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febrero 2004
Nº 110

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Perast
Igor Marojevic
Traducción de María Djurdjevich e Isabel Núñez

De los tres amigos, Leo era el único que nunca dijo que se suicidaría. En cambio, ahora me parece lógico que fuera precisamente él quien rompió nuestro trío particular: a diferencia de Osvald y de mí, él nunca se jactaba de su impulso suicida, sino que se lo guardaba, conservándolo intacto y listo para utilizarlo en cualquier momento. En cuanto a las amenazas de suicidio, Leo era el más reservado y Osvald, el más estentóreo de los tres. Cuando Osvald se quejaba -del suicidio o lo que fuera-, no era sentimentalismo, sino una forma desesperada de fanfarronear. Tuve muchas ocasiones para observarlo en la empresa donde nos conocimos. Pero mucho más tarde, por teléfono, al sentenciar que a Leo le había matado la vida en Perast, a Osvald le tembló la voz más de la cuenta. Yo también pasé parte de mi vida en Perast y sé que de verdad hay gente que se suicida sólo para no tener que seguir viviendo allí: por suerte, me fui hace tiempo. Pero a veces, mis recuerdos de la vida en Perast han bastado para suscitarme el viejo impulso suicida. Leo, que nació en Belgrado, se había trasladado a Perast dos años atrás, mientras que el provinciano Osvald se vio obligado a volver de Belgrado a Perast, por falta de ingresos. Fue hace poco: quizás por eso desprecia tan activamente esa ciudad sin salida, ese pueblo sin sosiego.
La verdad es que Perast no deja opciones y eso se refleja incluso en la evolución de la relación entre Osvald y Leo: si en Belgrado se comunicaban a través de un intermediario (y ése era yo), sus encuentros en Perast eran inevitables y acabaron haciéndose amigos. El placer microscópico que producen incluso los detalles más hermosos de Perast (los prodigiosos colores del cielo y las olas en la bahía, la iglesia barroca y las callejuelas antiguas que la rodean, o los patios plagados de alegres figuras de leones sobre pedestales de piedra…), su inutilidad y la idea de que hay que huir irremisiblemente de Perast se reflejan en la tendencia del aparentemente tranquilo paseo marítimo a acoger más coches -y conductores locales- que transeúntes. La mayoría de solteras de Perast aprecia a los devotos del culto al cuerpo femenino, y sobre todo a los jóvenes marineros perastenses, que navegan casi todo el año y tienen poco tiempo para adorar a sus bellas compatriotas. Sin contar a algún que otro desgraciado y a los esquivos marineros, sólo los conductores locales pueden prestar una atención constante a las exuberantes perastenses, y son un puñado de tipos que no se atreven a navegar, ni tampoco a cortejar sin compensar sus miedos con una actitud desagradablemente obvia y agresiva. ¡Qué desperdicio para las escultóricas curvas de las señoritas locales! A diferencia de Risan y las demás villas de la bahía de Boka Kotorska, Perast es así de prolífico. Por su parte, Risan y los pueblos cercanos están llenos de gente con malformaciones y enfermedades degenerativas debido al incesto ancestral, una costumbre secular en las pequeñas comunidades cerradas. El visitante de los pueblos y aldeas que rodean Perast pronto advierte que la mandíbula se le vuelve más cuadrada mientras sus ojos cobran una expresión salvaje. Para protegerse contra la desfiguración total, al perastense no le queda más que huir de toda la bahía de Boka Kotorska, o bien adentrarse aún más profundamente en Perast.
Aunque te avisaron, ¡no viniste al entierro de tu amigo!- Osvald no sólo se enfadó conmigo, sino también con unos chicos que, según le dijeron al padre de Leo, habían venido de lejos para asistir al entierro de su hijo, y le reclamaban los gastos del viaje y la estancia. La verdad es que los más humildes renunciaron a los gastos de estancia (pero no a los del viaje) y en realidad sólo habían ido al entierro de Leo desde el mismo Perast (o Risan). Decían que su amigo Leo, como le llamaban, era muy individualista, y según ellos, habría querido que su padre les financiara los gastos de viaje (y a lo mejor también la estancia). Y el único que había viajado de verdad para ir al entierro desde Belgrado, el padre de Leo, acabó pagando a aquellos maliciosos bromistas perastenses (o risanenses) de mala gana. Obviamente, no sabía que -exceptuando a Osvald y a mí- Leo no tenía amistad con nadie, aunque siempre se acercaba a cualquiera que estuviera dispuesto a escucharle. Yo le conocí en la Facultad de Filología de la Universidad de Belgrado, en el primer curso de postgrado de literatura serbia, y me convertí en uno de aquellos que escuchaban complacidos sus sinceras críticas del plan de estudios, cuya superficialidad le sacaba de quicio. En cuanto nos hicimos más amigos, Leo pasó a la crítica mordaz de sus propios padres. Le irritaba una larga lista de defectos suyos: su incapacidad de recordar el nombre de la facultad en la que estudiaba, su costumbre de darle consejos basados en su limitada perspectiva, hasta su hábito de echar la ceniza en su cenicero: son especialistas en molestar, y no hay nada que hacer. Unos meses después de mi traslado definitivo de Perast a Belgrado, como le veía tan ansioso por dejar la casa paterna, le ofrecí incautamente que compartiéramos gastos de vivienda. Pasó los primeros días de nuestra convivencia buscando trabajo. Le presenté a Osvald, pero a Leo no le gustó la idea de compartir un trabajo así (administrativo) con un hombre como aquél. Tampoco quiso comprar moneda extranjera y revenderla en la calle por su precio en el mercado negro, ni hacer contrabando de gasolina rumana para coches, cambalachear con seda o productos tecnológicos de China, ni trapichear con las mujeres de Ucrania que en Belgrado llamaban bailarinas rusas. En otras palabras, Leo rechazaba cualquier trabajo remunerado, de manera que no podía pagar sus propios gastos. Aquel hecho, unido al triste aspecto de nuestra casita alquilada en Batajnica -el techo plagado de humedades, el suelo de linóleo despegado- acabó por hundirle, hasta el punto que soltaba verdaderos gemidos de desesperación. Le abandonó su energía y empezó a faltar a las clases, que sustituyó por sesiones de psicoterapia, financiadas por sus padres: Mis enemigos me mantienen, y encima me pagan tratamiento médico, ¡es intolerable!
En cuanto a mí, yo nunca logré tener nada contra mi padre (murió pronto) y contra mi madre, todavía menos. Pocas veces visito la casa de campo perastense donde ella vive ahora, aunque ella sigue compensando mi incapacidad de ganarme la vida. Al terminar el segundo curso del doctorado, me ayudó a poner fin a mi vida de inquilino, aunque en parte también se lo debo a Leo. Si yo hubiera podido aguantar la convivencia con él, no le habría escrito un sinfín de cartas a mi madre durante las vacaciones de verano, insistiéndole en que vendiera la gran casa familiar de Backa (para comprarme un pequeño apartamento en Belgrado). Uno o dos meses previos a aquel epistolario, a finales del segundo curso, yo aún creía que podría soportar a Leo. Sus monólogos diarios todavía me resultaban tolerables. Pero aquella relativa tranquilidad diurna no era más que la calma antes de la tempestad de trastornos que surgían de noche. Consumiendo fármacos suficientes como para neutralizar a cinco enfermos mentales profundos, Leo posponía su depresión diurna para la noche, que terminaba con pesadillas y alaridos de locura. El caso es que mi madre vendió la gran casa familiar en Backa y compró un apartamento en Nueva Belgrado al que yo enseguida me mudé, logrando por fin huir de Leo, que ya no asistía a las clases desde hacía tiempo, y que gracias al dinero de sus enemigos podía seguir pagando el alquiler de la habitación e incluso la atención del psiquiatra. Luego, a Osvald le llegaron rumores de que Leo se había recuperado: en la consulta del psiquiatra había conocido a una mujer seis años mayor que él e irracionalmente generosa, llamada Valentina, o Valya. En su deseo de abandonar la casa de sus padres, de vivir en un clima más templado, con calles menos ruidosas y gente más sencilla, Valentina creyó ver cierta sencillez en Leo (¡y también en Perast!) y ejerció la influencia decisiva para que ambos abandonaran su nativa Belgrado y se mudaran a Perast, pueblo donde había nacido su padre (¡también el mío!). Y no sólo había nacido allí: en los años setenta, el padre de Valya -¡como el mío!- construyó en Perast una casa de campo, gracias a uno de aquellos créditos sin intereses que acabaron minando las arcas del Estado.
A todos nos gusta jactarnos de que algo "veíamos venir", pero la verdad es que también deberíamos recordar nuestros frecuentes errores en los intentos de predecir las cosas. Pero, aunque retrospectivamente parezca fácil, debo decir que más de una vez se me había ocurrido que la decisión de Leo de tantear la vida matrimonial en Perast no tendría un final feliz. En parte, porque él siempre criticaba con dureza a los que viajaban, y ridiculizaba aún más a los que se instalaban en los pueblos de la costa. Para Leo, el clima más insoportable era el mediterráneo: una apología espacial al instinto y a la pereza que no derivaba del hedonismo, sino de la falta de salidas. La última vez que visité Perast, aquel pueblecito mediterráneo, mientras escuchaba a Leo, examiné con atención a su mujer (los dos habían llegado una hora tarde al restaurante local, sin darme ninguna disculpa). Por desgracia, era fácil predecir que el final se acercaba, y también percibir la inestabilidad emocional de Valya. Aquella dolorosa forma de contraer la cara mientras escuchaba a su marido hablaba por sí sola. En aquel momento yo no sabía que, agotada por la abstinencia sexual y los infinitos monólogos de Leo, Valentina lo echaría de casa nueve meses después, empujándole indirectamente hacia la muerte, aunque ahora sé que entonces ella misma estaba ya a punto de volverse loca. Una mujer con el cuerpo y la piel estropeados (por el trabajo manual en la fábrica textil local), y la salud mental desequilibrada, difícilmente podía superar la corrosiva mezcla de sentimientos de culpa y malas vibraciones que producía Leo con su odio hacia Perast, el pueblo donde ella había intentado salvarse. Aun así, la verdad es que los sentimientos de Leo hacia Perast eran más suaves que sus descalificaciones de Belgrado en los meses que conviví con él. En aquel entonces, él no podía soportar una vida junto a sus enemigos, pequeñoburgueses fanáticos, sin adivinar que precisamente ellos correrían con los gastos de su entierro, incluyendo el viaje de los bromistas de Perast (o tal vez de Risan). Leo no pudo evitar que sus enemigos le enterrasen, pero tal vez le hubiera consolado saber que por lo menos no le enterraron en Belgrado. En la mesita de noche de la casa de veraneo de su suegro, Leo había dejado una nota a las autoridades municipales. (…Mejor aquí que en la ciudad de la que escapé en vida… Mejor en este pueblo que en esa ciudad patriarcal de dos millones de habitantes, en esa metrópolis de cutres...)
Durante el entierro de Leo, leí las lápidas de los niños que había allí enterrados, dijo Osvald, y desde el otro lado del hilo telefónico, oí cómo el niño bastardo de su hermana rompía a llorar. Tal vez Osvald maltrataba inconscientemente a su sobrino, bajo la influencia del recuerdo de Leo, que siempre humillaba a las personas más cercanas. Aunque eso tampoco tiene importancia. Por lo menos, Leo no abusó de nuestra amistad para darme consejos (quizás sea verdad que el mejor hombre siempre muere primero). Aunque pensándolo bien, los monólogos también eran una especie de consejo. Pero le estoy agradecido a Leo: todos mis intentos de recordarle que yo también era un candidato al suicidio chocaron de pleno con sus monólogos, y aquello que no se comunica, simplemente no existe. Gracias a su estado mental, convencí a mi madre de que me comprara un piso y me salvé. (Sé que lo que escribo es completamente despiadado.)
Leo no era tan comunicativo como Osvald, que decía en voz alta todo lo que se le pasaba por la cabeza. En Belgrado, Leo le describía con unas pocas palabras duras, una risa tristemente desdeñosa y una mueca que alteraba sus rasgos clásicos y armoniosos. Por su parte, Osvald me mandaba cartas semanales desde Perast, describiendo amargamente sus paseos con Leo, sus agotadores monólogos sobre la inutilidad de todo, y en particular de la literatura y la familia. Según contaba, Leo también se despachaba contra el suegro, que le consideraba un trepa y ponía a su hija contra él. Los discursos tan largos no necesitan respuesta: ése era el caso de las cartas de Osvald, y también de las de Leo (que no eran tan frecuentes). No se soportaban uno al otro, incluso diría que estaban siempre a punto de pelearse muy en serio, aunque ambos lo evitaban. Sobre todo Osvald, que pensaba más en la posibilidad de tal pelea, porque Leo no tenía tanto tiempo, estaba demasiado sumergido en sus propios problemas. Osvald se quejaba de que en un pueblo tan pequeño no se podía ni siquiera tener una pelea como dios manda. Por miedo a la soledad, la gente de los pueblos pequeños evita más las peleas que en las grandes ciudades. Pero, ¿compensa mantener las buenas relaciones a toda costa? Cuesta tanto evitar las peleas como iniciarlas. En los años que viví en Perast, desde mis veintitantos a mis veinticuantos, intentaba no pensar en ello para no volverme loco. Y para evitar aquellos pensamientos tuve que abandonar Perast. Las cartas de Osvald minimizaban el alivio de mi huida, al contarme todos los detalles de su vida en Perast. Como Leo, no dejaba títere con cabeza y se despachaba sobre todo con los más próximos. Y Osvald sólo aceptaba hablar con Leo y conmigo. Pero Osvald quería hablar con alguien, mientras que Leo sólo buscaba alguien a quien hablar. Al volver a Perast, a la casa familiar, Osvald tuvo que elegir al menos otra persona más con quien hablar. Eligió a su madre, a la que enseguida explicó que no tenía la más leve intención de trabajar y que sólo quería leer en la cama y dar algún que otro paseo. Aprovechaba cualquier ocasión para reprocharle que sus andanzas sin rumbo por este mundo eran la mera consecuencia de la realización de su impulso sexual, lo cual le liberaba a él de toda responsabilidad. Seriamente le advertía que si no aprovechaba la pausa del mediodía en la fábrica textil para correr a casa y prepararle la comida, él eliminaría su nombre de la lista de invitaciones a su entierro, en cualquier caso inevitable. A Leo, en cambio, no le importaba quién iría a su entierro, y quizás por eso sólo le despidieron su seminconsciente esposa, su padre y su madre, Osvald, los sepultureros de turno y aquellos buscavidas de Perast (¿o Risan?). Sólo Osvald protestó contra aquel puñado de oportunistas, pero su intervención fue ridícula, teniendo en cuenta la constitución atlética y viril de los susodichos, que contrastaba con el aspecto de flacucho cuatro-ojos de Osvald.
Siento no haber tenido mejor relación con Leo, gimoteó Osvald entre lágrimas. Querrás decir peor, le dije, intentando calmarle. También le dije que no pensaba darle el pésame al padre de Leo, pero que algún día iría a verle a él a Perast. Se lo dije por darle una esperanza y para que no se sintiera inútil: bastaba con escuchar su verborrea y dirigirle al final un comentario neutro. Con Leo no habría funcionado: él respondía con la misma sonrisa desdeñosa a las burlas y a las frases consoladoras. Pensándolo bien, en nuestro trío, supongo que Leo era el misántropo, mientras que Osvald, que lo parecía, sólo estaba frustrado por la monótona experiencia de su vida. Nunca me hubiera imaginado que la muerte de uno pudiera afectar al otro; y estoy seguro de que Leo nunca hubiera llorado por Osvald. En realidad, aquel moralista decepcionado, el único amigo que me quedaba (Osvald), a diferencia de Leo, a veces dudaba de sus posturas. Incluso creo que Osvald, si hubiera logrado un mínimo equilibrio, habría abandonado la opción del suicidio como acto espontáneo de desesperación. Por desgracia, no era probable que la vida en Perast le permitiera lograrlo. Supongo que aquí debería incluir ciertas muletillas del tipo: ya dije yo, entonces pensé, se me ocurrió... En fin, sólo querría decir que, como Osvald, siento mucho lo que le pasó a Leo. Era insoportable, pero merece ser llorado, ya no por el suicidio en sí, sino sobre todo, por la forma en que lo hizo. Y es que se mató de un modo que él nunca hubiera elegido, dado el odio que sentía hacia su familia y la de su mujer, y su aversión por el Mediterráneo y el mar en general. La carta que recibí después, donde se revelaba que la barca que Leo llevó a alta mar, en el Adriático, para ahogarse, pertenecía a su suegro, fue también lo último que supe de Osvald.


Igor Marojevic (Vrbas, Serbia y Montenegro, 1968) trabaja como redactor y editor. Entre sus publicaciones cabe destacar la novela El engaño de Dios (Obmana Boga, 1997). Vive entre Barcelona y Belgrado. Ha traducido al serbio libros de Roberto Bolaño y Enrique Vila-Matas.