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diciembre 2004
Nº 120

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Estantería

Narrativa Hispánica

Penúltimo nombre de guerra
Raúl ArgemÌ
Algaida, Sevilla, 2004
190 págs., 15 €

El escritor argentino Raúl Argemí se muda en su tercera novela Penúltimo nombre de guerra (ganadora del XIII Premio Internacional de Novela Luis Berenguer) desde el submundo urbano de las grandes capitales hacia la Patagonia, algo que ya hizo en Los muertos siempre pierden los zapatos. Con este viraje, apuesta por lo local e identificable de pleno como “argentino”, aunque esto signifique adaptarse a paisajes distintos a la habitual topografía del género negro. Argemí escribe sobre lo que conoce: sobre la Argentina y su gente. En la novela aparecen los milicos, los vuelos de la muerte, el mundial del 78... y todo eso se engarza en una trama con tintes de policial negro.
En Penúltimo... asistimos a la agonía en un hospital de Neuquén del indio Márquez que, enloquecido tras una conversión religiosa, mata a varios miembros de su comunidad a los que cree endemoniados, y termina inmolándose a sí mismo prendiéndose fuego. A su lado yace Manuel Carraspique, un periodista que después de sufrir un grave accidente sólo es capaz de recordar su nombre y su profesión. Con la intención de sacar “un buen artículo” del caso del indio alucinado, inicia una serie de conversaciones con Márquez de las que se desprende otra historia paralela por la que desfilan los maltratados indios de la Patagonia, los más sórdidos y patéticos personajes del hampa, arrepentidos ex torturadores de la dictadura militar y un misterioso hombre: Cacho, un delincuente con raras habilidades camaleónicas.
Argemí juega a ratos a ser Dashiell Hammett, especialmente en el tono: directo y sin matices, casi forense. Aunque no termina de decidirse entre el hard-boiled y Agatha Christie. De la escuela americana adopta el realismo sucio. Pero por otra parte, no se resiste a la tentación de los juegos de ingenio de la novela clásica policial alrededor de un misterio que no se desvela hasta la última página.
Pero la novela puede leerse como un intento de ficcionalización de la historia argentina. Argemí recurre a lo mismo que hicieron los americanos al convertir una lucha por un pedazo de tierra en material para un género literario y fílmico. Por eso Penúltimo... ronda también por los dominios del western.
Como buen fabulador, Argemí sabe que el valor de una buena historia no está tanto en explotar la condición novelesca de sus hechos, como en saber escoger la mejor forma de contarla. La novela sale a flote con su apuesta narrativa: trazar una distancia afectiva frente a la oscura década de los setenta en la Argentina mediante los filtros de la ficción.

Ariadna Castellarnau

El malestar al alcance de todos
Mercedes Cebrián
Caballo de Troya, Madrid, 2004
158 págs., 12,50 €


Una estrategia inteligente de comunicar es confesar de entrada cuáles son las intenciones del autor, pero sin decirlas; proponer el pacto de sinceridad, imprescindible en la literatura que pretende ser creíble, sin denunciarlo. Según Mercedes Cebrián, alguien acabó por reducir todo a extrarradio. Y así, ella reúne veinticinco extrarradios que componen un tablero sin centro ni objetivo, pero que nos acerca, a todos, lo que todos somos o podemos ser: nuestros aspectos más mediocres, los que vistos desde fuera delatan en qué consiste la estupidez humana, los que nos arriman al malestar que acecha en la periferia que entre todos hemos construido.
Para evitar que esa mirada irónica se exprese con una suficiencia que nos resultaría síntoma de vanidad, Mercedes Cebrián se protege tras la primera persona en sus relatos y, sobre todo, tras los sutiles detalles de observadora de la realidad tangible y los personajes perfectamente definidos en dos brochazos, detalles y seres que configuran un estilo de vida que también es el suyo, pues únicamente la experiencia directa puede habérselos prestado. Ahí proyecta sus finas dosis de amabilidad, las que bastan para no deprimir al lector con los mordiscos de la crueldad que viene de lo verídico. Implicándose de lleno en los relatos y poesías, Cebrián consigue ese paradójico equilibrio de escribir sin compasión pero sin desprecio, tan difícil a la hora de tratar sobre lo cotidiano, sobre la realidad que no se puede compartir. Posiblemente estos son los motivos que han llevado a la autora a decidirse por los cuentos y poesías para su primera obra, porque esta fórmula se adapta a las intenciones de su manera de mirar, a un clima espiritual que de espiritual tiene poco, como queda reflejado en sus poesías, en las que los referentes de la vida urbana incrustados en lo que se supone debe ser un programa estético nos hacen preguntarnos hacia dónde se dirige todo esto, esta ciudad que ha fracasado, tan afable y satíricamente descrita sumando casillas de la periferia que versan sobre cómo hacer la vida imposible a otro por estar demasiado lejos o demasiado cerca, o las vulgares esperanzas del fracasado, o la realidad del presente frente al deseo de los recuerdos, o los estúpidos detalles con que se rellena una casa para sustituir a la familia, o sobre lo incómodo que resulta saberse prescindible o cuestionarse la identidad.
Caballo de Troya entra en las librerías descargando un libro que podría agrietar las defensas de la literatura clónica. Que siga.

Ricardo Martínez Llorca

La muerte viene de lejos
J. M. Guelbenzu
Alfaguara, Madrid, 2004
312 págs., 17 €


Dos vertientes narrativas viene trabajando José María Guelbenzu con cierta asiduidad: De un lado, novelas como Un peso en el mundo, un auténtico tratado literario por cuanto significó un punto de inflexión de una manera de ver y entender la literatura por el autor. De otro, obras aparentemente menores pero de igual densidad psicológica que la anterior como No acosen al asesino o la reciente La muerte viene de lejos, que encuadradas erróneamente en el genero negro vienen a demostrar la ineficacia de los mismos a la hora de enjuiciar una novela. Así, la casualidad quiere que la juez Mariana de Marco, la protagonista de estas dos últimas novelas, se encuentre con el mal en estado puro en La muerte viene de lejos, encarnado en quien se ve obligada a investigar forzada por las circunstancias, la soledad y el interés de una amiga que no quiere verlo en la familia. Nada importante ni reseñable sino fuera porque dicha investigación derivará en un encuentro puramente casual con el supuesto asesino, Rafael, enmarcado en el necesario morbo que el autor quiere darnos. Pero como todo en literatura, nada es lo que parece, y de dicho encuentro emanará algo más que una relación en la que predomina la lucha psicológica por mantener la prerrogativa, es decir, se mostrarán una vez más los conflictos internos de la juez, conflictos que van desde el odio hasta la sospecha de que pudiera estar enamorándose de Rafael.
José María Guelbenzu sabe cómo tratar y perfilar a los personajes, sabe cómo dotarles de la carga emocional necesaria para mantener la tensión y lo más importante, sabe cómo, sosteniendo la intriga, llegar a un desenlace imprevisto aunque previsible y verosímil. Todo ello introduciendo un elemento aparentemente inofensivo: la impostura, algo que en literatura, sin ir más lejos, ya había tratado el finalista del Nadal 2004 con la novela Sonríe Delgado. Y cómo no, narrado con la particular forma de un escritor que se siente heredero (no puede evitarlo) de la novela del siglo XIX.

Luis García

Amigos y Fantasmas
Mercedes Abad
Tusquets Editores, Barcelona, 2004
217 págs., 14 e

Con este libro de relatos, Mercedes Abad llega a confirmar su maestría, muy suya, en la manera en que descubre las pequeñas miserias con las que todos los humanos nos ahogamos, y que vienen a recordar que nadie –ni acción ninguna– se libra de ese lado mezquino que en el fondo nos hermana y nos desciende de pedestales construidos con egolatría y ausencia de autocrítica. Abad se nos muestra como una profunda conocedora de los recovecos más pequeños, oscuros e irracionales de la mente. Y no cae la escritora en la trampa de la mirada fácil. Hay suficiente implicación en su exposición, y la necesaria distancia también, como para arrastrar al lector a hurgar en sí mismo. Y así se llega al punto en que esa mirada incómoda e inconformista, nada moralista sin embargo, nos comunica con un universo poético por la vía clara y segura de eliminar toda sospecha de denuncia. El lector entra en ese mundo poético, cerrado y perfecto, en que Abad mueve a sus personajes, y el lector se percata de que la entrada se da casi sin saber cómo, paso a paso, ignorando siempre cómo se va a salir. Desde luego no permaneceremos indemnes.
A cada párrafo, las posibilidades son múltiples y al lector no le queda más remedio que cerrar la situación, como puede, con su propio malestar a cuestas, sabiendo que los secretos guardados o confesados tienen la llave para entrar por otras mil puertas, encontrando siempre estancias a media luz. Casi siempre creemos ser de un modo determinado y resulta que nos perciben de manera a menudo opuesta. En esa sorpresa reside parte del misterio de estos cuentos. Actuamos seguros de nuestra propia percepción y no nos percatamos que las miserias destacan y se agrandan cuando no se quieren airear. Y la sospecha reaparece pues ésta anida en el alma, y atreverse a mirar es un acto de valentía que la autora conoce y maneja con una libertad que, insisto, nos acerca a la manera en que se construye un poema. Ahí puede residir el punto de partida de la lectura, cuento tras cuento, en el orden que Mercedes Abad perfectamente establece, hasta quedar asombrados, y por eso mismo se nos descubren estos de manera tan iluminadora, y nos transforman en su profundidad y sabiduría.
Mercedes Abad demuestra en estos doce cuentos que el aislamiento absoluto, el silencio interior, no existen, ya que siempre acaba hablando la voz de la inconformidad, incómoda, insistente, pero que nos hace actuar, buscar otras posibilidades. En ese sentido la propuesta logra su cometido.


Rodolfo Hsler


Introducción al cuento literario
Alfred Sargatal
Laertes, Barcelona, 2004
350 págs., 15 €

Con experiencia en labores editoriales, traductor, poeta, catedrático de lengua y literatura catalanas, Alfred Sargatal (1948), un educador con desparpajo, ha renovado un libro originariamente, apasionadamente compuesto en catalán, gestado en las aulas de bachillerato de los años 90 y que cumple un doble objetivo: incitar a leer y sembrar la reflexión y el conocimiento a través de la narrativa breve. Aunque destinada a estudiantes, esta obra, por su alcance, interesará más a un público amplio y con inquietudes por la escritura creativa.
El minucioso subtítulo testimonia que el autor rebasa los propósitos de ofrecer una mera antología. En casi un centenar de páginas preliminares, Sargatal consigue adentrar a sus lectores en el género del cuento, tratando elementos esenciales, hilvanando un panorama sumario de la narrativa breve universal y dando varias puntadas sobre la composición de la cuentística.
Treinta y ocho piezas de cuentistas imprescindibles –representantes decimonónicos como Poe, Maupassant, O. Henry; figuras del siglo xx como Kafka, Lovecraft o Buzzati, latinoamericanos como Quiroga, Borges, Cortázar, Arreola, y una señalada presencia de catalanoparlantes (aunque falta Monzó) más alguno de nombre difícilmente conocido, que se lee con gusto– se concatenan con bastante habilidad.
El libro resulta útil y ameno y, desde luego, expide pasaportes para viajar con soltura por el cuento y su bibliografía. Escorado hacia los temas de terror, la genitalidad, la irreverencia, el humor tirando a corrosivo, tal vez entre el profesorado alguien levantará la mano para reprochar a Sargatal haber incluido cuentos no muy adecuados para adolescentes correctos (el muy conocido de El Decamerón podría haberse reemplazado por otro, uno de los de Arreola chirría y el viejo Jarry en los escenarios luce bastante más). Pero leer hace que crezcamos. También aumenta el tamaño de nuestras heridas y cicatrices. Y la talla del corazón. Por eso damos los primeros pasos por la narrativa breve con repasos como éste.


Jose Luís González

El cielo de los leones
Á ngeles Mastretta
Seix Barral, Barcelona, 2004
238 págs., 15,50 €

El cielo de los leones debe leerse en pequeñas dosis para evitar que la excesiva dulzura que desprende nos empalague. Ángeles Mastretta no ha escrito esta vez una novela de heroínas enganchadas a un amor venenoso, como fue la anterior novela de esta escritora mexicana, Mal de amores. Al contrario, se trata de un libro basado en sus ilusiones, en sus sueños. Aún así, tampoco podría calificarse de no ficción, puesto que son las seudoinvenciones con las que Mastretta ilustra su vida.
En esta ocasión, pues, no hay, a priori ningún personaje inventado, y quien protagoniza la historia (o historias) es la propia autora. Los capítulos del libro son descripciones que Mastretta hace de personas que han pasado o habitan en su vida, como sus abuelos, sus hijos o incluso la amiga de una amiga cuya historia, por alguna razón, Mastretta acaba relacionando con la suya propia. Hay retratos también de antiguos profesores y de extras que decoran la vida diaria, como las mujeres que venden chucherías, cada día durante todos los meses de su vida. En el libro la autora captura escenas vividas, instantes acaso, y los ensalza como la felicidad absoluta momentánea. Pero todos esos personajes y esos momentos vividos no están descritos como fueron sino como la autora recuerda que fueron. De eso a la realidad puede haber más de un paso. De ahí la ficción que trasluce esa especie de autobiografía hecha a retazos que es El cielo de los leones.
Tanta bondad, tanta satisfacción puede incomodar al lector, sin embargo se trata de un ejemplo de esfuerzo continuo por mantenerse en los lindares de la felicidad diaria, sin excesivas pretensiones de dicha extrema y permanente. El problema o virtud del libro, es que Mastretta oculta sus tristezas y miserias, y si éstas llegan a relucir es para explicarnos cómo las ha convertido en algo positivo. Y así continuamente. Se echa de menos algún fracaso, por pequeño que sea en esa carrera por ver sólo el lado bueno de la vida. De ahí la irrealidad de lo que nos explica y también la verg¸enza ajena que puede sufrir el lector, como espectador de una intimidad a la que no ha sido invitado pero a la que asiste involuntariamente. El cielo de los leones, por todo eso, es bueno dosificarlo y saborearlo poco a poco
.

Elisenda Ariza


Narrativa Hispánica

Tablas por segundos
Icchokas Meras
Trad. de Macarena González
RBA, Barcelona, 2004
159 págs., 14 €

Si con Jurassic Park se creó una coyuntura favorable para la mercantilización de cualquier ítem vinculado a los dinosaurios, con El Pianista de R. Polansky el gueto judío se instauró en la cima de la moda cultural. El interés por el holocausto y la segregación racial sufrieron un repentino auge y se corrigió al alza el rendimiento de la cosecha anual de productos relacionados con tales cuestiones. En este contexto aparece la más internacional de las dieciocho novelas del escritor lituano Icchokas Meras. Pasados cuarenta años desde la fecha de su publicación, Tablas por segundos goza ya de una traducción al castellano.
Suponiendo que a alguien se le preguntara por los posibles temas de la presente novela, resulta consecuente deducir que las respuestas versarían acerca de la lucha por la supervivencia, las conspiraciones, la convivencia con la muerte, la humillación, el racismo, las deportaciones, el horror, las traiciones o la solidaridad. En este sentido, Tablas por segundos no decepcionará a los amantes del cliché. No obstante, a los inquietos, a los rastreadores, a los buscadores de nuevos datos o tratamientos innovadores o puntos de vista inéditos, cabe advertirles sobre la débil aportación de una obra asentada en la macabra partida de ajedrez que disputan Isaac –adolescente judío– y Schoger –comandante alemán–. Isaac, el más joven de los siete hijos de Abraham Lipman, deberá conseguir un empate técnico, pues una derrota condenaría a muerte a todos los niños del gueto y una victoria supondría su muerte y la de su gran amor Ester.
La partida, además, ejerce de partícula elemental, de cuerpo de recepción y sujeción de los enlaces que tienden las tramas secundarias. Tablas por segundos dedica una porción considerable a contar lo más significativo de las vidas de los hijos de Abraham Lipman, personajes que padecen la escasez espiritual de los arquetipos. El héroe, el traidor, la mártir, la refugiada, la del amor imposible, la de la vocación frustrada, todos y todas agravan el empobrecimiento de una obra en la que los dientes como perlas brillan en un par de ocasiones, los labios como cintas rojas aparecen también por duplicado y los ojos no lloran porque no tienen lágrimas. Y todo y todas y todos actúan según las exigencias de unos medios desplegados para apiadarse de unos y maldecir a los otros, para distinguir a los buenos absolutos de los malos absolutos, para satisfacer una serie de motivaciones y finalidades excesivamente sentimentales e interesadas.


Albert Grabulosa

El cuerpo
Hanif Kureishi
Trad. de Roberto Frías
Anagrama, Barcelona 2004
227 págs., 15 €

Soñar y contar
Hanif Kureishi
Trad. de Fernando González Gorugedo
Anagrama, Barcelona, 2004
328 págs., 16 €

La novela que hizo célebre a Hanif Kureishi, El Buda de los suburbios retrataba el Londres de mediados de los 70, pero estaba escrita con la distancia irónica y el desencanto que se pondrían tan en boga en los 90. Concebida como una suerte de picaresca de la postmodernidad, El Buda…tenía como protagonista a Karim, el muchacho medio pakistaní medio británico, ateo de familia musulmana, bisexual y amante equitativo de los Beatles y los Rolling Stones, quien con su primera persona desafiante aparecía como el cronista necesario de un determinado momento histórico en los inexplorados rincones de una Inglaterra ambigua y mestiza. También guionista de una película de culto e hito generacional como Mi hermosa lavandería y autor maduro de varios libros de relatos rabiosos y aparentemente confesionales, Kureishi construyó una obra literaria que es inseparable del palpitar de una cultura pop hecha sin complejos y con buen gusto.
Soñar y contar es el comentario de estos 15 años de carrera, el libro recopilatorio de sus mejores ensayos y artículos, pero es también el diario íntimo del guionista, el cuaderno de bitácora del escritor, la carta al padre-escritor frustrado, la lista de consejos para jóvenes escritores y el manifiesto del activista político y multicultural en los años de la Thatcher. Son especialmente gratos sus textos sobre el oficio de escribir: “Escribir o cualquier acto de imaginación es sensual, debería sentirse como un acto corporal más que intelectual”.
Junto a este imprescindible documento, Anagrama ha publicado El cuerpo, un libro quizá menor que reúne la nouvelle que le da título y otros siete cuentos. Escrito con esa prosa de precisión y aparentemente fúcil de sus obras previas pero con el humor lácido y crítico de sus mejores narraciones, “El cuerpo” es una meditación satírica de un mundo obsesionado con la juventud y la búsqueda del placer. Es también un pastiche que arranca en ciencia ficción, coquetea con la intriga policial y desemboca en trastada filosófica. Un escritor que pasa los sesenta años, recibe la oferta de trasplantar su cerebro a un cuerpo nuevo. No obstante, para este Fausto de la era de la clonación, recuperar el paraíso perdido puede ser una experiencia aterradora, parece decir Kureishi, un maestro del destape y un eterno interesado en las veleidades de la mente y su fallida relación con el mundo.
Ante las obras monumentales de otras voces de la narrativa inglesa contemporánea que surgió de la inmigración, como Kazuo Ishiguro y Salman Rushdie, Kureishi podría aparecer como el escritor más “light”. Pero no hay que engañarse, el autor de Amor en tiempos tristes es revelador en su costumbrismo y corrosivo en su radiografía del universo emocional del homo contemporáneo.


Gabriela Wiener


Ploleterka
Fleur Jaeggy
Trad. de Ma. ¡ngeles Cabré
Tusquets Editores, Barcelona, 2004
131 págs., 11 €

A veces, durante la navegación, el Proleterka parecía gobernado por un fantasma. Por una simple y terrible inercia”. Sobre la misma misteriosa y terrible inercia parece fluctuar la prosa de Fleur Jaeggy en Proleterka, premio Viareggio 2002 y nombre del barco yugoslavo en el que un padre y su hija adolescente pasarán los catorce días de vacaciones que les han sido concedidos para conocerse. Durante esos días a bordo del barco, la protagonista, que en ocasiones trasmigra su voz a inquietantes terceras personas, rememora su infancia de pasillos oscuros, jardines solitarios, familiares enfermos y abandono.
La narración parte de la muerte del padre y se despliega en breves destellos que trazan la historia de una familia rota por la pérdida de su patrimonio. Huérfana desde la partida de la madre, una figura de sombra alargada que dispone de la vida de su hija desde la distancia, la joven asiste a su versión del porqué de esa infancia sesgada. Días de asueto emocional que la niña pasa al cuidado de su abuela materna, la fría Orsola, “Ella no me perdonaba si me equivocaba. En no perdonar se mostraba magnánima, tolerante, ecuánime”. Mientras, el relato discurre entre su desvirtuada desfloración en el camarote de un marinero y los fugaces encuentros con ese padre desconocido y distante. Un familienroman construido sobre los restos del naufragio de una existencia corta, desposeída, que a modo de exorcismo revierte con vehemencia en la constatación del vacío de la memoria, “No pienso en nada. La nada es materia de pensamiento. Seres, voces autónomas, memorias desenterradas acompañan el chapotear del agua. La nada no está vacía”.
Este breve periplo oceánico a lo Billy Budd nos remite a Melville no sólo en lo marítimo, sino en la parquedad bartlebyana y la contención de la escritura de Jaeggy. La muerte, el miedo a la locura como anomalía genética encarnada en las relaciones con esos padres casi siempre ausentes, la asfixia y las atmósferas de los manicomios de Robert Walser planean impenitentes sobre el universo púber y fantasmal que retoma en su última novela esta escritora de origen suizo que escribe en italiano. Una obra mayúscula, implacable, de frases bellas, cortas y gélidas como los paisajes de esas infancias invernales en internados suizos de Los hermosos años del castigo. No en vano Joseph Brodsky ha dicho de la pluma de Jaeggy que se trata del buril de un grabador.


Ana Serrano Pareja

Foe
J. M. Coetzee
Trad. de Alejandro García Reyes
Mondadori , Barcelona, 2004
153 págs., 15 €

En 1986, cuando Coetzee publica Foe, en Sudáfrica sigue vigente el apartheid, el régimen político menos políticamente correcto que quepa imaginar. Precisamente en los años ochenta los estudios feministas y de género, y la crítica postcolonial alcanzan dentro de los Estudios Literarios una cierta madurez. Coetzee, profesor de Literatura en Capetown, no estaba al margen de estas corrientes. Quien conozca un poco la realidad sudafricana por algo más que los libros o algún documental sabrá que los intelectuales blancos de izquierdas gozaban de una situación privilegiada en relación a la mayoría negra pero que el activismo político más o menos clandestino era habitual. A la vez, la enseñanza de la cultura de la metrópoli, y las dudas justificadas sobre su sentido, creaban cierta esquizofrenia en los enseñantes, conscientes de que hacer carrera literaria exige ajustarse a los cánones europeos y norteamericanos. Foe responde tácitamente a estas premisas y Coetzee, considerado por la crítica anglosajona un escritor postmoderno, vuelve a mostrarnos lo mejor y lo peor de su estilo.
La recreación del mito del náufrago es un pretexto admirablemente reconvertido por Coetzee en una reflexión sobre la escritura, sobre la identidad y el poder. Pero lo mismo podría haberlo escrito un universitario de Louisiana. Coetzee posee, sin embargo, una gran capacidad de simbolización y de reflexión sobre la creación narrativa como modo de acuñar “significantes” de realidad nuevos que terminan apelando a la reformulación de los clichés de pensamiento sobre asuntos como el sometimiento o la violencia. El lector puede empezar a leer con la expectativa de aprender a hacer un fuego de campo, y a manejarse en una isla desierta con un criado asilvestrado, esperando aventuras y personajes con sangre en las venas y terminar fascinado por la profundidad y la capacidad de síntesis de las que hace gala Coetzee por boca de sus protagonistas, Susan Barton y el escritor Foe, cuando ella, un verdadero “personaje en busca de autor”, reclama el derecho de expresarse a partir de lo que se es y de lo que se ha sido, y él define la escritura como una acotación de silencios cargados de sentido, que aquí se encarnan en el esclavo Viernes. Coetzee es demasiado cerebral para representar a Sudáfrica pero sabe recrear las distintas capas que ofrece la realidad, aun cuando como en 1986, el apartheid y la violencia de los guetos parecían exigir respuestas más transparentemente políticas.


Ma José Furió

Yo
Wolfgang Hilbig
Trad. de Cristina Arranz
Losada, Madrid, 2004
383 págs., 28 e

W es el personaje alrededor del cual gira Yo, esta excepcional novela del alemán Wolfgang Hilbig (Turingia, 1941), la primera que nos llega traducida al castellano. Y así es como, W. describe su trabajo de espía en la RDA, la Alemania comunista: “Nosotros no habíamos hecho nada a nadie, pero nuestra existencia como sombras, el hecho de que siempre estuviéramos ahí era como el retrato desagradable, reprimido, maloliente del alma de cada uno, nuestra existencia encubierta era el desencadenante y el objetivo de nuestro odio, nosotros éramos el propio odio que sentía cada uno de los que estaban ahí fuera.”
En un periplo que nos lleva de la primera a la tercera persona, y otra vez a la primera, visitamos los oscuras y recónditas calles y sótanos de Berlín y de las vidas de W., de la señora Falbe, del teniente Feuerbach y de la gente de la “escena” (la oposición democrática más o menos organizada). W. es un escritor que intenta darle una pátina literaria a sus informes de espía, y que mediante sus contactos con el poder puede publicar sus poemas, incluso al otro lado del muro. Pero en su lucidez sabe que todo es falso, todo son apariencias, incluso él mismo. Su identidad se difumina y se borra por instantes, es una simple letra, para unos es una persona y para otros otra.
En el estado totalitario en que vive no hay escapatoria a la vigilancia constante. En el Berlín oriental, donde trabaja en un gélido sótano, los espías espían a los supuestos opositores que a su vez espían a los espías. En esta atmósfera de permanente sospecha no hay sitio para la confianza, y cualquier intento de llevar una vida normal choca contra el sistema. Así, la relación entre W. y la señora Falbe deviene por fuerza mecánica y enfermiza. En un Berlín permanentemente oscuro y frío, a través de sótanos y pasillos subterráneos, de bares insomnes y calles desiertas, W. nos lleva al corazón de la podredumbre de un sistema enfermo y opresivo desde su misma concepción, ya que su razón de ser se basa en la sospecha y la amenaza.
Hilbig escribe desde lo kafkiano (pero con una voz propia), en ocasiones desde lo esperpéntico, desde un gran dominio del ritmo narrativo y desde atmósferas oscuras pero tremendamente sugestivas. En definitiva, Hilbig escribe hacia la reconciliación del lector con la alta literatura, y a éste finalmente sólo le cabe exigir, a quien se sienta aludido, nuevas traducciones para seguir disfrutando de este gran descubrimiento

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Esdres Jaruchik Naveiras


Narrativa Catalana

L’os de cuvier
Valentí Puig
Destino
Barcelona, 2004
210 págs., 18 €

Hacia dónde va la cultura catalana? Valentí Puig (Palma, 1949) lleva años preguntándoselo. El presente volumen, cuyo título se inspira en la anatomía comparada del barón de Cuvier, quien, en el xviii, sostenía la posibilidad de deducir la estructura de un esqueleto a partir de un hueso, resume argumentos y cavilaciones ya esbozados en artículos de prensa, conferencias y seminarios. Es un libro maduro, fruto de la práctica, el estudio y la reflexión. Puig escribe en castellano y catalán, ha cultivado casi todos los géneros (cabe destacar el dietario MatËria obscura, el poemario Molta més tardor, la novela Primera fuga, los cuentos de Maniobres privades, y L’home de l’abric, sobre uno de sus modelos, Pla), y tiene un amplio conocimiento de la génesis y estructura de esta cultura particular. Una cultura, de otra parte, en que constantemente se encienden las luces de peligro (recordemos, entre los más recientes, a Ferrater, al colectivo Joan Orja, a Bru de Sala, a los autodenominados Imparables), pero con resultados escasos. Puig intenta saber por qué.
El momento no es bueno. “Nunca como ahora –dice– había tenido la sensación de que algo se hunde, de que estamos a punto de cerrar página sin saber si queda algún capítulo por escribir”. Y concreta que el encaje entre Cataluña y España sigue siendo complicado, que Barcelona se vuelve cada vez más provinciana. Y eso que, como han hecho notar algunos estudiosos, a principios y finales del pasado siglo, la ciudad contaba con los recursos necesarios para constituirse, a la manera de París o Londres, en capital literaria. A saber: una reputación de liberalismo político y la concentración de un gran activo cultural (Els Quatre Gats, Gaudí, Adri‡ Gual, Films Barcelona, Eugeni d’Ors, el florecimiento editorial de los 70). Pero ahora, según Puig, la ideología nacionalista se ha impuesto a la tradición liberal y el Noucentisme transformador ha dado paso a la politización e institucionalización de la cultura, con la consiguiente deserción de sus consumidores. Vivimos en el autismo, estamos instalados en la inercia. Nos quejamos, pero nadie parece estar interesado en cambiar las cosas.
Falta ambición, falta exigencia, faltan elites y falta sentido del honor (en la línea de Cicerón o Jefferson), un concepto fundamental en la cultura occidental. Y la cultura catalana –nos sugiere el autor con su zigzagueante e intuitivo discurso– debería tener presente su pertenencia a la cultura occidental, su papel en esa historia que, como muy bien ha señalado Pascale Casanova, es una lucha llevada a cabo por cada escritor y cada lengua para llegar, desde la particularidad extrema de un proyecto literario, a la universalidad.


Anna M. Gil

Poesía

Somos el tiempo que nos queda
J. M. Caballero Bonald
Seix Barral, Barcelona, 2004
540 págs., 23 €

El título de la poesía completa de J. M. Caballero Bonald, Somos el tiempo que nos queda condensa toda la obra en una máxima inequívoca que justifica, el proceso de revisión y selección. Proceso inexcusable, pues “las palabras –dice el poeta– envejecen casi tanto como quienes las usan” y para poder suscribirlas de nuevo, las sensaciones y experiencias antiguas no pueden evocarse sino desde la conciencia actual.
Sorprende la escasa presencia que ha dejado en Somos el tiempo que nos queda la estética realista y la temática social con las que suele identificarse a la generación de los cincuenta, y ello pese a figurar el autor en la nómina de sus “compañeros de viaje”. Tal como han pasado al recopilatorio, los poemarios escritos por Caballero Bonald durante los años cincuenta (Las adivinaciones, Memorias de poco tiempo, Anteo, Las horas muertas) conforman la voz de un sujeto que se busca a sí mismo en la interpretación del recuerdo, que reconoce en cada acto recordado una sola búsqueda de sentido y en la palabra poética el anclaje momentáneo y provisional fundamento de la identidad. La austeridad imaginal, la densa intimidad del ritmo, la pausada discursividad de los poemas de estas colecciones configuran una poesía no tanto de la experiencia como del significado, tan alejada del prosaísmo como reacia al relato y a la anécdota; ajena al pathos; heredera del barroco más profundo y del mejor Cernuda. Con Pliegos de cordel, de 1963, Caballero se distancia de El ridículo juego de estar solo para acudir –a su modo– a la llamada de la urgencia histórica. La indagación en el recuerdo deja ahora ver un trasfondo de memoria colectiva: la sordidez de la postguerra.
Las colecciones posteriores se han escrito lentamente, distanciadas por largos períodos de silencio. En Descrédito del héroe (1977), Laberinto de fortuna (1984) y Diario de Argónida (1997) la experiencia y el recuerdo pertenecen ya a una conciencia desdoblada e irónica. Las constantes referencias mitológicas y literarias no son exhibición cultista, sino muestrario de significados arquetípicos, a cuya luz la concreción de lo vivido se muestra territorio surcado por caminos que vuelven sobre sí mismos: laberinto, al que, sin embargo, no pertenece el espacio desde donde se realiza la escritura. Si en verdad “somos el tiempo que nos queda”, la identidad es el negativo de la memoria: “evoco al que no he sido todavía: oigo a ese intruso registrando un desván donde no estuve nunca [...] soy aquél que recela de pronto que en absoluto tiene tradición”. La toma de conciencia de esa dimensión insondable justifica la obra como aventura espiritual y como poesía completa.


Jordi Ardanuy

El orden de las ramas
Jacqueline Goldberg
Torremozas, Madrid, 2003
64 págs., 7,21 €

Configurados como sucesivas conversaciones, los poemas de El orden de las ramas materializan la inagotable movilidad de la palabra: la diseminación en el decir y escuchar y la subsiguiente realización. Ajeno al monologar de otros poemarios de la autora, aquí lo decible tiene lugar desde la interlocución; se trata de la errancia de dos voces que a veces contrapuntean y a ratos se desconocen en sus articulaciones. Y entre interrogantes, negaciones, embestidas o indiferencias, ambos hablantes hacen del diálogo un tránsito de afrentas. En el ineludible esparcimiento conversacional se articulan orfandades, extravíos, espantos y perfidias, pero –allende la reciprocidad enunciativa de suplicios y culpas– ciertamente se increpa. Los poemas abren entonces la significación de una práctica del mal desde el lenguaje: un lacerar con palabras para denominar la condición humana.
En su copiosa obra poética, Jacqueline Goldberg reincide en una estructura de narración corta, cuya discursividad se instaura en la concreción de registros propios del desencanto; brevemente sus textos significan la figuración del hartazgo, el fracaso o la desolación, así como la desacralización de la maternidad y los ritos familiares. El orden de las ramas –primer poemario de la autora publicado en España pero adscrito ya a su reconocida trayectoria en Venezuela y Latinoamérica– continúa la concisión escritural y ciertos motivos, pero con la particularidad de denegar la unicidad del hablante. La lectura del libro conduce a un único Poema, una desarticulación de voces que, en efecto, dialogan sobre sí mismas. En este sentido, la enunciación sucede a partir del desdoblamiento de la conversa, y no creo que esta dualidad vocal sea fortuita, aquí donde el maldecir obliga la instancia del otro. Cabe preguntarse cómo sería la lectura en voz alta de un texto como éste, en un intento por diferir la complejidad en torno a la determinación del turno de los recitadores.


Lorena Bou Linhares

Ensayo

El principio de la esperanza
Tomo I
Ernst Bloch
Ed.de Francisco Serra
Trad. de Felipe González Vicén
Trotta, Madrid, 2004
520 págs., 28

Primero decretaron el fin de las ideologías, luego el fin de las utopías y, a la postre, el fin de la historia. No hay más cera que la que arde: la sociedad humana sólo es viable en un presente indefinido de democracia liberal y formal, políticamente restringida y determinada por las leyes del Mercado. Así nos lo repiten ad nauseam, mientras las grandes corporaciones económicas condicionan ese Mercado a sus intereses y, en caso necesario, recurren a la fuerza para disciplinar y corregir todas las desviaciones de su orden de dominación. Cualquier referencia a la utopía –¿otro mundo es posible?– se considera intelectualmente risible y políticamente irrelevante. Por fortuna y para contradecir esos sedicentes asertos, se reedita El principio de esperanza, redactado por Ernst Bloch (1885-1977) durante su exilio en EE. UU. (1938-1947) y revisado en 1959, cuando ya residía en la república Democrática Alemana. ¿Qué es el principio de esperanza? Una inmanencia humana, un impulso interior que se proyecta y preforma el futuro, incitando a la acción para modificar la realidad. Bloch trata de establecer una ontología del “todavía-no- ser” (el ser y sus potencias) y, a la vez, una fenomenología de la acción que nos permita alcanzar una utopía socialmente posible. Aunque obvios, sus postulados son, sin embargo, poco consistentes: esperanza, impulso, devenir (realidad en proceso) o “todavía-no-ser” son conceptos imprecisos que nunca podrán conformar una episteme. Si a ello le agregamos que Bloch concibe la utopía en una sociedad socialista, subordinando la voluntad de vivir a la ideología, la realización de lo que propugna plantea muchas dudas. Asimismo, el estilo de Bloch incomoda: por su tono clerical, sus circunloquios, su suficiencia, hurtando antecedentes de sus afirmaciones (Benjamin ya le acusó en una ocasión de robarle ideas), con innecesarios e insultantes prontos (llamando fascista a Jung), y eludiendo criticar el régimen “comunista” que le acogía. Pese a todo, dados los tiempos que corren, la obra, intelectualmente bien armada, es muy recomendable, pues rehabilita la utopía (ideal simbólico que actúa como catalizador societario) y anima a resistencias y rupturas para alcanzar, en la porfía y la esperanza, un mundo mejor.
Alberto Hernando

La destrucción cultural de Iraq
Fernando Báez
Flor del Viento-Octaedro, Barcelona, 2004
128 págs., 18 €

Fernando Báez ha documentado durante doce años la historia de la destrucción de bibliotecas, desde Sumer hasta el libro electrónico y es considerado un experto mundial en ese campo. El autor refiere su experiencia en Bagdad como miembro de una comisión internacional de académicos constituida para verificar que había comenzado un proceso implacable de destrucción de bibliotecas y archivos en Iraq.
El Museo Arqueológico, a pesar de la presencia militar, fue saqueado. De la Biblioteca Nacional fueron destruidos un millón del total de dos millones y medio de libros que contenía. Y el Archivo Nacional perdió dos millones de documentos, incluidos todos los del periódo otomano. El autor también refiere que en Mosul, la biblioteca del Museo fue víctima de expertos en manuscritos, y que guardias de seguridad huidos de las bombas facilitaron el saqueo. El sesenta por ciento de los textos guardados en la Academia de las Ciencias quedó extinguido y la Universidad de Bagdad fue sometida a bombardeos, incendios o robos.
En estos terribles momentos, Baez describe realidades circunstanciales en un país en guerra, como los intentos de privatización, que llegan a reunir en un mismo hotel a comerciantes internacionales de ordenadores, líneas aéreas o franquicias de comida rápida. Existe un hecho incontrovertible en los testimonios recogidos por el autor, que apuntan hacia un tráfico ilícito transnacional de obras arqueológicas que al parecer comenzó a través de Damasco, Roma y Londres.
Iraq, nación sin gobierno, campo de batalla, escenario de conflictos religiosos, terrorismo y crisis económica. Parece que no podría existir un mal mayor para un país. Pues aún hay algo más y es que parte de su memoria ha sido borrada. En el libro se plantea si ello se debe a la actitud de la administración Bush por haber desoído los consejos de sus asesores en el sentido de proteger el patrimonio cultural de Iraq, o al proceder de la administración de Husein, que hizo surgir el odio hacia el Partido oficial al utilizar la cultura como propaganda política.
Sea como fuere, cabe reflexionar sobre la cuestión que anima el libro: “¿No será acaso este memoricidio de 2003 un aviso, una señal, un símbolo terrible de una época en la cual se impone la globalización de la incertidumbre, la miseria, la desesperanza y, además, el olvido de las raíces más profundas, auténticas y heterogéneas de nuestra civilización?” Sea motivo de reflexión.


Marcos Manuel Sánchez

Cine

Historias del cine. Un invento sin futuro
Augusto M. Torres
Alianza, Madrid, 2004
447 págs., 33,5 €

Puede estar ligeramente excusado redactar artículos de marcada superficialidad al conformar una guía (más) de 120 películas importantes en la historia del cine. Se puede tolerar, aun con cierta incredulidad, que entre ese centenar largo de títulos no aparezcan algunos nombres fundamentales como Ozu, Kubrick, Pasolini o Lynch. Es posible llegar a no molestarse por ver justificadas en cuatro líneas introductorias las credenciales (virtudes y carencias) del autor de estas Historias del cine. Y hasta es inevitable sonreír cariñosamente al ver el sano esfuerzo depositado en el encantador diccionarito que culmina la obra. Lo que, sin embargo, no es posible digerir con tanta facilidad, es tener que recorrer este “todo a cien” (perdón, 120) cinematográfico a través de un estilo narrativo confuso hasta el tedio más insoportable. No hay justificación posible para ese desliz, a no ser el cansancio creativo. Por desgracia para los lectores ávidos de interesantes reflexiones cinematográficas, el volumen aquí presentado no es, ni se acerca, a un buen libro sobre el séptimo arte.
Así es Historias del cine. Un invento sin futuro, de Augusto M. Torres, una obra completamente perezosa y fútil, con la única virtud de acordarse de muchas grandes obras de la historia del cine, como tantos otros libros lo han hecho ya antes (en muchísimos casos con mayor entrega y lucidez, y ya en demasiados, con la misma banalidad). Ciertamente, la originalidad no es un valor necesario en una obra, pero sí la profundidad, la amplitud de miras y la personalidad narrativa, carentes aquí por completo. En confianza, lo cierto es que el fondo de la obra parece ser un galimatías de apuntes interconectados sin demasiada pericia y con muy poco cariño, hasta el punto de recordar, antes que a un volumen sobre la historia del cine, a un voluntarioso trabajo de un sesudo alumno de universidad. Los descuidos de muchas de las últimas obras, en las filmografías del diccionario, de diversos autores todavía en activo, llevan a recordar, en cambio, todo lo opuesto al periodo de formación de un crítico.
No puedo olvidar dar las gracias a la magia de muchas de las películas reseñadas, porque sin ella la lectura del considerable volumen hubiera sido todavía más entristecedora.


Francisco Páez


Peter Sloterdijk: Filosofía en los tiempos difíciles
Esferas I
Peter Sloterdijk
Trad. de Isidro Reguera
Siruela, Madrid, 2003
584 págs., 39,5 €

Crítica de la razón cínica
Peter Sloterdijk
Trad. de Miguel Ángel Vega Cernuda
Siruela, Madrid, 2004
792 págs., 37,98 €

Experimentos con uno mismo
Peter Sloterdijk
Trad. de Germán Cano Cuenca
Pre-textos, Valencia, 2004
179 págs., 14 €

Nos encontramos en los pasillos de las aulas de la Universidad de Francfort, corre el año 69, época movida, de convulsiones sociales. El profesor Th. W. Adorno se dirige pausadamente al aula donde se dispone a dar una de sus clases magistrales, pero ante la puerta se encuentra con una multitud de exaltados estudiantes que reclaman cambios en la hierática organización académica. Hasta aquí todo normal para los tiempos que corrían, pero el profesor no dará su clase: entre los manifestantes un grupo de chicas exhiben sus desnudos pechos en forma de protesta, Adorno, abochornado y perplejo decide volver por donde vino. Ante tal crítica no hay reflexión posible, ni tan siquiera debate posible. Se trata de una crítica desnuda que desnuda la verdad.
Esta anécdota es frecuentemente recurrida por Peter Sloterdijk (1947) y sirve de punto de inflexión de su pensamiento. Inmediatamente se nos ocurre que nos encontramos ante un hijo del 68, y efectivamente es contemporáneo de tal revolución, incluso estuvo en la India participando de las enseñanzas de Rajneesh Chandra Mohan, conocido después como Osho, pero esto no lo convierte en un pensador sesentayochero. Sus críticas a la voraz comercialización que los integrantes de ese Gran Mayo han hecho de los lemas de entonces lo apartan de la militancia contracultural al uso. Otra pista sería el análisis que realiza de dicha anécdota, viendo en los pechos de las estudiantes una verdad desnuda, inapelable, mordaz, afirmación ésta que recuerda muy mucho el análisis heideggeriano de verdad (aletheia) como desocultamiento (a-letheia). Es innegable tal cercanía táctil, ni el mismo Sloterdijk la rechazaría, su obra rezuma por los cuatro costados un hondo perfume heideggeriano, pero otra vez hay que andarse con cuidado, Peter Sloterdijk no es un heideggeriano, en el sentido de ser seguidor de Heidegger. Con esto nos queda bastante desdibujado el retrato robot de nuestro hombre pues resulta que aquello que es, es lo que no es, en definitiva se puede afirmar, si esto es afirmar algo, que Peter Sloterdijk no es seguidor de..., lo cual crea un estado de malestar de cualquier facción de la realidad que se adentre en sus páginas porque se encuentra diseccionada críticamente y, claro está, a nadie le gusta que le aireen los trapos sucios.
Como dice R¸diger Safranski en el prólogo de Esferas I, Sloterdijk no efectúa sus operaciones desde la altura de la montaña nietzscheana, desde donde ver sin inmiscuirse, la miseria humana. El autor de Crítica de la razón cínica entiende que para hablar de suciedad hay que ensuciarse y de esta manera se reconoce como enfermo de su época, intoxicado por la atmósfera que ineludiblemente le rodea. Filosóficamente hablando, como ya más o menos se advierte, se sitúa en el bando de los malos: Nietzsche, Heidegger, Hamman; y más contemporáneos Botho Strauss, Wim Wenders y Peter Handke, aunque estos últimos no sean compañeros de viaje elegidos voluntariamente sino enfants terribles aunados por la crítica en su estéril afán de entenderlos o reprocharlos.
¿Pero qué hace Peter Sloterdijk exactamente? ¿Por qué lo ha llamado despectivamente J¸rgen Habermas “neopagano”? Heidegger decía que en la cotidianidad sólo nos damos cuenta de la existencia de las cosas cuando éstas fallan, o lo que es lo mismo, cuando dejan de existir. La mirada de Sloterdijk parece centrarse en esas mismas cosas cuando funcionan para declarar que fallan. En Crítica de la razón cínica denuncia la falta de la figura de un Diógenes que metido en su barril bata su mandíbula ante lo que ve. La Ilustración ha conseguido que nos tomemos demasiado en serio a nosotros mismos, hasta el punto de haber forjado una obra como Ser y Tiempo, cumbre del cinismo postmoderno, en la cual se ensalza a alta filosofía la banalidad. Es por ello que cabe reivindicar el “quinismo”, palabra que se agarra con más fuerza a la raíz griega, en contra del cinismo que se realiza ahora desde el poder, desde la realidad. Experimentos con uno mismo es una llamada, ya desde el título, a lo mismo, pues el individuo como imagen pétrea del yo es el resultado cínicamente aglutinador de Occidente que se cree con la misión evangélica de retener y ofrecer la verdad al mundo.
Es el individuo, por tanto, el constructo último de la Ilustración, el reducto incuestionable sobre el que la realidad se conforma (hay que recordar que individuo es aquello indivisible). En Esferas I, primer volumen de una trilogía, el individuo se desnuda, como los pechos de aquellas estudiantes, para revelarse como un espacio diádico en su origen que ha ido perdiendo tal cualidad a favor de una razón omnicomprensora. El hombre no puede tener nada por encima si quiere aprehenderlo todo, pero en este mismo camino ilustrado se encuentra también la comprensión de lo incomprensible. Ahora bien, si conseguimos reírnos, aunque sólo sea un momento, nos daremos cuenta del absurdo de tal labor.
No nos engañemos, no hay moral en Sloterdijk, ni antipostmodernismo, se trata de un primer paso, de una filosofía cansada del cansancio. La puerta simplemente queda abierta.


David Díaz