicaban a exhumar cadáveres e identificar
a los desaparecidos. Pensá en tanta gente, me dijo en español
-yo entendía, fue mi minor cuando hice el B.A.- que te agradecerá
que les devuelvas al hermano, al papá muerto. Me conmoví
y estuve a punto de ceder. ¿Era sincero o ya estaba pensando que
no sería mala idea estar solo el verano? Eso ya no importa. O al
menos no debería.
La casa en la que nos alojaríamos las cuatro chicas que llegamos
de voluntarias -todas estudiantes de doctorados en antropología-
se encontraba en Tuzla, una ciudad a la que se habían venido a
refugiar las mujeres y los niños de Srebrenica después de
que ésta cayera en manos enemigas un año atrás; casi
ocho mil hombres, bosnios musulmanes ellos, se quedaron prisioneros de
los serbobosnios en Srebrenica. Luego se los llevó en camiones
a las afueras de la ciudad, con las manos atadas y los ojos vendados;
a algunos grupos se los fusiló en descampados apenas bajaron de
los camiones; a otros se los despachó con un balazo en la nuca;
a otros se les ordenó correr y luego se los cazó como animales.
La casa estaba cerca de una iglesia abandonada y un bosque de altos pinos.
Era vieja y tenía las ventanas rotas. El piso de mosaicos estaba
lleno de desperdicios y había hormigas y grillos en la cocina.
La taza del baño había perdido su asiento y había
que traer agua en baldes para largar la cadena. La ducha era fría.
No había televisor, pero sí una radio en la que se podía
captar la programación internacional de la BBC. Había tres
habitaciones y a mí me tocó compartir una con Debbie, una
rubia agraciada, bajita y de pelo corto, que venía de Stanford.
Las camas tenían apenas una sábana y un cobertor liviano;
nos haría frío en las noches.
Después de comer un arroz con huevos preparado por Emilia -una
chilena que estudiaba en Emory-, nos fuimos a nuestros cuartos. Debbie
se echó en la cama y se puso a escuchar música en su walkman,
con los ojos abiertos pero ausente. Su colección de CDs en el velador
decía: Ella Fitzgerald, Billie Holliday, Melissa Etheridge. Yo
quería hablar de Marcos, pero no me quedó más que
continuar con Balkan Ghosts, el libro que había comenzado a leer
en el viaje en avión y que me estaba ayudando a comprender los
odios ancestrales en la región.
Lo primero que me sorprendió de la fosa común de Cerska
fue el olor. Era un penetrante olor a amoniaco, que remitía a lo
putrefacto. Los cadáveres estaban amontonados unos sobre otros,
en diversos estados de descomposición, algunos completos y otros
muy incompletos: una pierna por aquí, un brazo por acá.
A veces sólo se veían huesos (tibias, fémures); otras,
los huesos estaban adheridos a la carne o formaban una masa pegajosa con
la tierra. Había camisas deshilachadas, zapatos de tenis, jeans
LeviÕs. Pude observar, sobre un cráneo desenterrado a medias
bajo el sol violento de la mañana, un gorro azul de béisbol
con el logo de Nike a los costados.
Quizás en una película la primera reacción de un
personaje como yo al ver la fosa hubiera sido correr a un costado y vomitar.
Hubo náuseas, pero no el deseo de vomitar. Traté de olvidarme
del montón y me dediqué a imaginar el rostro de mejillas
huesudas del hombre que algún día había usado ese
gorro azul. Lo había comprado acaso a un vendedor callejero, un
sábado por la mañana de un verano como éste; quizás
lo acompañaba su novia. Estaban felices a pesar de la guerra; estaban
juntos y sólo eso importaba. Luego fueron a pasear por un parque
y a soñar con el día en que la guerra acabaría y
volvería la normalidad al país. O a los países, pues
uno nunca sabía en los Balcanes.
Bertrand se puso unos guantes de goma e inmediatamente saltó a
la fosa y se unió a dos antropólogos mexicanos que extraían
con cuidado la tierra y las raíces adheridas a los huesos de un
cadáver. Los huesos de cada cadáver eran puestos en una
bolsa blanca a la que luego se la identificaba con un número rojo.
Mi trabajo consistiría en meter en una computadora los datos de
cada cadáver.
Esa noche, recostada sobre un sofá de resortes vencidos, Emilia
no paraba de sollozar y de preguntarse qué diablos hacía
aquí y de responderse de inmediato que todo tenía un sentido,
incluso lo que no tenía sentido. Amber se duchó dos veces
para sacar de su cuerpo todo el olor que se le había impregnado
de la fosa común.
Me acosté temprano, agotada. Había logrado conciliar el
sueño cuando algo me despertó; en la penumbra, pude distinguir
el rostro de Debbie. Estaba vestida con una polera que le llegaba hasta
las rodillas. Me preguntó si podía dormir junto a mí.
No le pregunté por qué ni ella me lo dijo, me pareció
un pedido normal en esas circunstancias; dejé que entrara en mi
cama y le di la espalda. Me abrazó, sus pechos apretados contra
mi espalda; una de sus manos descansó en mi estómago. Usaba
una crema para dormir con olor a cítricos; era un aroma fragante
que impregnó mi cuerpo.
La sentí llorar en silencio. Al rato, yo también estaba
llorando.
Alrededor de noventa personas trabajaban en la fosa común de Cerska,
entre ellos antropólogos, patólogos y arqueólogos.
Nos custodiaban soldados de la OTAN apostados en camiones y en Humvees
(después de todo, nos encontrábamos en territorio controlado
por los serbios). Había actividad por todas partes: un grupo caminaba
de un lado a otro, con un detector de metal en busca de residuos de balas;
otro grupo trabajaba con una excavadora, removiendo cuidadosamente la
tierra y deteniéndose apenas había señales de un
cuerpo; se revisaba la tierra removida en busca de fragmentos de huesos;
se fotografiaba cada cuerpo para que los investigadores pudieran luego
saber su posición exacta en la fosa. Debbie estaba en el grupo
de fotógrafas, Birkenstocks y una polera blanca; no llevaba sostén.
Vi a más de un hombre que la miraba de reojo.
Bertrand, con un cigarrillo entre los labios, dirigía todo de forma
obsesiva. Había ordenado que los cuerpos no fueran movidos del
lugar donde habían sido encontrados hasta que él llegara;
sólo con él al lado se podían poner los cuerpos en
las bolsas. ƒl entonces dictaba notas acerca de los huesos y las
pertenencias de cada cadáver en una grabadora. Me iba dando los
casetes con las notas, y yo las pasaba a una computadora.
-Lindo lugar -decía Bertrand-. Fácil de entender por qué
lo escogieron.
Nos hallábamos en un terraplén al lado -y a cincuenta metros
abajo- de un camino de tierra, formando un hueco ideal para una fosa común.
Los prisioneros habían sido ejecutados al borde del camino y sus
cuerpos habían caído sobre el terraplén. Luego se
había procedido a rellenar parte del hueco.
-No estoy aquí ni un día y ya me quiero ir -dije-. ¿No
se cansa?
-Mi mujer es la que se cansa -Bertrand sonrió mientras me mostraba
un cadáver con las muñecas amarradas por un cable-. Yo no.
De la muerte no. Lo que de verdad me cansa son todos los detalles que
hay que cuidar para que esto funcione. Ahora me dicen que la compañía
que contratamos para cuidar la fosa por las noches no podrá hacerlo.
Y es peligroso. Tenemos fotos de satélites que muestran a gente
robando objetos de las fosas de Glogova.
-Increíble.
-Ajá. Con algunos del equipo hemos decidido turnarnos y quedarnos
a dormir aquí. Como los soldados de la NATO están obligados
a proteger al equipo, no tendrán otra que quedarse con nosotros
por las noches.
Imaginé a Bertrand durmiendo en el Land Rover bajo el manto de
estrellas de la noche de verano. Luego me vi obligada a imaginar la fosa
común a su lado. Con Bertrand de por medio, esas dos imágenes
juntas no tenían nada de incongruente.
Esa noche Debbie volvió a dormir conmigo. Ninguna de las dos lloró
esta vez, y tampoco pronunciamos palabra alguna. Yo tenía ganas
de charlar, pero no quería romper ese silencio. Me reconfortaba
y protegía su cuerpo apoyado contra el mío. Era dócil
y blando, como si careciera de huesos.
Me hubiera gustado sentir más piel que la de su mano tibia en mi
estómago. Me recordaba a los pijama parties de mis doce y trece
años, cuando nos reuníamos en la casa de una amiga en Lawrence
y varias niñas, eufóricas de tanto ponche y tanta charla,
terminábamos durmiendo tiradas en los colchones instalados en el
living, la pierna de una sobre la barriga de otra, las manos entrelazadas,
en una inocente camaradería. Luego me enteré que algunos
de esos encuentros entre piel y piel no eran tan inocentes como parecían,
pero en el recuerdo quedaban como yo los había vivido.
El martes un grupo de mujeres visitó nuestra casa. Eran bosniomusulmanas,
refugiadas en Tuzla después de la caída de Srebrenica. Se
habían enterado que pertenecíamos al grupo a cargo de las
exhumaciones en Cerska, y venían a buscar información sobre
sus esposos, sus hijos, sus amantes. Salimos a la puerta y nos rodearon;
las hicimos pasar. En un inglés muy precario, nos dijeron que en
una reunión con comisionados de las Naciones Unidas se les había
prometido que podrían estar al lado de las fosas comunes cuando
las exhumaciones se llevaran a cabo, para ayudar en el proceso de identificación.
Recordé una clase de Bertrand en la que nos había contado
que las exhumaciones de El Mozote se habían hecho con las mujeres
presentes. Debbie les dijo que no les podía prometer nada, éramos
unas simples voluntarias, pero que llevaría su queja a los encargados
de la exhumación.
Sdenka, una mujer alta y de pelo negro rizado, comenzó a describir
la forma en que su hijo estaba vestido la última vez que lo había
visto: jeans, una polera blanca, una gorra azul.
-¿De Nike? -pregunté, sintiéndome algo tonta.
-Eso no lo recuerdo -dijo Sdenka, agarrándome con fuerza de la
camisa-. Pero tenía una cicatriz en su rodilla derecha. Jugaba
mucho al fútbol. Y sus dientes eran perfectos. ¿Lo ha visto?
Negué con la cabeza. Otra mujer comenzó a describir a su
esposo -una chamarra de jean, un cinturón negro, la nariz rota-,
y luego la letanía de detalles se tornó confusa e interminable.
Me sentí como una arqueóloga del presente, tratando de armar
los rompecabezas de cuerpos similares a los nuestros, con parecidos huesos
de narices y dolores artríticos, un ejército de jóvenes
y no tan jóvenes usando Nike y Adidas y Reebok y LeviÕs,
esas marcas que de tan ubicuas terminan confundiéndose con el paisaje,
invisibles hasta que una fosa común les devuelve su poderosa presencia.
Debbie no había prometido nada inicialmente, pero las mujeres no
se fueron hasta que Emilia les prometió que haríamos todo
lo posible por ayudarlas a identificar a sus muertos. Cada una de ellas
escribió una lista de las señas particulares y la ropa que
llevaban la última vez que los habían visto. Entendí
un poco más la dedicación de Bertrand a su trabajo y el
sentido de nuestra presencia en Cerska.
Al llegar a mi habitación, me miré el cuerpo en un espejo
de bolsillo que tenía en la maleta; la carne desaparecía
y me quedaba contemplando mi esqueleto: el cráneo, la clavícula,
un omoplato. El destino de todos, en el fondo, era una fosa común:
todos nuestros cuerpos se irían entremezclando bajo la tierra,
corroídos por el tiempo y los gusanos, huesos que se tornan en
fragmentos de huesos, pieles que se hacen polvo. Pero a esa fosa se debía
llegar por la natural corrupción de la carne o por un accidente
o una enfermedad imprevista, y no gracias al implacable trabajo de otros
hombres.
El día en que cumplimos una semana de trabajo en Cerska, Amber
decidió volver a los Estados Unidos. Dijo que le interesaban otros
aspectos de la antropología y que se había equivocado al
venir. Bertrand intentó convencerla de que se quedara, sin mucho
éxito. La ayudé a hacer sus maletas.
La frustración se reflejaba en la cara de Bertrand. Amber era parte
prescindible del equipo; sin embargo, Bertrand actuaba como si la exhumación
no pudiera continuar sin ella. Era un rasgo de su obsesión: le
costaba entender que otros no vieran el lado sublime de su entrega. Me
pregunté qué podía llevar a un ser humano a escoger
semejante causa. Alguna vez me había preguntado lo mismo acerca
de los dentistas y los proctólogos: ¿qué rayo los
había iluminado para seguir un camino tan poco común? ¿Uno
nacía para eso, o se hacía, iba cayendo en ello sin darse
cuenta? Y yo debía reconocer que no estaba lejos de ese magnetismo
inexplicable con que una vocación nos seduce. Había decidido
estudiar antropología después de ver a Sigourney Weaver
haciendo de Jane Goodall en una película. Después de obtener
el B.A. pensé en el doctorado; no me convencía del todo,
pero tampoco me molestaba continuar estudiando antropología. No
había tenido la suerte, como otros, de ser marcada a fuego por
una vocación, pero al menos no tenía otros intereses. Y
después apareció Bertrand y poco a poco yo también
quería hacer que los huesos hablaran y me dijeran a quiénes
pertenecieron y cómo fue que habían dejado de ser en este
mundo.
Esa noche, Debbie, Emilia y yo nos acabamos dos botellas de un vino barato
y, entre risas y sollozos -o sollozos risueños-, nos contamos de
nuestros amores: Emilia se casaría en diciembre con Dino, un italiano
que estudiaba negocios en su universidad y al que le era infiel con cierta
regularidad; Debbie salía, sin compromisos, con Elka, una noruega
que jugaba lacrosse en el equipo de Stanford y a la que le llevaba casi
diez años; y yo, yo acababa de terminar con Marcos. Brindamos a
la salud de las mujeres.
Cuando nos fuimos al cuarto y nos echamos en mi cama, la mano de Debbie
se posó sobre mi estómago y lentamente fue avanzando hasta
tocar mis pechos. Mis pezones se pusieron rígidos. Cerré
los ojos y la dejé hacer; acaso el alcohol me desinhibía.
Al rato, sentí que me levantaba el camisón y que su lengua
comenzaba a recorrer mi espalda. La dejé hacer. Luego sus manos
y su lengua fueron por otros rumbos, y no dije nada. Me gustaba ese contacto
suave, a la vez disimulado y explícito. Su piel carecía
de las rugosidades a las que estaba acostumbrada en el contacto con otras
pieles.
Me preguntó si era mi primera vez. Le dije que sí, aunque
hubiera querido mentirle. Me pidió que no sólo me dejara
hacer, que tuviera un rol más activo. Me costó soltarme.
Igual, creo que las dos disfrutamos. Tuvimos que cerrar la puerta para
que Emilia no escuchara los crujidos de la cama.
Debbie se durmió con la cabeza entre mis pechos. Y yo me dormí
mientras acariciaba sus cabellos rubios, su cerquillo Príncipe
Valiente.
La alarma nos despertó temprano. Nos recogían a las siete
y media. Había pasado el efecto del alcohol y aun así me
sentía bien. En el jeep, incluso dejé que Debbie me agarrara
de la mano mientras nadie nos viera.
Los investigadores todavía no habían llegado al cráneo
con el gorro azul de Nike. Se me ocurrió que si las refugiadas
de Srebrenica no podían venir a Cerska, yo les podía llevar
algo de Cerska. Aprovecharía un descuido y me llevaría el
gorro a Tuzla, para mostrárselo a Sdenka. Acaso sería el
que perteneció a su hijo, y eso la ayudaría a cicatrizar
esa herida que no la dejaba dormir durante las noches.
Debía desbaratar esos pensamientos, por más bien intencionados
que fueran. No estaba pensando como una aprendiz de científica
sino como una vulgar ladrona.
Al final, me contenté con prestarme la máquina fotográfica
de Debbie -una Canon digital- y de pedirle permiso a Bertrand para acercarme
al gorro y sacarle fotos. Saqué diecisiete fotos.
Le conté a Debbie de Marcos. Estábamos en su cama, era más
angosta pero menos ruidosa que la mía. Del cuarto de Emilia provenían
las voces de la BBC, apenas discernibles en medio del fragor de la estática.
Debbie apoyó su cabeza en mi pecho y me dijo que Marcos le parecía
un tipo estúpido y que no entendía qué diablos le
había visto. Yo tampoco lo entendía, pero así funcionaba
el amor, ¿no? Me preguntó si todavía lo quería.
Le dije que sí, que a veces lo extrañaba.
-Espero que estas semanas te sirvan para cambiar de preferencias -me dijo-.
Si lo que vemos cada día no te convence del todo de la imbecilidad
de los hombres, no sé qué más te puede convencer.
-Me gustaría que me gusten las mujeres por ellas mismas -dije-,
no porque me hayan decepcionado los hombres. ¿Eso fue lo que te
pasó?
Imaginé un tío que la había abusado en la infancia,
un novio que la había violado en la adolescencia, un primer amor
que la había engañado con toda mujer que se le cruzara por
delante.
-A decir verdad, no -dijo-. Nunca me atrajeron los hombres, y punto. Pero
me alegro de eso. Son tan brutos, tan primitivos.
-Hay de todo.
-Seguro. Pero no hay mujeres como ellos, tan capaces para el mal.
Ninguna pudo convencer a la otra. Terminamos la discusión haciendo
el amor frenéticamente. Yo ya me animaba a soltarme.
Cuerpo treinta y nueve: un cráneo con una perforación de
bala a la altura de la nuca, un gorro azul con el logo de Nike a los costados.
No habíamos cumplido diez días de trabajo y ya se habían
llegado a exhumar cien cuerpos, más de los que se esperaba que
hubiera en la fosa común de Cerska. La prensa internacional se
interesó, y el gobierno serbobosnio, que hasta el momento había
guardado silencio, se preocupó. Los cráneos destrozados
por las balas y las muñecas amarradas con cables eran señales
claras de que aquellos hombres no habían muerto en medio de una
batalla, como decía el gobierno serbiobosnio, sino que habían
sido ejecutados a sangre fría.
Faltaba poco para terminar la exhumación y de pronto me sorprendí
diciéndome que no quería que terminara. Después de
Cerska, yo acompañaría a Bertrand a exhumar la fosa común
de Nova Kasaba, cerca de una cancha de fútbol; Debbie, en cambio,
se volvería a los Estados Unidos. La esperaba la jugadora de lacrosse
en Palo Alto, el verano de sol y playa en California.
Las mujeres volvieron a visitarnos. No teníamos mucho para ofrecerles.
Le mostré mis fotos de la gorra a Sdenka. Cuando vi la desilusión
en el rostro, me desesperé. Debía haberle pedido, primero,
que me describiera el gorro en detalle, y luego debía haber hecho
lo imposible por encontrar un pedazo de realidad que estuviera de acuerdo
con su descripción. Podía incluso haberle pedido a Marcos
que me enviara por Federal Express un gorro como el que rememoraba la
mujer, y luego podía haberlo fotografiado, o mejor, podía
haberlo desgarrado y cubierto de tierra en la fosa de Cerska, y luego
presentárselo como si fuera el que ella buscaba. El deseo de aferrarse
a una certidumbre, por más remota que ésta fuera, hubiera
hecho el resto.
La exhumación de Cerska concluyó el 19 de julio, doce días
después de iniciada. Alrededor de ciento cincuenta cuerpos y fragmentos
de cuerpos se hallaban en bolsas en el camión refrigerador que
las llevaría a la morgue en Kalesija, para que los patólogos
forenses pudieran continuar la investigación. Bertrand, ojeroso
y con las ropas sucias y un olor a tabaco en el cuerpo -había llegado
a fumar dos cajetillas al día-, estaba radiante, pero eso no lo
hacía detenerse: ya estaba preparando todo para iniciar la exhumación
de Nova Kasaba. Nos pidió a Emilia y a mí que nos alistáramos,
partíamos al día siguiente.
No hubo mucho tiempo para mi despedida con Debbie, tan sólo esa
noche. Quizás era mejor así. Le dije, mientras acariciaba
sus mejillas, tan delicadas que acaso con un poco de presión de
mis manos se romperían en mil pedazos, que la extrañaría
y le escribiría y quizás algún día la sorprendería
visitándola en Palo Alto. Se quedó callada un buen rato.
Luego me dijo que lo mejor era que guardáramos esos días
que habíamos pasado juntas como algo especial, imborrable. Me pidió
que no le escribiera, no quería arriesgar su relación con
Elka. Mejor: me pidió que no tratara de contactarla.
Asentí. La entendía. Le dije que nunca olvidaría
su olor a cítricos. Jugué con su pelo, le dije que tampoco
olvidaría su cerquillo. Espero que tampoco olvides otras cosas
de mí, me dijo, la mirada pícara. Luego me besó con
ardor, sus dedos acariciaron mis pezones, y me dejé hacer.
¿Puede uno, en este trabajo, perder la sorpresa, desensibilizarse,
entrar en la rutina? La fosa de Nova Kasaba era la segunda que visitaba,
y me sorprendió aún más que la primera. El olor a
amoniaco, los huesos desparramados, las prendas de ropa adheridas a la
carne: todo era familiar y a la vez sorprendente hasta la conmoción.
Sospechaba que yo nunca dejaría de sorprenderme.
Esa tarde extrañé a Marcos y lo llamé desde una cabina
telefónica internacional. Apenas me contestó, me di cuenta
que ésa no era la voz que quería escuchar, y colgué.
 |
| Edmundo Paz Soldán
(Cochabamba, Bolivia, 1967). Es profesor de Literatura en Cornell
y autor, entre otros, del libro de cuentos Amores imperfectos (Suma
de Letras, Madrid, 2002) y de la novela El delirio de Turing (Alfaguara,
Madrid, 2004). |
 |
|
|