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diciembre
2002
Nº 96

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Entre la espada y la pared
Hispanismo a debate (2)
Germán Gullón
Continuamos el debate sobre hispanismo. En esta ocasión,
desde Amsterdam, Germán Gullón matiza la reflexión
de Gonzalo Navajas distinguiendo la situación del hispanismo español
frente al hispanismo norteamericano. Se critican las oposiciones, la metodología
y la falta de creatividad en un área lingüística cuya
literatura exige nuevas propuestas.
La visión del español hispanista, de los
estudios hispánicos en España, ofrecida por Gonzalo Navajas
(Lateral nº 95), es harto pesimista. Con razón. El anticuarismo
de la crítica universitaria resulta sobrecogedor, porque constata
que ni el paso de los años ni la enseñanza trasmitida en
los libros de los grandes maestros (de Dámaso Alonso sobre estilística
a los estudios de poética firmados por Fernando Lázaro Carreter)
parecen aliviar el agudo positivismo de tantos profesores. Claro que el
sistema de acceder a un puesto universitario mediante oposiciones, en
que la memoria y la pertenencia a un clan son las claves del éxito,
tampoco ayuda demasiado. El esfuerzo intelectual cuenta menos de lo que
debería contar.
Lo curioso es que los dos filólogos citados constituyen
unas de las escasas excepciones en nuestro panorama intelectual; son admirados
y respetados por el colectivo universitario. Aunque pocos siguen sus huellas
o adoptan su clara propuesta crítica: decir algo nuevo sobre el
texto literario, interpretarlo, añadir saber, en lugar de recitar
los datos que enmarcan un determinado libro. Porque el profesor universitario
español medio tiene su ideal en Funes el memorioso, el célebre
personaje borgiano que recordaba absolutamente todo, pero era incapaz
de sintetizar, de ofrecer un resumen de los acontecimientos vividos.
Cada hispanismo tiene, por supuesto, puntos fuertes y
puntos débiles, y el español no iba a ser menos. Lo mejor
de lo producido en la Península proviene de la edición de
los clásicos, que permite tener a mano textos excelentes y fiables
de una parte importante de nuestro legado cultural. También contamos
con buenas historias literarias y monografías notables. Por su
parte, el hispanismo norteamericano no está en su mejor momento,
existe, en gran medida, desligado de la bibliografía y de la problemática
surgida en el mundo hispánico. Sus objetivos van marcados por la
temática sugerida por otros departamentos, inglés o estudios
culturales; ellos sólo aportan el adjetivo, española. El
mimetismo con que demasiados profesores norteamericanos han seguido lo
hecho en otras áreas ha aislado a demasiados jóvenes profesores,
a quienes se les ha olvidado mirar a lo que deben mirar, su área
de interés, sea España o Hispanoamérica, y no las
teorías culturales de sus colegas de francés. Cuando los
grandes maestros del exilio, Joaquín Casalduero, José F.
Montesinos o Américo Castro, enseñaban en los departamentos
de español en las universidades del nuevo continente, éstos
conocieron su edad dorada. Entonces se publicaron libros importantes,
se escribían tesis rigurosas, pero el imperativo de ahora de publicar,
y que sea inteligible para los colegas de otras disciplinas, y mejor que
sea escrito en inglés, ha viciado el sistema. El hispanista norteamericano
se ha conformado a la norma impuesta por los vecinos, por lo que si les
preguntaran sobre lo que pasa en la cultura española actual tendrían
dificultades en responder, pero serían brillantes a la hora de
imponer un capuchón cultural, feminismo, pongamos por caso, a cualquier
novela española y decir nosotros también tenemos lo mismo
que vosotros. La excepción, de nuevo, confirma la regla.
En Inglaterra, Alemania, Francia, Inglaterra y Holanda,
el hispanismo ha pasado de ser un contribuidor nato al acerbo crítico
y erudito en lengua española a ser un simple colaborador. Esto
se relaciona con la llegada de la España democrática y la
capacidad de la universidad española de gastar cantidades importantes
en actos culturales, desde la organización de congresos a la publicación
de libros, que en los países de la Europa rica ha disminuido por
imperativos también económicos. Su papel actual no reside
en contribuir novedades, sino en lograr una buena trasmisión de
los saberes acumulados en los estudios de las culturas hispánicas.
Ya no necesitamos que los hispanistas vengan a decir cómo interpretar
la cultura porque el reloj de la historia iba retrasado; sí ayuda
el obtener una perspectiva desde fuera, comparativa. Por supuesto, hay
investigadores de alta calidad que seguirán contribuyendo con estudios
imprescindibles, pienso, por ejemplo, en los historiadores ingleses.
La hora actual del hispanismo está marcado por
el tradicionalismo en el modo de trabajar en España y la falta
de convergencia con lo hispánico del más extenso de los
hispanismos, el norteamericano. Los españoles deben muscularse
en lo referente a la teoría, comprender que el entendimiento de
los dilemas del pasado y del presente de nuestra cultura exige diseñar
cuadros intelectuales que permitan resolver problemas, encontrar el camino
en las encrucijadas. Quizás aquí los departamentos de filosofía
y de teoría literaria deben marcar el camino. A veces me pregunto
cómo es posible que tengamos un libro como El sueño del
humanismo, de Francisco Rico, que ilumina una importante franja cultural
de nuestro pasado, y que carezcamos de uno similar sobre el liberalismo,
porque ése fue también el gran sueño de Benito Pérez
Galdós y de Leopoldo Alas, Clarín; en cambio, poseemos una
cantidad impresionante de estudios minuciosos sobre aspectos absolutamente
prescindibles de la obra de esos autores.
Por su lado, el hispanista norteamericano debe colocarse
de tal manera que mire a la otra orilla del Atlántico y hacia el
Sur, para reengancharse en las realidades del presente, que son muchas.
Un hispanista no puede vivir de espaldas al hecho de que tanto España
como Hispanomérica se han hecho plurales, la identidad conoce hoy
variantes importantes de modos de ser. Hablar de la cultura española
y no mencionar lo que sucede en Cataluña, Galicia o el País
Vasco, sería ofrecer una visión equivocada, distorsionada
del mundo ibérico. El nacimiento de la idea de Europa conlleva
importantes consecuencias, que suponen un aspecto parcial de la globalización.
Mas, el reto del hispanismo es en el fondo el mismo de
la anglística o de los estudios franceses, el encontrar su puesto
dentro del panorama de las humanidades en la era del comercio universal
o de la globalización. El español se ha convertido en una
lengua de comunicación universal con cuatrocientos millones de
hablantes; el conseguir que sea una lengua de cultura universal es otro
asunto. Los escritores hispanoamericanos del llamado Boom, Carlos Fuentes,
Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, han contribuido
bastante a elevar el aprecio de nuestras letras, sin embargo la literatura,
la pieza angular del hispanismo, tiene dificultades en mantener su puesto
en este panorama dominado por los medios audiovisuales.
La literatura, la alta literatura, existe en sus
lectores, que son las personas educadas en el estudio de la literatura,
como bien explicaba Pierre Bourdieu. Y los departamentos de filología
siguen atrayendo en todos lados importantes números de estudiantes.
El reto está en conseguir que los estudiantes y lectores en general
aprecien la riqueza de ese conjunto de símbolos que llamamos lengua
y la riqueza de su uso que se manifiesta en la mejor literatura. El hispanismo
español parece empeñado en anclar los textos. En conservarlos
a la manera de urnas, mientras el del hispanista norteamericano apenas
los roza, siempre con la mirada puesta en lo hecho en disciplinas paralelas.
Quizás el reto sea entender la literatura en libertad, como algo
vivo, que existe y se relaciona con el hombre y sus circunstancias en
el espacio que denominamos cultura. Así el hispanismo forever se
disuelve en las letras de las culturas hispánicas
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