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enero
2003
Nº 97

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Hispanismo y globalización
Jenaro Talens
Desde Ginebra, el poeta y ensayista Jenaro
Talens continúa el debate sobre Hispanismo, con un polémico
giro que replantea la discusión. Talens inscribe la crisis del
Hispanismo en la débacle general de las Humanidades, alejadas del
desarrollo tecnológico y de las exigencias actuales de los estudiantes,
cada vez más preocupados por sus posibilidades laborales.
El artículo de Gonzalo Navajas (Lateral
nº 95) a propósito del lugar del Hispanismo en la era global
ofrece una visión en apariencia muy pesimista del campo disciplinar
que asume su nombre, pero, al mismo tiempo el diagnóstico deja
fuera, desde mi punto de vista, algunas otras consideraciones que me gustaría
abordar aquí.
La imagen de los colegas, más cosmopolitas
que internacionales, deambulando de paraninfo de paraninfo, discutiendo
entre ellos de Berceo, Sor Juana, Quevedo, Gabriela Mistral, César
Vallejo o Miguel Delibes tiene el gracejo de un apunte de guión
para la adaptación a la pantalla de una suerte de historia "a
lo" David Lodge en nuestro propio ámbito lingüístico.
Como tal, su ironía y su sarcasmo son saludables y necesarios.
Que el vértigo de una vida cada vez más cercana a la de
la jet set intelectual les impida ver el relativo aislamiento del mundo
real en que ocurre dicho tráfago, sería, sin embargo un
mal menor. Al fin y al cabo, ya que de un guión se trata, no deberíamos
de olvidar que no son más que actores y que el verdadero problema
es del orden de la producción y del interés que tenga lo
que se cuenta para el público al que se supone se dirige su película.
Ellos, como decía Alec Guinness, sólo ponen la cara. El
invento les excede.
En un célebre álbum de los
años setenta, el grupo anglosajón Supertramp mostraba en
cubierta la imagen de un bañista, tumbado en una hamaca bajo una
sombrilla, tomando el sol. A su alrededor se veía lo que simulaba
representar una escena post-nuclear. Sobreimpreso, el título rezaba
así: CRISIS?, WHAT CRISIS? Al escuchar las lamentaciones sobre
el porvenir del Hispanismo que, sin la voluntad de entenderla, propia
del artículo de Navajas, se suceden sin interrupción, tengo
la sensación de estar viendo cada vez la portada de Supertramp.
Porque, de hecho, las expresiones de desconcierto no impiden que la rueda
siga rodando de paraninfo en paraninfo.
Quizá convendría plantearse
como problema qué sentido tiene la persistencia de una disciplina
como la nuestra en un mundo que parece no necesitarla. Entiéndaseme
bien. No planteo la necesidad de una catarsis apocalíptica. Creo
que, en el contexto de la globalización, las Humanidades en general
y el Hispanismo en particular, tienen algo que decir. La cuestión
es qué y a quiénes y, sobre todo, para qué. El evidente
hiato que existe entre las tradiciones del Hispanismo norteamericano,
del latinoamericano, de los diversos modelos europeos y del propiamente
peninsular tiene razones históricas y políticas que lo expliquen,
pero el lugar muchas veces secundario que todos ellos ocupan en el concierto
de los debates del pensamiento contemporáneo es lo suficientemente
obvio como para que merezca la pena detenerse en él. Navajas se
pregunta cómo es que en el terreno de la teoría, el mundo
hispánico no ha dado nombres equivalentes a los de Lyotard, Derrida,
Habermas o De Man, y por qué muchos de los departamentos donde
se enseña "nuestra" (¿por qué tendremos
esa manía de llamarla "nuestra") cultura que, en
la mayoría de los casos, se reduce al campo, no sólo de
la literatura, sino de las obras canonizadas por una tradición
académica casi nunca puesta en cuestión se debaten
entre una aproximación filológica tradicional de sello propio
o el ir a remolque de lo que se hace en otros departamentos de otros ámbitos
lingüísticos y culturales. La gran débacle que supuso
la Guerra Civil y sus consecuencias no sería ajena a ese desastre.
Cabezas pensantes, las había, pero el corte que supuso aquella
tragedia abortó un cambio que empezaba a darse y al que aún
hoy cuesta trabajo reengancharse, vistas las cosas como están.
Hoy el problema, sin embargo, radica en plan
tear qué hacer para atraer a un público
que lo que quiere es vivir dignamente sin tener que recurrir a los subsidios
de paro y utilizar los conocimientos que le ofrece la universidad para
encontrar un puesto digno de trabajo en el mercado laboral. Ver si lo
que el Hispanismo oferta es útil o no en esa dirección sería
un modo de centrar la discusión, en vez de llorar por el paraíso
perdido.
El estudio especializado es necesario, por
supuesto. Si el latín, o el griego, por citar dos casos muy candentes,
se retiran de las materias de enseñanza, ¿quién será
capaz de leer a Cicerón o a Aristóteles dentro de cincuenta
años? Y lo mismo vale para la literatura, la historia del arte
o la música. Pero el mantenimiento de esa especialización
no quita que, en términos generales, lo que debe ofrecerse, en
sentido global, sea eso mismo. La gran masa de estudiantes, que no van
a vivir de la especialización, ¿qué necesita de nosotros,
y qué podemos ofrecer? Ésa es la cuestión. Reivindicar
un lugar bajo el sol en un mundo cada vez menos tendente a la reflexión
pasa por salir del ámbito de lo especializado y zambullirse en
otros territorios fronterizos y en dialogar abiertamente con otros saberes,
sean académicos o no, reivindicando un mestizaje cada vez más
ineludible. No se trata de cambiar a los integrantes del canon, sino de
asumir qué leen (si leen) o escuchan o miran los jóvenes
que acuden a las aulas. Si ignoramos que quienes ven los reality shows
en la TV o bailan al ritmo de las canciones de Jennifer López o
de Shakira, son los mismos a los que intentamos convencer de la importancia
de Los milagros de Nuestra Señora, mala forma es ésa de
iniciar un diálogo que no sea de sordos. No se trata de un prurito
de interdisciplinariedad sino de asumir que nos movemos en entramados
de redes y no en compartimentos estancos, algo que no sólo el Hispanismo
tiende a olvidar. Porque, conviene decir que la crisis del Hispanismo
es también la de los estudios de Letras en su conjunto. En este
naufragio no estamos solos.
En uno de los planos más impresionantes
de Blade Runner, de Ridley Scott, el replicante Roy interpretado por Rutger
Hauer salva de morir a Deckard, el policía que encarna Harrison
Ford, mientras reflexiona sobre el sinsentido de su propia muerte, no
por anunciada y programada menos cruel. El replicante/robot, especie de
organismo cibernético humanizado por su amor a la vida, se sitúa
en las antípodas de esa otra máquina de laboratorio que
representa Arnold Schwarzenegger en el Terminator de James Cameron. Mientras
el replicante sirve para mostrar una posible vía de recuperación
de la tecnología por una cotidianidad que la normaliza desde la
sentimentalidad, el terminator es una máquina sólo integrable
en un mundo humano en tanto en cuanto actúa a la manera de, siguiendo
las pautas de comportamiento que tiene programadas como variables en el
ordenador que regula su funcionamiento. Uno y otro podrían servirnos,
pues, como metáfora de las dos vías de acercamiento al terremoto
que ha supuesto en el mundo contemporáneo la integración
de las nuevas tecnologías. ¿Son algo que podemos utilizar
o algo que busca utilizarnos? o, lo que es lo mismo, ¿se trata
de "robotizar" nuestros conocimientos o de convertirnos en robots
ilustrados? ¿Qué papel tenemos en ese mundo los que circulamos
por ese territorio aparentemente obsoleto llamado Humanidades?
La necesidad de analizar el posible lugar
de las Humanidades en una sociedad dominada cada vez más por los
avances de la tecnología, resulta, por ello, a todas luces, urgente.
Su progresiva pérdida de protagonismo dentro de la sociedad no
es, sin embargo, algo "natural". En fechas relativamente cercanas
(digamos hasta mediados del siglo xx) los patrones para medir la inteligencia
de los estudiantes iban asociados a la capacidad para enfrentarse a las
lenguas clásicas. Quien mejor y más fructíferamente
se enfrentaba con un texto de Cicerón o de Tucídides (por
supuesto, en su idioma original) obtenía una puntuación
mayor a la hora de establecer los coeficientes intelectuales que más
tarde habrían de servir para decidir el reparto de becas y otro
tipo de ayudas, y para valorar la capacidad intelectual en términos
del mercado de trabajo. Ése era el papel de determinadas formas
de enseñanza o de determinadas universidades, en tanto productoras
de élites dirigentes. Más tarde, el latín y el griego
cedieron el paso a las matemáticas. Fue un primer, aunque no decisivo,
intento de jerarquizar las opciones, relegando lo que ambas lenguas representaban
(las Humanidades) a un segundo puesto, importante, pero no ya como medida
sino como añadido. Estudiar literatura, latín o filosofía,
por citar unas pocas disciplinas, podía considerarse valioso, pero
no ya necesario. Los últimos quince o veinte años, no sólo
han desplazado el papel de la escuela (y su hermana mayor, la universidad)
a un lugar secundario en ese proceso sustituidas por otras instituciones
más del orden de lo mediático que de lo tradicionalmente
considerado como del orden de lo educativo, sino que han entronizado
como sustituto de aquellas opciones el papel de la informática,
si bien un joven o una joven no demuestran ahora su capacidad programando
en un ordenador sino mediante su habilidad como usuarios de programas
ya elaborados. Podríamos considerar que esta especie de giro copernicano
es algo acorde con la evolución de los tiempos, pero las cosas
no son tan simples. Donde antes se enseñaba a "pensar",
ahora se enseña a "interiorizar las reglas". De ciudadanos,
a súbditos. No es mala estrategia si lo que busca es adaptar la
enseñanza a las necesidades y demandas de la sociedad, ya que (se
argumenta) lo que se persigue no es sino la construcción de sujetos
sociales específicos, con un sistema de valores determinado, capaces
de discernir, según unos ciertos principios éticos, entre
lo que podríamos definir como "el bien y el mal" y de
responder al tipo de saberes de utilidad práctica productiva en
la comunidad. Dicho así, poco podemos debatir. Es fácil
estar de acuerdo en los grandes principios universales. El problema surge
cuando descendemos al terreno concreto y nos preguntamos qué significa
"utilidad práctica", qué es eso de la "productividad",
y para qué y para quiénes funciona. ¿Se ofrece a
los diferentes grupos sociales lo que ellos necesitan, o lo que se considera
que puede servir para que luego hagan lo que se necesita de ellos? ¿Quién
decide el contenido de "lo que se necesita de ellos"? La inexistencia
de grandes metarrelatos que todo lo justifiquen en términos universales,
esa característica que Lyotard describió como propia de
la "condición" postmoderna, no impide que haya cada vez
más una relación lógica extrema y generalizada entre
el supuesto declive humanístico y la necesidad de mantener y profundizar
en lo que Foucault ha definido como sociedades de vigilancia y control.
No es casual si en las convocatorias de becas y otros tipos de ayuda,
las llamadas áreas preferentes tienen que ver con el universo de
lo mediático y de la tecnología. La idea de utilidad que
subyace a dicha decisión deja fuera de su ámbito todo lo
que tenga que ver con las Humanidades.
Mientras el Hispanismo no se plantee cómo
responder a este desafío muy concreto, más político
que académico, discutir sobre si es preferible Menéndez
Pidal o la deconstrucción, la edición crítica de
textos o los cultural studies no pasará de ser música de
las esferas.
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