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diciembre
2002
Nº 96

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Arte comprometido por encargo
Lluís Alabern
Un barrio marginal de Barcelona, un artista con
conciencia, una institución que auspicia su compromiso con los
oprimidos y una exposición donde consumir todo este cóctel
social. Resultado: el vídeo de un señor cantando y la foto
de un espacio significativamente vacío. Cuando el arte de denuncia
es igual de vacío, quizás valga la pena denunciar al arte.
Hotel of Being y
Buscando la vida (un filme) son dos trabajos que se inscriben en
lo que en algún momento ha dado en llamarse arte social, y que
comprende un compromiso ético que de alguna forma subordina al
estético. Hannah Collins, artista que trabaja las posibilidades
de la imagen y el discurso desde disciplinas como la fotografía
y el vídeo, ha querido indagar con ellos en las vidas de los miembros
de una comunidad marginada que habita en la que es quizás la más
marginal de las periferias de Barcelona: La Mina. Así, el trabajo
de Collins dice ser el fruto de la inmersión durante un año
en el colectivo gitano de este extrarradio.
El filme sólo se ha podido ver hasta el momento
en la edición 2002 del Festival de Sitges, aunque han trascendido
algunos fotogramas y entrevistas poco concluyentes del mismo (material
que se puede encontrar en la Galería LEI y en el catálogo
de la muestra). A su vez, en la Galeria Joan Prats se expuso un montaje
que mezclaba fotos del Pabellón Mies Van der Rohe, fotos del estudio
vacío de la artista, una fotomural de un descampado industrial
de La Mina, y una proyección donde un miembro de la comunidad gitana,
en silla de ruedas, canta una sentida saeta por la muerte de un amigo.
Las imágenes no están exentas de una extraña belleza,
quizás remarcada por la aparentemente peculiar combinación
de temáticas. El texto del catálogo ayuda a desmadejar el
contenido de la muestra, aunque peca de un cierto conformismo, digamos,
postmoderno. Todo muy ad hoc. Pero vayamos por partes e indaguemos el
anclaje social de la propuesta.
La pobreza como inspiración
Dice Eduardo Galeano que "pobres, lo que se dice
pobres, son los que no tienen silencio, ni pueden comprarlo". Dice
que son pobres los que aun siendo muchos, siempre están solos.
Pobres a los que regalar planes urbanísticos, a los que situar
en periferias; para olvidarles primero, para después forzarles
a integrarse la jerarquización de la urbe, o, en todo caso, para
favorecer que cuando menos, devengan otredad. Luego, cuando ya son los
otros, entonces se les puede estudiar con curiosidad antropológica.
La gran mayoría de los pobres tienen a bien el
adaptarse a este ciclo de reubicaciones. Habitan y transitan espacios
proyectados por las autoridades, y en veinte o trenta años convierten
esas maquetas a escala 1.1 en barrios, en prolongaciones de la polis,
repletas de ciudadanos de segundo orden. Pero claro, también hay
pobres que tienen la desvergüenza de no adaptarse, parias en territorio
de nadie a los que el paternalismo institucional debe estar constantemente
observando. Estos desagradecidos sorprenden a los bienintencionados jerarcas
de la urbe, que se ven obligados a enviar sociólogos, estudiantes
de psicología, becarios en ciencias sociales, técnicos de
la sostenibilidad, y arquitectos y artistas "con conciencia",
para estudiar sus disconformidades. El por qué estos apátridas
de la ciudad no se adaptan a las esplendorosas perspectivas de desarrollo,
disturba y fascina por igual a los proyectistas de futuros plausibles.
Esta ecuación circular se repite cada diez o quince
años en ciudades como Barcelona (urbe que presta devoción
centenaria a las remodelaciones y planificaciones). Esta vez le ha tocado
a La Mina, barrio colindante a Barcelona que pertenece sin embargo al
municipio de Sant Adrià de Besòs, pero que es en realidad,
y desde hace tiempo, un territorio apache en que se ven florecer de nuevo
dinámicas de absorción e inclusión. Un enésimo
plan urbano intenta encauzar a los moradores de La Mina. Me refiero al
plan de transformación socioeconómica que a propósito
del Fòrum 2004 (llamado "encuentro de las culturas")
se viene a sumar a los intentos históricos de reordenación
del barrio. De hecho se trata de una de las mayores remodelaciones urbanísticas
de Barcelona desde los Juegos Olímpicos del año 92.
Pasado y presente de La Mina
En los años sesenta, a la sombra de los "Planes
de desarrollo", de la "Ley de Urgencia Social" y del "Plan
Nacional de la Vivienda 1961-1976", se llevaron a cabo intervenciones
urbanísticas para paliar el barraquismo (según datos oficiales
de la época, el número de barracas en aquella Barcelona
de finales de los cincuenta ascendía a unas diez mil). Después
de esta primera actuación, el paternalismo franquista del Ayuntamento
del tristemente célebre alcalde Porcioles, debía propulsar
el proyecto que erradicara las cinco mil trescientas barracas que aún
quedaban. Una nueva ola inmigratoria en la década de los sesenta,
complicó aún más el panorama periférico de
aquella Barcelona.
El polígono Sud-Oeste del barrio de Besòs,
proyectado en el año 1958 cerca de La Mina, fue un raro y modélico
ejemplo de proyecto urbanístico que contemplaba jerarquías
viarias en su distribución urbana, diferentes tipologías
de edificio, previsión de equipamientos, zonas verdes A la zaga
de este ejemplo cercano se desarrolló lo que dio en llamarse La
Mina Vieja, un proyecto heredero del Movimiento Moderno de entreguerras
que pretendía extender la experiencia de barrio desarrollada en
el primer plan. Lamentablemente, las nuevas orientaciones del gobierno
franquista con la llegada de los tecnócratas del Opus Dei al poder,
hicieron que el "Patronato Municipal de la Vivienda" variara
su política de construcción. La prefabricación ayudó
a obtener una importante reducción en los costos y aumentó
la rapidez de ejecución.
Los nuevos módulos ubicados en La Mina (La Mina
Nueva, 1973), son edificios de diez plantas de altura en los que se recoloca
a los barraquistas. Estas construcciones verticales se convierten en contenedores
de personas habituadas tradicionalmente a la vivienda horizontal. Además,
la red interior de comunicación y recorrido de estos macro bloques,
estimuló la inseguridad en los mismos, y favoreció la génesis
de mafias que los gobernaban (los pisos superiores, donde la policía
no se atreve a llegar, o donde sus moradores pueden ser avisados con tiempo
de la presencia de visitas no deseadas, albergan algunas de las mafias
más poderosas de Europa: drogas, tráfico de armas y otras
lindezas). Además, la separación entre comercios y viviendas
en esta zona de La Mina, provocó que en ciertos periodos del día,
y sobre todo por la noche, ese rincón del barrio fuera extremadamente
inhóspito. Recordemos que uno de los más típicos
filmes de delincuencia juvenil en la España de mediados de los
años setenta, Perros Callejeros, tenía como protagonistas
y escenarios a habitantes y lugares de este barrio. La construcción
de una autopista aprovechando los fastos del 92, acabó de cerrar
y aislar gran parte de La Mina, y hasta el día de hoy Barcelona
olvidó de nuevo la periferia. El proyecto del Fòrum 2004
y la remodelación litoral de esta parte de la urbe, vuelve ahora
a poner de moda el problema de La Mina.
La falacia del compromiso
Por eso resultan en este momento muy ad hoc, las reflexiones
sociológicas, las intervenciones artísticas, los documentales
sobre La Mina. Proyectos que señalen la conflictividad del Barrio
y que induzcan a la opinión a pensar, una vez más, que una
intervención urbanística quirúrgica será la
solución definitiva.
Éste es el contexto "social" de la propuesta
artística de Hannah Collins. Por eso cabe preguntarse si en sus
proyectos Hotel of Being y Buscando la vida no estará deconstruyendo
el texto de la realidad social de manera algo banal. Si no estaremos de
nuevo asistiendo a la frivolización de los problemas de un colectivo
cuyos actores merecen mayor atención que la que un artista les
pueda prestar durante unas horas de su vida. ¿No estaremos asistiendo
a una mera especulación plástica que toma a los agentes
sociales como comparsas del juego del arte? ¿No sería de
mayor utilidad vehicular los gastos de producción de estos ejercicios
audiovisuales en actividades que impliquen directamente a los que sin
duda merecen mejorar sus vidas, más que ser motivo de la curiosidad
de los buscadores de otredad? Probablemente las cabezas bienpensantes
de la cultura puedan acusar de demagógicos estos planteamientos,
pero resulta inevitable pasear por la obra de Hannah Collins, visitar
las maquetas del Fòrum 2004, visualizar los documentales sobre
la conflicitidad social en La Mina que han estado emitiendo las televisiones
locales, revisar en los archivos la historia reciente los despropósitos
urbanísticos, y pensar de nuevo que un barrio pobre ha sido silenciado
conduciendo a sus gentes al territorio de la otredad. Los pobres no tienen
silencio, pero son silenciados. "Pobres, lo que se dice pobres, son
los que son siempre muchos y están siempre solos", decía
Galeano.
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