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septiembre
2001
Nº 81

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El caso 'Sefarad'
El debate sobre el caso
Sefarad sigue abierto. La réplica del hispanista austríaco
Erich Hackl al texto de Muñoz Molina no se ha hecho esperar. Para
Hackl, narrar sobre vidas reales es una responsabilidad que requiere una
rigurosa labor de investigación. Lateral ofrece, además,
las intervenciones de Mihály Dés, director de la revista,
y del editor Santiago del Rey.
La responsabilidad de escribir sobre personas
reales
En su santa furia, Antonio Muñoz Molina
supera aún su propio modelo retórico: se inventa descalificaciones
inexistentes ("tonto", "cobarde", "soberbio",
"embustero") para presentarse como víctima de una vil
agresión. Acto seguido, agracia al contrincante con algunos improperios.
Como buen lector de Borges, tampoco se olvida de una regla fundamental
del arte de injuriar que consiste en concederme el título de señor,
"de omisión imprudente o irregular en el comercio oral de
los hombres, denigrativo cuando lo estampan". Es así de fácil
llevarme al infierno de la calumnia, donde me pilla totalmente desprevenido
que el santo de su señora ya se ha convertido en viajero musulmán.
Pero tampoco éste queda exento de la responsabilidad que tiene
cualquiera al escribir sobre personajes reales: informarse al máximo,
acudiendo a testigos, documentos y lugares de los sucesos, con el fin
de superar las limitaciones que tiene frente a una sociedad y época
distinta a la suya. Sin ese esfuerzo frente a la realidad, es difícil
dar con la verdad de los protagonistas.
Puntualizaciones varias
Puse varios ejemplos. Muñoz Molina
ha contestado ridiculizando algunos y omitiendo otros (serán los
errores ya borrados, según escribe, en las sucesivas ediciones).
Quedan unos más donde él cree que lleva la razón.
Pero sus argumentos no me convencen. Primero, la afirmación de
que Victor Klemperer tenía casi sesenta años se encuentra
junto a la fecha dada por el autor: "jueves 30 de marzo de 1933".
Entonces, Klemperer tenía 52. No viene a cuenta que Muñoz
Molina sepa sumar y restar. Segundo, reproduce un párrafo del diario
escrito por el profesor de Dresde para comprobar que aquel estaba "sin
conocimientos de idiomas extranjeros", pero olvida decir que Klemperer,
tan desalentado por la irrupción de la barbarie nazi, en sus diarios
llegó a considerar reducidas a cero casi todas sus capacidades,
tanto las intelectuales como las de la vida cotidiana. Creo que para cualquier
lector queda patente que Klemperer negaba lo que sabía, en una
mezcla de modestia, desesperación y justificación de su
decisión de quedarse. Tercero, no veo por qué la imagen
que da Muñoz Molina de Jean Améry para el año 1935
deja de ser falsa. La frase de Améry en la cual recuerda su atuendo
típico de las montañas es una referencia a un tiempo muy
anterior al momento evocado por Muñoz Molina, el del café
vienés.
También sigo considerando falsa la
afirmación de que Hans Mayer tomó en la noche del 15 de
marzo de 1938 el expreso de las 11.15 hacia Praga. Para justificar su
invención, Muñoz Molina ofrece un pretexto extraño:
según él, es legítimo ese error "ya que miles
de personas que se parecían mucho a Améry hicieron lo mismo".
Y pregunta: "¿Invalida [la tergiversación de los hechos]
en algo la veracidad del retrato de un hombre perseguido que yo hago en
mi libro?" Bien podría contestarle con sus propia palabras,
sacadas de una entrevista con la periodista Rosa Mora: "Lo que quería,
más que apropiarme de la gente y convertirla en personajes e historias
mías, era dejar que siguieran siendo suyas." Suyas de verdad,
con la historia particular e inconfundible que cada uno tiene, independiente
de todas las experiencias compartidas.
En la reconstrucción de vidas ajenas
suele ser frecuente y hasta imprescindible escribir a base de suposiciones,
por la falta de testimonios o porque los informantes se contradicen o
son poco fiables. Entonces no queda otro remedio. Pero en el caso de Améry
como en los de Klemperer, Jesenská o Buber-Neumann existe tal cantidad
de información accesible que no había necesidad de inventarse
sucesos o actitudes que resultan ser erróneos.
No me molesta tanto que Muñoz Molina
lo haya hecho. Me parece más bien ilícito su procedimiento
de deformar las vidas reales según sus necesidades narrativas,
pero convencer con la autoridad de quien dice que se adhiere a los hechos:
"Para qué voy a inventar nada".
El hecho de que yo haya tomado a Isaac Salama
como personaje real y no como invención o unificación,
como afirma Muñoz Molina, de varios fragmentos de vidas va
en detrimento del autor; dudando entre ambas posibilidades, me decidí
por la primera confiando en su respeto a lo que la escritora Christa Wolf
llamó el tabú de Auschwitz como objeto de la literatura
escrita por generaciones posteriores: el precepto de no novelar historias
del Holocausto mezclándolas con testimonios de los sobrevivientes.
En la entrevista con Camila Loew, para Lateral, Muñoz Molina opta
por el documental Shoa de Claude Lanzmann, en contra de la película
efectista de Steven Spielberg, precisamente por el mismo motivo. Pero
su puzzle humano llamado Salama no hubiera cabido en el proyecto de Lanzmann.
Es sobre todo decoración ideológica la exaltación
de la fidelidad hacia España, tal como lo son los restaurantes
españoles que Muñoz Molina ha encontrado entre Copenhague
y Nueva York y de los cuales informa con lujo de detalle.
Aprovecha gran parte de su réplica
para dar fe de su compromiso político. Sé que en toda su
obra destaca el interés por la historicidad del hombre. Pero eso
en sí no es ningún mérito; como simplifica, generaliza
y predica cada vez más, es asequible para los poderes fácticos
que buscan legitimar el presente con la falsificación de la historia.
Véase sin más su sermón contra el supuesto antisemitismo
de "la izquierda oficial" en la mencionada entrevista de Camila
Loew. Durante algún tiempo, su blanco preferido fueron los intelectuales
que hablaban en el extranjero mal de su país a costa del Estado
español, "concretamente de los ministerios de Asuntos Exteriores
y de Cultura". A veces no comprende la postura de los republicanos
reivindicados por él para la España actual y pide lo que
ellos rechazan. Así dijo en la presentación de Sefarad a
la periodista Amelia Castilla: "Me sorprendió que en el cincuenta
aniversario de Mauthausen en 1995 no hubiera ningún representante
del Gobierno español, seguramente por eso se izó la bandera
republicana." El motivo es bien distinto; cada año, en el
aniversario de la liberación del campo, los sobrevivientes y sus
familiares llevan un duro combate con las autoridades austríacas:
éstas izan al borde de la carretera hacia el portón la bandera
de la monarquía, para cumplir así con las sugerencias de
la diplomacia española, y aquéllos la sustituyen por la
tricolor. No aceptan que desaparezca el símbolo de lo que defendían.
Ven, además, que la bandera constitucional se parece demasiado
a la otra, la de Franco, que fue uno de los principales culpables de la
muerte de miles de sus compatriotas, allí en Mauthausen.
Involuntariamente, la defensa emprendida
por Justo Serna baja Sefarad a un nivel que su autor no merece. Ni por
los ejemplos que pone una mala película, una novela prefabricada,
el dedo índice de un urólogo, ni por el lenguaje que
hace pensar que Muñoz Molina se ha pasado a la pintura por tantos
colores desteñibles que da al conjunto de su obra. Serna opina
"que estamos tratando de una ficción" donde cada uno
es libre de hacer lo que le da la gana siempre que se salven "los
fines de la novela". Espero que el viajero musulmán y su aficionado
a la calumnia compartamos por lo menos frente a ese concepto una misma
idea.
Erich Hackl
La infranqueable dificultad de quedar bien
Antonio Muñoz Molina publicó
una novela a la que Lateral le dedicó su penúltimo En Portada.
Seis de sus ocho páginas entrevistas, artículo de fondo,
crítica constituyen una especie de homenaje al autor de Sefarad.
Dos de ellas, en cambio, dan lugar al texto sumamente crítico de
Erich Hackl. Como es natural, en su respuesta publicada en el número
anterior de Lateral, Muñoz Molina rechaza las afirmaciones acusatorias
de Hackl. Menos natural me parece que su irritación nos alcance
también a nosotros, mensajeros de la mala noticia.
Uno de los epígrafes de nuestra revista
asegura que "Lateral quisiera identificarse con la opinión
de sus colaboradores. Lamentablemente no siempre será posible."
Puestos a calificar, la postura oficial de Lateral respecto a Sefarad
resulta más bien elogiosa tanto por el espacio dedicado a la novela
y su autor, como por el entusiasmo e interés que transmite la mayoría
de los textos. Además, el artículo de Hackl no estaba previsto.
Llegó cuando el número ya estaba montado, pero como llegó,
no podíamos hacer como si no existiera. Aunque hostil, este artículo
es lícito en cuanto plantea, a base de un buen conocimiento de
la obra de Muñoz Molina y del contexto de Sefarad, una serie de
asuntos dignos de debate: la chapucera edición, los límites
de la ficcionalización de personajes reales en una prosa realista
y los riesgos de elegir como material narrativo el Holocausto o el Gulag.
Independiente- mente de si uno está de acuerdo con el artículo
de Hackl, la única razón para no publicarlo habría
sido temer despertar la ira de Muñoz Molina. Una razón poderosa
desde varios puntos de vista pero no desde el ético y literario.
En realidad, hay un solo punto cuestionable
en este asunto: el subtítulo del texto de Hackl. Al hablar del
"santo de su señora", Hackl abusa del apodo que Elvira
Lindo, esposa de Muñoz Molina, utiliza en su columna de El País
Semanal para referirse a su marido. Normalmente, procuramos evitar la
presencia de este tipo de golpes personales en la revista. Pero ocurre
que nadie en Lateral conocía dicho apodo; por tanto, nadie podía
percibir el insulto.
Hay dos acusaciones, a menudo procedentes
de las mismas personas, que pesan sobre nuestra revista: que dejamos demasiado
bien los libros y que a algunos en concreto los dejamos demasiado mal.
Ante la imposibilidad de lograr la doble absolución, seguiremos
publicando críticas no aptas para todos los gustos.
Mihály Dés
Libro escrito con pasión y respeto
Queridos amigos:
Nada más que unas líneas apresuradas,
para echar un poco más de leña al fuego. Sefarad no merece
ser discutida por sus imprecisiones tipográficas o por sus inexactitudes
de ambientación. Es un libro escrito con pasión y con un
profundo respeto por todos los perseguidos del nazismo y del estalinismo,
y me parece muy injusto decir que "los toma como rehenes" para
expresar que los retrata desde un punto vista subjetivo (¿cómo,
si no? ¿Desde las alturas de Dios Padre?). La equiparación
de Hitler y Stalin podrá no gustarle a Erich Hackl, pero no sólo
la sostienen los historiadores revisionistas, sino muchos millones de
muertos (¿o es que Stalin tenía mejores intenciones?).
Otro motivo de discusión (?) más
interesante, creo yo, es la estructura abierta, y los elementos acaso
demasiado heterogéneos que componen el libro. Aunque para mi gusto,
en todo caso, muchas de sus páginas están entre las más
vívidas y conmovedoras que ha escrito Antonio Muñoz Molina.
Y es un libro fecundo en sus repercusiones, además, como lo prueba
esta discusión y el número que le habéis dedicado.
Santiago del Rey
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