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diciembre
2002
Nº 96

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Islas que no se tocan
Eduardo Chirinos
Que en la reciente y ambiciosa antología de
poesía en lengua española, Las ínsulas extrañas
(Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, 2002) no consten Alejandra
Pizarnik, Ángel González o Jorge Carrera Andrade, entre
otros, requiere una reflexión. Además de matizar ausencias,
Chirinos analiza el planteamiento de fondo de esta polémica antología.
Las ínsulas extrañas propone completar y
definir el escenario poético de la lengua española del siglo
xx. Promovida como heredera de Laurel, la polémica y célebre
antología elaborada por Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Emilio
Prados y Juan Gil-Albert, la dimensión de este proyecto está
señalada en el deseo de subrayar su afiliación con la antología
de 1941: como en Laurel, se han obviado las barreras nacionales; como
en Laurel, los antólogos son poetas de reconocido prestigio (dos
hispanoamericanos y dos españoles de generaciones distintas); como
en Laurel, se propone como punto de partida la lengua, ya que es a través
de ella que se puede constatar de modo indiscutible la unidad de la poesía.
Estamos, pues, ante un proyecto cuya envergadura impide practicar el muy
hispánico ejercicio de la indiferencia: la polvareda que ha levantado
en los medios españoles ha sido más que suficiente para
su consagración temprana: muchas veces los denuestos son más
efectivos que los halagos. Además, son precisamente los denuestos
los que diseñan el fondo a partir del cual muchos lectores se acercan
a la antología. Cosas de marketing.
Y ya que hablamos de marketing, me permitiré comentar
los títulos de ambas antolo
gías. En su discreción expresiva, la palabra
Laurel es capaz de sugerir su proveniencia etimológica (los "lauros"
de los poetas consagrados de la antigüedad), su distinción
botánica (sus hojas reverdecen sin lugar al envejecimiento) y,
lo que es más importante, su condición morfológica
(de la rama del laurel crecen, individuales y separadas, las hojas). Sospecho
que esta tercera condición fue determinante para establecer la
poética del volumen: una sola rama capaz de engendrar y cobijar
proyectos distintos. De este modo, la antología cumple con proponer
una lectura de la tradición poética en lengua española:
la disparidad en la unidad.
Una antología está atravesada de puentes
invisibles que funcionan como correspondencias entre obras que de otro
modo jamás se hubieran visitado. Cuando un lector abre las páginas
de una antología se convierte en un transitador de puentes, y a
la vez en un pasajero conducido por aquellos que los diseñaron:
sus pontífices.
Dejemos de lado el sentido religioso que se le atribuye
a la palabra, y quedémonos con el etimológico: un pontífice
es un constructor de puentes, un creador de correspondencias: un pontificador.
¿Qué puentes atraviesan Las ínsulas extrañas?
La pregunta es en sí misma una paradoja, ya que entre las ínsulas
no hay puentes. O no debería haberlos, puesto que además
de ínsulas son "extrañas". Salvo el homenaje a
San Juan de la Cruz, a Emilio Adolfo Westphalen (y al expreso deseo de
José Ángel Valente), no encuentro otra razón que
justifique el título: si estiramos el rizo de la metáfora,
el título no invita al lector a convertirse en un transitador de
puentes, sino en un místico navegante que debe llegar, por su propia
cuenta y riesgo, a las ínsulas extrañas. Dicho así
suena un poco grotesco. Además la intención de los antólogos
es muy otra: la de ofrecer un balance crítico de la poesía
en lengua española de 1950 a 2000. Tal vez la paradoja que encierra
el título sea un síntoma del conflicto entre la declaración
de intenciones y su práctica selectiva: la extrañeza de
las ínsulas no se corresponde con su extrañeza en el canon
literario. La insularidad de Juan Ramón Jiménez y Pablo
Neruda puede no ser discutible, pero a la hora de establecer antecedentes
sus sombras no son más determinantes que las de Antonio Machado
o César Vallejo. Cabe preguntarse si la acusación de "renuncia
estética" y manipulación histórica que los antólogos
le reprochan a J. M. Castellet por privilegiar a Machado y excluir a Jiménez
de Un cuarto de siglo de poesía española puede responder
a las mismas razones por las cuales eligieron el paradigma juanramoniano
condenando a Machado (y con él a Vallejo, a quien está dedicado
más de un poema) "al limbo de la inexistencia". Se dirá
que cada quien tiene derecho a elegir su progenie, pero me gustaría
saber si los antologados se reconocen en sus impuestos padres. También
me gustaría saber si esos padres se reconocen en sus impuestos
hijos: tal vez los hubiera devorado el remordimiento por haber expulsado
de casa a aquellos que nunca retornarán: los extraños por
los que apuesta el tiempo. Se me dirá que la extrañeza responde
más al carácter "extranjero" (en lo que tiene
de "raro") que a la inconexión que se supone entre las
obras representadas. Es posible, pero aquí se hace necesaria otra
acotación.
Fue Georg Simmel el primero en reflexionar sobre la condición
"hermética" de la aventura que impone a la de "peligro".
Simmel compara la aventura con una isla en la vida "cuyo comienzo
y final vienen determinados por sus propias fuerzas transfiguradoras".
Visto así, cada obra representada en la antología por
un conjunto variable de poemas sería una aventura que tenemos
que sortear para ingresar en otra. Y así sucesivamente. No puedo
negar que como propuesta de lectura es muy estimulante; pero no se trata
de la que ofrecen los antólogos, para quienes sí es importante
establecer lo que se entiende como "poesía en lengua española".
En este sentido, esta antología es uno de los intentos más
ambiciosos y más sólidos de construir un canon. Y esta no
es ninguna acusación: toda antología, hasta la más
modesta, está guiada por ese implícito y natural deseo.
Ocurre que es de mal gusto que una antología se declare como la
proposición de un canon, pero ocurre también que es muy
ingenuo negarlo: detrás de todo antólogo hay un pontífice,
y detrás de todo pontífice un canonizador, es decir: un
impositor del canon. Pero lo que está en entredicho no es eso,
sino la capacidad del antólogo de trazar puentes allí donde
otros ven posturas inconciliables. Es un lugar común de los detractores
de las antologías señalar los nombres que debieran estar
y no están; del mismo modo, es un lugar común defenderse
con el argumento de la guía telefónica: es un hecho que
no pueden estar todos y que cada quien tiene el derecho de seleccionar.
El asunto es que tratándose de una obra de esta naturaleza las
ausencias se hacen demasiado transparentes. Hay agujeros que arden. Sostener
que Alejandra Pizarnik "no pasó el examen" porque "había
más literatura en torno al personaje que en su propia obra"
es concederle demasiado al esnobismo de los lectores de Alejandra Pizarnik;
gastar una página en una larga e innecesaria palinodia del "neobarroso",
es darle demasiada importancia a una tendencia que no es, ni mucho menos,
la más representativa de la nueva poesía hispanoamericana.
Aceptar, como lo aceptan los antólogos, que ya
no se puede hablar de una tradición poética única
sino de muchas, no es suficiente; tampoco reconocer que el arte poética
de nuestro tiempo no puede ser canónica sino, como lo sugiere Benedito
Nunes, "un compuesto de cánones". Hay agujeros que arden.
Y su fuego no parece incendiar recortes metodológicos, ni siquiera
un comprensible y arbitrario rigor. Pero los puentes, aunque sean invisibles
están allí: pasar de largo ante las obras de Álvaro
Mutis, Gastón Baquero, Ángel González o Amparo Amorós
es, al fin y al cabo, un tácito reconocimiento de que al lado de
esas islas tan extrañas hay otros archipiélagos con los
que a su pesar conviven y al parecer no se tocan.
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