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octubre
2001
Nº 94

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Revolución musical en los
museos
Pere Parramon
Recientemente se presentó en el MACBA de
Barcelona la exposición de instalaciones audiovisuales y sonoras
Procés sònic. Complementada con otras exposiciones, representó
una muestra de la revolución que se está produciendo en
la propuesta de contenidos para los museos. A continuación se analiza
este cambio, y su implicación, a partir de las fusiones musicales.
El vicio más ilustrado del occidente moderno: etiquetar.
En nuestro pensamiento, cuyos esquemas son herencia directa de la enciclopédica
Época de las Luces, cada cosa tiene un espacio delimitado del que
salirse implica poco menos que blasfemia: en el museo, por ir a lo que
nos ocupa, arte, y en la discoteca, música. Pero ¿qué
ocurre cuando la institución museo decide abrir sus puertas a manifestaciones
culturales que la tradición nunca antes le había asignado?
¿Disc-jockeys pinchando en sus salas?
Entre mayo y junio de 2002, el Museu d'Art Contemporani
de Barcelona (MACBA) se adentró sin tapujos en el mundo de la música
electrónica y el arte sonoro, sondeando, de paso, sus contactos
con las artes visuales. De este modo metía el dedo en algunas de
las llagas más dolorosas de los aficionados al vicio ilustrado:
la imparable mezcla entre disciplinas artísticas, la ya desaparecida
distinción entre élites culturales y culturas de masas,
y el avance de lo intangible.
Híbridos musicales
Las propuestas de Procés exploraban las intersecciones
entre música y otras disciplinas artísticas: Doug Aitken
con el cine, Renée Green con el vídeo, Dorfmeister, Huber
y Orozco con la fotografía y la performance... En un mundo cuyas
distancias físicas y virtuales empequeñecen por momentos
al menos en lo que al arte respecta, la hibridación tiene
que ser por fuerza uno de los leitmotivs principales del panorama cultural.
Las fronteras entre artes plásticas, música, cine, fotografía,
moda y otras sofisticaciones, se disuelven en una sola polifonía.
El artista contemporáneo trabaja con todo lo que le rodea. De este
modo se zafa de las etiquetas clásicas que le confinaban a territorios
estancos. Este proceso viene produciéndose gracias a artistas curiosos
por campos ajenos Kandinsky buscando lo musical en la pintura, Muncaksi
mezclando moda y fotografía, Bresson revisando a través
de la cámara clásicos literarios.... En este sentido,
uno de los híbridos que está experimentando un mayor auge
consiste en unir música con otras disciplinas. Así, no es
extraño que festivales como el Sónar, Lem o Zeppellin (los
tres en Barcelona), den buena cuenta de propuestas como el concierto audiovisual
o la existencia de video- jockeys. Durante la contemporaneidad el homo
universalis resucita si es que había muerto, pero sin
las connotaciones de genialidad leonardescas: vuelve con las dudas y ambigüedades
del hombre moderno. Casi para delicia de Wagner, los artistas exploran
las cualidades de distintas disciplinas en pos de la quimérica
Gesamkunstwerk (obra de arte total). Con una diferencia: sus ingredientes
no nacen de las olímpicas inspiraciones de Euterpe, Polimnia o
Terpsícore, sino que son bastante más mundanas. Por ejemplo,
Carles Congost agita música, moda y diseño gráfico
en un cóctel de arte y por poco sociología que sabe sofisticado
pero deja el regusto vívido de lo cotidiano. El arte sonoro, el
net-art, la videocreación y las artes derivadas del imparable flujo
de nuevas tecnologías son un hervidero de ideas y estímulos.
Por otro lado, en Procés se servía al público
música electrónica, lo que hace referencia al segundo aspecto
que mencionábamos: la irrupción de los productos de masas
en el palacio de la llamada alta cultura: el museo. George Steiner recordaba
que en la primera mitad del siglo xx las diferencias entre el inglés
hablado de un lord y el de un obrero eran suficientes para identificarlos
y situarlos en su contexto económico y social; actualmente el inglés
es una lengua mucho más homogénea. Del mismo modo, la distinción
entre alta y baja cultura ya es imprecisa. Lo underground, marginal, rebelde,
lo ligado a colectivos periféricos, todo esto ha ido aflorando
y mezclándose con lo oficial, lo aceptado, irrumpiendo con la fuerza
de su exotismo, frescura y desenfado. Las etiquetas de alta y baja cultura
amarillean en algún rincón. Élites culturales frente
a cultura de masas, un enfrentamiento obsoleto en un mundo embebido tanto
de la "democrafilia" impuesta por internet como de la incredulidad
instalada por la postmodernidad. Así, en un museo como el MACBA,
se puede entender la cultura de club como una manifestación cultural
tan digna como pueda serlo el expresionismo abstracto. Hace unos años
hubiera sido impensable mezclar un festival de música moderna con
la programación de museos y salas de exposiciones. En cambio, el
techno del Sónar 2002 Festival de Música Avanzada y
Arte Multimedia de Barcelona reverberó por el MACBA, el Centre
d'Art Santa Mònica o el Centre de Cultura Contemporània
de Barcelona. La música tiende a homogeneizar: su habilidad metamorfoseante
para ir con los tiempos, más la capacidad de cohesionar grupos
y conformar espíritus colectivos a través del canto
y el baile, hacen de la música una seductora imparable. Entonces,
si el arte contemporáneo aboga por la participación del
público, no es de extrañar que lo musical entre en el museo
como la divina reinante. La complicidad que la música consigue
con el espectador es más rápida y, en algunos casos, mucho
más efectiva que la producida por otras artes.
No sólo lo visual
Regresemos a Procés sònic, ya que incidió
en uno de los problemas intrínsecos al museo entendido como lugar
de exposición: ¿cómo mostrar arte sonoro en un lugar
pensado para mostrar arte visual en dos o tres dimensiones (a veces en
movimiento)? Precisamente el arte sonoro se caracteriza por usar como
material principal el sonido sea entendido como ruido o música,
quedando lo visual como material complementario. Partiendo de postulados
futuristas como los de Luigi Russolo L'arte di rumori (1913),
de la experimentación de Cage, Stockhausen, Reich, Rogalsky y Varèse,
entre otros, los artistas sonoros echan mano de todo aquello que entre
por las orejas, apelando así a la fuerza de uno de nuestros principales
sentidos según Joseph Thompson, director del MoCA de Massachussets,
"en un mundo que prioriza lo visual, creo especialmente profundo
el poder del sonido". Tal vez la museología ha añadido
un nuevo capítulo a sus anales con las confortables salas insonorizadas
de Procés, uterinas, atmosféricas, bañadas en sonidos,
luz y oscuridad, algunas próximas al chill out, otras al santa
sanctórum de un templo. Bordeando lo discotequero, el MACBA supo
adaptar sus instalaciones a la oreja, concebidas, como la mayoría
de los museos, para el ojo. Abordar la exposición del sonido sin
supeditarlo a lo objetual o como complemento a lo visual, algo de lo que
adolecían algunas de las muestras precursoras en otros museos,
a pesar de ser estupendas Voices (Witte the Witt, Rotterdam, 1998),
Lost in Sound (Centro Galego de Arte Contemporánea, Santiago de
Compostela, 1999), EarMarks (Massachussets Museum of Contemporary Art,
1999), Sound and Files (Kunstlerhaus, Viena, 2000), Sonic Boom (Hayward
Gallery, Londres, 2000), Sound Art - Sound as Media, NTT/ICC, Tokio 2000),
etc.. De este modo Procés creaba una interesante paradoja,
a la vez que un desafío para la museología: conservar el
carácter performativo y temporal de la música en un entorno
espacial definido y limitado. Ante una exposición de este tipo,
el visitante del museo no pudo, de ningún modo, adoptar la actitud
contemplativa convencional, es decir, ir paseando de sala en sala mirando
aquí y allá según los intereses particulares o la
fuerza de los estímulos visuales. Ante obras basadas en su proceso,
en su dimensión temporal, que sólo se puede recorrer en
un único sentido irreversible, el público debe pararse a
participar en ellas, como el espectador de cine o de teatro. El suceso
o el proceso ocupan el lugar el objeto y, pese al materialismo del que
impregna nuestras sociedades, por una vez se impone lo intangible sobre
lo palpable. En el mundo de Internet, de lo virtual, de lo interactivo,
de la imagen en movimiento, de la velocidad, ¿qué cabida
tiene la objetualidad entendida en términos clásicos? Al
museo ya no sólo se va a ver: también a oír, tocar
y participar con todos los sentidos posibles. Participar, en eso se basa
buena parte de la estética contemporánea. Cuando el disc-jockey
Jeff Mills llevó al éxtasis a las 22.000 personas que le
escuchaban en el Sónar, probablemente se acercó a los vómitos
catárticos del público de Esquilo o Sófocles. La
gente guapa de las fiestas rave o de los conciertos multitudinarios tal
vez sean las ménades del tercer milenio.
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