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diciembre
2000
Nº 72

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entrevista
William Boyd
"Soy ateo, así que necesito dar un sentido
al mundo"
IGNACIO PADILLA
William Boyd nació en Accra, Ghana, en 1952,
creció en Nigeria y se educó en Niza, Glasgow y Oxford.
Tal vez debido a lo exótico de su biografía, a Boyd se le
sitúa siempre un tanto al margen de sus notables contemporáneos
Julian Barnes, Martin Amis o Ian McEwan. Sin embargo, sus cuentos y sus
novelas, con un gran número de lectores y traducidos a infinidad
de idiomas, lo han convertido en uno de los autores más notables
de su generación. Alfaguara ha publicado en España la mayoría
de sus libros, de entre los que destacan Un buen hombre en África,
por el que mereció el premio Whitbred en 1981, Las nuevas confesiones
o Barras y estrellas. Su última novela, Armadillo, acaba de salir
a la venta en nuestro país.
A pesar de ser uno de los autores más
populares en Gran Bretaña, difícilmente se le ve aparecer
en los medios de comunicación británicos, especialmente
en la prensa. ¿A qué se debe?
En los últimos diez años, la postura editorial
respecto a los mass media ha cambiado mucho. Cuando eres escritor, te
ves obligado a aparecer en televisión, a que te entrevisten. Sin
embargo, yo no he concedido una entrevista a los medios británicos
en cinco años; simplemente porque estoy aburrido. Además,
el periodismo británico de ahora es muy agresivo. No hay más
que ver la cantidad de entrevistas que se ha visto obligado a conceder
últimamente Martín Amis. Debe de ser terrible que te entrevisten
tanto.
Hasta cierto punto, ese interés es inevitable.
Hoy por hoy, el interés literario del mundo entero se ha concentrado
en la generación de escritores británicos a la que usted
pertenece.
Al parecer es cierto. Hay muchos escritores entre los
cuarenta y los cincuenta años, autores en plena madurez, que viven
en Gran Bretaña y publican con asiduidad: Martin Amis, Ian McEwan,
Julian Barnes, etc. Se pueden mencionar fácilmente unos diez o
doce, todos ellos escritores distintos pero igualmente interesantes, y
muy prolíficos. Pienso que los últimos quince años
han sido muy fructíferos en lo que a la novela británica
se refiere; bastante más interesante que lo que ha ocurrido, por
ejemplo, en Francia. Pero siempre transcurre un tiempo hasta que los medios
reconocen que se trata de una generación.
Sin embargo, fueron precisamente los medios, concretamente
el editor Bill Bufford en la revista Granta, quien, de alguna manera,
bautizó a la generación con dos números dedicados
a lo mejor de la nueva narrativa inglesa.
Creo que, en efecto, sus dos números sobre lo mejor
de la narrativa británica, publicados con diez años de diferencia,
no sólo muestran una generación de escritores establecidos,
sino que también aportan una perspectiva de la narrativa del futuro
próximo.
¿Qué otros elementos unificadores, además
de Bufford, podría mencionar respecto al sentido generacional?
Usted también estudió en Oxford, por ejemplo, como Barnes
y Amis.
Ciertamente existe una Oxford Connection, y también
hay una relación marcada por el periódico The New Statesman,
pues todos trabajamos en él, aunque no necesariamente al mismo
tiempo, entre 1975 y 1982. Muchos narradores de dicha generación
pasaron por este diario, o escribieron en él. Y también
muchos poetas. Pero no hay relación alguna en sentido estético.
Mis novelas son muy diferentes de las de Julian Barnes y Martin Amis.
Los conozco, todos nos conocemos, pero no existe la sensación de
que seamos un grupo de escritores que trabajan según las líneas
de un manifiesto común, o algo así. Sólo escribimos
nuestras propias novelas.
Otro de los elementos que suele citarse es la influencia
de los últimos dos grandes autores de la generación anterior:
William Golding y Graham Greene. ¿Reconoce en usted su influencia?
Conozco bien la obra de Graham Greene, no tanto la de
William Golding. Es posible que Golding haya influenciado a otros escritores,
pero es Greene quien a mí siempre me ha gustado. He leído
todos sus libros, y una de las razones por las que me gusta tanto es porque
lo considero uno de los pocos autores que han escrito libros sobre África
Occidental, el lugar donde crecí. Son muy pocos los escritores
británicos que han escrito buenas novelas sobre África Occidental.
Sin embargo, no creo que Graham Greene sea en mi caso una influencia consciente,
sino más bien subconsciente, casi inevitable.
¿Y qué hay de su lectura de autores latinoamericanos?
Conozco muy bien la obra de Jorge Luis Borges. He leído
mucho a García Márquez, y he escrito sobre él. A
Vargas Llosa lo conozco desde que trabajé en la adaptación
cinematográfica de La tía Julia y el escribidor. He leído
mucha literatura latinoamericana: Jorge Amado, Julio Cortázar,
etc., pero creo que probablemente sean Borges y Vargas Llosa los que mejor
conozca.
Se define como un novelista, sin embargo, se le alaba
como uno de los mejores cuentistas de su generación, a pesar de
no haber escrito muchos cuentos. ¿Cómo recibe esta visión
de la crítica, como cuentista que no escribe muchos cuentos?
Trabajo con los cuentos como si se trataran de una especie
de laboratorio. En los cuentos, por ejemplo, puedo experimentar con diferentes
tonos de voz. Se trata sólo de diez o quince páginas, de
modo que si no funciona, no tiene mayor importancia. Suelo utilizarlo
como ideas que tienen la posibilidad de ser rentabilizadas. Las novelas,
por el contrario, no las escribo de este modo, con la idea de que podrían
no funcionar. Mi tendencia natural es ser un escritor de novelas; escribo
cuentos para plasmar en ellos ideas específicas o para probar ciertos
recursos expresivos. Mis novelas Las nuevas confesiones o Playa de Brazzaville
tienen historias intercaladas, muchas de las cuales proceden de mi experimentación
con los cuentos, como por ejemplo el punto de vista femenino en Playa
de Brazzaville.
Puede decirse que al igual que su compatriota E. M.
Forster, usted es un novelista que desarrolla sus argumentos en escenarios
no británicos. Ha escrito sobre Francia, Tijuana, Los Ángeles,
etc.
Con frecuencia escribo sobre lugares que no he visitado
jamás: nunca he estado en Berlín, por ejemplo, ni tampoco
en Filipinas. Tal vez esto se deba a que nací en África.
Sin embargo, Armadillo tiene lugar en Londres. Por primera vez he escrito
una novela sin necesidad de ir más allá de la puerta de
mi casa. Con todo, la vida británica nunca me ha inspirado; tal
vez, como ya he dicho, porque crecí en el extranjero. Gran Bretaña,
para mí, era como la escuela: un lugar donde la moralidad tenía
un peso específico. Yo creo que mi imaginación siempre se
ha visto estimulada por otros países, por otros tipos de vida.
Lo mismo sucede con el tiempo en el que se desarrollan
sus novelas. Habla con frecuencia acerca de los primeros cincuenta años
de nuestro siglo.
Siento que el siglo xx es mi época. Mi abuela nació
en 1887, era una mujer joven cuando dio comienzo la Primera Guerra Mundial,
y mi abuelo participó en ella. Por eso no me parece un motivo distante,
es algo que puedo entender sin una gran dosis de imaginación. Con
el cambio de siglo se produjo una gran transformación, en particular
con la Primera Guerra Mundial. El mundo se convirtió, esencialmente,
en el mundo tal y como lo conocemos hoy en día. En 1914, por ejemplo,
se podían leer titulares de prensa sobre los Balcanes. Por este
tipo de motivos, pienso que puedo moverme narrativamente, sin preocuparme
por la geografía o el tiempo, a lo largo de todo el siglo xx.
En sus novelas aparecen a menudo temas, como la guerra,
que inevitablemente conllevan un desarrollo moral. ¿Qué
opina de la presencia de la moralidad en la narrativa?
Creo que en mis obras hay una suerte de postura filosófica
implícita, algo que nunca expondré de manera abierta. No
creo que una novela sea el lugar adecuado para plasmar ideas políticas,
o para mostrar la adhesión a un manifiesto. Una novela es una obra
de arte y hay que comprometerse con ella mediante la imaginación.
Si lo que se pretende es crear polémica, es mejor escribir un ensayo.
Aunque tal vez sí sea cierto que al apostar por el realismo literario,
como yo hago, acabe mostrándose en las novelas una visión
del mundo y una opinión sobre el género humano.
Yo soy ateo, no tengo creencia religiosa alguna, así
que necesito darle un sentido al mundo, necesito saber en qué consiste
este período de tiempo que me ha tocado vivir, si tiene algún
sentido, y qué puedo extraer de él que tenga un valor positivo,
si esto es posible.
Y, más allá de lo literario, ¿cuál
ha sido su postura en casos comprometidos como por ejemplo, la fatwa de
Rushdie, que provocó una considerable reacción entre los
escritores británicos y que, según Ian McEwan, es otro de
los lazos que unen a su generación?
Conozco a Salman Rushdie, pero no soy íntimo amigo
suyo. No le he visto en mucho tiempo, aunque me he manifestado y le he
escrito para mostrar mi solidaridad. Me solidaricé por completo
con él, pero no puedo decir que fui uno de los miembros de su círculo.
Yo diría que me siento más comprometido como individuo que
como escritor.
¿Qué opina del concepto "The Empire
Writes Back", con el que Rushdie se refirió al boom de escritores
británicos provenientes de las antiguas colonias y que tienen,
aproximadamente, la misma edad?
Es una corriente muy viva dentro de la literatura británica
contemporánea, muy enriquecedora. Supongo que ya deben estar un
tanto cansados de ser catalogados como medio japoneses, o medio hindúes;
sin duda ansían escapar de esta categorización étnica.
Conozco bien la obra de Ben Okri, su escritura se inspira en gran medida
en esa especie de aproximación a aquellas fabulosas historias populares
africanas. Lo único que cambia es que escribe en inglés.
Algo similar sucedió en Canadá con Michael Ondaatje, y muchos
otros, gente de Sri Lanka, autores de extracción hindú que
escriben en Canadá, pseudocanadienses que, de algún modo,
hacen literatura canadiense. Y lo mismo ocurrió con la influencia
irlandesa sobre los ingleses. Tal vez debiéramos decir simplemente
que se trata de autores que escriben en inglés, más que
detenerse a señalar si son paquistaníes, hindúes,
chinos o nigerianos. Finalmente, es la lengua inglesa la que se beneficia
de toda esta corriente.
Por último, debido a sus datos biográficos
y a la temática de sus libros hay dos autores con los que se le
relaciona con asiduidad: Paul Bowles y Bruce Chatwin, escritores viajeros
por excelencia. ¿Qué significan para usted?
Escribí un texto sobre Chatwin que fue publicado
hace algunos años. No sé mucho acerca de Paul Bowles, tan
sólo lo que he extraído de la lectura de sus libros. Bowles
era muy popular en Francia, tal vez por su relación con Tánger,
donde incluso se tradujeron sus cartas. Destaco este detalle porque en
Francia me preguntan más por Paul Bowles. A Chatwin lo conozco
mejor, aunque tampoco demasiado bien. Me parece un escritor muy interesante,
aunque no lo considero un verdadero novelista, sino más bien un
cronista, un viajero. Sus mejores libros son una mezcla de ficción
y reportaje, y por eso un libro como Los trazos de la canción resulta
tan difícil de catalogar. En la ficción, sin embargo, flaquea
un poco. No me siento particularmente cercano a Chatwin, no soy un viajero
muy intrépido, como muchos otros escritores conocidos. Creo que
me relacionan con él porque viví en África y tengo
una biografía exótica. La primera mitad de mi vida la pasé
en países extranjeros, y ahora viajo a Europa del Este. He estado
en Sudáfrica para trabajar en una película, pero ésa
es la única vez que regresé al continente africano. Hace
poco fui a Praga, una ciudad fascinante, fue como leer de nuevo a Kafka,
pero no soy un gran viajero.
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