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julio - agosto 2004
Nº 115/116

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Rodrigo Fresán
"El mío es un realismo lógico"

Entrevista de Robert Juan-Cantavella

Dice que una de las grandes influencias de su escritura no es literaria, es The Beatles, y que por eso cuando empieza un libro lo primero que hace es grabar un track, una base rítmica que es el esqueleto de la historia, y que luego decide, con la óptica de un productor, que "aquí voy a poner ruidos de automóviles, aquí una guitarra, aquí un solo… Lo que a mí me divierte realmente de la escritura es la ecualización del texto". Rodrigo Fresán ganó el I Premio Lateral de Narrativa con Jardines de Kensington (Mondadori, 2003). Un libro que, como se verá a continuación, todavía sigue ecualizando y que, a juzgar por el criterio de esta revista, fue el mejor del año 2003.

¿Por qué Peter Pan?
No había ningún motivo preconcebido, Peter Pan no fue uno de mis fetiches infantiles, ni siquiera recuerdo haberlo leído de niño, y tampoco sabía nada de la vida de Barrie. Hasta que un día haciendo zapping vi un documental sobre él en la tele y dije: "Aquí hay un libro". Me interesa esto.

Entonces, ¿Barrie fue sólo una excusa para escribir la historia de un escritor?
No. O no sólo eso. Me interesa escribir sobre constantes que aparecen en todos mis libros, como el tema de la niñez, el tema de la muerte y el tema de cómo se deforma una persona para que se forme un escritor. Y la figura de Barrie reunía y hacía comulgar todos esos factores en una persona, ergo en un personaje para mí.
De todas maneras, durante la escritura del libro sí hubo una obsesión progresiva con Peter Pan y con Barrie. Yo creo más en obsesionarse con los temas mientras uno los va escribiendo a obsesionarse a priori y luego sentarse obsesionado. Me gusta mucho en ese sentido que la respiración del escritor a medida que va escribiendo un libro se parezca en lo más posible a la respiración del lector a medida que lo va leyendo.

Esa mitificación de la infancia a la que juega el libro, como la de Barrie, son las dos muy frías. Pareces estar muy lejos de lo que cuentas.
Sí. Me interesaba que el personaje de Peter Hook tuviera eso que dices, una especie de concepción clínica, casi de cirujano, como si estuviera practicando su propia
autopsia.

Y la estructura de la novela, ¿también fue creciendo con el libro o la tenías clara desde el principio?
Sólo había cosas a las que sabía positivamente que no quería que el libro se pareciera, libros anteriores que a mí me parecen admirables. Uno era La tía Julia y el escribidor, de Mario Vargas Llosa. Otro era El paciente inglés, de Michel Ondaatje, que también es una mitificación de una persona que existió filtrada por la fantasía, por la operística y por una historia de amor. Otro libro -que éste incluso lo pensé cuando ya había terminado el mío- es Las horas, de Michael Cunningham, la idea de que está incitado fuera del libro con una serie de variaciones sobre el libro de Virginia Woolf.

¿Cuál es el límite que te has marcado en cuanto a la reproducción veraz de la vida de Barrie?
No, en verdad, no marqué ningún límite. De todas maneras, en la vida de Barrie lo que yo inventé es poco y nada. La vida de Barrie a mí me parece tan insoportablemente novelesca que no podía creerlo. Lo que me atraía un poco de utilizar una persona verdadera es eso. Otros libros míos, como puede ser Mantra o La velocidad de las cosas, son un poco como trenes que corren a campo abierto. Aquí es también un tren, pero la vida de Barrie funciona como sus rieles. Hay una especie de pacto implícito y aceptado cuando alguien escribe una novela en primera persona que para mí es completamente erróneo: es que, para el lector, todo lo que esa persona está contando es real, porque ha llegado a ser parte de un libro. Es el libro el que hace verosímil cualquier cosa que en él se cuente, y el narrador no puede mentir. Lo que yo quería es que el libro estuviera trufado de mentiras, mentiras que en ningún momento se vean como mentiras.

En esta utilización de personas reales como personajes de ficción, ¿te reconoces dentro de una tendencia de la literatura actual que vería como un poco inútil inventar una serie de elementos que ya puedes tomar, digámoslo así, crecidos y con todos sus atributos?
Yo suelo distinguir dos grandes grupos en la comunidad de escritores, los escritores que leen y los lectores que escriben. Yo soy claramente un lector que escribe. Y me atrae la idea de escribir un libro como si yo fuese su primer lector, cosa que es cierta, el escritor es siempre el primer lector de su libro. Así, cuando hay una historia que me interesa y que me hace olvidarme de todos los argumentos para no escribir un libro -que son muchísimos-, con eso me alcanza y me sobra. Quiero decir que no suelo pensar si un rasgo de mi escritura forma parte o no de una tendencia.

Tienes nueve libros en marcha. ¿Cómo se hace eso? ¿Avanzan en paralelo?
Bueno, están ahí, sigo tomando notas y sigo pensando en ellos. Tal vez sean un seguro para mi vejez, o tal vez se publiquen las nueve libretas en edición facsímil. O tal vez simplemente las pierda en una mudanza.

¿Y qué me puedes contar de ellos?
Del que estoy escribiendo no quiero hablar mucho. Pero la verdad es que me he dado cuenta de que Jardines de Kensington va a funcionar como el primer volumen de una especie de trilogía histórica. El tercero, es un proyecto mío postergado, es uno de esos nueve libros, en el que el protagonista es Albert Speer, el arquitecto que Hitler escogió para construir el nuevo mundo.

En la solapa de Jardines de Kensington también se habla de uno titulado Pop.
Pop es un libro que recoge tres novelas cortas. En una de ellas, titulada Little, vuelve a aparecer Peter Hook.

¿Te das cuenta de que con este título creas muchas expectativas?
Sí, pero no sé si finalmente se va a llamar Pop.

Porque cabría esperar que fuese una especie de summa, una broma infinita.
Ya. Lo que pasa es que se me ha puesto esa etiqueta de escritor "pop"…

Es cierto, pero no creo que de forma errónea.
Sí, pero también me parece que el pop es un signo de los tiempos, no creo que sea un determinante de mi narrativa, ni tampoco un descubrimiento de mi narrativa. Quiero decir que en el momento en que salió El Gran Gatsby, era un libro tan pop como son mis libros ahora. El pop está vinculado a la época. Todo es pop en determinado momento. Es cierto que me interesa muchísimo la figura de Andy Warhol, por ejemplo. Me parece uno de los grandes profetas del siglo xx. Yo creo que hay dos personas -una es Andy Warhol y otra es Philip K. Dick- que supieron ver el mundo que se venía, y que se murieron en el momento en que el mundo comenzaba a parecerse a sus obras.

Entonces, ¿cómo definirías tu estética?
Por ir al tópico, te diría que en lugar de sentirme parte del realismo mágico, yo abogo por el realismo lógico. Es como una especie de versión de la antimateria o agujero del realismo mágico. El realismo mágico es un tono realista puntuado con elementos fantásticos, y yo escribo desde un punto de vista opuesto: una especie de paisaje completamente freak donde introduzco datos lógicos. Las costuras de mis delirios son elementos racionales. Podríamos decir que, a la teoría del iceberg de Hemingway -donde hay poco sobre la superficie y mucho abajo, sumergido-, yo opongo la teoría del glaciar, donde también sobre la superficie hay una gran masa de hielo.
Por otra parte, hay que tener en cuenta que, muchas veces, para el escritor el estilo no es otra cosa mas que la plasmación de un fracaso. Es decir, a fuerza de tratar de hacer algo, que unas veces sale y otras no, se acaba haciendo otra cosa, y es de ésta de donde se sacan las razones para hablar del estilo de uno. Muchas veces el estilo está hecho de las esquirlas de algo que explotó, más que de algo que se ha conformado.

Borges decía que publicar sirve para dejar de corregir. Villoro dijo en la presentación de Alan Pauls en Barcelona que le daba miedo ir a tu casa porque tus discos de Bob Dylan siempre tienen más canciones que los suyos. Barrie no dejaba de retocar sus obras de teatro, estreno tras estreno. Y tú has hecho lo mismo con Jardines…, cuya próxima edición española tendrá unas cincuenta páginas más.
Ésa fue una de mis grandes excusas a la hora de seguir escribiendo el libro: decir que, bueno, he sido poseído por Barrie… Pero sí, es cierto que me ha costado más trabajo desprenderme de este libro que de otros.

Y ¿por qué?
Simplemente porque se me han ido ocurriendo cosas después, cosas que luego vienen y que te comentan sobre Barrie, que he leído en otros libros que entonces no
conocía.

Lo cierto es que estos fragmentos que has añadido siguen recreando el ambiente, pero no hay datos decisivos.
No, no quería hacer eso. En ese sentido, el libro está terminado. Cambiar el libro de una manera radical me parecería una estafa para con los lectores. Los fragmentos que he añadido son casi como producciones del texto.

¿Crees que este trabajo de postproducción tiene algo que ver con el hecho de que los escritores trabajen con ordenadores?
Sí, los ordenadores han cambiado nuestra forma de escribir. Para empezar han acabado con la idea de la revisión tal como la conocíamos antes, que suponía pasar todo a limpio. Antes podías decir claramente: "Lo escribí tres veces"; ahora tal vez lo has escrito doscientas. Además hay libros que son inconcebibles sin ordenador. En busca del tiempo perdido o Moby Dick, a mí me parece inconcebible que se hayan escrito a mano, sin ordenador, pero La broma infinita, por ejemplo, me parece simplemente imposible.