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diciembre 2004
Nº 120

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Sin ficción

La diva cautiva
Delitos de la reina telebasura

Beto Ortiz

La peruana Laura Bozzo, máxima estrella de la cadena estadounidense Telemundo, ha cumplido más de dos años de arresto domiciliario en un set de televisión en Lima, desde donde emite un programa que hace sintonía de la miseria ajena. Acusada de recibir 3 millones de dólares por apoyar la reelección de un tirano, un collar de diamantes, y los favores sentimentales del capo de la corrupción Vladimiro Montesinos, la justicia peruana ha pedido para la conductora de 'Laura' siete años de prisión. El periodista y ex conductor de televisión Beto Ortiz, escribe "oscuramente fascinado" por este personaje del folclore mediático hispánico.

Faltan sólo minutos para el advenimiento de 2003 y, tras haber pasado cinco desesperantes meses arrestada en su camerino, Laura Bozzo sale en libertad. Ningún juez ha ordenado que la suelten, al contrario, la consigna es que se pudra, pero ella es Laura Bozzo, carajo, y contra eso no hay quien pueda, así que aprovechando el zafarrancho de año nuevo, ha decidido -como tantas otras veces en ese perenne sobresalto que es su vida- sentarse olímpicamente en la noticia y hacer que los demás hagan lo que a ella le dé la gana. Pero, cuidado, cuidadito. La vida le ha enseñado que nunca hay que confiar en nadie. Que la gente es basura, carajo. Pero esta noche no le queda más remedio que confiar. Ya no puede más, está aburrida, cansada, harta. ¡Har-ta! De dormir en el piso como si fuera una mendiga, de vivir encerrada día y noche cual gallina en el corral. No hay derecho a que, mientras todo el mundo se viste con sus mejores galas para irse de rumba, ella -¡imagínense esa barbaridad!- tenga que quedarse mirando desde la ventana los fuegos artificiales que otros hacen estallar y escuchando a lo lejos las canciones que otros bailan. De ninguna manera. Esto se acabó. Así que, manos a la obra, que urdiendo planes secretos nadie la ha ganado jamás: planifica su estrategia de escape con matemático detalle. Primero, desanimando a todos los buenos samaritanos que se ofrecen a inmolarse acompañándola en nochevieja: no se preocupen por mí, chicos, salgan a divertirse nomás. Después, sopesando lealtades, descartando a posibles delatores. Con discreción, manda a llamar a un aparte a los seriotes policías que la custodian, uno por uno. Son tres, dos hombres y una mujer. Sabe que no se van a oponer, ella los engríe, les da de todo y ellos, por supuesto, la adoran. Nadie nunca los ha tratado mejor. Les habla al corazón, como sólo ella sabe hacerlo. Son gente humilde, gente del pueblo, su gente. Ella sabe que la van a comprender. Y, claro, la comprenden. Aleluya, carajo. Mi gente me idolatra. Se ríe solita pensando que es una locura absoluta. Ah, pero tú desde chiquita has sido una loca, Laura Bozzo. La loca de la casa. Loca, reloca. ¿Irse de parranda, estando detenida? "Sólo a ti se te ocurre,¡ loca de mierda!" -le dice Roxana, su prima pizpireta, apenas la escucha confesarle su muy kamikaze idea- "¿Y si te descubren? Si te descubren te vas a la cárcel diez años, ¡so cojuda!". Poco menos que su alma gemela, Roxana es una de sus muchas confidentes y el obeso marido, Germán Larrieu, uno de sus muchos abogados. Es justamente esta carismática pareja limeño-burguesa la que organiza una glamorosa fiesta privada, recontra exclusiva, sólo para los íntimos. Y nadie más íntimo que Laurita, la oveja negra de la familia, que ultima los preparativos para la gran noche como si en eso se le fuera la vida. "Alguien te ve y estás frita. ¡A ti te conocen hasta las piedras!" Pamplinas. Nadie la va a ver porque lo tiene todo calculado al milímetro. Despacha a todo el mundo temprano: váyanse que los va a agarrar el tráfico, feliz año, váyanse, nomás, váyanse. Cuando todos se han ido llega sudoroso y agitadísimo Pepe Pitasig: "Ay, corazón te voy a matar, ¡me has hecho dejar a mis clientas botadas!" Es su fiel maquillador, al que ha llamado de emergencia, a la hora nona. "Púlete Pepillo, ¡que hoy tengo que verme es-pec-ta-cu-lar!". Rubores e iridiscencias. Escarcha y pestañas postizas. Él la hermosea afanosamente, le ayuda a elegir el vestido, las joyas, parece que fuera a la entrega del Oscar. Último día del año. Once y treinta de la noche. ¿A quién se le va a ocurrir que Laura Bozzo está a punto de escapar? Sólo a ella. No es la primera vez que acaricia la idea. Es una cuestión de instinto. Todo animal cautivo tiende a escapar. Es natural. Semanas atrás, conversando a puerta cerrada con su novio Christian y conmigo, se había animado a contar, por primera vez, que tenía planeada una ruta más larga y, de lejos, más cinematográfica: llegar a como diera lugar hasta el río Amazonas en cuyas libérrimas aguas la esperaría uno de los soberbios cruceros fluviales de la naviera de su tío Roberto Rotondo, otro de sus muchos parientes nacidos -como ella siempre dice- en cuna de oro y que seguramente la apoyaría en todo y sin reservas. Se teñiría el pelo de negro y se lo dejaría cortito. Se iría entre gallos y medianoche, por tierra, hasta Pucallpa, ciudad selvática donde abordaría, a escondidas, el buque. Se registraría en el manifiesto de pasajeros con cualquier nombre inventado, confundiéndose sin problemas entre los turistas europeos. Así, luego de unos días de navegación -durante los cuales sería reportada enferma para su equipo de producción mientras la habitación vacía era pretendidamente custodiada por dos de sus fieles policías, arribaría -acompañada del tercero de ellos- al paraje conocido como Tres Fronteras: Santa Rosa, Leticia y Tabatinga. El límite entre el Perú, Colombia y Brasil, en los confines de la jungla. Aquél era -ella lo sabía- el único puesto de control en el lado peruano: Santa Rosa. Pero no había nada de qué angustiarse. A los gringos de las embarcaciones lujosas nunca los incomodaban haciéndolos bajar, además, en aquella precaria estación olvidada de Dios no tenían computadoras con qué verificar si algún viajero estaba requerido por la justicia. Mejor todavía, no había teléfono, apenas una radio que operaba con batería para carro porque las más de las veces ni siquiera tenían electricidad. Una vez fuera de aquel país de porquería que ahora odiaba con furor, estaba salvada. A Colombia no iría, allá la reconocerían también. Se iría al Brasil, donde nadie iba a saber quién era ella. Tabatinga no tiene aeropuerto, así que no pararía hasta Manaus. Desde esa ciudad, con su pasaporte italiano, tomaría el vuelo que la conduciría, por fin, hacia la mil veces soñada libertad. Cuando en el Perú se dieran cuenta de su ausencia sería tarde. Te imaginas la cara que pondrían todos? ¡Se les caería el culo! Ahhh, aquello sí que sería una de esas jugadas maestras que sólo una mujer con huevos como ella era capaz de ejecutar. ¿Escucharon bien? ¡Con-hue-vos! Pero lo de ahora era apenas una escapadita al vuelo, un ensayo, casi, casi una palomillada. Germán y Roxana, abogado y señora, fingieron estar yendo a saludarla un ratito a la volada: entraron y salieron en el mismo carrazo de todos los días. Pero cuando llegaron a la fiesta, los selectos invitados vieron con estupefacción a Laura Bozzo que, radiante, con los brazos abiertos y exclamando feliz año, salía de la maletera del auto como si se tratara de una torta gigantesca. Sorpresa, sorpresa. Dice que nunca en su vida una fiesta le había parecido tan divertida. Se puso morada de whisky con coca-cola, su trago favorito. Como si se fuera a morir mañana, rió, chilló, cantó y bailó como una descosida. Pero antes de que despuntara el alba, el jubileo se acabó. Hizo que la llevaran de vuelta a su cautiverio. Fue su travesura de año nuevo. Se lo cuento tal y como ella me lo contó.

Laura Bozzo no miente cuando declara que ella jamás se ha sentido una reina. No lo es. Es, más bien, una princesa. Es la princesa Fiona de Shrek. Durante la mitad del día es una chiquilla engreída, bromista y traviesa. Durante la otra mitad es un ogro. Aparatoso, desmesurado y gritón. Verde, feo, cenagoso. Es una bestia atrapada en un bien conservado cuerpo de mujer. Pero los rigores de una existencia tan primaria la han desadaptado, llevándola, por ejemplo, a preferir -antes que la soledad- la cercanía de jumentos. Vive encerrada entre los cuatro muros de una celda inexpugnable que muy pocos se atreven a visitar, pues quienes lo hacen -a hurtadillas- corren el grave riesgo de acabar reducidos a cenizas. Muchos pobladores de su triste aldea -una comarca de mentirillas donde reina un cruel enano acomplejado- la odian a muerte. Unos pocos, sin embargo, todavía la defienden con uñas y dientes. Pues, contradiciendo la odontológica leyenda que su propio programa se encargó de forjar, los peruanos tenemos dientes. Treinta y dos, en total.

Pero su público, sus cholos, sus descamisados casi nunca los tienen. Por mala salud, violencia o consumo de drogas han perdido los dientes con la misma rapidez que la esperanza. A veces, sus indigentes invitados -lumpen captado en los extramuros por los estoicos emisarios del show- llegan en un estado tan lamentable que los asistentes de producción deben bañarlos y darles ropa usada pero limpia, un mínimo aceptable de decencia para presentarse en televisión. Y mientras ellos son descargados por camionadas, clasificados y ordenados en fila bajo el plúmbeo cielo de la horrible Lima, arriba, en su alfombrada celda, Laura trina, brama, truena, vocifera. Diríase que ejecuta una ópera de Wagner poniendo a sus nerviosos ejércitos de inmediato a danzar parejitos en derredor: ¡Hugo! ¡Me cago en la puta madre! -su afamada boca de carretero es sensacional- ¿dónde estás, Hugo de mierda? (Hugo Vente es el abusado chofer que, a estas horas, ya debería haberle traído los antipasti de La Gloria y el almuerzo directamente de Astrid & Gastón, o de cualquiera de los restaurants más chic de la ciudad sin olvidar, claro, su reglamentaria torta de merengue y fresas de la pastelería San Antonio que, a veces, hace el milagro de restaurarle el humor). ¿Y mis cigarros?, ¡¡¡Lourdes!!!, ¡no me oye esta tetuda!, oye, huevona, ¡dame un cigarro!…¡enciéndelo pues! ¿Cuándo chucha vas a aprender? (Sufridita asistente personal, Lourdes es una mujer de aspecto frágil que, en estos meses de detención de su patrona, debe haber envejecido una década, por lo menos) ¡A ver si el manganzón ese de Miguel se deja de rascar las bolas un rato y viene a decirme qué coño va a hacer hoy día! (Miguel Zegarra es su asesor de prensa. Le toca la odiosa y, de hecho, inútil tarea de persuadir a los colegas periodistas de que traten con guantes de seda a su dulce jefa). ¡Que vengan Jimena, Verónica, Jessica!, rápido, ¿quieren? ¡Ya va a ser la hora del programa y no sé ni de qué carajo voy a hablar! (Sus productoras han hecho votos de paciencia ante el Cristo de Pachacamilla y es probable que, a estas alturas, anden ya rumbo a la santidad, aunque, a veces, en privado -no es para menos- revientan y en vez de Laura le dicen "la vieja" o "la loca". Algunas veces: "vieja conchesumadre", pero muy pocas, en realidad. Pecado venial). Cuando empieza ese cotidiano griterío de plazuela, sus abogados-estrella, zorros doctores Lengua, Chipoco y Chirinos Soto lían bártulos y se van. En silencio y por la sombra, saben que hay que llevarle el amén en todo, saben también que cuánto más dure todo este jaleo, mejor, la vieja es su mina de oro. O su casita de playa, por lo menos. Coronada de ruleros cual blonda Doña Florinda, Laura Cecilia se acelera cada vez más. Repasa libretos, gesticula ante el espejo, bebe manzanilla, fuma como chino en quiebra, habla como una cacatúa por el celular. A menudo la llama gente influyente que, sin embargo, prefiere mantener sus simpatías por ella bajo la mesa, como Lourdes Flores, por ejemplo, prominente lideresa de la Unión Nacional, o como la estrella argentina Susana Giménez, sin ir más lejos. Y mientras habla, una pléyade de asteroides la persiguen: masajistas, peluqueros, personal trainers, asesores y ayayeros. Imposible enumerar a todos los planetas y planetoides que conforman la galaxia Bozzo. Una galaxia desconocida cuyo centro ha de ser -así me lo imagino- una angustiosa tiniebla sin fondo. Un agujero negro que, a los ojos de la gente, suele confundirse con el sol. La arrabalera tonada característica de aquel circo romano ha comenzado a sonar. Es la hora. Levántate y anda. Millones de televidentes te esperan ansiosos y tus desdentados, balbuceando, ya invocan, a gritos, tu nombre: se siente, se siente, Laura está presente! ¿Los oyes? Claman por ti, te idolatran, oh, diosa guerrera. Ilumínanos. Sol, préndete. Asómate y brilla mientras puedas.

Conocí a Laura en 1995 cuando fui invitado a la grabación de su programa piloto, la prueba de fuego que serviría para que los directivos de una cadena nacional decidieran si la señora en cuestión tenía realmente pasta de conductora. En ese entonces se tenían serias y documentadas dudas sobre su potencial de triunfo en la pantalla porque ella ya había animado durante una temporada -sin pena ni gloria- un desapercibido programete en el que fungió de crítica altisonante y desmelenada del mismo régimen malandrín al que, poco después, dedicaría unos sistemáticos y sospechosamente entusiastas panegíricos. "Soy gordo y vivo feliz" era el candoroso tema de aquella edición auroral de Bozzo en la que, a petición de un amigo, me tocó el rol de panelista dentado y, eventualmente, mordelón. Mi misión era puntual: burlarme de ella a más no poder, hacerle perder el hilo, los papeles, la paciencia. Cuando la vi llegar al estudio caminando jibada y a trancos largos como un avestruz, con aquellas patas flacas en las que bailaba un par de atroces zapatotes blancos y aquel espeluznante traje bermellón con charreteras doradas cual si hubiera intentado -sin éxito- disfrazarse de Bolívar, se me arrugó el corazón. Pensé: pobre mujer, decirle una palabra fuera de tono se va a ver horrible, una crueldad. ¿Pobre mujer? ¿Pobre? Bastó con que encendieran las luces y las cámaras para que -como por arte de magia, (negra, por supuesto)- aquel ser opaco, mustio y apocado que me acababan de presentar se transformara en la plaga egipcia que ya todos conocemos.

No volví a verla en persona hasta el 2002. Durante el decenio nefando de Fujimori, algunos pocos periodistas habíamos señalado con el dedo a esta picapleitos, ya internacionalmente célebre, como una de las más fanatizadas embajadoras de esa dictadura indefendible de la que estábamos, en nuestra amplia mayoría, repodridos. Ella jamás me perdonó haber transmitido a nivel nacional la silenciada investigación hecha en 1999 en la que -con testimonios grabados con cámara escondida en los bajos fondos de Lima y el Callao- quedaba demostrado lo que ya todo el mundo maliciaba hacía tiempo: que los truculentos casos que nos narraban los muy sobreactuados y casi siempre impresentables invitados de su show no eran otra cosa que burdos libretos aprendidos de paporreta por menesterosos sin escrúpulos capaces de cualquier cosa por conseguir los 50 soles -algo menos de 15 dólares- que se les pagaba por la gracia. Hoy, pocos recuerdan que, en los días de Alberto Fujimori, el único japonés que ha gobernado en América, este asunto tan obsceno fue tabú, un tema intocable y dos veces vetado.

Laura tampoco perdonó jamás que hubiera sido yo el encargado de revelar la existencia del hoy cacareado collar de oro y brillantes que le fuera ofrecido por su onomástica y en señal de gratitud por el mismo obsequioso caballero que, en más de una oportunidad, enviara a su delegado de compras hasta el 36 North East de la Calle Primera en el Downtown de Miami, dirección donde se ubica Buchwald Jewelers, la afamada firma joyera en la que se apertrechaba del oro, el platino y los diamantes que distribuía engreidor entre ella y el resto de aquel harén suyo de ariscas y bravías amazonas. El mismo oscuro caballero que -según consta en el videocasete rotulado con el número 1792 y que registra una conversación secreta con los comandantes generales de las Fuerzas Armadas del Perú- había tratado en 1999 de incluir a la Bozzo en la fórmula del fraude electoral como candidata a la segunda vicepresidencia de la República (con Alberto Fujimori y el canciller Francisco Tudela), para que "si algo pasa nos tiramos a Tudela, le hacemos el vacío como a Bucaram, le ponemos a la mujer ahí y manejamos la pita como nos da la gana, carajo". Ese mismo señor al que ella mandó tantos besitos volados por la tele y al que, entre susurros, llamaba "bebé" cuando -con el micrófono pechero puesto- hablaba con él por el celular, aprovechando los cortes comerciales y todos en el control maestro del canal la escuchaban, patitiesos. Ese señor del que ahora nos jura haberse enamorado. Ese señor al que -una vez que estuvo preso- todos tuvieron agallas para llamar mafioso, gángster, narco, genocida. Hace poquito nomás le decían doctor. Doctor Montesinos. Había que ver con cuánto respeto.

Vladimiro Montesinos, el maquiavélico y siniestro, abrió uno de sus libros preferidos y leyó en voz alta: "Para lograr la victoria sobre el enemigo es necesario tener la capacidad, pero siempre fingiendo no tenerla. Utilizarla sí, pero siempre fingiendo que no se utiliza. Hay que estar cerca aparentando que se está lejos. O lejos, aparentando que se está cerca. Si el enemigo es superior hay que protegerse de él y, si es más fuerte, hay que evitarlo. Si tiene la moral en alto, hay que desalentarlo pero hay que mostrarse humildes si lo que queremos es que se sienta confiado. Si está lleno de energía, hay que cansarlo. Y si está muy unido a su ejército, hay que desarticularlo."
-¿Te gusta? -preguntó él.
-Me encanta -respondió ella-.
Para mí, Sun Tzu es la Biblia.
-Para mí también.
-¡Qué increíble!, ¿no? Hasta en eso nos parecemos.
(La reunión -escasos testigos- ocurrió en la Librería Época de la avenida Comandante Espinar en San Isidro en el año 2000. La revista Caretas la reportó. Como nadie logró grabar nada, el diálogo probable -referido por la doctora- es versión libre del autor). Laura guarda hasta ahora el ejemplar de bolsillo de El arte de la guerra que -sin dedicatoria- el doctor le regaló. A veces, aunque está ya cansada de guerras, lo vuelve a hojear. A veces, como ahora, que lo abre al azar y, como quien consulta el I Ching, recita con unción: "Es menester exhibir superioridad para amedrentar al adversario". Alguien lanza una sonora carcajada: "¡No, por favor! ¡Si tú te tomas eso a pecho, vamos muertos!" Es su reflexivo consejero espiritual, Don Epher, un metafísico norteño de peculiar sabiduría que vuelve a soltar el río de su risa proteica mientras, con un incienso de sándalo, enciende, una por una, las velas rojas y amarillas que ha alineado en forma de triángulo ante la virgen que preside la mesa. "¿Cuántas veces se lo voy a repetir? La soberbia no conduce a nada, mi querida Laura. Sea usted una fiera pero muéstrese humilde, mansita, suave, dócil, canelita". Ella blanquea los ojos, suspira, bufa, se tira de las mechas: "Ay, Epher, bien fácil es decirlo. ¿Usted sabe cómo me hierve la sangre cada vez que tengo que discutir con todos esos jueces animales que no me llegan ni a los talones? ¡Cátedra de derecho les puedo dar yo! ¿Usted cree que no me jode?" El viejo maestro menea la cabeza con indulgencia y le entrega seis puros colombianos, marca Puyana: "A ver, repita conmigo: Yo soy Laura Cecilia Bozzo Rotondo, la más fuerte, la más inteligente, la más capaz!". Ella repite con voz firme mientras prende el primer cigarro y aspira con toda su alma y reza y tose y se asfixia en medio de esa insólita humareda. La letanía prosigue: "Yo soy fuerte, fuerte, fuerte y a mis enemigos, como cucarachas los aplasto, los piso, los trituro!". Apenas va por el segundo puro y ya siente que se le incendia la lengua, que se le despelleja el paladar y le escuece la garganta. "A ti te lo pido, Virgencita del Carmen, San Judas Tadeo, Cruz de Motupe, Mano Poderosa,Virgen de Chapi, a ti te lo imploro!". Los ojos le lloran, la nariz le destila, no, no son sólo los ojos, ahora el corazón también le llora. "Protéjanme, ilumínenme, ampárenme, dénme su paz". Ahora siente que se ahoga, que se atora, que le arde el estómago. "Mucha paz, mucha paz, mucha paz!". Ya no sabe si son náuseas o es la angustia que le sube como miles de culebras por el cuerpo, Dios mío, ¿qué es este vértigo, este abismo, esta agonía? Él le impone las manos en la cabeza, la rocía con agua bendita, agua de cananga, agua de florida: "Tranquila, Laura, serena, ¡¡serena!! Túmbese esos seis puros, vamos, que ya le falta sólo uno!". No puede más, se le nubla la vista, todo oscurece, se le apaga el televisor. "Repita conmigo, señora: Yo soy libre, libre, libre, ¡libre!". Laura siente que se va a desmayar, que le estallan las venas. Y tropezándose con todo, corre al baño a vomitar el alma. A ese bañito pobretón y minúsculo que ni siquiera tiene tina. Y, regadas en medio de una ruma de miameras revistas del corazón, las medias de fútbol del noviecito que fue a gastarse su dinero en el casino. Y por encima de todo, su ropa interior, lavada a mano, oreándose en un cordel que cuelga a modo de guirnalda sobre la ducha.

Muchas veces traté, por todos los medios, de conseguir una entrevista con ella, pero, como suele ocurrir con la gente inflada por el helio del poder, siempre se emperró en negármela en todos los tonos, al tiempo que se prodigaba en interminables, farsescas y autobombásticas chácharas con los entrevistadores favoritos de ese gobierno al que -una vez que cayó- todos tuvieron agallas para llamar mafia. Fue recién en abril de 2002 que me reencontré con ella en Frecuencia Latina, la cadena para la que yo trabajaba. Uno de sus accionistas, Baruch Ivcher Bronstein, el mismo empresario judío de orígen israelí al que el fujimorato había despojado en 1997 de la nacionalidad peruana y, como consecuencia, de la administración del canal, se desvivía ahora en atenciones para con aquella codiciada gallinita de los huevos de oro con la que secreta y culposamente fantaseaba. Las sucesivas cirugías plásticas, las metódicas sesiones de gimnasio, los muy ceñidos y atigrados diseños de Roberto Cavalli y la fotogenia del veinteañero argentino de largas crines con el que ahora gustaba de adornarse en las fotos habían rejuvenecido y energizado a Laura de modo sorprendente. Si bien el dinero no embellecía del todo a la gente, había que reconocer que, por lo menos, la remozaba cantidad.

La noche que volví a verla estaba convertida -hay que decirlo- en una tía bastante guapa, así que por poco no la reconozco. Yo me había mentalizado para sobrellevar lo que, de todos modos, sería un trance desagradable para ambos, pero pese a que, en verdad, me aborrecía, me abrazó tan fuerte que me desarmó por completo. Después me di cuenta que así abrazaba a todo el mundo. Unos abrazos histéricos, ansiosos. Era el arma secreta con que vencía todas las resistencias y descerrajaba todas las puertas. Cualquiera hubiera creído que éramos amigos de toda la vida. Y pese a que tiempo después, ella dijo en una entrevista que lo éramos y que, justamente, en mérito a ello era que yo había sido elegido para escribir El arte de hacer enemigos, que ése era el título que, en joda, le sugerí para su biografía. Probablemente lo dijo convencida de que, para mí, tal mención era una especie de boleto a la inmortalidad. Pero conocernos es odiarnos, mi querida doctora. Yo creo haber sido, más bien, el periodista que, oscuramente fascinado por las travesuras de una bruja, dejó acortarse demasiado eso que llaman la distancia con la fuente. Ella, por su parte, era una celebridad en aprietos que, frente a una prensa casi unánimemente adversa y, muchas veces, feroz, creyó ver en mí a un potencial defensor. De ese mutuo interés estuvo hecho este abrazo de erizos que muchos interpretaron como un soterrado intercambio de favores, como una alianza delirante.

Pero hacer enemigos no es un arte, es un estigma. Es, apenas, el efecto secundario de un escalofriante impulso reflejo por delatar al prójimo, quedarse solo y quejarse después. Condenada propensión. Por eso Laura titubeó tanto antes de concederme, el 9 de agosto de 2002, aquella podrida entrevista exclusiva en la que, previa negociación, me contaba lo que había jurado callar: que Lucrecia Orozco recibió dinero de la corrupción a cambio de confesar entre lágrimas -dos días antes de las elecciones, convertida en misil político- que tenía una hija secreta con el presidente del Perú, Alejandro Toledo. Laura titubeó, pero lo dijo todo, porque le creyó al ex ministro de Justicia, Fernando Olivera (hoy embajador del Perú en España), quien, al teléfono, le pidió en nombre del gobierno que confiara, que no le iba a pasar nada, que era por su bien.

Laura titubeó pero declaró lo que había ofrecido declarar porque le creyó al empresario Baruch Ivcher, cuando, angurriento por cobrar los millones que él cree que el Perú le debe, prometió que llevaría personalmente ese casete con mi entrevista al presidente -cosa que hizo, tal como él mismo confesó cariacontecido- para que, una vez desacreditada la denunciante, Toledo pudiera ahorrarse gastos en su juicio de paternidad, convirtiendo en cien mil el millón de dólares que la muy combativa mamá soltera pretendía como indemnización y haciéndole creer a aquella Bozzo -tan crédula, tan arrinconada- que, a cambio, la dejarían libre para ser, por fin, la nueva y muy rentable estrella de Frecuencia Latina, tal como se había voceado días antes de su captura, en lugar de trasladarla a una fría celda de la cárcel de Santa Mónica que es lo que estaba a punto de ocurrirle si no hablaba. Y Laura titubeó, finalmente, porque creyó que sería muy conveniente utilizar a este cronista que le prometía nunca contar la historia que ahora les cuenta. Tarde o temprano, el escorpión hace lo que tiene que hacer. Es su naturaleza. El primero que confía ha de ser el primero que pierde, eso está escrito. Pero el que macera el peor veneno es siempre el último escorpión. Tu miseria es la razón de su existir. Sálvate de ése.

"Amigo querido, eres un ingrato, me has abandonado!" -ése era el encabezado con que empezaban todas sus cartas-. En uno de los mensajes que forman parte de la intensa correspondencia electrónica que sostuvimos entre agosto de 2002 y abril de 2003, Laura llegó a aceptar con genuina amargura lo que constituye, con certeza, una de las verdades más dolorosas que un ser humano deba enfrentar: "Eres un miserable, me has hecho llorar con tu carta. Pero tienes toda la razón, salvo mis hijas, yo no tengo amigos. Lo que yo tengo es una corte, una corte de extraños que me siguen la cuerda en todo, sólo porque soy la jefa, porque para eso se les paga, porque yo no soy más que la teta de la que todas estas ratas tragan." (Enviado por lcbozzo519@hotmail.com el 12 de diciembre de 2002).

Dos meses antes de que la encerraran, en mayo de 2002, cuando ya estaba en tratativas secretas con el canal que transmitía mi programa, Laura quiso tener una deferencia con su inminente cadena nueva y me concedió el privilegio de acompañarla a la Entrega de los Premios Billboard a la música latina. Digo privilegio porque en ese entonces, en la cúspide de su fama, cualquier periodista hubiera querido esa exclusiva. No sólo por reportearla a ella en su garbanzal, sino por las muchas figuras que allí sería posible entrevistar. La tarde de la ceremonia, Christian Zuárez, su vapuleado novio que estrenaba, jubiloso, el dorado Lexus descapotable que ella le había obsequiado por su cumpleaños. La gente envidiosa no se cansa de tacharlo de vividor, de interesado. Qué sabrán ellos. ¿Acaso no hay chiquillas guapas y con plata que se enamoran de viejos pobres también? Luego de almorzar en el Carpaccio de Bal Harbour, enrumban por Collins Avenue a gran velocidad: como dos adolescentes desbocados, la radio a todo volumen, las cabelleras al viento, las gafas de marca y los peatones haciéndoles adiós, maravillados a su paso en cada esquina. Puta madre, aquello sí que se llamaba vida. Detrás, en una inmensa camioneta también Lexus y dorada, los siguen de cerca, su bonita hija menor, conducida por Giovanna, choferesa a tiempo completo de la nena y su fiel Joaquina, la nana bondadosa que, poco después, tras la detención de su patrona, tendría que dejarlo todo en Perú para viajar a echarse sobre los hombros la responsabilidad de administrar la famosa casa del millón de dólares. La extrañada casa en cuyo embarcadero frente a la bahía Esmeralda solía acoderar sus yates Marc Anthony o Ricardo Montaner, los domingos de verano en que venían, apertrechados de buenos vinos, a inventar pastas y parrilladas. Esa inmensa casa cuyo espíritu barroco -mas no por ello menos generoso- estaba acaso expresado en todo su esplendor en el memorable cisne de oro que, con las alas tan hospitalariamente abiertas, hacía las veces de grifo de agua en el lavabo reservado a las visitas. Cómo olvidarlo.

Algunas otras fotografías del mismo álbum: el chofer de la limusina ha fallado unos metros al frenar y ha dejado atrás el estratégico inicio de la alfombra roja frente al teatro. Maldición. Cretino. Estúpido. Infeliz. El ostentoso vestido negro de Ungaro se baja de un solo salto con Laura adentro, hecha una furia, echando chispas. Su deslumbrado pimpollo la sigue a paso ligero, el ya riesgoso esmoquin azul eléctrico llora el desacierto imperdonable de unos calcetines blancos. La multitud ruge ni bien distingue a la abogada de los pobres. El collar de brillantes chisporrotea. Los flashes también. Ella se enfrasca en un torbellino de abrazos locos con todo el mundo. Celia Cruz... ¡mi adoración! ¡Ay, pero estás espléndida,Thalía! Dios mío, Ricky Martin… ¡me muero! La tribuna es todo aullidos. Y ellos: más besos, poses, mimos, embelecos. Es lo suyo. Se ríe solita pensando que aquello es una locura absoluta. Quiere pellizcarse para estar segura de que no está soñando. Mírate Laura, mírate -dice para sus adentros- siempre quisiste llamar la atención y vaya que lo lograste, loca del diablo, sinverguenza. Toda esa gente pendiente de ti y repitiendo tu nombre como una plegaria o un conjuro: Laura, Laura, Laura, Laura.

Toda esa gente, te lo puedo apostar, es la misma que ahora, pese a que no puede verte tras las lunas negras del vehículo policial que te traslada a la corte donde de todos modos te condenarán, lanza improperios y cáscaras y escupitajos a tu paso. ¿No decías que la gente podía pensar de ti lo que quisiera? ¿No que a ti te importaba tres pepinos el qué dirán? Escucha a tu pueblo ahora. Dame un autógrafo, defensora de los débiles, mándame un saludo en tu programa, dame un mechón de tus cabellos, mete preso a mi marido que me pega, saca la cara por mí, por lo que más quieras, véngate de mi destino, carga a mi bebe hidrocefálico, tómate foto con él, no seas malita, doctora, quiero otra bolsa de fideos, colabórame, una propina para su medicina de mi hermano que le han metido cuchillo y está en la posta, para mi viejita que se está muriendo tuberculosa, doctora, doctorcita, tócame, tócame en la frente y sáname esta pena. Bendíceme, encomiéndame, ilumíname. Y cuando te dejen sola, acuérdate de mí. Laura, Laura, Laura, Laura.

Beto OrtizCronista. Fue reportero y luego conductor televisivo. Acaba de publicar la novela "Maldita ternura" (Alfaguara, Perú, 2004)