lateral


febrero 2004
Nº 110

home

 

El fantasma de Merrion Square
Jordi Soler

No estaba en Canterville sino frente a Merrion Square, en la casa de Oscar Wilde. Nadie fue asesinado allí, pero dormir durante unos días en la habitación donde el padre del escritor irlandés extirpaba los ojos de sus pacientes, convertiría hasta a un mesurado diplomático mexicano en víctima de uno de los más extravagantes mitos literarios, en un fantasma.

Hace unos meses dormí en la casa de Oscar Wilde y ese privilegio fue primero una obligación tortuosa, producto de un mal cálculo diplomático. Era el agregado cultural de la embajada de México en Irlanda y un día recibí en mi oficina ventisiete autorretratos del pintor José Luis Cuevas. El cargamento venía embalado en tres cajas grandes de madera, aderezado con una nota donde se especificaba que había que exhibir todo eso en algún sitio y puntualizado por un contrato donde se me hacía responsable de esos cuadros que, según se indicaba en un párrafo con aires de amenaza, valían una fortuna. Unas horas más tarde, durante una recepción que ofrecía la embajada de Chipre, me encontré con la señora Smith, una mujer de Boston que acababa de aceptar el cargo de directora de la casa museo de Oscar Wilde y, sin más preámbulo que media copa de vino, comenzó a hablarme de su intención de ampliar las funciones de esa casa que recientemente había comenzado a dirigir. Su idea era ofrecer el comedor y la biblioteca como salones para conferencias y las habitaciones superiores como galería. "I threw the pearl of my soul into a cup of wine", escribió Wilde con otro motivo, pero yo sentí entonces que mi deber era echar mi perla en la copa de la señora Smith y pedirle su reciente galería para los veintisiete autorretratos del pintor Cuevas. Por otra parte no tenía otro remedio, en Dublín ese tipo de espacios hay que pactarlos con un año de anticipación y en la última hoja del contrato que había firmado se especificaba que la exhibición tenía que efectuarse en los siguientes quince días porque se trataba de una muestra itinerante que tenía que circular por otros países. La perla dio en el blanco, una semana más tarde llegué con mis cajas a la casa de Oscar Wilde y con la ayuda de Joe, el chofer de la embajada, colgué los veintisiete autorretratos. Un trabajo nada fácil porque la señora Smith, además de avisarnos que en esa casa no había quien pudiera echarnos una mano, me hizo firmar un contrato donde yo prometía que no haríamos agujeros en las paredes ni maltrataríamos la duela del piso que, a juzgar por los rayones que lucía, había sido maltratada sin tregua desde 1856, año de nacimiento de Oscar Fingall O'Flaherty Wills Wilde.
La señora Smith era una persona larga y desvaída que ya había sido perfilada por Wilde en El fantasma de Canterville: "Muchas damas americanas cuando abandonan su país natal, adoptan aires de persona atacada de una enfermedad crónica y se figuran que éste es uno de los sellos de distinción en Europa." Joe y yo pasamos el día completo colgando los autorretratos del pintor Cuevas, un trabajo nada fácil, como dije, porque para no maltratar las paredes había que suspender cada cuadro, por medio de un gancho y un hilo transparente, desde un riel que corría cerca del techo.
La inauguración fue un éxito relativo: los salones estaban llenos, pero no había más que miembros del cuerpo diplomático, individuos impermeables que veían los cuadros con la misma pasión que miraban los legajos de un tratado internacional o, dependiendo del momento, el techo o la pared de sus embajadas. Todo iba bien, incluso el pintor Cuevas teorizaba sobre el interés que había en Irlanda por el arte mexicano, sin reparar, claro, en que el único nativo que pasaba cerca de su obra era Joe el chofer, el mismo que había pasado todo el día colgándola con un sistema de su invención.

La navaja en el ojo
Cuando ya se había ido la mayoría de los invitados, la señora Smith se acercó a preguntarme que quién iba a custodiar los cuadros en la noche y que quién iba a hacerlo durante el día, porque su nuevo proyecto de expansión no contaba todavía con personal. Un vistazo fugaz al rostro severo de Joe, que acababa de oír junto a mi la bomba que había soltado la señora, me orilló a desechar mi primera opción que era, naturalmente, encargarle a él esa alta misión diplomática. Para no pasar la vergüenza de explicarle a la señora que la diplomacia mexicana era una institución en ruinas que me había mandado a Irlanda sin ayudantes ni presupuesto, le dije que yo mismo me haría cargo de la custodia, que sería para mi un honor velar por los autorretratos del pintor Cuevas. No es necesario que vele -dijo la señora Smith-,basta con que duerma aquí, y dicho esto me dio la llave de una habitación conocida como la enfermería. Me despedí de mi mujer, ansioso y perturbado, como si acabaran de mandarme a una misión a la luna. Después cerré con llave la casa y vi desde la ventana como los últimos invitados se subían a sus coches y se iban. Luego subí la escalera y sentí que el ruido que hacían mis pasos contra la madera georgiana era el mismo ruido que debían haber producido los pasos de Wilde y esto me animó y me hizo entrar en cierta frecuencia, en una atmósfera parecida, efectivamente, a la que debió experimentar el comandante Armstrong cuando puso sus botas en la superficie de la luna. Así, caminando ligero, llegué a la enfermería, crucé los salones donde colgaba la obra que debía proteger, enmarcada por los muebles y las vitrinas donde se exhibían las prendas que solía vestir el escritor. Metí la llave en la cerradura, abrí la puerta, encendí una bombilla de filamento temblón y lo primero que ví, colgando en la pared, fue la partida de nacimiento de Oscar Fingall O'Flahertie Wills Wilde. Éste era el nombre completo del escritor irlandés y puedo escribirlo ahora de memoria porque durante la semana que estuve hospedado en esa casa lo leí muchas veces, cada vez que entraba o salía de esa enfermería donde había un catre y no había ni enfermos, ni medicinas, ni remedios, sólo una serie de estanterías llenas de aparatos e instrumentos con los que sir William, el padre de Oscar, notable oftalmólogo y paradojista, curaba, suturaba y a veces extirpaba los ojos de sus pacientes. Dentro de ese instrumental, que ahora es una colección en desuso, había cuchillas, tenazas, garfios mínimos, escobillas, matraces y una pinza que terminaba en una pieza curva y afilada que se ajustaba perfectamente a la superficie del globo ocular. Junto a la partida de nacimiento del escritor, colgaban diplomas y condecoraciones de su padre y las portadas de un par de libros de su madre, una poetisa histérica y profundamente nacionalista que firmaba con el nombre de Speranza. Después de observar con detenimiento el instrumental de sir William el oftalmólogo, me senté en el catre a manipular las pinzas que terminaban en navaja curva y afilada y al cabo de un rato, completamente obsesionado con este aparato, me puse frente a un espejo que colgaba detrás de la puerta y me acerqué el aparato al ojo hasta que sentí la presión de la navaja en la cima del globo ocular. Un empeño parecido al de hacer sonar las pisadas de Wilde con mis pisadas, ponerme esa navaja en el párpado y sintonizarme con quién sabe cuántos ojos, los de un paciente con nube o cataratas, los de la poetisa histérica, dos joyas azules según se sabe, o los del mismo Oscar Fingall O'Flahertie Wills Wilde.
Al día siguiente me despertó la mujer que hacía limpieza, una rubia mínima que me ofreció café y en seguida pasó a quejarse de los modos y del inglés excesivamente yanqui con que se expresaba la señora Smith. "Hoy día tenemos todo en común con Estados Unidos, excepto el idioma, naturalmente", le dije que Wilde lo había escrito pero ella reparó y dijo que eso no tenía sentido y yo reparé en que estaba ante un corazón simple. A las nueve en punto abrimos la galería y durante toda la mañana recibimos la visita de un trío de chinos a los que fui incapaz de hacerles entender que no se trataba de los autorretratos de Wilde sino de los de Cuevas, el pintor mexicano, y no pude hacerlo en parte porque la rubia de corazón simple se empeñaba en ver rasgos de Wilde en cada uno de los cuadros, y nos lo hacía saber, a los chinos y a mí, con un entusiasmo que la verdad conmovía. A la una en punto cerré y salí a comer al pub de enfrente, tres chinos no me parecía un mal comienzo y el número podría transformarse en una docena a la hora de redactar mi informe sobre la exposición. En la tarde deambulé solo por la casa, asomándome de vez en cuando por la ventana que daba hacia Merrion Square, a la zona donde podía verse un horrible Wilde de yeso coloreado que filosofa sobre una piedra del parque. A las cuatro llegó mi mujer con un maletín donde había ropa e instrumentos de aseo personal, y a las cinco y media Joe el chofer con la encomienda de averiguar cómo marchaba la exposición, se lo había preguntado el embajador que tenía la ilusión de comunicarle al pintor que su exposición era un éxito. Dile que es un éxito -le dije a Joe-, que en la mañana vino un tour de chinos y que ahora acaba de irse un tropel de estudiantes de Trinity College. Esa segunda noche comencé a sentirme parte de la casa, mi trabajo de velador, que al principio había chocado contra mi investidura de diplomático, empezó a gustarme, empezaba a encontrarle el morbo al acto de pasearme por la casa de Oscar Wilde y esa noche, además de usurpar sus pisadas, quité la cadena que protegía su sillón y me sente ahí a fumar, como supuse que él lo hacía cuando tenía dieciocho años y se preparaba para dejar Dublín y marcharse para siempre a Inglaterra.
Los siguientes tres días se repitieron, salvo la variación que sufrió el flujo de visitantes, exactamente igual. El récord de tres chinos de la primera mañana se redujo a la presencia única de un adolescente que invirtió hora y media en la contemplación de los autorretratos. La rubia de corazón simple dictaminó que se trataba de un individuo que había consumido un número temerario de drogas, incluso hizo una lista tentativa que ya olvidé, además yo había tenido otra impresión: que se trataba de un muchacho sencillamente idiota. Por cierto que la rubia pasaba el día barriendo y limpiando manchas imaginarias, o poco visibles, tanto que una mañana recité para ella una línea de "El fantasma de Canterville", donde Wilde habla de esa mancha que, por más que se limpia, reaparece como nueva al día siguiente: "Es la sangre de Lady Leonor de Canterville, que fue asesinada en ese mismo sitio por su propio marido, sir Simón de Canterville, en 1575." El corazón simple de la rubia palpitó en sus ojos en cuanto me dijo, con un mohín, que estaba loco, que en 1575 esa casa que ella limpiaba con tanto esmero ni siquiera había sido construida.
'Being Wilde'
Esa noche, la cuarta que pasé en esa casa, ya me sentía a mis anchas. Luego de ducharme en la tina antigua de los Wilde y de jugar un poco frente al espejo con las pinzas de navaja curva y la cima de mi glóbulo ocular, abrí una de las vitrinas donde se conservan las prendas de vestir y me puse una bata azul con flores de lis doradas que tenía una w mayúscula en el pectoral izquierdo. Después encendí un fuego en la chimenea y saqué una copa de la vitrina, que tenía también su w, y serví un trago del brandy que me había enviado con Joe el pintor Cuevas, como muestra de agradecimiento y también de júbilo por esa exhibición tan exitosa. Estuve paseando de arriba abajo por la casa, dejando mis huellas sobre las de él, vestido con su bata y bebiendo de su copa, siendo en suma un poco Oscar Fingall O'Flahertie Wills Wilde.
Al día siguiente no fue absolutamente nadie, pasé la mañana y la tarde deambulando por la casa, topándome ocasionalmente con la mirada vacía de la rubia de corazón simple. A la siete hubo un acto de clausura, al que asistió nuevamente todo el cuerpo diplomático más el pintor Cuevas, que volaba al día siguiente de regreso a México. Volví a decirles, a él y al embajador, que nuestra exhibición había sido un éxito, les hablé de las legiones de irlandeses y de chinos que habían pasado por ahí y sobreviví con mi mejor talante diplomático al último acto de aquella exhibición. Al día siguiente recogerían los cuadros y yo anotaría en la bitácora diplomática un triunfo más en mi labor de difundir, en aquella isla lejana, el arte mexicano. Todo estaba a punto de concluir y yo no pensaba más que en el momento de despedir a los invitados y de cerrar la casa con llave para ponerme por última vez mi bata, y beber de mi copa y pasearme de arriba abajo por mi casa.


Jordi Soler (México, 1964) es escritor y poeta. Entre otros libros, ha publicado la novela La mujer que tenía los pies feos (Alfaguara, 2001) y el poemario La novia del soldado japonés (2001). Fue agregado cultural en la embajada de México en Dublín, entre 2002 y 2003.