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Xenofobia sin fronteras
Juan Bautista Alberdi
La xenofobia no tiene denominación de origen.
Reproducimos fragmentos de las observaciones xenófobas de un destacado
político argentino publicadas en 1853, en un libro que planteba,
como lo dice su título, las Bases y puntos de partida de la República
Argentina. Que sirvan para contrastar los prejuicios que sufren quienes
ahora están obligados a inmigrar.
Para educar a nuestra América en la libertad y
en la industria es preciso poblarla con poblaciones de la Europa más
adelantada en libertad y en industria, como sucede en los Estados Unidos.
Los Estados Unidos pueden ser muy capaces de hacer un buen ciudadano libre
de un inmigrado abyecto y servil, por la simple presión natural
que ejerce su libertad, tan desenvuelta y fuerte que es la ley del país,
sin que nadie piense allí que puede ser de otro modo.
Pero la libertad que pasa por americana, es más
europea y extranjera de lo que parece. Los Estados Unidos son tradición
americana de los tres Reinos Unidos de Inglaterra, Irlanda y Escocia.
El ciudadano libre de los Estados Unidos es, a menudo, la transformación
del súbdito libre de la libre Inglaterra, de la libre Suiza, de
la libre Bélgica, de la libre Holanda, de la juiciosa y laboriosa
Alemania.
Si la población de seis millones de angloamericanos
con que empezó la República de los Estados Unidos, en vez
de aumentarse con inmigrados de la Europa libre y civilizada, se hubiese
poblado con chinos o con indios asiáticos, o con africanos, o con
otomanos, ¿sería el mismo país de hombres libres
que es hoy día? No hay tierra tan favorecida que pueda, por su
propia virtud, cambiar la cizaña en trigo. El buen trigo puede
nacer del mal trigo, pero no de la cebada.
(...) Pero tampoco hay que olvidar que el extranjero no
debe ser excluido, por malo que sea. Si se admite el derecho de excluir
al malo, viene enseguida la exclusión del bueno. En la libertad
de la inmigración, como en la libertad de la prensa, la licencia
es la sanción del derecho.
Esto no debe apartar de la memoria que hay extranjeros
y extranjeros; y que si Europa es la tierra más civilizada del
orbe, hay en Europa y en el corazón de sus brillantes capitales
mismas, más millones de salvajes que en toda la América
del Sur. Todo lo que es civilizado es europeo, al menos de origen, pero
no todo lo europeo es civilizado; y se concibe perfectamente la hipótesis
de un país nuevo poblado con europeos más ignorantes en
industria y libertad que las hordas de la Pampa o del Chaco.
La inmigración espontánea es la mejor; pero
las inmigraciones sólo van espontáneamente a países
que atraen por su opulencia y por su seguridad o libertad. Todo lo que
es espontáneo ha comenzado por ser artificial, incluso en los Estados
Unidos. Allá fue estimulada la inmigración en el origen;
y la América del Sur, bien o mal, fue poblada por los gobiernos
de España, es decir, artificialmente.
(...) La única inmigración espontánea
de que es capaz Sudamérica, es la de las poblaciones que no necesita:
esas vienen por sí mismas, como la mala hierba. De esa población
puede estar segura América que la tendrá sin llevarla; pues
la civilización europea la expele de su seno como escoria.
El secreto de poblar reside en el arte de distribuir la
población en el país. La inmigración tiende a quedarse
en los puertos, porque allí acaba su larga navegación, allí
encuentran alto salario y vida agradable. Pero el país pierde lo
que los puertos parecen ganar. Es preciso multiplicar los puertos para
distribuir la población en las costas; y para poblar el interior
que vive de la agricultura y de la industria rural, necesita América
embarcar la emigración rural de Europa, no la escoria de sus brillantes
ciudades, que ni para soldados sirve.
¿Por qué razón he dicho que, en Sudamérica,
gobernar es poblar, y en qué sentido es esto una verdad incuestionable?
Porque poblar, repito, es instruir, educar, moralizar, mejorar la raza;
es enriquecer, civilizar, fortalecer y afirmar la libertad del país,
dándole la inteligencia y la costumbre de su propio gobierno y
los medios de ejercerlo.
(...) Poblar es enriquecer cuando se puebla con gente
inteligente en la industria y habituada al trabajo que produce y enriquece.
Poblar es civilizar cuando se puebla con gente civilizada, es decir, con
pobladores de la Europa civilizada. Por eso he dicho en la constitución
que el gobierno debe fomentar la "inmigración europea".
Pero poblar no es civilizar, sino embrutecer, cuando se
puebla con chinos y con indios de Asia y con negros de África.
Poblar es apestar, corromper, degenerar, envenenar un país, cuando
en vez de poblarlo con la flor de la población trabajadora de Europa,
se le puebla con la basura de la Europa atrasada o menos culta.
Porque hay Europa y Europa, conviene no olvidarlo; y se
puede estar dentro del texto liberal de la constitución, que ordena
fomentar la inmigración europea, sin dejar por eso de arruinar
un país de Sudamérica con sólo poblarlo de inmigrados
europeos.
(...) Ese tiempo no habrá pasado del todo mientras
haya una Europa ignorante, viciosa, atrasada, corrompida, al lado de la
Europa culta, libre, rica, civilizada, porque es indudable que Europa
reúne ambas cosas, como se hallan reunidas en el seno mismo de
sus más brillantes y grandes capitales.
Londres y París encierran más barbarie que
la Patagonia y el Chaco, si se las contempla en las capas o regiones subterráneas
de su población.
(...) La parte principal del arte de poblar es el arte
de distribuir la población. A veces, aumentarla demasiado es lo
contrario de poblar; es disminuir y arruinar la población del país.
Pero no se distribuye la población por medios artificiales
y restricciones contrarias a la ley natural de la distribución,
sino consultando y sirviendo esta ley por esas medidas.
(...) Sumamente curiosa es la acción recíproca
de los dos mundos en la marcha y desarrollo de la civilización
y especialmente de la sociabilidad.
Dos aguas de distinta claridad, que se mezclan y confunden,
pueden ser la imagen expresiva del fenómeno a que aludimos. Si
un tonel de agua limpia y clara es vertido en otro de agua turbia, el
efecto natural será que el agua turbia quedará menos turbia
y el agua limpia menos limpia.
Lo que con estas aguas, sucede con los pueblos de ambos
mundos. Las inmigraciones europeas en América producen un cambio
favorable en la manera de ser de la población americana con que
se mezclan, pero es a precio de recibir ellas mismas una transformación
menos ventajosa por el influjo del pueblo americano. Todo emigrante europeo
que va a América, deja allí su sello de civilización;
pero trae, en cambio, el sello del continente menos civilizado.
Así Europa ejerce en América una acción
civilizadora, al paso que América ejerce en Europa una reacción
en sentido opuesto.
(...) La acción de esta doble corriente cada día
es más poderosa y activa, y forma una especie de remolino en que
se revuelven las democracias modernas sin poderse definir ni dar una dirección
determinada.
Como desierto, el nuevo mundo tiene una acción
retardataria y reaccionaria en el antiguo. En política, por ejemplo,
la federación americana, que no es sino la feudalidad de su Edad
Media, está produciendo en Europa, por la acción de su ejemplo,
un retroceso de sus Estados unitarios hacia la vieja descentralización
de la Edad Media.
Pero la vitalidad y la perfectibilidad de que están
dotadas todas las razas o ramas de la especie humana, no permite dudar
de que el término final de ese movimiento cederá en bien
de mejores destinos para la humanidad entera.
(...) Así, las peores inmigraciones de la Europa,
en América, hasta las inmigraciones de criminales, de ignorantes
y de corrompidos, se transforman y mejoran por el hecho de pasar a un
mundo cuyas condiciones de abundancia les impone y les facilita un género
de vida más conforme a los buenos instintos naturales de que está
dotado todo ser racional y libre.
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