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diciembre
2004
Nº 120

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Estantería
Narrativa Hispánica
Penúltimo
nombre de guerra
Raúl ArgemÌ
Algaida, Sevilla, 2004
190 págs., 15 €
El escritor argentino Raúl Argemí se muda
en su tercera novela Penúltimo nombre de guerra (ganadora del XIII
Premio Internacional de Novela Luis Berenguer) desde el submundo urbano
de las grandes capitales hacia la Patagonia, algo que ya hizo en Los muertos
siempre pierden los zapatos. Con este viraje, apuesta por lo local e identificable
de pleno como “argentino”, aunque esto signifique adaptarse
a paisajes distintos a la habitual topografía del género
negro. Argemí escribe sobre lo que conoce: sobre la Argentina y
su gente. En la novela aparecen los milicos, los vuelos de la muerte,
el mundial del 78... y todo eso se engarza en una trama con tintes de
policial negro.
En Penúltimo... asistimos a la agonía en un hospital de
Neuquén del indio Márquez que, enloquecido tras una conversión
religiosa, mata a varios miembros de su comunidad a los que cree endemoniados,
y termina inmolándose a sí mismo prendiéndose fuego.
A su lado yace Manuel Carraspique, un periodista que después de
sufrir un grave accidente sólo es capaz de recordar su nombre y
su profesión. Con la intención de sacar “un buen artículo”
del caso del indio alucinado, inicia una serie de conversaciones con Márquez
de las que se desprende otra historia paralela por la que desfilan los
maltratados indios de la Patagonia, los más sórdidos y patéticos
personajes del hampa, arrepentidos ex torturadores de la dictadura militar
y un misterioso hombre: Cacho, un delincuente con raras habilidades camaleónicas.
Argemí juega a ratos a ser Dashiell Hammett, especialmente en el
tono: directo y sin matices, casi forense. Aunque no termina de decidirse
entre el hard-boiled y Agatha Christie. De la escuela americana adopta
el realismo sucio. Pero por otra parte, no se resiste a la tentación
de los juegos de ingenio de la novela clásica policial alrededor
de un misterio que no se desvela hasta la última página.
Pero la novela puede leerse como un intento de ficcionalización
de la historia argentina. Argemí recurre a lo mismo que hicieron
los americanos al convertir una lucha por un pedazo de tierra en material
para un género literario y fílmico. Por eso Penúltimo...
ronda también por los dominios del western.
Como buen fabulador, Argemí sabe que el valor de una buena historia
no está tanto en explotar la condición novelesca de sus
hechos, como en saber escoger la mejor forma de contarla. La novela sale
a flote con su apuesta narrativa: trazar una distancia afectiva frente
a la oscura década de los setenta en la Argentina mediante los
filtros de la ficción.
Ariadna Castellarnau
El malestar al
alcance de todos
Mercedes Cebrián
Caballo de Troya, Madrid, 2004
158 págs., 12,50 €
Una estrategia inteligente de comunicar es confesar de entrada cuáles
son las intenciones del autor, pero sin decirlas; proponer el pacto de
sinceridad, imprescindible en la literatura que pretende ser creíble,
sin denunciarlo. Según Mercedes Cebrián, alguien acabó
por reducir todo a extrarradio. Y así, ella reúne veinticinco
extrarradios que componen un tablero sin centro ni objetivo, pero que
nos acerca, a todos, lo que todos somos o podemos ser: nuestros aspectos
más mediocres, los que vistos desde fuera delatan en qué
consiste la estupidez humana, los que nos arriman al malestar que acecha
en la periferia que entre todos hemos construido.
Para evitar que esa mirada irónica se exprese con una suficiencia
que nos resultaría síntoma de vanidad, Mercedes Cebrián
se protege tras la primera persona en sus relatos y, sobre todo, tras
los sutiles detalles de observadora de la realidad tangible y los personajes
perfectamente definidos en dos brochazos, detalles y seres que configuran
un estilo de vida que también es el suyo, pues únicamente
la experiencia directa puede habérselos prestado. Ahí proyecta
sus finas dosis de amabilidad, las que bastan para no deprimir al lector
con los mordiscos de la crueldad que viene de lo verídico. Implicándose
de lleno en los relatos y poesías, Cebrián consigue ese
paradójico equilibrio de escribir sin compasión pero sin
desprecio, tan difícil a la hora de tratar sobre lo cotidiano,
sobre la realidad que no se puede compartir. Posiblemente estos son los
motivos que han llevado a la autora a decidirse por los cuentos y poesías
para su primera obra, porque esta fórmula se adapta a las intenciones
de su manera de mirar, a un clima espiritual que de espiritual tiene poco,
como queda reflejado en sus poesías, en las que los referentes
de la vida urbana incrustados en lo que se supone debe ser un programa
estético nos hacen preguntarnos hacia dónde se dirige todo
esto, esta ciudad que ha fracasado, tan afable y satíricamente
descrita sumando casillas de la periferia que versan sobre cómo
hacer la vida imposible a otro por estar demasiado lejos o demasiado cerca,
o las vulgares esperanzas del fracasado, o la realidad del presente frente
al deseo de los recuerdos, o los estúpidos detalles con que se
rellena una casa para sustituir a la familia, o sobre lo incómodo
que resulta saberse prescindible o cuestionarse la identidad.
Caballo de Troya entra en las librerías descargando un libro que
podría agrietar las defensas de la literatura clónica. Que
siga.
Ricardo Martínez Llorca
La muerte viene de
lejos
J. M. Guelbenzu
Alfaguara, Madrid, 2004
312 págs., 17 €
Dos vertientes narrativas viene trabajando José María
Guelbenzu con cierta asiduidad: De un lado, novelas como Un peso en el
mundo, un auténtico tratado literario por cuanto significó
un punto de inflexión de una manera de ver y entender la literatura
por el autor. De otro, obras aparentemente menores pero de igual densidad
psicológica que la anterior como No acosen al asesino o la reciente
La muerte viene de lejos, que encuadradas erróneamente en el genero
negro vienen a demostrar la ineficacia de los mismos a la hora de enjuiciar
una novela. Así, la casualidad quiere que la juez Mariana de Marco,
la protagonista de estas dos últimas novelas, se encuentre con
el mal en estado puro en La muerte viene de lejos, encarnado en quien
se ve obligada a investigar forzada por las circunstancias, la soledad
y el interés de una amiga que no quiere verlo en la familia. Nada
importante ni reseñable sino fuera porque dicha investigación
derivará en un encuentro puramente casual con el supuesto asesino,
Rafael, enmarcado en el necesario morbo que el autor quiere darnos. Pero
como todo en literatura, nada es lo que parece, y de dicho encuentro emanará
algo más que una relación en la que predomina la lucha psicológica
por mantener la prerrogativa, es decir, se mostrarán una vez más
los conflictos internos de la juez, conflictos que van desde el odio hasta
la sospecha de que pudiera estar enamorándose de Rafael.
José María Guelbenzu sabe cómo tratar y perfilar
a los personajes, sabe cómo dotarles de la carga emocional necesaria
para mantener la tensión y lo más importante, sabe cómo,
sosteniendo la intriga, llegar a un desenlace imprevisto aunque previsible
y verosímil. Todo ello introduciendo un elemento aparentemente
inofensivo: la impostura, algo que en literatura, sin ir más lejos,
ya había tratado el finalista del Nadal 2004 con la novela Sonríe
Delgado. Y cómo no, narrado con la particular forma de un escritor
que se siente heredero (no puede evitarlo) de la novela del siglo XIX.
Luis García
Amigos y Fantasmas
Mercedes Abad
Tusquets Editores, Barcelona, 2004
217 págs., 14 e
Con este libro de relatos, Mercedes Abad llega a
confirmar su maestría, muy suya, en la manera en que descubre las
pequeñas miserias con las que todos los humanos nos ahogamos, y
que vienen a recordar que nadie –ni acción ninguna–
se libra de ese lado mezquino que en el fondo nos hermana y nos desciende
de pedestales construidos con egolatría y ausencia de autocrítica.
Abad se nos muestra como una profunda conocedora de los recovecos más
pequeños, oscuros e irracionales de la mente. Y no cae la escritora
en la trampa de la mirada fácil. Hay suficiente implicación
en su exposición, y la necesaria distancia también, como
para arrastrar al lector a hurgar en sí mismo. Y así se
llega al punto en que esa mirada incómoda e inconformista, nada
moralista sin embargo, nos comunica con un universo poético por
la vía clara y segura de eliminar toda sospecha de denuncia. El
lector entra en ese mundo poético, cerrado y perfecto, en que Abad
mueve a sus personajes, y el lector se percata de que la entrada se da
casi sin saber cómo, paso a paso, ignorando siempre cómo
se va a salir. Desde luego no permaneceremos indemnes.
A cada párrafo, las posibilidades son múltiples y al lector
no le queda más remedio que cerrar la situación, como puede,
con su propio malestar a cuestas, sabiendo que los secretos guardados
o confesados tienen la llave para entrar por otras mil puertas, encontrando
siempre estancias a media luz. Casi siempre creemos ser de un modo determinado
y resulta que nos perciben de manera a menudo opuesta. En esa sorpresa
reside parte del misterio de estos cuentos. Actuamos seguros de nuestra
propia percepción y no nos percatamos que las miserias destacan
y se agrandan cuando no se quieren airear. Y la sospecha reaparece pues
ésta anida en el alma, y atreverse a mirar es un acto de valentía
que la autora conoce y maneja con una libertad que, insisto, nos acerca
a la manera en que se construye un poema. Ahí puede residir el
punto de partida de la lectura, cuento tras cuento, en el orden que Mercedes
Abad perfectamente establece, hasta quedar asombrados, y por eso mismo
se nos descubren estos de manera tan iluminadora, y nos transforman en
su profundidad y sabiduría.
Mercedes Abad demuestra en estos doce cuentos que el aislamiento absoluto,
el silencio interior, no existen, ya que siempre acaba hablando la voz
de la inconformidad, incómoda, insistente, pero que nos hace actuar,
buscar otras posibilidades. En ese sentido la propuesta logra su cometido.
Rodolfo Hsler
Introducción al cuento literario
Alfred Sargatal
Laertes, Barcelona, 2004
350 págs., 15 €
Con experiencia en labores editoriales, traductor,
poeta, catedrático de lengua y literatura catalanas, Alfred Sargatal
(1948), un educador con desparpajo, ha renovado un libro originariamente,
apasionadamente compuesto en catalán, gestado en las aulas de bachillerato
de los años 90 y que cumple un doble objetivo: incitar a leer y
sembrar la reflexión y el conocimiento a través de la narrativa
breve. Aunque destinada a estudiantes, esta obra, por su alcance, interesará
más a un público amplio y con inquietudes por la escritura
creativa.
El minucioso subtítulo testimonia que el autor rebasa los propósitos
de ofrecer una mera antología. En casi un centenar de páginas
preliminares, Sargatal consigue adentrar a sus lectores en el género
del cuento, tratando elementos esenciales, hilvanando un panorama sumario
de la narrativa breve universal y dando varias puntadas sobre la composición
de la cuentística.
Treinta y ocho piezas de cuentistas imprescindibles –representantes
decimonónicos como Poe, Maupassant, O. Henry; figuras del siglo
xx como Kafka, Lovecraft o Buzzati, latinoamericanos como Quiroga, Borges,
Cortázar, Arreola, y una señalada presencia de catalanoparlantes
(aunque falta Monzó) más alguno de nombre difícilmente
conocido, que se lee con gusto– se concatenan con bastante habilidad.
El libro resulta útil y ameno y, desde luego, expide pasaportes
para viajar con soltura por el cuento y su bibliografía. Escorado
hacia los temas de terror, la genitalidad, la irreverencia, el humor tirando
a corrosivo, tal vez entre el profesorado alguien levantará la
mano para reprochar a Sargatal haber incluido cuentos no muy adecuados
para adolescentes correctos (el muy conocido de El Decamerón podría
haberse reemplazado por otro, uno de los de Arreola chirría y el
viejo Jarry en los escenarios luce bastante más). Pero leer hace
que crezcamos. También aumenta el tamaño de nuestras heridas
y cicatrices. Y la talla del corazón. Por eso damos los primeros
pasos por la narrativa breve con repasos como éste.
Jose Luís González
El cielo de los
leones
Á ngeles Mastretta
Seix Barral, Barcelona, 2004
238 págs., 15,50 €
El cielo de los leones debe leerse en pequeñas
dosis para evitar que la excesiva dulzura que desprende nos empalague.
Ángeles Mastretta no ha escrito esta vez una novela de heroínas
enganchadas a un amor venenoso, como fue la anterior novela de esta escritora
mexicana, Mal de amores. Al contrario, se trata de un libro basado en
sus ilusiones, en sus sueños. Aún así, tampoco podría
calificarse de no ficción, puesto que son las seudoinvenciones
con las que Mastretta ilustra su vida.
En esta ocasión, pues, no hay, a priori ningún personaje
inventado, y quien protagoniza la historia (o historias) es la propia
autora. Los capítulos del libro son descripciones que Mastretta
hace de personas que han pasado o habitan en su vida, como sus abuelos,
sus hijos o incluso la amiga de una amiga cuya historia, por alguna razón,
Mastretta acaba relacionando con la suya propia. Hay retratos también
de antiguos profesores y de extras que decoran la vida diaria, como las
mujeres que venden chucherías, cada día durante todos los
meses de su vida. En el libro la autora captura escenas vividas, instantes
acaso, y los ensalza como la felicidad absoluta momentánea. Pero
todos esos personajes y esos momentos vividos no están descritos
como fueron sino como la autora recuerda que fueron. De eso a la realidad
puede haber más de un paso. De ahí la ficción que
trasluce esa especie de autobiografía hecha a retazos que es El
cielo de los leones.
Tanta bondad, tanta satisfacción puede incomodar al lector, sin
embargo se trata de un ejemplo de esfuerzo continuo por mantenerse en
los lindares de la felicidad diaria, sin excesivas pretensiones de dicha
extrema y permanente. El problema o virtud del libro, es que Mastretta
oculta sus tristezas y miserias, y si éstas llegan a relucir es
para explicarnos cómo las ha convertido en algo positivo. Y así
continuamente. Se echa de menos algún fracaso, por pequeño
que sea en esa carrera por ver sólo el lado bueno de la vida. De
ahí la irrealidad de lo que nos explica y también la verg¸enza
ajena que puede sufrir el lector, como espectador de una intimidad a la
que no ha sido invitado pero a la que asiste involuntariamente. El cielo
de los leones, por todo eso, es bueno dosificarlo y saborearlo poco a
poco.
Elisenda Ariza
Narrativa Hispánica
Tablas por segundos
Icchokas Meras
Trad. de Macarena González
RBA, Barcelona, 2004
159 págs., 14 €
Si con Jurassic Park se creó una coyuntura
favorable para la mercantilización de cualquier ítem vinculado
a los dinosaurios, con El Pianista de R. Polansky el gueto judío
se instauró en la cima de la moda cultural. El interés por
el holocausto y la segregación racial sufrieron un repentino auge
y se corrigió al alza el rendimiento de la cosecha anual de productos
relacionados con tales cuestiones. En este contexto aparece la más
internacional de las dieciocho novelas del escritor lituano Icchokas Meras.
Pasados cuarenta años desde la fecha de su publicación,
Tablas por segundos goza ya de una traducción al castellano.
Suponiendo que a alguien se le preguntara por los posibles temas de la
presente novela, resulta consecuente deducir que las respuestas versarían
acerca de la lucha por la supervivencia, las conspiraciones, la convivencia
con la muerte, la humillación, el racismo, las deportaciones, el
horror, las traiciones o la solidaridad. En este sentido, Tablas por segundos
no decepcionará a los amantes del cliché. No obstante, a
los inquietos, a los rastreadores, a los buscadores de nuevos datos o
tratamientos innovadores o puntos de vista inéditos, cabe advertirles
sobre la débil aportación de una obra asentada en la macabra
partida de ajedrez que disputan Isaac –adolescente judío–
y Schoger –comandante alemán–. Isaac, el más
joven de los siete hijos de Abraham Lipman, deberá conseguir un
empate técnico, pues una derrota condenaría a muerte a todos
los niños del gueto y una victoria supondría su muerte y
la de su gran amor Ester.
La partida, además, ejerce de partícula elemental, de cuerpo
de recepción y sujeción de los enlaces que tienden las tramas
secundarias. Tablas por segundos dedica una porción considerable
a contar lo más significativo de las vidas de los hijos de Abraham
Lipman, personajes que padecen la escasez espiritual de los arquetipos.
El héroe, el traidor, la mártir, la refugiada, la del amor
imposible, la de la vocación frustrada, todos y todas agravan el
empobrecimiento de una obra en la que los dientes como perlas brillan
en un par de ocasiones, los labios como cintas rojas aparecen también
por duplicado y los ojos no lloran porque no tienen lágrimas. Y
todo y todas y todos actúan según las exigencias de unos
medios desplegados para apiadarse de unos y maldecir a los otros, para
distinguir a los buenos absolutos de los malos absolutos, para satisfacer
una serie de motivaciones y finalidades excesivamente sentimentales e
interesadas.
Albert Grabulosa
El cuerpo
Hanif Kureishi
Trad. de Roberto Frías
Anagrama, Barcelona 2004
227 págs., 15 €
Soñar y
contar
Hanif Kureishi
Trad. de Fernando González Gorugedo
Anagrama, Barcelona, 2004
328 págs., 16 €
La novela que hizo célebre a Hanif Kureishi,
El Buda de los suburbios retrataba el Londres de mediados de los 70, pero
estaba escrita con la distancia irónica y el desencanto que se
pondrían tan en boga en los 90. Concebida como una suerte de picaresca
de la postmodernidad, El Buda…tenía como protagonista a Karim,
el muchacho medio pakistaní medio británico, ateo de familia
musulmana, bisexual y amante equitativo de los Beatles y los Rolling Stones,
quien con su primera persona desafiante aparecía como el cronista
necesario de un determinado momento histórico en los inexplorados
rincones de una Inglaterra ambigua y mestiza. También guionista
de una película de culto e hito generacional como Mi hermosa lavandería
y autor maduro de varios libros de relatos rabiosos y aparentemente confesionales,
Kureishi construyó una obra literaria que es inseparable del palpitar
de una cultura pop hecha sin complejos y con buen gusto.
Soñar y contar es el comentario de estos 15 años de carrera,
el libro recopilatorio de sus mejores ensayos y artículos, pero
es también el diario íntimo del guionista, el cuaderno de
bitácora del escritor, la carta al padre-escritor frustrado, la
lista de consejos para jóvenes escritores y el manifiesto del activista
político y multicultural en los años de la Thatcher. Son
especialmente gratos sus textos sobre el oficio de escribir: “Escribir
o cualquier acto de imaginación es sensual, debería sentirse
como un acto corporal más que intelectual”.
Junto a este imprescindible documento, Anagrama ha publicado El cuerpo,
un libro quizá menor que reúne la nouvelle que le da título
y otros siete cuentos. Escrito con esa prosa de precisión y aparentemente
fúcil de sus obras previas pero con el humor lácido y crítico
de sus mejores narraciones, “El cuerpo” es una meditación
satírica de un mundo obsesionado con la juventud y la búsqueda
del placer. Es también un pastiche que arranca en ciencia ficción,
coquetea con la intriga policial y desemboca en trastada filosófica.
Un escritor que pasa los sesenta años, recibe la oferta de trasplantar
su cerebro a un cuerpo nuevo. No obstante, para este Fausto de la era
de la clonación, recuperar el paraíso perdido puede ser
una experiencia aterradora, parece decir Kureishi, un maestro del destape
y un eterno interesado en las veleidades de la mente y su fallida relación
con el mundo.
Ante las obras monumentales de otras voces de la narrativa inglesa contemporánea
que surgió de la inmigración, como Kazuo Ishiguro y Salman
Rushdie, Kureishi podría aparecer como el escritor más “light”.
Pero no hay que engañarse, el autor de Amor en tiempos tristes
es revelador en su costumbrismo y corrosivo en su radiografía del
universo emocional del homo contemporáneo.
Gabriela Wiener
Ploleterka
Fleur Jaeggy
Trad. de Ma. ¡ngeles Cabré
Tusquets Editores, Barcelona, 2004
131 págs., 11 €
A veces, durante la navegación, el Proleterka
parecía gobernado por un fantasma. Por una simple y terrible inercia”.
Sobre la misma misteriosa y terrible inercia parece fluctuar la prosa
de Fleur Jaeggy en Proleterka, premio Viareggio 2002 y nombre del barco
yugoslavo en el que un padre y su hija adolescente pasarán los
catorce días de vacaciones que les han sido concedidos para conocerse.
Durante esos días a bordo del barco, la protagonista, que en ocasiones
trasmigra su voz a inquietantes terceras personas, rememora su infancia
de pasillos oscuros, jardines solitarios, familiares enfermos y abandono.
La narración parte de la muerte del padre y se despliega en breves
destellos que trazan la historia de una familia rota por la pérdida
de su patrimonio. Huérfana desde la partida de la madre, una figura
de sombra alargada que dispone de la vida de su hija desde la distancia,
la joven asiste a su versión del porqué de esa infancia
sesgada. Días de asueto emocional que la niña pasa al cuidado
de su abuela materna, la fría Orsola, “Ella no me perdonaba
si me equivocaba. En no perdonar se mostraba magnánima, tolerante,
ecuánime”. Mientras, el relato discurre entre su desvirtuada
desfloración en el camarote de un marinero y los fugaces encuentros
con ese padre desconocido y distante. Un familienroman construido sobre
los restos del naufragio de una existencia corta, desposeída, que
a modo de exorcismo revierte con vehemencia en la constatación
del vacío de la memoria, “No pienso en nada. La nada es materia
de pensamiento. Seres, voces autónomas, memorias desenterradas
acompañan el chapotear del agua. La nada no está vacía”.
Este breve periplo oceánico a lo Billy Budd nos remite a Melville
no sólo en lo marítimo, sino en la parquedad bartlebyana
y la contención de la escritura de Jaeggy. La muerte, el miedo
a la locura como anomalía genética encarnada en las relaciones
con esos padres casi siempre ausentes, la asfixia y las atmósferas
de los manicomios de Robert Walser planean impenitentes sobre el universo
púber y fantasmal que retoma en su última novela esta escritora
de origen suizo que escribe en italiano. Una obra mayúscula, implacable,
de frases bellas, cortas y gélidas como los paisajes de esas infancias
invernales en internados suizos de Los hermosos años del castigo.
No en vano Joseph Brodsky ha dicho de la pluma de Jaeggy que se trata
del buril de un grabador.
Ana Serrano Pareja
Foe
J. M. Coetzee
Trad. de Alejandro García Reyes
Mondadori , Barcelona, 2004
153 págs., 15 €
En 1986, cuando Coetzee publica Foe, en Sudáfrica
sigue vigente el apartheid, el régimen político menos políticamente
correcto que quepa imaginar. Precisamente en los años ochenta los
estudios feministas y de género, y la crítica postcolonial
alcanzan dentro de los Estudios Literarios una cierta madurez. Coetzee,
profesor de Literatura en Capetown, no estaba al margen de estas corrientes.
Quien conozca un poco la realidad sudafricana por algo más que
los libros o algún documental sabrá que los intelectuales
blancos de izquierdas gozaban de una situación privilegiada en
relación a la mayoría negra pero que el activismo político
más o menos clandestino era habitual. A la vez, la enseñanza
de la cultura de la metrópoli, y las dudas justificadas sobre su
sentido, creaban cierta esquizofrenia en los enseñantes, conscientes
de que hacer carrera literaria exige ajustarse a los cánones europeos
y norteamericanos. Foe responde tácitamente a estas premisas y
Coetzee, considerado por la crítica anglosajona un escritor postmoderno,
vuelve a mostrarnos lo mejor y lo peor de su estilo.
La recreación del mito del náufrago es un pretexto admirablemente
reconvertido por Coetzee en una reflexión sobre la escritura, sobre
la identidad y el poder. Pero lo mismo podría haberlo escrito un
universitario de Louisiana. Coetzee posee, sin embargo, una gran capacidad
de simbolización y de reflexión sobre la creación
narrativa como modo de acuñar “significantes” de realidad
nuevos que terminan apelando a la reformulación de los clichés
de pensamiento sobre asuntos como el sometimiento o la violencia. El lector
puede empezar a leer con la expectativa de aprender a hacer un fuego de
campo, y a manejarse en una isla desierta con un criado asilvestrado,
esperando aventuras y personajes con sangre en las venas y terminar fascinado
por la profundidad y la capacidad de síntesis de las que hace gala
Coetzee por boca de sus protagonistas, Susan Barton y el escritor Foe,
cuando ella, un verdadero “personaje en busca de autor”, reclama
el derecho de expresarse a partir de lo que se es y de lo que se ha sido,
y él define la escritura como una acotación de silencios
cargados de sentido, que aquí se encarnan en el esclavo Viernes.
Coetzee es demasiado cerebral para representar a Sudáfrica pero
sabe recrear las distintas capas que ofrece la realidad, aun cuando como
en 1986, el apartheid y la violencia de los guetos parecían exigir
respuestas más transparentemente políticas.
Ma José Furió
Yo
Wolfgang Hilbig
Trad. de Cristina Arranz
Losada, Madrid, 2004
383 págs., 28 e
W es el personaje alrededor del cual gira Yo, esta
excepcional novela del alemán Wolfgang Hilbig (Turingia, 1941),
la primera que nos llega traducida al castellano. Y así es como,
W. describe su trabajo de espía en la RDA, la Alemania comunista:
“Nosotros no habíamos hecho nada a nadie, pero nuestra existencia
como sombras, el hecho de que siempre estuviéramos ahí era
como el retrato desagradable, reprimido, maloliente del alma de cada uno,
nuestra existencia encubierta era el desencadenante y el objetivo de nuestro
odio, nosotros éramos el propio odio que sentía cada uno
de los que estaban ahí fuera.”
En un periplo que nos lleva de la primera a la tercera persona, y otra
vez a la primera, visitamos los oscuras y recónditas calles y sótanos
de Berlín y de las vidas de W., de la señora Falbe, del
teniente Feuerbach y de la gente de la “escena” (la oposición
democrática más o menos organizada). W. es un escritor que
intenta darle una pátina literaria a sus informes de espía,
y que mediante sus contactos con el poder puede publicar sus poemas, incluso
al otro lado del muro. Pero en su lucidez sabe que todo es falso, todo
son apariencias, incluso él mismo. Su identidad se difumina y se
borra por instantes, es una simple letra, para unos es una persona y para
otros otra.
En el estado totalitario en que vive no hay escapatoria a la vigilancia
constante. En el Berlín oriental, donde trabaja en un gélido
sótano, los espías espían a los supuestos opositores
que a su vez espían a los espías. En esta atmósfera
de permanente sospecha no hay sitio para la confianza, y cualquier intento
de llevar una vida normal choca contra el sistema. Así, la relación
entre W. y la señora Falbe deviene por fuerza mecánica y
enfermiza. En un Berlín permanentemente oscuro y frío, a
través de sótanos y pasillos subterráneos, de bares
insomnes y calles desiertas, W. nos lleva al corazón de la podredumbre
de un sistema enfermo y opresivo desde su misma concepción, ya
que su razón de ser se basa en la sospecha y la amenaza.
Hilbig escribe desde lo kafkiano (pero con una voz propia), en ocasiones
desde lo esperpéntico, desde un gran dominio del ritmo narrativo
y desde atmósferas oscuras pero tremendamente sugestivas. En definitiva,
Hilbig escribe hacia la reconciliación del lector con la alta literatura,
y a éste finalmente sólo le cabe exigir, a quien se sienta
aludido, nuevas traducciones para seguir disfrutando de este gran descubrimiento
.
Esdres Jaruchik Naveiras
Narrativa Catalana
L’os
de cuvier
Valentí Puig
Destino
Barcelona, 2004
210 págs., 18 €
Hacia dónde va la cultura catalana? Valentí
Puig (Palma, 1949) lleva años preguntándoselo. El presente
volumen, cuyo título se inspira en la anatomía comparada
del barón de Cuvier, quien, en el xviii, sostenía la posibilidad
de deducir la estructura de un esqueleto a partir de un hueso, resume
argumentos y cavilaciones ya esbozados en artículos de prensa,
conferencias y seminarios. Es un libro maduro, fruto de la práctica,
el estudio y la reflexión. Puig escribe en castellano y catalán,
ha cultivado casi todos los géneros (cabe destacar el dietario
MatËria obscura, el poemario Molta més tardor, la novela Primera
fuga, los cuentos de Maniobres privades, y L’home de l’abric,
sobre uno de sus modelos, Pla), y tiene un amplio conocimiento de la génesis
y estructura de esta cultura particular. Una cultura, de otra parte, en
que constantemente se encienden las luces de peligro (recordemos, entre
los más recientes, a Ferrater, al colectivo Joan Orja, a Bru de
Sala, a los autodenominados Imparables), pero con resultados escasos.
Puig intenta saber por qué.
El momento no es bueno. “Nunca como ahora –dice– había
tenido la sensación de que algo se hunde, de que estamos a punto
de cerrar página sin saber si queda algún capítulo
por escribir”. Y concreta que el encaje entre Cataluña y
España sigue siendo complicado, que Barcelona se vuelve cada vez
más provinciana. Y eso que, como han hecho notar algunos estudiosos,
a principios y finales del pasado siglo, la ciudad contaba con los recursos
necesarios para constituirse, a la manera de París o Londres, en
capital literaria. A saber: una reputación de liberalismo político
y la concentración de un gran activo cultural (Els Quatre Gats,
Gaudí, Adri‡ Gual, Films Barcelona, Eugeni d’Ors, el
florecimiento editorial de los 70). Pero ahora, según Puig, la
ideología nacionalista se ha impuesto a la tradición liberal
y el Noucentisme transformador ha dado paso a la politización e
institucionalización de la cultura, con la consiguiente deserción
de sus consumidores. Vivimos en el autismo, estamos instalados en la inercia.
Nos quejamos, pero nadie parece estar interesado en cambiar las cosas.
Falta ambición, falta exigencia, faltan elites y falta sentido
del honor (en la línea de Cicerón o Jefferson), un concepto
fundamental en la cultura occidental. Y la cultura catalana –nos
sugiere el autor con su zigzagueante e intuitivo discurso– debería
tener presente su pertenencia a la cultura occidental, su papel en esa
historia que, como muy bien ha señalado Pascale Casanova, es una
lucha llevada a cabo por cada escritor y cada lengua para llegar, desde
la particularidad extrema de un proyecto literario, a la universalidad.
Anna M. Gil
Poesía
Somos el tiempo
que nos queda
J. M. Caballero Bonald
Seix Barral, Barcelona, 2004
540 págs., 23 €
El título de la poesía completa de
J. M. Caballero Bonald, Somos el tiempo que nos queda condensa toda la
obra en una máxima inequívoca que justifica, el proceso
de revisión y selección. Proceso inexcusable, pues “las
palabras –dice el poeta– envejecen casi tanto como quienes
las usan” y para poder suscribirlas de nuevo, las sensaciones y
experiencias antiguas no pueden evocarse sino desde la conciencia actual.
Sorprende la escasa presencia que ha dejado en Somos el tiempo que nos
queda la estética realista y la temática social con las
que suele identificarse a la generación de los cincuenta, y ello
pese a figurar el autor en la nómina de sus “compañeros
de viaje”. Tal como han pasado al recopilatorio, los poemarios escritos
por Caballero Bonald durante los años cincuenta (Las adivinaciones,
Memorias de poco tiempo, Anteo, Las horas muertas) conforman la voz de
un sujeto que se busca a sí mismo en la interpretación del
recuerdo, que reconoce en cada acto recordado una sola búsqueda
de sentido y en la palabra poética el anclaje momentáneo
y provisional fundamento de la identidad. La austeridad imaginal, la densa
intimidad del ritmo, la pausada discursividad de los poemas de estas colecciones
configuran una poesía no tanto de la experiencia como del significado,
tan alejada del prosaísmo como reacia al relato y a la anécdota;
ajena al pathos; heredera del barroco más profundo y del mejor
Cernuda. Con Pliegos de cordel, de 1963, Caballero se distancia de El
ridículo juego de estar solo para acudir –a su modo–
a la llamada de la urgencia histórica. La indagación en
el recuerdo deja ahora ver un trasfondo de memoria colectiva: la sordidez
de la postguerra.
Las colecciones posteriores se han escrito lentamente, distanciadas por
largos períodos de silencio. En Descrédito del héroe
(1977), Laberinto de fortuna (1984) y Diario de Argónida (1997)
la experiencia y el recuerdo pertenecen ya a una conciencia desdoblada
e irónica. Las constantes referencias mitológicas y literarias
no son exhibición cultista, sino muestrario de significados arquetípicos,
a cuya luz la concreción de lo vivido se muestra territorio surcado
por caminos que vuelven sobre sí mismos: laberinto, al que, sin
embargo, no pertenece el espacio desde donde se realiza la escritura.
Si en verdad “somos el tiempo que nos queda”, la identidad
es el negativo de la memoria: “evoco al que no he sido todavía:
oigo a ese intruso registrando un desván donde no estuve nunca
[...] soy aquél que recela de pronto que en absoluto tiene tradición”.
La toma de conciencia de esa dimensión insondable justifica la
obra como aventura espiritual y como poesía completa.
Jordi Ardanuy
El orden de las
ramas
Jacqueline Goldberg
Torremozas, Madrid, 2003
64 págs., 7,21 €
Configurados como sucesivas conversaciones, los
poemas de El orden de las ramas materializan la inagotable movilidad de
la palabra: la diseminación en el decir y escuchar y la subsiguiente
realización. Ajeno al monologar de otros poemarios de la autora,
aquí lo decible tiene lugar desde la interlocución; se trata
de la errancia de dos voces que a veces contrapuntean y a ratos se desconocen
en sus articulaciones. Y entre interrogantes, negaciones, embestidas o
indiferencias, ambos hablantes hacen del diálogo un tránsito
de afrentas. En el ineludible esparcimiento conversacional se articulan
orfandades, extravíos, espantos y perfidias, pero –allende
la reciprocidad enunciativa de suplicios y culpas– ciertamente se
increpa. Los poemas abren entonces la significación de una práctica
del mal desde el lenguaje: un lacerar con palabras para denominar la condición
humana.
En su copiosa obra poética, Jacqueline Goldberg reincide en una
estructura de narración corta, cuya discursividad se instaura en
la concreción de registros propios del desencanto; brevemente sus
textos significan la figuración del hartazgo, el fracaso o la desolación,
así como la desacralización de la maternidad y los ritos
familiares. El orden de las ramas –primer poemario de la autora
publicado en España pero adscrito ya a su reconocida trayectoria
en Venezuela y Latinoamérica– continúa la concisión
escritural y ciertos motivos, pero con la particularidad de denegar la
unicidad del hablante. La lectura del libro conduce a un único
Poema, una desarticulación de voces que, en efecto, dialogan sobre
sí mismas. En este sentido, la enunciación sucede a partir
del desdoblamiento de la conversa, y no creo que esta dualidad vocal sea
fortuita, aquí donde el maldecir obliga la instancia del otro.
Cabe preguntarse cómo sería la lectura en voz alta de un
texto como éste, en un intento por diferir la complejidad en torno
a la determinación del turno de los recitadores.
Lorena Bou Linhares
Ensayo
El principio de
la esperanza
Tomo I
Ernst Bloch
Ed.de Francisco Serra
Trad. de Felipe González Vicén
Trotta, Madrid, 2004
520 págs., 28 €
Primero decretaron el fin de las ideologías, luego
el fin de las utopías y, a la postre, el fin de la historia. No
hay más cera que la que arde: la sociedad humana sólo es
viable en un presente indefinido de democracia liberal y formal, políticamente
restringida y determinada por las leyes del Mercado. Así nos lo
repiten ad nauseam, mientras las grandes corporaciones económicas
condicionan ese Mercado a sus intereses y, en caso necesario, recurren
a la fuerza para disciplinar y corregir todas las desviaciones de su orden
de dominación. Cualquier referencia a la utopía –¿otro
mundo es posible?– se considera intelectualmente risible y políticamente
irrelevante. Por fortuna y para contradecir esos sedicentes asertos, se
reedita El principio de esperanza, redactado por Ernst Bloch (1885-1977)
durante su exilio en EE. UU. (1938-1947) y revisado en 1959, cuando ya
residía en la república Democrática Alemana. ¿Qué
es el principio de esperanza? Una inmanencia humana, un impulso interior
que se proyecta y preforma el futuro, incitando a la acción para
modificar la realidad. Bloch trata de establecer una ontología
del “todavía-no- ser” (el ser y sus potencias) y, a
la vez, una fenomenología de la acción que nos permita alcanzar
una utopía socialmente posible. Aunque obvios, sus postulados son,
sin embargo, poco consistentes: esperanza, impulso, devenir (realidad
en proceso) o “todavía-no-ser” son conceptos imprecisos
que nunca podrán conformar una episteme. Si a ello le agregamos
que Bloch concibe la utopía en una sociedad socialista, subordinando
la voluntad de vivir a la ideología, la realización de lo
que propugna plantea muchas dudas. Asimismo, el estilo de Bloch incomoda:
por su tono clerical, sus circunloquios, su suficiencia, hurtando antecedentes
de sus afirmaciones (Benjamin ya le acusó en una ocasión
de robarle ideas), con innecesarios e insultantes prontos (llamando fascista
a Jung), y eludiendo criticar el régimen “comunista”
que le acogía. Pese a todo, dados los tiempos que corren, la obra,
intelectualmente bien armada, es muy recomendable, pues rehabilita la
utopía (ideal simbólico que actúa como catalizador
societario) y anima a resistencias y rupturas para alcanzar, en la porfía
y la esperanza, un mundo mejor.
Alberto Hernando
La destrucción cultural
de Iraq
Fernando Báez
Flor del Viento-Octaedro, Barcelona, 2004
128 págs., 18 €
Fernando Báez ha documentado durante doce
años la historia de la destrucción de bibliotecas, desde
Sumer hasta el libro electrónico y es considerado un experto mundial
en ese campo. El autor refiere su experiencia en Bagdad como miembro de
una comisión internacional de académicos constituida para
verificar que había comenzado un proceso implacable de destrucción
de bibliotecas y archivos en Iraq.
El Museo Arqueológico, a pesar de la presencia militar, fue saqueado.
De la Biblioteca Nacional fueron destruidos un millón del total
de dos millones y medio de libros que contenía. Y el Archivo Nacional
perdió dos millones de documentos, incluidos todos los del periódo
otomano. El autor también refiere que en Mosul, la biblioteca del
Museo fue víctima de expertos en manuscritos, y que guardias de
seguridad huidos de las bombas facilitaron el saqueo. El sesenta por ciento
de los textos guardados en la Academia de las Ciencias quedó extinguido
y la Universidad de Bagdad fue sometida a bombardeos, incendios o robos.
En estos terribles momentos, Baez describe realidades circunstanciales
en un país en guerra, como los intentos de privatización,
que llegan a reunir en un mismo hotel a comerciantes internacionales de
ordenadores, líneas aéreas o franquicias de comida rápida.
Existe un hecho incontrovertible en los testimonios recogidos por el autor,
que apuntan hacia un tráfico ilícito transnacional de obras
arqueológicas que al parecer comenzó a través de
Damasco, Roma y Londres.
Iraq, nación sin gobierno, campo de batalla, escenario de conflictos
religiosos, terrorismo y crisis económica. Parece que no podría
existir un mal mayor para un país. Pues aún hay algo más
y es que parte de su memoria ha sido borrada. En el libro se plantea si
ello se debe a la actitud de la administración Bush por haber desoído
los consejos de sus asesores en el sentido de proteger el patrimonio cultural
de Iraq, o al proceder de la administración de Husein, que hizo
surgir el odio hacia el Partido oficial al utilizar la cultura como propaganda
política.
Sea como fuere, cabe reflexionar sobre la cuestión que anima el
libro: “¿No será acaso este memoricidio de 2003 un
aviso, una señal, un símbolo terrible de una época
en la cual se impone la globalización de la incertidumbre, la miseria,
la desesperanza y, además, el olvido de las raíces más
profundas, auténticas y heterogéneas de nuestra civilización?”
Sea motivo de reflexión.
Marcos Manuel Sánchez
Cine
Historias del cine.
Un invento sin futuro
Augusto M. Torres
Alianza, Madrid, 2004
447 págs., 33,5 €
Puede estar ligeramente excusado redactar artículos
de marcada superficialidad al conformar una guía (más) de
120 películas importantes en la historia del cine. Se puede tolerar,
aun con cierta incredulidad, que entre ese centenar largo de títulos
no aparezcan algunos nombres fundamentales como Ozu, Kubrick, Pasolini
o Lynch. Es posible llegar a no molestarse por ver justificadas en cuatro
líneas introductorias las credenciales (virtudes y carencias) del
autor de estas Historias del cine. Y hasta es inevitable sonreír
cariñosamente al ver el sano esfuerzo depositado en el encantador
diccionarito que culmina la obra. Lo que, sin embargo, no es posible digerir
con tanta facilidad, es tener que recorrer este “todo a cien”
(perdón, 120) cinematográfico a través de un estilo
narrativo confuso hasta el tedio más insoportable. No hay justificación
posible para ese desliz, a no ser el cansancio creativo. Por desgracia
para los lectores ávidos de interesantes reflexiones cinematográficas,
el volumen aquí presentado no es, ni se acerca, a un buen libro
sobre el séptimo arte.
Así es Historias del cine. Un invento sin futuro, de Augusto M.
Torres, una obra completamente perezosa y fútil, con la única
virtud de acordarse de muchas grandes obras de la historia del cine, como
tantos otros libros lo han hecho ya antes (en muchísimos casos
con mayor entrega y lucidez, y ya en demasiados, con la misma banalidad).
Ciertamente, la originalidad no es un valor necesario en una obra, pero
sí la profundidad, la amplitud de miras y la personalidad narrativa,
carentes aquí por completo. En confianza, lo cierto es que el fondo
de la obra parece ser un galimatías de apuntes interconectados
sin demasiada pericia y con muy poco cariño, hasta el punto de
recordar, antes que a un volumen sobre la historia del cine, a un voluntarioso
trabajo de un sesudo alumno de universidad. Los descuidos de muchas de
las últimas obras, en las filmografías del diccionario,
de diversos autores todavía en activo, llevan a recordar, en cambio,
todo lo opuesto al periodo de formación de un crítico.
No puedo olvidar dar las gracias a la magia de muchas de las películas
reseñadas, porque sin ella la lectura del considerable volumen
hubiera sido todavía más entristecedora.
Francisco Páez
Peter Sloterdijk: Filosofía en los
tiempos difíciles
Esferas I
Peter Sloterdijk
Trad. de Isidro Reguera
Siruela, Madrid, 2003
584 págs., 39,5 €
Crítica
de la razón cínica
Peter Sloterdijk
Trad. de Miguel Ángel Vega Cernuda
Siruela, Madrid, 2004
792 págs., 37,98 €
Experimentos con
uno mismo
Peter Sloterdijk
Trad. de Germán Cano Cuenca
Pre-textos, Valencia, 2004
179 págs., 14 €
Nos encontramos en los pasillos de las aulas de
la Universidad de Francfort, corre el año 69, época movida,
de convulsiones sociales. El profesor Th. W. Adorno se dirige pausadamente
al aula donde se dispone a dar una de sus clases magistrales, pero ante
la puerta se encuentra con una multitud de exaltados estudiantes que reclaman
cambios en la hierática organización académica. Hasta
aquí todo normal para los tiempos que corrían, pero el profesor
no dará su clase: entre los manifestantes un grupo de chicas exhiben
sus desnudos pechos en forma de protesta, Adorno, abochornado y perplejo
decide volver por donde vino. Ante tal crítica no hay reflexión
posible, ni tan siquiera debate posible. Se trata de una crítica
desnuda que desnuda la verdad.
Esta anécdota es frecuentemente recurrida por Peter Sloterdijk
(1947) y sirve de punto de inflexión de su pensamiento. Inmediatamente
se nos ocurre que nos encontramos ante un hijo del 68, y efectivamente
es contemporáneo de tal revolución, incluso estuvo en la
India participando de las enseñanzas de Rajneesh Chandra Mohan,
conocido después como Osho, pero esto no lo convierte en un pensador
sesentayochero. Sus críticas a la voraz comercialización
que los integrantes de ese Gran Mayo han hecho de los lemas de entonces
lo apartan de la militancia contracultural al uso. Otra pista sería
el análisis que realiza de dicha anécdota, viendo en los
pechos de las estudiantes una verdad desnuda, inapelable, mordaz, afirmación
ésta que recuerda muy mucho el análisis heideggeriano de
verdad (aletheia) como desocultamiento (a-letheia). Es innegable tal cercanía
táctil, ni el mismo Sloterdijk la rechazaría, su obra rezuma
por los cuatro costados un hondo perfume heideggeriano, pero otra vez
hay que andarse con cuidado, Peter Sloterdijk no es un heideggeriano,
en el sentido de ser seguidor de Heidegger. Con esto nos queda bastante
desdibujado el retrato robot de nuestro hombre pues resulta que aquello
que es, es lo que no es, en definitiva se puede afirmar, si esto es afirmar
algo, que Peter Sloterdijk no es seguidor de..., lo cual crea un estado
de malestar de cualquier facción de la realidad que se adentre
en sus páginas porque se encuentra diseccionada críticamente
y, claro está, a nadie le gusta que le aireen los trapos sucios.
Como dice R¸diger Safranski en el prólogo de Esferas I, Sloterdijk
no efectúa sus operaciones desde la altura de la montaña
nietzscheana, desde donde ver sin inmiscuirse, la miseria humana. El autor
de Crítica de la razón cínica entiende que para hablar
de suciedad hay que ensuciarse y de esta manera se reconoce como enfermo
de su época, intoxicado por la atmósfera que ineludiblemente
le rodea. Filosóficamente hablando, como ya más o menos
se advierte, se sitúa en el bando de los malos: Nietzsche, Heidegger,
Hamman; y más contemporáneos Botho Strauss, Wim Wenders
y Peter Handke, aunque estos últimos no sean compañeros
de viaje elegidos voluntariamente sino enfants terribles aunados por la
crítica en su estéril afán de entenderlos o reprocharlos.
¿Pero qué hace Peter Sloterdijk exactamente? ¿Por
qué lo ha llamado despectivamente J¸rgen Habermas “neopagano”?
Heidegger decía que en la cotidianidad sólo nos damos cuenta
de la existencia de las cosas cuando éstas fallan, o lo que es
lo mismo, cuando dejan de existir. La mirada de Sloterdijk parece centrarse
en esas mismas cosas cuando funcionan para declarar que fallan. En Crítica
de la razón cínica denuncia la falta de la figura de un
Diógenes que metido en su barril bata su mandíbula ante
lo que ve. La Ilustración ha conseguido que nos tomemos demasiado
en serio a nosotros mismos, hasta el punto de haber forjado una obra como
Ser y Tiempo, cumbre del cinismo postmoderno, en la cual se ensalza a
alta filosofía la banalidad. Es por ello que cabe reivindicar el
“quinismo”, palabra que se agarra con más fuerza a
la raíz griega, en contra del cinismo que se realiza ahora desde
el poder, desde la realidad. Experimentos con uno mismo es una llamada,
ya desde el título, a lo mismo, pues el individuo como imagen pétrea
del yo es el resultado cínicamente aglutinador de Occidente que
se cree con la misión evangélica de retener y ofrecer la
verdad al mundo.
Es el individuo, por tanto, el constructo último de la Ilustración,
el reducto incuestionable sobre el que la realidad se conforma (hay que
recordar que individuo es aquello indivisible). En Esferas I, primer volumen
de una trilogía, el individuo se desnuda, como los pechos de aquellas
estudiantes, para revelarse como un espacio diádico en su origen
que ha ido perdiendo tal cualidad a favor de una razón omnicomprensora.
El hombre no puede tener nada por encima si quiere aprehenderlo todo,
pero en este mismo camino ilustrado se encuentra también la comprensión
de lo incomprensible. Ahora bien, si conseguimos reírnos, aunque
sólo sea un momento, nos daremos cuenta del absurdo de tal labor.
No nos engañemos, no hay moral en Sloterdijk, ni antipostmodernismo,
se trata de un primer paso, de una filosofía cansada del cansancio.
La puerta simplemente queda abierta.
David Díaz
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