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julio - agosto 2004
Nº 115/116

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Ficción

La niña esqueleto
Diego Vecchio

Desde su más tierna infancia, Kati Ishiyama fue de muy poco comer. Delgada, discreta, deportiva, estudiosa, en una palabra, delicada como un cervatillo que espanta con la oreja una mosca y vuelve a dormirse, Kati era considerada por todo el mundo, sin excepción, como una niña ejemplar, a no ser por un solo defecto: en cuestiones alimentarias, era insoportablemente caprichosa.
Su madre, una británica que había aprendido los secretos de la cocina japonesa mejor que una cocinera japonesa, se empeñaba en prepararle los manjares más exquisitos. Cada mañana iba al mercado para comprar las frutas y verduras de la temporada, los pescados y las carnes de mejor calidad. Cuando le preparaba un cuenco humeante de kakitama-jini (sopa de huevo hilado), Kati hacía una morisqueta de disgusto: detestaba la yema. Lo mismo ocurría con los o-sobu (spaghettis de trigo sarraceno, con salsa de soja). Cuando le servían una porción de buey sukyaki o cerdo tonkatsu o incluso de pollo tyriyaki, dejaba el plato sin tocar: le asqueaba la carne en general. Ni hablar del norimaki sushi (pescado crudo enrollado en alga nori con arroz y un punto de mostaza): la sola idea de comer pescado crudo con algas le causaba arcadas, la sola idea de probar un poco de arroz aglutinado la descomponía. A decir verdad, muy pocos alimentos, por no decir ninguno, le caían en gracia.
En vez de obligarla a alimentarse correctamente, la familia se sometió a tales caprichos. Su padre, un japonés que había viajado por todo el mundo y que había estudiado psicología, estaba suscrito desde hacía años a varias revistas de pedagogía avanzada. No había nada que lo indignara tanto como la violencia, sobre todo la violencia física, aunque también la violencia simbólica y nada que considerara tan dañino para el psiquismo de un niño como el abuso de autoridad, sobre todo en cuestiones alimentarias. Hostil a los así llamados métodos duros, empleados tan a menudo por sus contemporáneos para obligar a un niño a tragar sin chistar una cucharada de aceite de hígado de bacalao, el señor Ishiyama, armado de una infinita paciencia, intentaba convencer a la pequeña Kati, por medio de explicaciones razonables, de que comiera, aunque sólo fuera una cucharadita de sopa helada de mango y leche de coco. Así, se sentaban a la mesa, junto a su hija única, y le exponía, a veces durante horas, con infinita paciencia, las virtudes nutritivas de los alimentos y, si esta estratagema fallaba, intentaba ganarse los favores de la imaginación, contándole alguna historia con fantasmas, haciendo aparecer, disimuladamente, para abrirle el apetito, algún cereal, alguna fruta, alguna carne. De este modo lograba que Kati diera, no sin desgano, un sorbo o un mordisco. En realidad, cuando sus padres no la veían, Kati envolvía la comida en una servilleta y la arrojaba al tacho de basura. En su defecto, se la daba al perro.
A los doce años, cuando Kati se convirtió en una colegiala espigada, con el pelo largo hasta la cintura, teñido de fucsia, la pérdida del apetito se agudizó. Kati Ishiyama restringió aún más su alimentación. Ahora sólo comía shoga suzuke (fetas crudas de jengibre, aromatizadas con vinagre, y nada más que fetas crudas de jengibre, aromatizadas con vinagre). Los padres no tomaron conciencia de la gravedad de la situación. Vieron en este gesto una manía extravagante y hasta elegante. Consideraban que la obesidad era algo horriblemente vulgar.
Al cabo de un tiempo, el cuerpo de Kati empezó a desmaterializársele. Los incipientes senos se le hundieron en las costillas. Los brazos y piernas fueron perdiendo carne, hasta convertirse en cuatro alambres. En lugar de los ojos y de la boca, se le formaron tres agujeros. La hermosa cabellera teñida de fucsia se le puso quebradiza y empezó a caérsele. Se quedó pelada. Las reglas desaparecieron. Kati Ishiyama se transformó en un verdadera Niña Esqueleto, que nadie podía ver sin estremecerse. Era la imagen misma de la muerte.
(Utilizo las mayúsculas para darle un poco más de sustancia a esta pobre criatura, que tenía tan poca).
Entonces sí, Kati (43 kilos) dejó de comer por completo. Ni siquiera soportaba las fetas crudas de jengibre, aromatizadas con vinagre. Entonces sí, los padres empezaron a preocuparse e intentaron hacer algo. Pero ya era demasiado tarde. A estas alturas, de nada valían las explicaciones científicas, ni las historias de fantasmas, ni siquiera una buena paliza, bien dada. Kati había perdido las nalgas. No hubo forma de devolverle el apetito. No hubo forma de hacerle ingerir alimento. No hubo forma de hacerle razonar. A los padres no les quedó más remedio que la medicina.
Apareció entonces una divergencia.
El señor Ishiyama consideraba que, para devolverle el apetito a Kati (42,5 kilos), lo mejor era llevarla a consultar a un médico nutricionista. La señora Ishiyama, en cambio, pensaba que lo mejor para devolverle el hambre a Kati (41,8 kilos) era recurrir a algunas de las medicinas alternativas que les ofrecía el Japón, mucho menos agresivas que las medicinas occidentales, más naturales y en perfecta armonía con el cosmos. Kati (40,7 kilos) sólo quería que la dejaran en paz.
Mientras la hija se les evaporaba, los padres discutían interminablemente sobre los pros y los contras de la medicina oriental y la medicina occidental, sin llegar a ponerse de acuerdo. Era necesario actuar. Hacer algo. Lo que fuera. A espaldas de la madre, el señor Ishiyama llevó a Kati a un nutricionista, que le recetó unas inyecciones subcutáneas. Y a espaldas del padre, la señora Ischiyama llevó a Kati a consultar un médico acupuntor, que le clavó unas agujas en el centro del hambre, situado en la planta del pie derecho.
El resultado, como suele ocurrir cuando se combinan medicamentos incompatibles, no fue el esperado. La acupuntura intensificó los efectos de la inyección subcutánea y la inyección subcutánea alteró los efectos de la acupuntura. La falta de apetito se convirtió en apetito voraz. Y en vez de recuperar el hambre por los alimentos, Kati recuperó lo que hasta entonces nunca había poseído: el hambre por los libros. La Niña Esqueleto se transformó en una verdadera piraña literaria.
En menos de una semana, Kati Ishiyama, que, como todos los niños de su edad, prefería a los libros los juegos de vídeo, las historietas manga o los shopping centers, se tragó sin saltar una letra ni un ideograma, pues leía tan bien en inglés como en japonés, toda una estantería de la biblioteca de su padre, que contenía nada más y nada menos que cincuenta y dos volúmenes. Nada es casual. Para aquella época, Kati había alcanzado su peso normal: 52 kilos.
Los padres estaban más que felices. En secreto, el señor Ishiyama se felicitaba de los progresos de la medicina occidental. Y también en secreto, la señora Ishiyama se enorgullecía de los logros de la medicina oriental. Mientras tanto, acurrucada en la cama, Kati leía con tanta glotonería que ya no se sabía muy bien quién devoraba qué: si Kati a los libros o los libros a Kati.
Ocurrió lo que fatalmente tenía que ocurrir.
Una tarde, en que se leyó de un tirón una novela rusa decimonónica, se le revolvió el estómago. El adentro, parece ser, se volvió un afuera. Y el afuera apareció por primera vez como algo en estado avanzado de fermentación que no soportaba estar adentro: restos de una literatura, mal masticada y tragada atolondradamente, que resistía a los efectos del ácido clorhídrico.
Kati descubrió que no todos los libros eran buenos para la salud. Había libros exquisitos y libros desabridos. Había libros ligeros y libros pesados, como un huevo frito. Así como es muy importante tener una dieta equilibrada, observando la proporción de proteínas, glúcidos, lípidos y vitaminas, también es importante cuidar la calidad de las lecturas.
¿Cómo garantizar la salud del lector? ¿Cómo distinguir la literatura digesta de la indigesta? ¿La literatura biológicamente controlada de la literatura con fecha vencida?
A partir de entonces, meditó y reflexionó sobre estas preguntas tan cruciales, en busca de un criterio infalible que permitiera distinguir, sin equivocación, lo Digesto de lo Indigesto, lo Comible y lo Incomible, lo Esencial de lo Accidental en Literatura.
Desde luego, la Niña Esqueleto no era la primera persona ni será la última en dejarse mortificar por tales problemas. Muchos ya habían formulado los mismos interrogantes, casi con las mismas palabras y la misma ansiedad, pero, a decir verdad, muy pocos habían propuesto una solución, digna de este nombre. Algunos aseguraron que sólo hay que leer las obras universales: aquellas que, a pesar de los siglos, la caída de los Imperios y la muerte de la lengua, pueden ser leídas como si acabaran de ser escritas. Otros, que sólo hay que leer las obras extrañas: aquellas que nos hacen percibir lo que percibimos todos los días bajo la luz de la primera percepción. Otros, que sólo hay que leer las obras densas: aquellas que logren concentrar en un mínimo de sonidos un máximo de sentido. Otros, que sólo hay que leer las obras intensas: aquellas que produzcan un escalofrío que marque en nuestras vidas un antes y un después...
Ninguno de estos criterios satisfacía cabalmente a nuestra Niña Esqueleto. Hay obras universales, replicaba, que pueden ser veneradas durante milenios y que un día, por obra de un chasquido de dedos, pueden transformarse en carroña y obras extrañas que, con el paso del tiempo, se vuelven triviales y obras densas que, al ser traducidas, se desinflan y obras intensas que producen una emoción violenta en ciertos lectores, pero que dejan de piedra al resto del público. Sólo una inteligencia de gordo chancho puede reducir la Literatura a una cuestión de universalidad, extrañeza, densidad o intensidad.
Cierto.
Muy cierto.
Demasiado cierto.
Pero entonces ¿cómo elegir?
Tras mucho cavilar, Kati Ishiyama dio con un criterio. Este criterio era, y no es muy difícil adivinarlo, el ayuno. Sólo hay que leer los libros que alimenten, sentenciaba. Y el libro que mejor alimenta, proseguía, y de esto sospechamos que algo sabía, es aquel que tiene menos sustancia.
Kati Ishiyama empezó a leer de ahí en más, con esta exigencia. Muy pocos libros, por no decir ninguno, le caían en gracia. Siempre encontraba una mosca flotando en el plato de sopa, que le echaba a perder el placer de leer. Hasta el haiku, tan celebrado en Oriente y Occidente por su brevedad, le parecía demasiado charlatán. ¿Para qué decir en diecisiete sílabas distribuidas en tres versos lo que puede decirse perfectamente en un solo verso, con unas pocas sílabas?
Hasta el día de hoy, proseguía, dando un tremebundo puñetazo contra la almohada, que le hacía crujir de manera inquietante todas las falanges descalcificadas, la Literatura no ha visto el Libro. El Libro, no desde el punto de vista de la Palabra o la Idea, que es el libro de los angurrientos y de los cretinos, sino el Libro desde un punto de vista estrictamente nutritivo. Esto es: un libro que nos alimente y que al mismo tiempo nos deje al final con más hambre de leer que al principio. Seme-jante libro, se decía la Niña Esqueleto, dejándose caer exhausta, aún no fue escrito. Semejante libro, seguía diciéndose, irguiéndose de golpe, tiene que ser escrito.
Y fue lo que hizo.
Kati (58,7 kilos) se proponía nada más y nada menos que reducir la Literatura, esto es, lo que una banda de charlatanes había dicho en cien mil páginas, a unas pocas palabras fundamentales, esenciales, apodícticas. Como era natural, Kati Ishiyama (62,4 kilos) tenía la pretensión de inaugurar una verdadera Literatura Esquelética, en que los huesos fueran ya no la ausencia de músculos y nervios, sino el armazón que quedaba al final del ayuno radical, el sostén de la carne del lenguaje.
Para llevar a cabo este proyecto, se puso a escribir, todos los días, sin excepción, ella que hasta entonces había preferido los gatos siameses, las conversaciones telefónicas, los distintos tonos de tintura fucsia o los dibujos animados a la escritura.
Al cabo de un tiempo de trabajo ininterrumpido, Kati (65,9 kilos) concluyó un libro que intituló Miniaturas: primera tentativa de literatura en ayunas. Se trataba de un centenar de libros de la así llamada literatura universal reducidos a piel y hueso. Con este trabajo, Kati Ishiyama (68,5 kilos) intentaba demostrar que lo que algunos llaman Obras Maestras no son más que Obras Obesas.
Mientras tanto, Kati había alcanzado los 75 kilos, transformándose en una gorda culona y pechugona, lo peor de todo: siempre de mal humor, como si el aumento de peso le hubiera hecho aumentar la agresividad. Tenía que ponerse a régimen. Y fue lo que hizo, comiendo fetas crudas de jengibre, aromatizadas con vinagre, y nada más que fetas crudas de jengibre, aromatizadas con vinagre, y nada más que fetas crudas de jengibre, aromatizadas con vinagre.
Desde luego, este libro la dejaba profundamente insatisfecha. Puesto que, en materia de ayuno, siempre es posible ir aún más lejos. Kati quería llevar la literatura hasta su vocación primera, que era no la palabra pura, como tantos creían equivocadamente, ni siquiera el silencio, palabra muda, como tantos otros afirmaban tan bulliciosamente, sino la palabra adelgazada, esto es, la palabra escrita y borrada, puesto que, a su entender, la literatura, aquello que llamamos literatura, se había transformado en un ridículo luchador de sumo, que había que "desumar", para utilizar el único neologismo que despertaba su simpatía. ¿Para qué inventar nuevas palabras, habiendo tantas?
Hay que escribir, prescribía, no con la lapicera fuente sino con el borratintas, a base de lavandina. El Libro, decía ahora, es la página casi en blanco. Y por favor, agregaba altiva y casi furiosa, que nadie me malinterprete. No se trata de la célebre y patética página en blanco que tantos escritores encuentran al principio del libro y que tanto los atemoriza, en virtud de un estúpido afán de llenar y colmar. Mi página en blanco, y Kati corregía, mi página casi en blanco es la que aparece al final, tras un largo y paciente trabajo de ayuno, arremetiendo contra todos los excesos de lenguaje: la página en blanco, no como punto de partida, en que todavía no se puede leer nada, sino como punto de llegada, en que toda la Literatura pueda leerse borrada.
Con semejante proyecto, Kati Ishiyama se puso nuevamente manos a la obra, con una devoción que, al mismo tiempo, conmovió y aterró a sus padres, que se dieron cuenta de que su hija se les estaba evaporando otra vez. Para escribir semejante libro, hacía falta no el cuerpo magro de una muchacha japonesa sin apetito, sino el cuerpo de un paisano normando, de buen comer, bien entrado en carnes.
Desesperados, los padres no sabían qué hacer. Mientras la hija se les desmaterializaba, discutían interminablemente sobre las ventajas y desventajas de la medicina oriental y occidental, sin llegar a ponerse de acuerdo. Era necesario actuar. Hacer algo. Lo que fuera. A espaldas del padre, la señora Ishiyama llevó a Kati (41,3 kilos) a un nutricionista, que le recetó unas inyecciones subcutáneas, para devolverle el hambre. Y a espaldas de la madre, el señor Ishiyama llevó a consultar un médico acupuntor, que le clavó a Kati (40,1 kilos) unas agujas en el centro del apetito, situado en la planta del pie izquierdo. Como era de esperar, el resultado de ambos tratamientos fue nulo. La inyección subcutánea neutralizó el efecto de la apucuntura. Y la apucuntura neutralizó el efecto de la inyección subcutánea. A todo esto, Kati (39,4 kilos) no sólo había dejado de comer, sino que también había dejado de leer. Estaba totalmente absorbida por la escritura.
Kati Ishiyama escribía tachando, suprimiendo, sustrayendo, con un ímpetu que nadie sabía de dónde sacaba. Escribía borrando lo que aún no había escrito. Escribía tejiendo, como una Niña Araña, una tela sin hilos, sin insectos, sin trama. Siempre había algo de más. Siempre escribía demasiado. Sólo se regocijaba cuando, al borrar, la página se le agujereaba. Entonces, se decía: "La Literatura, hasta el día de hoy, no ha sido más que una Cortesana Gorda que siempre habló con la Boca Llena". O bien: "Reducir, reducir y reducir hasta que los microbios parezcan hipopótamos". O bien : "Tengo frío, mucho frío".
Kati Ishiyama llegó a escribir una novela de siete palabras, tal vez el libro más bello que se haya escrito hasta el momento: "Una camelia cae y desnuca un tábano". Agotada por este trabajo, se extinguió un día de primavera, a pesar del valor energético del jengibre, aromatizado con vinagre, cuando su cuerpo llegó a los 33 kilos, curiosamente el peso promedio de las camelias, multiplicado por cien. Nada es casual.
Entonces sí, sus padres se divorciaron.

Diego Vecchio (Buenos Aires, 1969). En Argentina ha publicado Historia calamitatum (2000) y Egoicidios: Macedio Fernández y la liquidación del yo (2003).