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febrero
2004
Nº 110

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Narrativa USA: Nuevos cronistas
del planeta de los simios
Juan Trejo Álvarez
Algunos la han llamado next generation. Está
formada por un grupo de jóvenes escritores estadounidenses que,
a su vez, encarnan dos tendencias. Partiendo de un ensayo de David Foster
Wallace y otro de Jonathan Franzen, Juan Trejo articula la nueva narrativa
de estos autores entre los "irónicos reverentes" y los
"realistas trágicos". Todo un reto.
En 1968, la película El
planeta de los simios aportó a la imaginería de Occidente
una de las visiones más aterradoras que haya podido alcanzar a
condensar un relato de ficción. El coronel George Taylor, interpretado
por Charlton Heston, cae por error con su nave espacial en un planeta
desconocido dominado por simios inteligentes. Tras pasar una temporada
sometido a la tiranía de ese orden inverso y siniestro, huye hasta
alcanzar una playa desierta en la que se topa con los restos de la que
en su día fue la estatua de la Libertad, viéndose obligado
a asumir de un solo golpe la dolorosa e inesperada verdad.
En esa imagen final, nihilista y clarividente, muchos creyeron ver materializada
la amenaza del holocausto nuclear, el presagio del horrible futuro que
acechaba bajo el precario equilibrio de la guerra fría. Sin embargo,
pasado el tiempo, hemos podido comprender que aquellos patéticos
restos no hablaban del futuro sino del presente, pues se trataba del retrato
metafórico, o subconsciente si se prefiere, del estado en que se
encontraban Estados Unidos en aquel momento.
Algo sucedió al pasar de los años sesenta a los setenta
en el transcurrir de los acontecimientos que rompió el correlato
histórico. Como nunca anteriormente hasta ese momento, los integrantes
de la generación de escritores norteamericanos nacidos en los sesenta
se encontraron frente a un mundo dominado por la ironía, sin posibilidad
de recurrir a modelos del pasado que les resultasen útiles, ni
para desarrollarse socialmente ni para explicar(se) lo que veían;
se había levantado una barrera, un gran muro, que los separaba
de las generaciones precedentes. El muro que les separaba de ellos era
el que indicaba el cambio de un mundo tangible a uno virtual.
Existen varios factores que pueden explicar, de un modo menos lateral
de lo que parece, la transformación producida en la comprensión
de la realidad, la evaporación de la solidez. En primer lugar,
el desarrollo de la posibilidad real de la destrucción del mundo
debido a una guerra atómica, conllevó un profundo desapego
de la idea del continuo temporal, pasado-presente-futuro, así como
de la idea de la responsabilidad individual histórica, pues el
mundo podía desaparecer en cualquier momento y de forma arbitraria
por medio de artefactos de poder indescriptible. En segundo, la salida
al espacio, como señala Hans Blumenberg, llevó a ver el
planeta Tierra por primera vez como una simple bola flotando en el espacio
vacío, alterando así para siempre, debido al poder de la
imagen, el concepto de tierra firme. En tercer lugar, en 1971, las principales
economías del mundo capitalista, con el gobierno Nixon a la cabeza,
establecieron un nuevo orden monetario internacional basado en el "patrón
dólar", haciendo de esa moneda la única reserva de
todo el orbe, ya sin convertibilidad con el oro; con ello, la economía
pasaba a ser una cuestión puramente numérica, abstracta
por completo y sin relación última con un material sólido
ancestral de valor establecido. Y, por último, con las escuchas
del Watergate, la televisión dejó de ser un pasatiempo vulgar
y pasó a transformarse en parte esencial de la cultura alfabética.
De algún modo, al igual que el coronel George Taylor de la película,
la nueva generación de escritores, que provenía de un lugar
ordenado de bienestar y opulencia, en el que habían sido sometidos
a un flujo constante de mensajes posibilistas teñidos de un cegador
optimismo, al cruzar la línea que dejaba atrás la adolescencia,
en el momento de abrir los ojos y buscar su lugar en el mundo, se encontró
con un desolador panorama moral en el que no quedaban más que los
detritos de una cultura que, hasta hacía bien poco, les había
ofrecido a los habitantes de esas tierras una entidad como individuos,
además de un aparente escudo protector bajo el que desarrollarse.
"Parece -se afirma en Submundo (Circe, 2000), de Don DeLillo- como
si algo que tuvo lugar durante la noche hubiera cambiado las reglas de
lo que puede pensarse."
Así pues, los escritores de lo que algunos han denominado la next
generation comparten, básicamente, la sensación de enajenación
ante un mundo que no sólo no comprenden, sino del que saben de
antemano que no pueden dar respuesta, así como la necesidad, una
vez constatado ese hecho, de encontrar mediante sus narraciones un espacio
moral e íntimo en el que poder existir socialmente sin desaparecer
en la vacuidad eléctrica imperante, haciendo uso para ello de todos
los materiales a su alcance. Como declaró Jonathan Franzen: "Siento
que gente como David Foster Wallace, Jeffrey Eugenides o Lorrie Moore,
entre muchos otros autores, son mis hermanos. Sienten la misma exasperación
que yo ante el estado actual de cosas. Cultivan un tipo de escritura que
está viva porque se mantiene en contacto con el presente y al mismo
tiempo conserva un humanismo a la antigua usanza."
Pero unos cuantos detalles más unifican y dan solidez como conjunto
al heterogéneo grupo formado por David Foster Wallace, Jonathan
Franzen, Chuck Palahniuk, Jeffrey Eugenides, Lorrie Moore, A. M. Homes,
Ethan Canin, Jonathan Lethem o Dave Egger, entre otros. Han leído,
por ejemplo, a los postestructuralistas franceses (Barthes, Derrida, Foucault
)
y a los narradores posmodernos norteamericanos (Pynchon, Barth, Gaddis
);
y los efectos pueden rastrearse, con mayor o menor incidencia, en todas
sus obras. Todos admiten a Don DeLillo (1936) como el más destacado
pope literario de su generación, aunque no el único; en
palabras de Foster Wallace: "El verdadero profeta del cambio en la
narrativa americana, fue Don DeLillo, un novelista conceptual subestimado
durante mucho tiempo que ha convertido la señal y la imagen en
sus motivos combinados, del mismo modo que Barth y Pynchon esculpieron
con parálisis y paranoia una década antes. Ruido de fondo
(1985), de DeLillo, constituyó, para la nueva hornada de narradores,
un toque a rebato." Por otra parte, todos ellos parecen tener claro
que el escritor ya no es el genio que se posiciona frente al minúsculo
lector dispuesto a ser iluminado. Las jerarquías han desaparecido
hasta tal punto que entre la generación de nuevos narradores bien
podrían incluirse a varios directores que han irrumpido con mucha
fuerza en la escena cinematográfica -David Fincher, Night Shamalan,
Paul Thomas Anderson o Spike Jonze-, pues comparten con ellos de un modo
muy estrecho no sólo inquietudes, sino también maneras de
narrar. Por eso no resulta extraño que varios de estos escritores
hayan alcanzado la fama, a gran escala, gracias a la temprana adaptación
cinematográfica de sus novelas. Es el caso de La tormenta de hielo,
de Moody; El club de la lucha, de Palahniuk; Jóvenes prodigiosos,
de Chabon; Las vírgenes suicidas, de Eugenides; o The Emperor's
club, relato de Canin incluido en El ladrón de Palacio.
Una generación doble
Toda generación que se precie (y, aunque con reticencias, daré
por bueno que hablamos de una "generación") tiene que
tener sus ideólogos, aquellos escritores que no sólo se
preocupan de crear obras con las que hablar de su tiempo, sino que intenten
también relatar el estado personal y social en el que les ha tocado
llevar a cabo dicha labor. En este caso, ese papel, voluntaria o involuntariamente,
les ha tocado en suerte, por si no se había apreciado hasta ahora,
a David Foster Wallace y Jonathan Franzen. Dos artículos suyos,
"E unibus pluram: televisión y narrativa americana",
incluido en el libro Algo supuestamente divertido que nunca volveré
a hacer (Mondadori, 2001), de Foster Wallace, y "¿Por qué
molestarse?", del libro de Franzen Cómo estar solo (Seix Barral,
2003), han alcanzado el estatus de balizas ideológicas entre las
que se han movido, creativamente hablando, los integrantes de dicha generación.
A pesar de enfocar el tema desde ángulos diferentes, ambos artículos
hablan de las posibilidades del realismo narrativo, de la herencia de
la novela social y la narrativa posmoderna, y en última instancia
de las posibilidades de la escritura en un mundo dominado por el totalitarismo
de la ironía impuesto por la televisión y la nula repercusión
social del escritor y su obra.
Algunas citas de Foster Wallace: "Para los jóvenes escritores,
la tele es parte de la realidad en la misma medida que los Toyota o los
atascos de tráfico". "El nexo donde televisión
y narrativa convergen y se dan la mano es la ironía autoconsciente".
"Y no se engañen: la ironía nos tiraniza. La razón
por la que nuestra ironía cultural dominante es a la vez tan poderosa
y tan poco satisfactoria es que resulta imposible hacer que un ironista
se defina". "Y por esa razón el narrador ciudadano de
nuestra cultura televisiva está metido en un marrón tan
grande. ¿Qué hace uno cuando la rebelión posmoderna
se convierte en una institución de la cultura pop?". "Podemos
resolver el problema celebrándolo. Trascender los sentimientos
de angustia causados por la masa arrodillándonos ante ellos. Podemos
ser reverentemente irónicos."
Algunas citas de Franzen: "El novelista tiene cada vez más
cosas que decir a lectores que cada vez tienen menos tiempo de leer: ¿dónde
encontrar la energía de influir en una cultura en crisis cuando
la crisis consiste en la imposibilidad de influir en la cultura?".
"El escritor norteamericano de hoy afronta un totalitarismo cultural
análogo al político con el que tuvieron que enfrentarse
dos generaciones de escritores del bloque oriental. No tenerlo en cuenta
es cortejar a la nostalgia". "Te preguntas: ¿por qué
me tomo la molestia de escribir estos libros? No puedo fingir que la corriente
dominante escucha la noticia que debo comunicarle. No puedo fingir que
estoy subvirtiendo nada, puesto que cualquier lector capaz de descodificar
mis mensajes subversivos no necesita oírlos". "Esperar
que una novela soporte el peso de toda nuestra sociedad trastornada -que
ayude a resolver problemas contemporáneos- me parece un engaño
típicamente norteamericano. Escribir frases de tal autenticidad
que uno puede refugiarse en ellas: ¿no es suficiente? ¿No
es mucho ya?". "El realismo trágico preserva el acceso
a la tierra que hay detrás del sueño del 'pueblo elegido',
a la dificultad humana que hay debajo de la facilidad tecnológica,
a la tristeza que esconde la narcosis de la cultura pop: a todos esos
presagios en los márgenes de la existencia."
Partiendo de estos dos artículos, declaraciones de principios en
toda regla, estableceré dos grupos de autores: los irónicos
reverentes y los realistas trágicos. No es una división
tan arbitraria como podría parecer, pues las líneas de unificación
que distinguen a ambos grupos, a pesar de las múltiples interrelaciones
y saltos entre ellos, son lo bastante poderosas como para afirmar que
existe una relación de yuxtaposición entre los autores;
por decirlo de otro modo, la lectura de algunos de ellos ayuda a la comprensión
y disfrute de otros.
Los irónicos reverentes
Los escritores de este grupo (Foster Wallace, Palahniuk, Homes, Lethem,
Eggers) tienen vocación de punta de lanza. Lo que les lleva a escribir
es el afán de seguir derribando muros de hipocresía, de
señalar el punto débil y de forzar los límites de
su arte. Tratan la relación individuo-sociedad haciendo mucho hincapié
en el entorno, en la extrañeza del mundo, la situación tiene
más peso que el personaje y la idea de presente suspendido es un
punto de referencia básico. Dan por hecho que la batalla de lo
libresco está perdida de antemano y, por ello, tratan de transformar
la palabra, la obra escrita, en otro tipo de artefacto, llevando en muchos
casos la ficción al extremo de lo inaceptable por el orden moral
establecido.
David Foster Wallace (1962) es uno de los miembros más destacados
de este grupo de escritores, no tanto por el carácter singular
de sus obras de ficción, sino por un detalle algo más curioso:
ha dedicado un enorme esfuerzo a la causa de cerrar el enorme boquete
causado por la hipertrofia de la ironía de la que habla en su artículo.
Tras su primera novela, inédita en castellano, saltó a la
palestra literaria americana con un excelente libro de cuentos, La niña
del pelo raro (Mondadori, 2000), donde se aprecia toda la emergencia,
la alegría y el poder para sugerir de la cultura popular. El último
relato del libro, "Hacia el oeste el avance del imperio continúa",
ya indicaba el camino que Foster Wallace tenía pensado emprender
con su siguiente novela, la mastodóntica y obsesiva La broma infinita
(Mondadori, 2002): la parodia y agotamiento de las maneras posmodernas.
La broma infinita es un artefacto con vocación de totalidad, como
lo fueron aquellos intentos de Proust o Musil, pero en sentido inverso:
donde aquellos pretendían crear algo uniendo piezas, Foster Wallace
pretende acabar con algo metiéndolo todo en la trituradora de su
escritura y guiándolo por el sendero de la indefinición,
aplicando una dosis inmensa del veneno que intenta erradicar. Si La broma
infinita llegase a pasar a la historia, se debería más al
hecho de ser algo similar a un agujero negro con una indescriptible fuerza
de gravedad que a un punto de luz en el espacio literario, pues, a pesar
de las altas cotas de ingenio, no es sino una especie de lápida
que parece cerrar con doble llave el sepulcro de aquello que había
sumido a la literatura norteamericana en el estancamiento. Por suerte,
y como indicaba en su crítica de la novela Sergi Sánchez,
"esta novela es el fin de algo y el principio de todo", y tras
ella aparecieron Entrevistas breves con hombres repulsivos, otro libro
de relatos, mucho menos rico que el primero, y, sobre todo, Algo supuestamente
divertido que nunca volveré a hacer (Mondadori, 2001, ambos). Es
este último el mejor de los libros de Foster Wallace hasta el momento,
una magnífica y deliciosa recopilación de reflexiones y
piezas de no ficción en las que, gracias a la poderosa franqueza
que alcanza su prosa, logra dar lo mejor de sí mismo como escritor
y abrir una brecha de optimismo hacia el futuro.
De Chuck Palahniuk (1964), curiosamente, aún no se ha hablado mucho
en nuestro país, a pesar de ser acreedor de una obra sólida,
coherente y llamativa, y de haber pergeñado un libro, sin duda
el mejor de su producción, capaz de condensar el malestar de toda
una generación, de trazar (desquiciadas) alternativas y de convertirse,
en parte gracias al cine, en un extraño libro secreto de culto
masivo: El club de lucha (Aleph, 1999-2003). Palahniuk ha centrado cada
una de sus novelas en temas específicos (el espacio de la masculinidad,
el mundo de la moda, el mesianismo mediático, las adicciones),
con el fin de abordar desde múltiples ángulos el tema de
la alienación del hombre en una sociedad despersonalizada. A este
escritor con vocación de activista (pertenece a un colectivo dedicado
al gamberrismo artístico, la Cacophonic Society) aún le
impulsa el deseo de, si no cambiar el mundo, sí hacerlo de nuevo
humano. "Es el momento de producir libros que les sirvan a los hombres",
ha dicho. Con Superviviente (Aleph, 2000), Asfixia, Nana y Monstruos invisibles
(Mondadori 2001 y 2003), novelas marcadas por una prosa basada en verbos
más que en adjetivos, ha pretendido expresar lo siguiente: "Tenemos
que aceptar el caos y todo aquello que entendemos por desastroso. Porque
sólo a través de ese tipo de cosas podremos redimirnos y
cambiar." Gracias a eso, sus personajes acaban alcanzando un estado
más allá del nihilismo, una suerte de libertad definitiva
y extrema; en cierto sentido, postapocalíptica. Así termina,
por ejemplo, El club de lucha: "Vamos a acabar con la civilización
para hacer del mundo algo mejor." Y así Asfixia: "Es
grotesco, pero aquí estamos, los pioneros, los zumbados de nuestra
época, intentando construir nuestra realidad alternativa. Construir
un mundo a partir de piedras y caos."
Del resto de integrantes del grupo de los que he denominado irónicos
reverentes, A. M. Homes es la más traducida, y desde hace más
tiempo, al castellano. No se puede decir, sin embargo, que sea excesivamente
conocida entre nosotros. El fin de Alice (Anagrama, 1999) no obtuvo aquí
la airada respuesta que le propiciaron en Inglaterra, donde algunos quisieron
prohibir la salida de una novela que, con descarnada delicadeza, trata
el tema de la pederastia y de la sexualidad infantil. En Sólo una
madre (Ediciones B, 1996) y Música para corazones incendiados (Anagrama,
2001), Homes ha evidenciado una afilada capacidad de penetración
en los recovecos de la psique humana, adentrándose con pasmosa
serenidad en los rincones más oscuros, y una efectividad narrativa
basada en una prosa igualmente cortante y carente de gratificaciones.
Esa capacidad de observación la ha puesto también al servicio
de National Geographic para llevar a cabo un rico y poco corriente retrato
de la ciudad de Los Ángeles (Los Ángeles, RBA, 2003).
Jonathan Lethem (1964), por su parte, hasta publicar Huérfanos
de Brooklyn (Mondadori, 2001), que le valió el National Book Critics
Award, se había dedicado a revisar el género fantástico
y a darle una psicodélica vuelta de tuerca, así como a explorar
la línea que separa la cordura de la enfermedad mental; buena prueba
de ello son Cuando Alice se subió a la mesa y Paisaje con muchacha
(Mondadori, 2003, ambos). Huérfanos de Brooklyn, cuyos derechos
posee el actor Edward Norton, se centra en la búsqueda del asesino
de un pequeño mafioso que ha hecho las veces de padre adoptivo
para un grupo de muchachos huérfanos entre los que está
el narrador, un joven aquejado del síndrome de Tourette. En esta
novela, Lethem muestra de un modo sincopado y tangencial el choque violento
entre la inocencia juvenil individual y la implacabilidad del mundo adulto.
Mención especial merece el caso de Dave Eggers (1970), el integrante
más sorprendente y secreto del grupo; también el más
joven. Con sólo un libro, Una historia conmovedora, asombrosa y
genial (Planeta, 2001) Eggers (actual editor de la revista McSweeney's,
en la que han publicado muchos de los escritores mencionados en este artículo)
se colocó de inmediato en la órbita de autores con una trayectoria
más larga y, sin duda, más definida. Dicha obra es uno de
los libros más inclasificables y sorprendentes aparecidos en los
últimos años, pues enmascarada en forma de novela Eggers
nos cuenta su propia historia: cómo tuvo que sobreponerse a la
muerte casi simultánea de sus padres y hacerse cargo de su hermano
pequeño. Para ello, fuerza hasta el paroxismo las formas novelísticas,
incluyendo más de cuarenta páginas de "sugerencias
para disfrutar de la obra", prefacio y agradecimientos, y alternando
momentos desbocados de diálogo con conmovedoras descripciones anímicas;
entre otros muchos malabares narrativos. Resulta difícil de entender
que fuese Planeta la que editase un libro tan extraño y minoritario,
pero ello no empaña (a pesar también de los inevitables
excesos) el poder de una prosa limpia, regida por la sinceridad y el deseo
exclusivo de contar para ordenar el caos que supone vivir; casi como si
fuese el primer escritor de un nuevo mundo.
Los realistas trágicos
Por su parte, los miembros de este segundo grupo (Franzen, Moody, Eugenides,
Chabon, Moore y Canin) intentan darle contenido humano, carne, a ese mundo
moralmente arrasado; después de todo, parecen decir, son seres
humanos los que viven en él, como han venido haciéndolo
desde hace miles de años. Su narrativa se centra más en
los personajes, en su fuerza y su vida interior, e intentan, a través
de ellos y sus experiencias personales a lo largo del tiempo, crear una
línea de enlace con el pasado por encima del muro que separa su
generación de las precedentes. En las obras de todos ellos está
muy presente la idea de familia y la del legado cultural y social. Creen
en el poder de la palabra escrita como fuente de transmisión y
conocimiento, incluso siendo conscientes de la vacuidad imperante, y existe
en sus obras un extraño optimismo surgido del atisbo de la superación
de la ironía y de la aceptación del entorno y los dolores
que entraña.
Jonathan Franzen (1959) es a estas alturas, al menos a nivel mediático,
el autor de referencia cuando se habla de la next generation: su pico
más alto. Con su tercera novela, la impresionante Las correcciones
(Seix Barral, 2002) ha logrado unificar a crítica y público
(Andrés Ibáñez, por ejemplo, la comparó a
Madame Bovary, y ha vendido más de un millón de ejemplares
en su país), y eso a pesar de, o tal vez gracias a, haberse enfrentado
a una de las sacerdotisas de la comunicación cultural estadounidense:
Oprah Winfrey; acontecimiento que narra en uno de los artículos
de Cómo estar solo. Franzen es un claro heredero de Pynchon, como
demuestra la enrevesada, casi estrambótica, trama político-social
de Ciudad veintisiete (Alfaguara, 2003), una extensa novela sobre una
conspiración hindú para hacerse con la ciudad de San Luis.
Pero su apuesta por la claridad expositiva ("Sin renunciar a una
visión seria, el novelista tiene la obligación de entretener")
y la riqueza de matices sintácticos le acerca más al amor
y la fe por la frase bien escrita propio de DeLillo. Las correcciones,
donde se narra la historia de una familia (aparentemente) normal, los
Lambert, desde el repaso pormenorizado al discurrir de sus integrantes,
dibujando unos muy sólidos protagonistas, es a la vez una crónica
sagaz de la Norteamérica del cambio de milenio. Lo curioso de esta
obra es que, al igual que un Boeing 747, su despegue no es grácil,
como no lo es, a pesar de su efectividad, el aterrizaje, pero cuando se
encuentra en pleno vuelo, a velocidad crucero, resulta imposible no maravillarse
de que un artefacto de semejantes dimensiones flote en el cielo con tanta
armonía. Porque Franzen ha conseguido con esta novela alcanzar
El Dorado novelístico de su generación, la tercera vía:
combinar los logros técnicos del posmodernismo con la emoción
asociada al realismo, sin la cual no puede haber buena literatura. Cabe
la posibilidad de que si Ruido de fondo supuso un toque a rebato para
los nacidos en los sesenta, Las correcciones actúe a modo de radiofaro
para la siguiente generación.
La tormenta de hielo (Debate, 1997), de Rick Moody (1961), es, sin duda,
una de las obras que permite entender a este grupo de autores como una
generación. Durante un gélido fin de semana del invierno
de 1973, los Hood y sus vecinos los Williams serán protagonistas
de un desgarrador momento de incomunicación que llevará
a la muerte de uno de los protagonistas. El hielo al que hace referencia
el título, no será sólo el que cubra el acomodado
barrio residencial en el que viven, si no el que se había de instalar
definitivamente entre dos generaciones, representadas por unos padres
progres, perdidos en su propia indefinición, y unos hijos que tenían
la televisión y los cómics como máximo referente
cultural. La tormenta de hielo, en otras palabras, narra a la perfección
el momento del corte en el correlato histórico, tomando a una familia
de clase mediaalta como máximo exponente de un desastre de escala
social. De Rick Moody se han publicado en nuestro país algunos
libros más -America Ocaso (Debate), Días en Garden State
y Demonología (Mondadori, 2003, ambos)- pero su cota más
alta, hasta el momento, es el reciente El velo negro (Mondadori, 2003),
un atípico libro de memorias ("Los géneros son un problema
de las librerías"), emparentado con las obras de Sebald, en
las que las vivencias personales del autor, centradas en la época
que fue internado en un psiquiátrico, se entrelazan con la historia
de su familia a lo largo del tiempo (otro Moody inspiró el famoso
cuento de Hawthorne "El velo negro del pastor" que da título
al libro) y, por extensión, con la fundación de su país.
Tras ocho años de elaboración, Jeffrey Eugenides (1960)
acaba de publicar en nuestro país Middlesex (Anagrama, 2003), una
novela que va camino de convertirse, a juzgar por las elogiosas críticas
que le han dedicado los suplementos culturales, en uno de los fenómenos
de la temporada. Desde el punto de vista del hermafrodita Cal Stephanides,
la novela nos cuenta una historia familiar de emigración con tintes
fundacionales que es, a la vez, un impresionante fresco que cubre más
de setenta años de la historia de América centrados en una
de las ciudades clave de ese periodo: el Detroit de la industria automovilística.
El libro destaca, sobre todo, por su poder de evocación, por su
prosa bruñida y generosa que permite una lectura amable y enriquecedora
(la falta de mordiente o acidez no empaña sus logros). Middlesex
tiene vocación de obra mayor, todo lo contrario a lo que sucedía
con su primera novela, Las vírgenes suicidas (Anagrama, 1994),
una singular novela (escrita en primera persona del plural) que reflejaba
el misterio y la imposibilidad de comprensión de la feminidad,
colocando una lente de aumento en las hermanas Lisbon, adolescentes con
una irresistible atracción por el suicidio.
Michael Chabon (1963) apuntó muy buenas maneras con su libro de
relatos Un mundo modelo (Mondadori, 2003), expectativas que se vieron
confirmadas con la novela Chicos prodigiosos (Anagrama, 1997), un refrescante
y vivo repaso a la vida del escritor y profesor Grady Tripp, autor de
culto enfrascado en una inacabable novela, durante un trepidante fin de
semana en el que se debatirá su futuro como marido, padre y escritor.
Tras ella, Chabon se embarcó en un proyecto de gran calado, Las
asombrosas aventuras de Kavalier y Clay (Mondadori, 2003), en la que a
pesar de sus esfuerzos por hacer viable una nostálgica historia
de autores de cómic de los cincuenta, y a pesar de haber recibido
por ella el Pulitzer, no alcanza el encantador nivel de su anterior novela.
A pesar de que casi todos los integrantes del grupo de los realistas trágicos
han escrito cuentos, la cuentista estelar del grupo es Lorrie Moore (1957).
Su apuesta por las formas breves es muy intensa y específica, logrando
algo que parecía realmente difícil: superar el legado de
Carver. El mejor de sus libros, el estupendo Pájaros de América
(Salamandra, 1999) es hasta ahora el último de su producción.
Aparte de éste, en nuestro país se han publicado Autoayuda
y Como la vida misma (Salamandra 2000 y 2003).
Respecto a Ethan Canin (1960), su inclusión entre estos autores
planteaba serias dudas. El emperador del aire (Salamandra, 1999), El ladrón
de palacio (Anagrama, 1996), Blue River y De reyes y planetas (Salamandra,
1997 y 2001) son obras no sólo ajenas a cualquier tipo de moda,
sino que parecen apostar con firmeza por una recuperación estilística,
a la sombra de Scott Fitzgerald, de las formas clásicas. Si bien
su primer libro de relatos destacó, precisamente, por el hecho
de ir contracorriente, el resto de su producción no tiene la fuerza
como para lograr el objetivo de colocarlo en un estadio atemporal, a pesar
del atractivo de los temas que trata o de la sobriedad que caracteriza
sus obras.
Entre las grietas
Para concluir, y tras haber hecho un repaso, siquiera a vista de pájaro,
de su producción literaria, me gustaría indicar el punto
definitivo de unión entre todos estos autores, inquilinos conscientes
del planeta de los simios. Si una cosa comparten, más allá
del tiempo que les ha tocado vivir, es su falta de cinismo. A día
de hoy, en un mundo que no cesa de certificar la muerte de la cultura
como forma de conocimiento, resulta sorprendente que todavía haya
escritores que crean en lo que hacen (y que quede claro que no son los
únicos), afrontando su oficio con modestia y ambición a
partes iguales, aun a sabiendas de que su trabajo tiene todos los números
para convertirse, con suerte, en parte de la gran rueda que no cesan de
señalar. Tal vez la narrativa, y con ella el papel impreso, tenga
sus días contados, pero de momento, escribir o "coger una
novela después de cenar, representa una especie de cultural Je
refuse!", como afirma Franzen; lo cual no es poco, habida cuenta
de que el he- roísmo se circunscribe ya únicamente al ámbito
de lo íntimo y personal. Tal vez, como indica Foster Wallace, "los
nuevos rebeldes sean artistas que se expongan al bostezo, a los ojos en
blanco, a la sonrisita de suficiencia, al golpecito en las costillas,
a la parodia de los ironistas y al 'Oh, qué banal'. A las acusaciones
de sentimentalismo y melodrama. De exceso de credulidad. De blandura.
De dejarse embaucar de buena gana por un mundo de mirones y seres acechantes
que temen al miedo y al ridículo más que al encarcelamiento
sumario. Quién sabe." Tal vez la narrativa seria, o social,
o como se la prefiera denominar, no tenga ya más posibilidad de
existir que entre las grietas y huecos que deje la tiránica cultura
del entretenimiento, pero quizá precisamente por ese motivo sea
tomada más en serio, al entenderla "como un espectáculo
en peligro de extinción", según palabras de DeLillo.
Por decirlo de otro modo, tal vez los simios encierren para siempre en
jaulas zoológicas a los pocos humanos dispuestos a seguir en la
brecha, permitiéndoles (pro)crear tan sólo en cautividad,
pero en ningún caso podrán delimitar jamás el tamaño
interior de dichas jaulas ni la orientación de las ventanas con
las que mirar al exterior.
Juan Trejo Álvarez
(Barcelona, 1970) es escritor y traductor literario.
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