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octubre
2001
Nº 82

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Finita la commedia
El caso Sefarad llega con este número a su término.
A modo de épilogo, Oscar Peyrou nos recuerda una serie de realidades
que conviene tener presente en la actual situación literaria y
editorial de España. Otros corresponsales señalan breves
acotaciones y, sobre todo, la necesidad de reforzar una tradición
crítica que facilite el diálogo sobre obras y temas
La realidad de un complejo
sistema literario
Finita la commedia. "Todo es mediocre, pasajero,
poco importante, sobrevalorado". Esta frase del gran Paul Léautaud
resume en pocas palabras la situación de la literatura española
actual.
Y ahora, una síntesis -a modo de titular- de lo
que vendrá a continuación para el lector que esté
apurado: En España, el principal enemigo del escritor es la editorial.
Los escándalos de plagio protagonizados recientemente por una popular
locutora de televisión y por un importante funcionario cultural
del actual gobierno, son síntomas preocupantes de la corrupción
imperante en el sector. La mejor literatura que se publica actualmente
en este país, es la extranjera. La mayoría de los autores
españoles contemporáneos consagrados son el resultado de
un fraude o de una exageración, consecuencia de una maniobra propagandística.
Los actores conscientes o inconscientes de esta gigantesca
operación comercial son muchos críticos los que escriben
a canapé la palabra, los amigos de sus amigos o los ignorantes,
los crédulos y escasos según las estadísticas-
lectores y los autores, que, empujados por el narcisismo, están
encantados de haberse conocido.
En realidad, y a la larga, los más perjudicados
por esta situación son los propios autores porque la fama (y eso
ya lo sabían los griegos) es el presente que hacen los dioses para
hundir a los humanos. En general, la gloria perjudica al escritor: lo
hace demasiado consciente de sí mismo, lo obliga a abandonar esa
inocencia imprescindible para lograr la obra artística, estereotipa
su estilo, lo presiona para escribir aunque no tenga ganas y, finalmente,
lo convierte en el peor discípulo de sí mismo.
Las verdades anteriores, que pueden sonar como aldabonazos
en la consciencia manipulada del lector medio, las digo en tono mesurado,
sin acritud, con la tranquilidad del que se siente asistido por la razón
y con la seguridad del que ha sido educado en el majestuoso, rígido
y complejo protocolo de la corte de Borgoña. ¿Empezamos
por el principio o por el final? Supongo que da igual. Como en el estómago
cuando uno come o en la memoria cuando uno recuerda, todo se mezcla.
En primer lugar, una afirmación general, que tanto
vale para China como para Finlandia: Los buenos escritores son escasos.
Es más, en cada país se pueden contar con las uñas
de un dedo. Bueno, no exageremos. Con los dedos de una uña. Después
vienen cinco o seis aceptables y después, el cardumen de mediocres,
que son legión. Estos últimos suelen ser los más
ruidosos, los que están haciendo declaraciones todo el tiempo,
los que participan tanto en mesas redondas como en mesas cuadradas, los
que dan conferencias, los que hacen innumerables prólogos, los
que provocan polémicas artificiales. Los que tienen más
hambre de fama que una piraña del glúteo de un turista.
Como dijo Alphonse Allais con esa sorna que lo caracteriza,
"la sed de oro -auri sacra fames- ha llegado a ser tan imperiosa
actualmente, que mucha gente no duda en emplear el asesinato, la felonía
e, incluso, la falta de delicadeza para procurarse dinero".
Las grandes editoriales dominan el mercado, tienen un
gran poder económico y forman parte de grupos más amplios
que controlan prácticamente la totalidad de los medios de comunicación.
Así, cada editorial tiene sus periódicos para hacer propaganda
de sus productos. Para El País (que pasa por ser el diario más
prestigioso de España) por ejemplo, todos los libros que se publican
en Alfaguara, Taurus, Santillana y Aguilar -empresas miembros del grupo-
son obras maestras. El Mundo, por su parte, es en parte propiedad de los
grupos editoriales italiano Rizzoli y británico Pearson.
Llamar "productos" a los libros no es casual.
Para estas grandes editoriales, los libros son meros objetos que se enajenan,
y como sucede en el mundo del comercio, la cantidad está directamente
relacionada con la calidad. Cuanto más se venda un libro, mejor
es. Desde esta perspectiva, Corín Tellado es más importante
que Cervantes. Tal vez algo de esto intuía Voltaire que dijo con
esa sutileza que lo caracteriza : "Todos los editores son tontos
o pillos; con igual ímpetu perjudican sus intereses y se aferran
a ellos".
En ese sistema, los escritores son simples obreros de
la fábrica de éxitos. Y si tienen la desgracia de acertar
con una obra, la empresa los presiona para que escriban otra cuanto antes.
Cada año o cada dos años, tienen que publicar algo, con
la consiguiente pérdida de calidad del libro y de su autoestima.
Cuando, agotados, no pueden más, son olvidados con la misma rapidez
con que fueron encumbrados.
A la hora de publicar, la editorial sólo valora
la posibilidad de que el texto se convierta en un bestseller. La calidad
no interesa. Es más, cuanto mejor sea, cuanto mas original o innovador,
menos posibilidades tiene de venderse, es decir, de publicarse. Excepto
rarísimas excepciones, el mercado es inversamente proporcional
a la calidad del texto. El corolario de este razonamiento es que es muy
difícil que los mejores escritores puedan publicar en España.
Esto nos lleva al siguiente punto. Como ve el atento lector,
todo se encadena, todo se relaciona. Y ahora viene la pregunta retórica:
¿Qué es lo mejor que se publica actualmente en este país?
La respuesta llega sorprendente pero sin esfuerzo, como la irregular pero
mansa olita a la playa fluvial: la literatura traducida, en especial la
de escritores extranjeros olvidados por el gran público.
Maray Peter o Wilkie Collins son recomendables e infinitamente
más originales y profundos que la mayoría de los "famosos"
autores locales a veces correctos y siempre banales-, de quienes
-como decía Henry James- "no hay nada que contar, aparte de
la flamante monotonía de su éxito".
Oscar Peyrou
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