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julio - agosto 2001
Nº 79/80




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El caso Hackl
El autor de Sefarad responde

Antonio Muñoz Molina

"El caso Sefarad" de Erick Hackl, publicado en el número anterior, ha suscitado una polémica sobre la relación entre ficción y realidad a raíz de la novela de Muñoz Molina. Lateral da espacio al autor de Úbeda y al ensayista Justo Serna, para responder a las críticas de Hackl. En el próximo número se publicarán otras opiniones, incluida la de Lateral.

En el espacio de un solo artículo no demasiado largo ("El caso Sefarad", Lateral, junio de 2001) el señor Erich Hackl acumula tal cantidad de descalificaciones y de suposiciones más o menos injuriosas sobre mi trabajo, mis opiniones y mi persona que no sabe uno de qué asombrarse más, si de la saña despectiva de la que hace gala, de su capacidad de síntesis o de su roma incapacidad de comprender algunos recursos muy comunes de la creación literaria. Borges habla de un aficionado a la calumnia que acusaba a un viajero musulmán, recién vuelto de China, de no haber estado nunca en China, y además de haber blasfemado de Alá en los templos de aquel país. Con parecida incontinencia, el señor Hackl me acusa casi de todo: de no saber alemán, de ignorar el número de las estaciones ferroviarias de Viena, de equivocarme sobre la edad que en un momento dado tenía el profesor Victor Klemperer y sobre sus conocimientos lingüísticos, de falsa humildad, de la soberbia de atribuirme el descubrimiento de personajes de sobra conocidos, de identificar el estalinismo con el nazismo, de no distinguir entre fascistas y antifascistas, de formar parte de una conspiración encaminada a borrar o tergiversar la memoria de la lucha antifranquista, de confundir la nacionalidad con la lengua, de ocultar cobardemente nombres de personas a las que acuso, etc.

Pero vayamos por partes. Dice el señor Hackl que yo presento como olvidados a personajes tan conocidos como Milena Jesenska, Victor Klemperer, Willi Munzenberg o Jean Améry. Eso es perfectamente falso; yo no digo que sea mérito mío rescatar a Milena del olvido: tan sólo cuento mi descubrimiento personal de su vida anterior y posterior a su relación con Franz Kafka, y constato el hecho de que para mí mismo, como lector español de Kafka, Milena era sobre todo la destinataria de las cartas de él. En la nota de lecturas que hay al final de Sefarad explico mi encuentro con el libro Milena, de Margarete Buber Neumann, citando la edición de Tusquets, que es la que he leído. Y también sé que Buber-Neumann no es una desconocida: pero en España, salvo ese libro acerca de Milena, no se encuentran otras obras suyas, y las ediciones más accesibles que yo pude consultar de su testimonio sobre los campos soviéticos y los campos nazis son las publicadas en francés por Seuil. Yo no me atribuyo méritos que no me pertenecen: tan sólo atestiguo mi ignorancia y mi propio proceso de averiguación. En Alemania los diarios de Victor Klemperer fueron un best-seller, por supuesto, y en Austria Jean Améry sin duda es muy conocido: pero, hasta la fecha, no hay edición española de la obra del primero, y sólo cuando mi novela Sefarad estaba ya en la calle apareció la traducción del libro de Améry que yo había leído en francés y en inglés, hecha por Enrique Ocaña, y publicada en Pre-Textos con el título de "Más allá de la culpa y de la expiación". Y no habían aparecido en la prensa española muchos artículos sobre Jean Améry cuando yo escribí por primera vez sobre él en 1995. No estoy, pues, atribuyéndome rescates que no han existido: tan sólo constato ciertas limitaciones del mundo editorial en el que la mayor parte de los lectores españoles nos movemos.

Pero el señor Hackl también me acusa de falsedades o errores en mis referencias a las vidas de esos personajes históricos. Según él, yo digo que Victor Klemperer tenía casi 60 años en 1933, cuando tenía 52, dado que había nacido en 1881. No soy muy listo, ni hablo alemán, ni sé cuántas estaciones de ferrocarril hay en Viena, pero, modestamente, sí sé sumar y restar: en mi libro yo me refiero al período de la vida de Victor Klemperer que transcurre entre 1933 y 1941, que es el tiempo en el que aún hubiera podido marcharse de Alemania. Las citas de los diarios que reproduzco en Sefarad se suceden misceláneamente, y sin orden, a lo largo de esos años, y a la creciente desesperación del profesor ante los acontecimientos en Alemania y en Europa: ¿Es un disparate decir que en torno al principio de la guerra, y cuando se hacía más angustiosa la necesidad de emigrar, el profesor Klemperer tenía casi sesenta años?

Pero el señor Hackl no sólo me corrige a mí: también le enmienda la plana al propio Klemperer. Según su artículo, Klemperer dominaba a la perfección el francés, y probablemente también el italiano, así que la ignorancia de idiomas extranjeros que yo le atribuyo no podía ser una de las razones de su miedo a emigrar. Le copio, en su traducción inglesa, una anotación que hizo Klemperer en su diario el 7 de febrero de 1935: "I am so agonizingly helpless. Because I am a modern philologist who cannot speak any foreign languages. My French is completely rusty, I am afraid to write or speak even a single sentence. My Italian never counted for much. And for my Spanish. I can do nothing useful". A lo largo de 1938 y 1939, las anotaciones sobre las tentativas de aprender inglés son constantes, y siempre desalentadoras.

Pasando a Jean Améry, el señor Hackl empieza por censurarme que yo "juegue con la posibilidad" de que se marchara de Viena en el expreso nocturno hacia Praga que en los días de la anexión de Austria al Reich iba lleno de fugitivos: no es un juego insensato, ni una posibilidad descabellada, ya que miles de personas que se parecían mucho a Améry hicieron lo mismo. Que él se marchara en realidad unos meses después, y no hacia Praga, sino hacia Colonia, ¿invalida en algo la veracidad del retrato de un hombre perseguido que yo hago en mi libro? Cuando hablo de su afición juvenil a vestirse con el traje tirolés, no me invento una caricatura folklórica: es el propio Améry quien repetidas veces hace referencia a eso, por ejemplo en el primer párrafo de su ensayo sobre la obligación y la imposibilidad de ser judío: "¿Es posible que yo, el ex prisionero de Auschwitz(...) aún me avergüence de ser judío, como hace unos decenios, cuando vestía pantalones bermudas de cuero con medias blancas y me escudriñaba en el espejo para ver si me devolvía la imagen de un mozalbete alemán de buena presencia?". El personaje a quien yo evoco sentado en un café con ese traje típico no es exactamente él: en el pasaje en que lo describo, es un "tú abstracto" que a quien representa es al lector, la posibilidad de que cualquiera, también el lector, pueda ser de golpe expulsado de la normalidad. Tampoco digo que Améry se enterase de golpe del antisemitismo, en un café, sin haber sospechado nada hasta entonces: puede que yo sea tan tonto como el señor Hackl me supone, pero no presumo idéntica tontería en Améry. Lo que hago es parafrasear un pasaje de su libro que dice exactamente así, en la traducción española de Pre-Textos: "Todo empezó justo en 1935, cuando en un café vienés, inclinado sobre un periódico, comencé a estudiar las leyes de Nuremberg promulgadas recientemente allí en Alemania".

Yo no presumo que los austríacos pertenezcan o no a la cultura alemana: lo que constato, a lo largo de ese libro que vengo citando, es que Améry continuamente se define con respecto a ella. Y cuando digo que Améry renegó de la lengua alemana que había creído suya no soy tan tonto como para no saber que siguió usándola para escribir: pero con mucha frecuencia, igual que muchos exiliados del nazismo, habla de su difícil relación con ese idioma que siendo el suyo nativo es también el de los verdugos. Si yo, por ejemplo, decidiera un día cambiar mi nombre por el de Anton Müller, y establecer mi residencia en un país de lengua alemana, ¿no estaría renegando de algún modo de mi tierra de origen, aunque volviese regularmente a ella, y aunque continuara escribiendo en español?

Más grave me parece que el señor Hackl me acuse de "revisionismo histórico", o de no distinguir entre fascistas y antifascistas. Eso, en primer lugar, es mentira, como puede comprobar quien se moleste en leer con algún cuidado la mayor parte de mis novelas y de mis artículos. Si he defendido un revisionismo histórico, ha sido, desde hace muchos años, la reivindicación de la cultura republicana española, la recuperación de la memoria democrática y antifascista de mi país, de su literatura y de sus personajes más admirables, y en muchos casos más olvidados, los que fueron forzados al exilio. Que el señor Hackl considere una frivolización de la resistencia antifascista española un episodio cómico de mi novela El dueño del secreto no sé si es indicio de su torpeza de lector o de su malevolencia. Lo que desde luego no he hecho, y no voy a hacer nunca, es identificar progresismo con estalinismo, entre otras cosas porque muchísimas de las víctimas de Stalin fueron precisamente militantes comunistas. Enrique Líster no se cuenta entre mis héroes, pero eso no quiere decir que yo no sepa distinguir, o que no tome partido, o que pretenda una ecuanimidad vergonzosa. Antonio Machado es mi poeta preferido en el siglo XX, y mi simpatía hacia él y mi solidaridad con sus posiciones republicanas y su sufrimiento no quedan alterados porque no me guste uno de sus sonetos menos inspirados. He dedicado artículos y conferencias a reivindicar la herencia perdida de la ilustración española, que para mí representan intelectuales republicanos y socialistas tan cabales como Max Aub o Fernando de los Ríos. Mis héroes son los demócratas que perdieron la guerra civil española, los que lucharon en la resistencia francesa contra los nazis, los que sobrevivieron a los campos de exterminio para descubrir, en muchos casos, que las organizaciones comunistas a las que se mantuvieron leales durante tantos años los consideraban traidores. Mis héroes son, entre muchos otros, Leopold Trepper y Artur London, y Mariano Constante, y Primo Levi y Jean Améry, que nunca dejaron de rebelarse contra la irracionalidad y contra el fascismo, y que tampoco aceptaron el estatuto pasivo ­ y sin duda legítimo- de haber sido víctimas. Lo que yo piense sobre los parecidos entre Hitler y Stalin, o entre un campo del gulag y un lager nazi, tiene menos valor que la experiencia de ambas tiranías padecida por, ejemplo, por Margarete Buber Neumann.

Autor y narrador

Pero ya dije que, aparte de embustero, de revisionista histórico, de falso humilde, el señor Hackl me acusa de cobarde, porque no digo en cierto relato de mi libro el nombre del intelectual que en un viaje literario hizo alguna broma despectiva sobre el señor Salama, de Tánger. Erich Hackl parece tener el problema que consiste en identificar el yo del autor con el yo narrativo de los libros. ¿Imagina que yo, el autor del libro y de esta carta, soy médico, soy enfermo, soy vendedor de materiales de autoescuela, tengo un solo hijo, he asistido a la agonía de un viejo nazi, etc, tan sólo porque cada uno de esos atributos pertenecen a algunos de los "yo" sucesivos que hablan en mi libro? Cuando uno habla de personajes públicos, o históricos, o usa el nombre propio de personas reales, tiene la obligación de la exactitud, y nadie lamenta más que yo los errores que han podido deslizarse en Sefarad, la mayor parte de los cuales he ido corrigiendo en las sucesivas ediciones del libro. Pero cuando lo que cuento son historias privadas, la responsabilidad de lo histórico ­ porque lleva razón el señor Hackl utilizando la palabra responsabilidad- deja paso al privilegio de la literatura: el señor Isaac Salama de mi relato está hecho de fragmentos de vidas que yo unifico en un solo personaje; uno por uno, la mayor parte de los elementos son reales: es el conjunto el que, buscando un efecto estético de verdad, es imaginario, o combinatorio, por llamarlo de otro modo. Incluso tiene algún rasgo mío: a quien le gusta mucho ese soneto de Baudelaire que recita el señor Salama es a mí.

Así se han creado siempre los personajes literarios, que en mi libro se cruzan a veces con personajes históricos, pero no se confunden con ellos. Me sorprende que el señor Hackl, tan dotado de toda clase de agudezas, no tenga noticia de esos artificios de la creación literaria. También me sorprende, para terminar, que siendo tan erudito, tan severo con los despistes y las equivocaciones de los demás, tenga un sentido del humor tan original como para inventarse ese titular: "El santo de su señora". Qué gracioso, de verdad, comprendo que no pueda resistirse a repetirlo. Y extiendo mi felicitación a la revista Lateral, que con titulares así desmiente ese aire de seriedad tan poco español que algunos le atribuíamos.

Atentamente,

Antonio Muñoz Molina