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diciembre
2004
Nº 120

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cuento
Fumata blanca
Eduardo Halfon
Cuando la conocí en un bar escocés, tras no sé cuántas
cervezas y casi una cajetilla de Camel sin filtro, me dijo que a ella
le gustaba que le mordieran los pezones, y duro.
No era un bar escocés, sino un bar cualquiera en Antigua Guatemala que
sólo servía cerveza y que se llamaba o le decían, no sé, el bar escocés.
Yo me estaba tomando una cerveza oscura en la barra. Prefiero la cerveza
oscura. Me hace pensar en tabernas antiguas y duelos de sables. Encendí
un cigarro y ella, sentada en un banquito a mi derecha, me preguntó en
inglés si le podía regalar uno. Adiviné por su acento que era israelí.
Bevakashá, le dije, que significa por nada en hebreo, y le extendí la
carterita de fósforos. Ella se puso amable de inmediato. Me dijo algo
también en hebreo que no entendí y le aclaré que sólo recordaba tres o
cuatro palabras y uno que otro rezo suelto y quizás contar hasta diez.
Quince, si me esforzaba. Vivo en la capital, le dije en español para comprobarle
que no era norteamericano y me confesó perpleja que jamás se imaginó que
hubiesen judíos guatemaltecos. Ya no soy judío, le sonreí, me jubilé.
Cómo que ya no, eso no es posible, gritó como suelen gritar los israelíes.
Se volvió hacia mí. Llevaba puesta una blusa tipo hindú de algún liviano
algodón blanco, jeans gastados y unas alpargatas amarillas.
Su cabello era castaño y tenía los ojos azul esmeralda, si es que existe
el azul esmeralda. Me explicó que recién había terminado su servicio militar,
que estaba viajando por Centroamérica con su amiga y habían decidido quedarse
en Antigua unas semanas para tomar clases de español y hacer un poco de
plata. Con ella, me señaló. Yael. Su amiga, una muchacha seria y pálida
y con unos hombros bellísimos, me había servido la cerveza. La saludé
mientras ellas hablaban en hebreo, riéndose, y creí escuchar en algún
momento que mencionaron el número siete, pero no sé para qué. Entró una
pareja de alemanes y su amiga se fue a atenderlos. Ella agarró mi mano
con fuerza, me dijo que mucho gusto, que se llamaba Tamara, y tomó otro
cigarro sin preguntarme.
Pedí una cerveza y Yael nos trajo dos Mozas y un plato de papalinas. Se
quedó de pie frente a nosotros. Le pregunté a Tamara su apellido. Recuerdo
que era ruso. Halfon es libanés, dije, pero mi apellido materno, Tenenbaum,
es polaco, de Lotz, y ambas pegaron un grito. Resultó que Yael también
era de apellido Tenenbaum, y mientras ellas lo verificaban en mi licencia
de conducir me puse a pensar en la remota posibilidad de que fuésemos
de la misma familia, y me imaginé una novela entera sobre dos hermanos
polacos que creían a toda su familia exterminada, pero que de pronto se
encontraban, tras cincuenta años sin verse, gracias a dos de sus nietos,
un escritor guatemalteco y una hippie israelí, que se habían conocido
por accidente en un bar escocés que no es ni siquiera escocés, en Antigua
Guatemala. Yael sacó un litro de cerveza barata y llenó tres vasos. Me
devolvieron mi licencia y brindamos un rato por nosotros, por ellas, por
los polacos. Luego nos quedamos callados, escuchando una vieja canción
de Bob Marley y contemplando la inmensa brevedad del planeta.
Tamara tomó mi cigarro encendido del cenicero, le dio un profundo jalón
y me preguntó en qué trabajaba. Le dije serio que era un pediatra y un
mentiroso profesional. Levantó una mano como diciendo alto. Me gustó mucho
su mano y no sé por qué recordé una línea de un poema de E.E. Cummings
que cita Woody Allen en alguna de sus películas sobre la infidelidad.
Nadie, le dije mientras atrapaba su mano elevada como a una pálida y frágil
mariposa, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas. Tamara sonrió,
me dijo que sus padres eran doctores, que ella también escribía poemas
de vez en cuando, y supuse que me había atribuido la línea de Cummings,
pero no se me antojó corregirla. Y ella ya no soltó mi mano.
Yael llenó los vasos mientras yo fumaba torpemente con la izquierda y
ellas hablaban en hebreo. Qué pasó, le pregunté a Tamara y, con un puchero
de pesadumbre, ella me dijo que el día anterior alguien le había robado
sus cosas. Suspiró. Estuve caminando toda la mañana, por el mercado de
artesanías, por algunas catedrales, por todas partes, y cuando me senté
en una banca del parque central (así le dicen los antigüeños, a pesar
de que es en realidad una plaza), me di cuenta que alguien había rasgado
mi bolsón con un cuchillo. Me explicó que había perdido un poco de dinero
y también algunos papeles. Luego Yael dijo algo en hebreo y ambas se rieron.
Qué, interrumpí curioso, pero siguieron riéndose y hablando en hebreo.
Apreté su mano y Tamara recordó que yo estaba allí y me dijo que el dinero
no le importaba tanto como los papeles. Le pregunté qué papeles. Sonrió
enigmática, como una vendedora holandesa de tulipanes. Cuatro hits de
ácido, susurró en su mal español. Tomé un sorbo de mi cerveza. ¿Te gusta
el ácido?, me preguntó y le dije que no sabía, que en mi vida lo había
probado. Con euforia, Tamara me habló diez o veinte minutos sobre lo necesario
que era el ácido para abrir nuestras mentes y así volvernos personas más
tolerantes y pacíficas, y yo en lo único que podía pensar mientras ella
peroraba era en arrancarle la ropa allí mismo, enfrente de Yael y la pareja
de alemanes y cualquier otro voyeur que quisiera observarnos. Para callarla
y calmarme, supongo, encendí un Camel y se lo entregué. La primera vez
que probé ácido, me dijo mientras alternábamos el cigarro, con mis amigos
en Tel Aviv, me puse medio dormida, muy muy relajada, y creo que vi a
dios (me parece recordar que dijo dios, en español, aunque también pudo
haber dicho hashem o god o quizás g-d: como los judíos escriben el nombre
de dios para no profanarlo; por si en caso tiran el papel, me imagino).
No supe si reírme y sólo le pregunté que cómo era el rostro de dios. No
tenía rostro. ¿Y entonces qué viste? Me dijo que era difícil de explicar
y luego cerró los ojos mientras adoptaba un aire místico y esperaba alguna
revelación divina. No creo en dios, le dije despertándola de su trance,
pero sí hablo con él todos los días. Se puso seria. ¿No te consideras
judío y tampoco crees en dios?, preguntó en tono de reproche y yo sólo
subí los hombros y le dije para qué y me fui al baño sin darle la menor
oportunidad a un tema tan inútil.
Mientras orinaba me percaté que, pese a estar un poco
borracho, ya lucía una débil erección. Luego me lavé las manos pensando
en mi abuelo, en Auschwitz, en los seis dígitos verdes tatuados en su
antebrazo que, durante toda mi niñez, le creí cuando me respondía que
estaban allí para no olvidar su número de teléfono, y sin saber por qué
me sentí levemente culpable.
Regresé del baño. La voz chillona de Bob Dylan sonaba a lo lejos. Tamara
estaba cantando. Yael había llenado de nuevo mi vaso y coqueteaba con
un tipo que parecía escocés y que muy posiblemente era el dueño del bar
escocés. Me quedé viendo a Yael. Tenía una argolla plateada en el ombligo.
La imaginé en uniforme militar y portando una tremenda ametralladora.
Volví la mirada y Tamara me estaba sonriendo mientras cantaba. A Tamara
sólo podía imaginármela desnuda. Tomé un buen trago hasta vaciar el vaso.
Un anciano indígena había entrado al bar y estaba tratando de vender machetes
y huipiles. Le dije a Tamara que ya iba tarde a una cena, que nos podríamos
juntar al día siguiente. Pero, ¿puedes tú venir de la capital? Claro,
con gusto, treinta minutos en auto. Muy bien, dijo, yo salgo de clases
a las seis, ¿nos juntamos aquí mismo? Ken, le dije, que quiere decir sí
en hebreo, y sonreí a medias. Me encanta tu boca, tiene forma de corazón,
me dijo y luego rozó mis labios con un dedo. Le dije que gracias, que
me gusta mucho cuando rozan mis labios con un dedo. A mí también, dijo
Tamara en su mal español y luego, aún en español y mostrando todos sus
dientes como una fiera hambrienta, añadió: pero me gusta más que me muerdan
los pezones, y duro. No entendí si ella sabía muy bien lo que estaba diciendo
o si lo había dicho en broma. Se inclinó hacia mí y me erizó todo con
un suave beso en el cuello. Estremecido, pensé en cómo serían sus pezones,
si redondos o puntiagudos, si rosados o rojos o quizás violeta traslúcido,
dije en español qué lástima, que yo los muerdo suave, cuando los muerdo.
Pagué todas las cervezas y quedamos en vernos allí mismo, a las seis de
la tarde, sin falta. La abracé con fuerza, sintiendo algo que no se puede
nombrar pero que es tan recio y tan obvio como la fumata blanca del pontificado
en una oscura noche de invierno, y sabiendo muy bien que yo no regresaría
al día siguiente.
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Eduardo Halfon (Guatemala, 1971). Es escritor
y catedrático universitario de literatura. Su último
libro publicado es El ángel literario (Anagrama, 2004).
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