13 de
agosto de 2001
Hoy la muerte cardíaca
me pide
que toque su teclado. Poso
mis dedos en su marfil y ella
gime suave a mi primer acorde.
Mi Mozart me dice
y se menea lúbrica, apasionada.
Cuando es ella quien toca mis marfiles
tengo sensación de agonía
y temo por mi vida melódica,
por mi visión que se borra,
por el silencio de mi boca.
Es rara relación, rara
relación,
unión, coherencia, analogía.
Es contacto coherente, dependencia.
La salaz libertina me sacude
y asusta a mis vecinos. Impúdica
me obliga a escribir esta estrofa
sobre mi muerte. Pulcro
acepto sus hechizos y la recuerdo
con cariño pero sin necesidad.
(inédito 2002)
Una
conjetura
Viajo inmóvil. Soy el viajero
en su sillón, en el banco de plaza,
en el almohadón oriental o cercano. Cuando
miro y veo la encía rosa del jaguar
en la gran boca o el
gris reborde elegante
del zorro de las nieves o el diente agudo
y limpio del lince oloroso. ¡Cómo cambian
los tiempos! Hay pudor y elegancia
exigiendo despedidas
sin pañuelo
ni lágrimas en tiempos de zapatos
a medida. Son tiempos de bifurcación
y masculino mármol
con el brazo levantado,
tiempos de mujer medio gallo y medio
gallina, amazona madre amante.
(inédito
2000)
Entre Witold y el dragón
Ana Nuño
De muy joven publicado en la Antología
de la Poesía Nueva, de Juan Carlos Martelli, en compañía
de Alejandra Pizarnik y Juan Gelman, Osías Stutman (Buenos Aires,
1933) esperó treinta y siete años antes de ver editado
un libro suyo de
poemas: Los fragmentos personales (A work in progress,
inolvidable) (Olifante, 1998). Esto es algo más que un rasgo
biográfico. En una época desinteresada por la creación
y únicamente atenta al creador, la actitud que consiste en no
llamar la atención es una forma de suicidio. Esta es la doxa
de nuestro tiempo, que resume el lema inscrito en el frontón
del templo de la publicidad: Publish or perish, "publica o perece".
De algún modo, puede decirse que Stutman se suicidó cuando
decidió no seguir la "carrera" de poeta, y también,
aunque suene a paradoja, que su decisión es precisamente la que
le ha permitido sobrevivir a esa némesis de la poesía
que encarna en los poetas profesionales. El hecho de no publicar la
propia condición de escritor no quiere decir que no se escriba.
Quizá haya sido Joyce el último autor bendito por la dicha
de poder tramar su obra envuelto en décadas de silence, exile
and cunning sin que le dieran por muerto. Hoy que nos hemos vuelto un
poco más bárbaros y pueriles, se piensa que quien escribe
y no publica ni se exhibe, es mal o mediocre escritor. La poesía
de Stutman bastaría para descalificar esta opinión.
"Ningún poeta es solamente poeta: en cada
poeta habita y vive el no-poeta, el que no canta, y a quien no le agrada
en absoluto el canto", apunta en su Diario Witold Gombrowicz, también
atípico escritor por su detestación de la publicidad,
que ahora se ha puesto de moda citar entre los escritores que más
cortejan a esta dama. Osías Stutman ilustra perfectamente la
verdad de la sentencia, y no únicamente por el azar biográfico
que le deparó la suerte de ser poeta y médico. No cualquier
clase de médico, por cierto. Stutman ha trabajado en uno de los
institutos de inmunología más prestigiosos de Estados
Unidos y ha publicado unos 250 trabajos en este campo. Poeta e inmunólogo:
la verdad es que ha jugado con ventaja. Saber de inmunodeficiencia no
es la peor manera de protegerse de nuestros mores literarios.
Pero hay más: en la misma poesía de Stutman
se verifica la validez de lo apuntado por el polaco de Buenos Aires.
Pocas obras hay en la poesía escrita en lengua española
tan libre de la habitual pose del poeta, de las obsesiones (política,
estética o éticamente correctas) del poeta, y al mismo
tiempo tan preñada de la oposición señalada por
Gombrowicz, tan comprometida con la exploración de sus términos
y variantes como los poemas de Stutman dispersos en estos diez últimos
años en revistas (El signo del gorrión, Hora de Poesía,
RevistAtlántica) o el espléndido conjunto formado por
Los sonetos (de Gombrowicz), que recogió en una de sus plaquettes
de Café Central Toni Clapès, o el aún inédito
y proliferante El mar de Bohemia. Exploración, además,
gozosa, irreverente e insistente, que se convierte en demostración
de la capacidad del lenguaje para significar. Toda la poesía
de Stutman, como la de su querida Djuna Barnes, es "dragón
que se traga su cola () lucha por la transfiguración". Y
como no es "correcta" en ninguna de las actuales declinaciones
del término, es una poesía que se atreve a volver una
y otra vez a lo mismo ("¡Ay, ay! Esto lo he escrito tantas
veces/ que ya no puedo saber dónde está lo dulce/ y dónde
está lo amargo"), método infalible, en manos expertas,
para dar a ver que nunca nada es lo mismo.
Lo único que permanece inalterado en este excepcional
poeta es la amistad que ha tenido la generosidad de ofrecerme. A la
que sólo puedo responder parafraseando lo que Lawrence Durrell
decía de la escritora-trapense que tanto admiramos los dos: "Se
alegra uno de vivir en la misma época que Osías Stutman."