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julio - agosto 2004
Nº 115/116

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Suplemento Sin Ficción
ANTOLOGÍA DE RELATOS DE VIAJE

La guerra en Estambul
Juan Pablo Meneses

Mientras se derrumban las Torres Gemelas, una pareja goza de su viaje por Estambul. Él asiste atónito, desde el televisor del hotel y a través de la CNN, a las imágenes del atentado de Nueva York, mientras que ella quiere proseguir su tour turístico por Turquía. Ninguno de los dos sospecha que su relación acabará también desmoronándose mientras las respuestas al atentado se suceden en devastaciones y conquistas de países poco amigos de EE.UU.

Parecía una tarde cualquiera. El sol se escondía entre las cúpulas de una ciudad repleta de mezquitas. Los turistas volvían de sus excursiones navegables por el Bósforo, de maravillarse con los tesoros de los sultanes o de fotografiar los minaretes de los templos islámicos. Los baños turcos de Estambul estaban a tope y dentro de ellos el vapor apenas dejaba ver los dedos arrugados. Los taxis, fabricados en Turquía en industrias estatales, se juntaban en las luces rojas con modernos BMW y Mercedes Benz de empresarios de Estambul o funcionarios de transnacionales con base en la ciudad. Las adolescentes turcas hacían fila en las tiendas de música para comprar el último disco de Tarkan, el ídolo pop que además era rostro de la campaña de AOLMail para masificar el uso de la red en todo el país. Las mujeres con chador negro y la cara cubierta se negaban a las filmadoras indiscretas, pero se daban maña para comprar a sus hijos una Coca-Cola doble en uno de los tantos Mc Donald's de la ciudad.
Caía la tarde, por eso los clubes nocturnos de la famosa Istiklal Caddesi empezaban a probar las luces y a limpiar los privados para los clientes con más dólares. Las prostitutas recién despertaban; las esperaba una ducha larga antes de maquillarse y partir a los restaurantes de Taksim y el casco viejo. La oficina de migraciones se aprestaba a cerrar tras atender la avalancha de inmigrantes polacos, rusos y ucranianos que venían a realizar sus sueños a Turquía. Las autoridades políticas reiteraban la decisión de no ceder un milímetro a las peticiones de los kurdos en el sur. Todo era normal. Parecía una tarde cualquiera en Estambul.
Pero no era así. Cuando la historia comenzó a cambiar estábamos dentro de un pequeño almacén de bebidas y verduras. Junto a los envases de Cherris, una gaseosa turca a base de cerezas y que ahora es propiedad de Coca-Cola Company, había un televisor sintonizado en CNN Turquía que trasmitía en directo y a todo volumen. Dentro de él, las llamas colgando de una de las Torres Gemelas de Nueva York. Pero no sería todo, porque, en ese mismo momento, otro avión se metía dentro del segundo edificio fatídico de Manhattan. Entonces Kemal, un turco de bigote negro, espalda encorvada y manos azules de tanto manosear billetes, me pasó una Cherris helada y dijo, con una sonrisa mezcla de sincera euforia y de más sincero nerviosismo:
-¡Los americanos están en problemas!
(CONTINÚA EN LA VERSION IMPRESA)

Tres encuentros
Eduardo Jordá

Un obispo exiliado en un hotel de Burundi que siempre cuenta la misma mentira a los turistas, una niña tailandesa que quiere huir a toda costa a Europa y un improvisado recital de poesía en un pueblecito de Irlanda. Tres pequeñas historias, que aparentemente no tienen nada que ver entre sí, tan sólo la brusca belleza del paisaje y la soledad de sus personajes.

Era un día de invierno, frío pero soleado, con altos cirros en el cielo de Sevilla. Al cruzar una avenida me topé con un viejo menudo, arrugado, que hablaba solo y olía a vino. En seguida se me vino a la mente un obispo de Burundi que vivía exiliado en un pequeño hotel del norte del país, en las riberas del lago Cohoha. El hotel se llamaba Grand Hôtel du Nord, aunque no pasaba de ser una pequeña hospedería en la que sólo se alojaban monjas y eclesiásticos. Se decía que aquel obispo se había comportado con cobardía durante la matanza tribal de 1972, y aunque él era hutu, no había querido hacer nada para salvar de la muerte a las personas de su misma etnia masacradas por el ejército. De todos modos, las razones de su exilio nunca estuvieron muy claras. El caso es que, después de la matanza de hutus, el obispo se había indispuesto con la jerarquía eclesiástica, o había caído en desgracia, o había sido denunciado por alguna falta grave de conducta. El caso es que había acabado en aquel pequeño hotel para sacerdotes. Allí se pasaba la vida sentado en el porche, mirando con la cabeza gacha las piraguas de corteza de árbol que cruzaban el lago o el vuelo pausado de las grullas. Siempre se sentaba en el mismo sitio y siempre miraba el lago de la misma forma, recostando el cuerpo contra la pared para evitar desplomarse. Era un hombre pequeño, de rostro sudoroso, que se las había ingeniado para que uno de los camareros del hotel le pasara de tapadillo botellas de whisky y de coñac. No hablaba con nadie y nadie quería hablar con él. Se emborrachaba a solas en su cuarto y luego llegaba tambaleándose hasta el porche. Entonces se ponía a mirar el lago, pero es probable que no viera nada y, más aún, que no tuviera ningún deseo de ver nada.
Una tarde me senté en la mesa de al lado, en el porche del hotel. El obispo movió un poco la cabeza y me miró de soslayo. Estaba claro que no estaba acostumbrado a tener compañía. El obispo tenía una cadenita de plata en la mano y la toqueteaba como si estuviera pasando las cuentas de un rosario. Las largas uñas de sus manos estaban muy sucias (un camarero me había dicho que se le había metido en la cabeza que tenía que enterrar las botellas en el huerto del hotel, porque estaba convencido de que alguien quería robárselas). Llevaba unas sandalias de cuero con calcetines de lana. Aparentaba unos sesenta años, pero quizá era mucho más joven. Por fin me preguntó en francés: "¿Es usted turista?". Hablaba con lentitud, como si le costase encontrar la palabra adecuada. "Más o menos", le contesté. "¿Francés?", me preguntó con desgana. "No, español", dije. "Ah, España… -suspiró-. Una vez estuve allí. Me llevaron a un santuario en una montaña, en el norte, me parece. No recuerdo el nombre. Fui con un grupo de curas belgas y franceses. Un grupo de niños nos esperaba en el santuario. Uno de los niños, el más pequeño, me vio y se asustó. Dijo: 'Tengo miedo' (y el obispo lo dijo así, en español). Luego nos llevaron a un lago. Era un lago de montaña que estaba en un lugar muy hermoso. Mientras paseábamos por la ribera, pensé: 'Ojalá algún día pueda disfrutar de un lugar así'".
(CONTINÚA EN LA VERSION IMPRESA)

A través de las grandes praderas
León Lasa

León Lasa inicia un viaje a Las Grandes Praderas y se encuentra con una América fuera del concepto que la televisión, Internet y los medios de comunicación han posicionado como "el país de la Coca-Cola". El autor nos descubre un territorio situado entre Estados Unidos y Canadá, que se rige por parámetros muy distintos a los de las grandes urbes. Zonas rurales y llanuras que se distancian del cliché de la zona turística. Una descripción de la otra cara de Estados Unidos.

No hay nada, absolutamente nada, que merezca la pena en la región de Las Grandes Praderas, me dijo, en lo que iba a ser el comienzo de una letanía constante, mi compañero de asiento en el tren que iba de Boston a Nueva York. Lo que me dijo aquel ejecutivo de mediana edad, aparentemente bien informado, con el New York Times sobre las rodillas y una taza de café aguado permanentemente llena en las manos, me lo repetiría hasta media docena de veces. También durante el viaje en sí, en más de una ocasión, la gente con la que pude hablar se extrañaba de que hubiera elegido un destino aparentemente tan plano en todos los sentidos. "Como un océano sembrado de maíz. Olvídelo, vaya a California", me espetó antes de despedirse aquel oficinista ilustrado. Pero yo seguía atado a una idea.
Desde que pude leer y soñar de niño en un atlas antiguo, de hojas amarillas y fronteras mil veces rectificadas, los parajes más remotos y exóticos del globo, en aquella época ya tan distante -¡ay!- sin Internet ni televisión, América nunca fue para mí el país de los rascacielos, de los grandes coches y de la Coca-Cola. Por no sé qué motivo extraño, cada vez que mi mirada se paseaba por esa nación del continente americano que se había apropiado completamente del nombre de éste -¿no es también América el Perú?-, más allá de pararse recreándose en la isla que los indios manhattan vendieron a los holandeses por el equivalente actual de veinticuatro dólares e imaginar una vez más cómo sería la vista desde el Empire State, siempre terminaba deslizándose como atraída por un imán hacia el interior, y se recreaba en la contemplación de nombres como Iowa (que yo no sabía que se pronunciaba "aiogua"), Dakota o Nebraska. Esos nombres, sin duda, despertaban en mí muchos más anhelos de viajar y de recorrer las líneas que en trazo grueso o delgado recorrían el mapa que visitar la mítica Nueva York.
Es muy probable que esta fijación infantil arrancara de las sesiones matinales de películas de vaqueros, de ver en la tele las inmensas llanuras verdes pobladas por manadas de búfalos y -en mi quimera geográfica- de las grandes montañas nevadas, que yo ubicaba en los alrededores de un punto que venía a llamarse Omaha. Todavía de adolescente, en ocasiones y con el mismo atlas mustio y de páginas arrancadas -aún no habíamos entrado de lleno en la edad dorada del consumo de masas y mis hermanas y yo compartíamos los útiles de trabajo heredados-, seguía recorriendo con un lápiz sin punta las rutas que iban, por ejemplo, de Lincoln a North Plate o de Rapid City a Sioux Falls, con denominaciones tan evocadoras como lejanas.
(CONTINÚA EN LA VERSION IMPRESA)

La muchacha de los mil dólares
Quim Aranda

Viajar en sí es la excusa. Es la única válida si se quiere emprender viaje a un destino, cuando menos extraño, y no hay razones aparentes para ello. En este relato, sin embargo, Quim Aranda intenta descubrir esa justificación real que le lleve a escalar las montañas de Nepal, cuando él ni siquiera ha subido a Montserrat.

Había soñado con el viaje -con aquél o con cualquier otro- mucho antes de emprenderlo. No; mucho antes, no. Tan sólo unas pocas semanas antes. Porque el que finalmente me llevaría a Nepal, a los valles del Annapurna, se había iniciado en Egipto, sobre un mapa de folleto turístico en un local -Viajes Aster- de la vía Augusta de Barcelona: remonte del Nilo, cocodrilos en su salsa, pirámides, arena y más arena, camellos y, por qué no, Agatha Christie, la momia o su reencarnación. Días después, cancelada tal posibilidad por falta de quórum, el dedo no tuvo otra alternativa que descender sobre el mismo plano-mapa: una cara de oficinista que miraba, curiosa, el movimiento de un índice dubitativo, que se detuvo en Uganda, al alcance de la mano y del presupuesto. Dedo ignorante todavía de la versión de Hollywood sobre los famosos gorilas, en su salsa o en su niebla, sin esperar, pues, un encuentro con Sigourney Weaver o Dian Fossey, más deseo de la primera (Alien) que de la segunda (desconocimiento). Faltó también quórum, el destino, supuse, y acabé, sin habérmelo propuesto al principio -¿tal vez al principio de los tiempos?-, casi sin tener conciencia de ello, siguiendo los pasos de unos amigos con bastantes más años que yo. A finales de los setenta y principios de los ochenta se habían desplazado a Katmandú, billete de ida y vuelta, a pasear por el barrio de Thamel, a comer pizza en la Cimballi, refugio de alpinistas esquilmados por las montañas; a comprobar qué quedaba de lo que sabían y de lo que les contaron sus mayores: ¿Existieron alguna vez los Freak Brothers o eran sólo unas viñetas de cómic underground de California sin vínculos con la realidad? Y Freak Street, de donde los fumados personajes tomaban el nombre y la aureola, ¿hubo una vez un santuario hippy en Nepal que se llamó así? Aún hoy, Freak Street es una de las calles más populares del viejo Katmandú.
Los sueños de las dos o tres semanas previas a la partida fueron proyecciones demasiado adolescentes de lo que creía que allí me esperaría: ideas preconcebidas sobre el desconocido país de destino. Como carecía de ninguna concreta, ni siquiera de fotos, echaba mano de lo que más a mano tenía, que no era mucho, aunque sí sugerente, evocador. Eso creía.
(CONTINÚA EN LA EDICION IMPRESA)

Birmania. El opio de los pueblos
Martín Caparrós

La religión no es precisamente el opio del pueblo en Birmania, la primera nación productora mundial de opio. Sin embargo, su verdadera heroína se llama Aung Suu Kyi, líder de la oposición democrática de un país donde florecen por igual la amapola y la economía de mercado, en extraña convivencia con una banda de generalotes estalinistas que juegan golf y proclaman el control social. La heroína demócrata lleva algún tiempo arrestada en su propia casa esperando su momento. La otra heroína sigue libre y produce ingresos de treinta mil millones de dólares al año para unos pocos bolsillos. Birmania sigue siendo uno de los países más pobres del mundo. Hasta allí llegó el escritor Martín Caparrós para contarlo en su libro La guerra moderna (1997).

La chica debe de tener veintidós años, o quizás dieciséis, los labios muy de rojo carmesí y un extraño polvo de oro sobre las mejillas. La chica habla un inglés aproximado y se ríe tímida ahora, mientras me cuenta que ayer, en esta misma calle, 2.000 estudiantes salieron en manifestación por primera vez en mucho tiempo.
-¿Cuánto tiempo?
-No sé, yo no había visto nunca otros.
-¿Y qué hacían?
-Daban vueltas y vueltas, gritaban unos cantos. Estuvieron hasta las tres de la mañana.
Los paseantes nos miran, tratan de ver qué hacemos o decimos.
-¿Y te parece bien o mal?
-A mí no me parece. Estaban.
Dice, con sus brillos de oro en las mejillas y los ojos bajos, y yo quiero pedirle disculpas aunque no sepa cómo. Se está arriesgando demasiado. Aquí, en Birmania, cualquier charla puede costar muy cara. Los militares cobran. Es complicado hacer de periodista en un país donde cualquiera que te cuente algo se está jugando todo. La cuestión es interesante: ¿hasta dónde preguntar, cómo hacer para saber si el deseo de saber pone en peligro al que te cuenta? Y mi situación tampoco es clara. Birmania no da visas para periodistas: todavía en Bangkok, varios colegas me avisaron que, si me llegan a descubrir hurgando, lo puedo pasar mal, y que la mitad de la gente que me cruce van a ser informantes de la policía. Aquí, en Birmania, la vida es sobre todo lo que no se dice, el silencio que se oye en todas partes.
(CONTINÚA EN LA EDICION IMPRESA)

Brasilia es nombre de gata ciega
Jorge Carrión

Hay una Brasilia física y una metafísica, dice el cronista Jorge Carrión. La primera es una ciudad ordenada y mental, una capital inventada por un puñado de arquitectos luego de dividir cartesianamente el espacio físico e implantar millones de árboles alrededor de un lago artificial. La segunda es la Capital de la Civilización Acuariana, paraíso energético y destino favorito de toda clase de sectas y cultos sincréticos. Pero no sólo de supercuadras y santones está hecha la utopía Brasilia. Aunque el sueño de la razón produjo un monstruo urbano frío, más parecido a un museo que a una ciudad, la era postutópica está llegando.

Tengo la impresión de estar llegando a otro planeta", dijo el astronauta Yuri Gagarin cuando alunizó en Brasilia. Son las siete de la mañana y llueve cuando el autocar -en travesía nocturna desde Belo Horizonte- me deja en el Rodoferroviario. La lluvia tiene la consistencia del blanco y negro cinematográfico: me acompaña en los dos autobuses de línea que tengo que coger para llegar a la supercuadra 406 del Ala Sur de la ciudad. El primero recorre de cabo a rabo el Eje Monumental, avenida imperturbablemente recta que desemboca en la catedral. El segundo entra en la cuadrícula donde se encuentra el apartamento en que debo alojarme. En él me esperan Carol y Javier, una pareja de médicos españoles que lleva seis años viviendo aquí.
Los conocí en otra ciudad onírica: Machu Picchu. Él es neurólogo, y ella, psicóloga; aprovechan sus vacaciones para investigar sobre temas antropológicos relacionados con el cerebro. En Perú, por ejemplo, recogieron datos sobre las trepanaciones. Ahora, algunos meses después de nuestras caminatas por las ruinas incaicas de una ciudad antitética a ésta, entiendo que sólo podían vivir en una ciudad mental como una encefalografía.
Dicen que a vista de pájaro la capital de Brasil tiene forma de avión; si es así, me cobijo en una de sus alas. Otro planeta, dijo Gagarin, y su currículum demuestra que sabía de qué hablaba. El mío es más terrenal, pero opino que tenía razón.
(CONTINÚA EN LA EDICION IMPRESA)