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octubre
2001
Nº 94

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Edward Said
El antídoto para el boom Bloom
Wilfrido H. Corral
La concesión del Premio Príncipe de Asturias
de la Concordia 2002 al crítico palestino-americano Edward Said
pone en primer plano su trayectoria intelectual. Su participación
en la discusión literaria como en la política son las razones
esgrimidas por Wilfrido H. Corral para marcar distancia frente a otro
crítico anglosajón ampliamente difundido: Harold Bloom.
Casi durante toda la primavera y parte del verano que
acaba de terminar, los periódicos y las revistas culturales españoles
retomaron el endiosamiento del crítico literario estadounidense
Harold Bloom (1930). Digo "retomaron" porque se comenzó
con su recuperación del canon, lo cual le parecerá bien
a cualquier lector sensato, aunque un crítico aún más
sensato, George Steiner, dice que dedicarse al canon es parte de la mentalidad
triunfalista americana. Bloom merece ser una súper estrella, su
leve conocimiento de las literaturas hispánicas aparte. La angustia
de las influencias (1973), traducido al español en 1977 por el
ensayista venezolano Francisco Rivera, es en verdad el libro que legitimó
a Bloom como crítico en su país, y tal vez el único
que se conoce antes de su boom. Antes de su fama tardía fue una
industria, compilando con segundos y terceros cientos de volúmenes
sobre crítica y autores. Un volumen, en el que se incluye, infla
a la deconstrucción, movimiento que sigue criticando con vehemencia.
Uno se puede quedar con la impresión de que Bloom es el crítico
más importante del momento. El hecho es que, aunque ya tenía
en su haber libros sobre Conrad, Edward Said (1935) publicaba Beginnings:
Intentions and Method en 1975. No es descabellado proponer el trabajo
de Said como un antídoto al boom Bloom, y una reciente colección
suya muestra por qué.
Reflexiones sobre el exilio
Después del 11 de septiembre de 2001 era inevitable
que la xenofobia afectara a cualquiera cuya "otredad" personal
y de ideas le aproximara a los acusados de esa tragedia. Así Said,
crítico literario palestino-americano, sigue soportando reacciones
irreflexivas a sus comentarios políticos, con el resultado paradójico
de que se olvida por qué adquirió prominencia: la renovadora
visión exegética que produce y su papel hegemónico
en el desarrollo de la crítica y teoría literarias oficialmente
aceptadas de Occidente. Said percibe un flujo necesario entre sus ideas
estéticas y políticas, mostrado en Orientalismo, Cultura
e imperialismo, y en Representaciones del intelectual. Ahora, en Reflections
on Exile and Other Essays (Harvard University Press, 2000), leemos cómo
esos cruces interdisciplinarios son su razón de ser, y la fuente
de exculpación por desvíos conceptuales ajenos, corolarios
inesperados de su esfuerzo vital por traer a colación todo lo que
ayude a interpretar. Y a diferencia de la idea que da título a
sus memorias, aquí manifiesta que nunca ha estado "fuera de
lugar".
Reflections on Exile recoge cronológicamente cuarenta
y seis ensayos publicados entre 1967 y 1998 sobre temas culturales contemporáneos.
Varios de los dedicados a la historia de la crítica, literatura
y cultura, y a la política y la música son seminales y emblemáticos.
No es casual que las extensas entrevistas (1976-2000) recientemente compiladas
por Gauri Viswanathan bajo el título Power, Politics, and Culture
(New York: Pantheon, 2001) estén divididas en "Representación
y crítica" y "Erudición y Activismo". Así,
en Reflections on Exile resultan particularmente clarividentes los ensayos
dedicados a Naipaul (su visión no es muy diferente de la de los
detractores del premio Nobel) y su larga introducción a Moby-Dick.
Nunca peleado con el canon, reubica a Conrad (en América Latina),
Hemingway (y el toreo), Orwell, Nietzsche y Vico. También resitúa
a Adorno, Barthes, Foucault, Gramsci, Lukács y Williams. Estos
últimos han sido la base conceptual de otras colecciones de ensayos,
y razón para que se crea que es un "marxista", "textualista"
y apologista de lo políticamente correcto. ¿Qué hacer
entonces con sus indispensables capítulos sobre música (Boulez,
Gould, Bach y Fidelio)? Entre los capítulos dedicados a la cultura
popular es simplemente genial el que analiza las películas de Tarzán
(con Johnny Weissmuller), y pide celebrarlo por ser típico del
"exiliado permanente". Allí se detecta un efecto especular,
porque Said sólo puede desempañar los lenguajes de los reinos
interiores de Occidente y Oriente porque vive en ellos. Sin embargo, después
del 11 de septiembre rehusó hablar a la prensa sobre el terrorismo,
por la obvia razón de que al hacerlo hubiera contribuido al cliché
de que uno representa a su gente, sea como sea, así haya vivido
más de cuarenta años en Estados Unidos, y más de
treinta y cinco en Columbia University, después de doctorarse en
Harvard. Que sea un intelectual privilegiado en una institución
privilegiada no quiere decir que no pueda decir algo valioso sobre la
injusticia u opresión. La gran diferencia es que Said practica
la autocrítica (véanse los reajustes de sus conceptos del
orientalismo y de la "teoría viajera"), y, diferente
de sus discípulos, no pretende hablar por el "pueblo"
y escribe sin la jerigonza que ningún subalterno de la calle entendería.
Como todo crítico verdadero, crea su propia escuela y precursores,
a pesar de sí. Los ensayos más recientes de esta colección,
como su importantísima introducción, demuestran cómo
siempre ha medido bien lo literario y puesto en excelente perspectiva
a los diferentes parásitos interpretativos. Son antídotos
contra la oxidación interpretativa los capítulos sobre el
futuro de la crítica; sobre las diferencias entre oponentes, auditorios,
electores y comunidad; y sobre las relaciones entre historia, literatura
y geografía.
Un prisma histórico
Said se carga más a diestra que a siniestra, pero
eso no quiere decir que simpatice ciegamente con el pensamiento débil
o los vulgarismos, marxistas o no. En una elogiosa reseña en el
New York Times la no menos polémica políglota Martha Naussbam
asevera que en estos ensayos se nota un Said progresivamente esperanzado,
aun cuando para él el exilio significa una distancia crítica
ante las identidades culturales. Said ve la cultura por el prisma histórico,
subrayando cómo la experiencia étnica y el nacionalismo
quebrantan la manera en que la tradición domina a la literatura.
Reflections on Exile es un eco de sus teorías, y un llamado a que
se las interprete con conocimiento de causa. Said deja para el final un
ensayo, inédito, sobre Samuel P. Huntington y su polémico
(y muy defendido después del 11 de septiembre) The Clash of Civilizations.
El crítico asevera cautelosamente que Huntington no es objetivo,
que es producto de su propia historia y luchas por el poder, y que las
culturas cambian y no son monolíticas. Estas son conclusiones muy
conocidas en el estudio de las ciencias humanas hoy.
Ahora, Said también arguye que Huntington es un
polemista cuya retórica perpetúa argumentos del tipo "nosotros
contra ellos". Pero en el capítulo homónimo y en otro
sobre el estar entre mundos (en verdad un adelanto de sus memorias); en
uno sobre la identidad, el potentado y el viajero; y en los concentrados
en las causas perdidas o sobre los interlocutores de la antropología,
se encuentran atisbos similares a los que critica. Sin embargo, Said es
mucho más complejo que lo que creen y exhiben sus acólitos,
y por cierto más elegante en conceptos y expresión. En última
instancia esta extensa compilación demuestra que no se saca nada
con ubicaciones viscerales como las de un Bloom, y Said critica esas posiciones
recurriendo a todo polo opuesto. Desde 1998, límite temporal de
los ensayos de esta colección, Said ha publicado otros que confirman
su consistencia como uno sobre su breve (y decepcionante) encuentro
con Sartre en casa de Foucault y entiendo que está terminando
un libro sobre el humanismo. El hecho es que por toda esa gama de intereses
y felices obsesiones Said siempre atrae sobre sí la admiración
de medio mundo, y la desconfianza de la otra mitad política. Pero
jamás deja de fascinar a todo el mundo, y Reflections on Exile
es una suma fehaciente de cómo arma su seducción.
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