|
ficción
El tesoro Benedek
KALMAN BARSY
Atila se enfurecía si le decían que los
húngaros eran gitanos; ése era su gran sufrimiento. Por
lo demás, le gustaba ese pueblo, Ituzaingó, su nueva patria.
A Laci esas cosas no le importaban. Apenas llegados a la escuela, un grupo
de los más grandes le preguntó:
¿De quién sos?, ¿de River o
de Boca?
Él todavía no hablaba casi el castellano,
por lo que contestó repitiendo de memoria los sonidos:
De Boca.
De todos modos, tuvo que pelear. Uno de ellos lo desafió
mojándole la oreja con el dedo ensalivado, a la manera argentina.
Se encontraron a la salida de la escuela, en el terreno baldío
detrás del huerto de sacristán. Laci maneja bien los puños
y es hincha del Boca, ¿qué más se podía pedir
de un pibe? Enseguida lo aceptaron.
Atila, en cambio, sufría por aquello de que le
decían gitano por húngaro. En este pueblo había la
manía de cambiarle las nacionalidades a la gente: al flaco Galib
le decían turco y era libanés; a Groszinski le decían
ruso cuando era judío de Polonia. Pero a uno que cantaba tangos
por la radio, bien argentino, le decían polaco: el polaco Goyeneche.
¿Y qué? A mí me dicen gallego
y soy catalán se reía el petiso Ferrer. ¡Pero
a mi padre le da una rabia!
El tano de la panadería, que para variar era efectivamente
italiano, se había dado cuenta del punto flaco de Atila y lo embromaba
a propósito, por verlo rabiar.
Pregúntale a tu mamá si después
me puede leer la suerte, pibe. Anoche soñé con un número
de la lotería.
Atila se ponía rojo hasta la raíz del pelo.
¡Bah! ¡Doble bah! ¡Triple bah!
Decía así, como el lobo feroz, porque había
aprendido español leyendo revistas de historietas con los personajes
de Disney. Y más se reían en la panadería.
Benedek padre despachaba el sufrimiento de Atila y todo
aquel asunto con olímpico desprecio:
Ignorantes sentenciaba. Criollos ignorantes.
El padre no necesitaba ser aceptado; anda por el mundo
embutido en su coraza, a prueba de amor y a prueba de odio.
Pero él no tiene coraza. En esto, Atila está
solo. Su hermano mayor habla mal español pero ya es hincha de Boca,
parece argentino. ¡Y qué suerte tiene siempre! Laci es uno
de esos que, caiga donde caiga, está bien. Es... como un gitano.
La madre tampoco está con él, aunque es verdad que trata
de consolarlo y que se distraiga.
No hagas caso, Öcsike. Vete, dale maíz
a las gallinas, juega con los pollitos, ¿sí?
Ella va al mercado, regatea con la verdulera, pelea con
el carnicero; todo en lenguaje de señas. No habla ni una palabra
de español pero ya ríe con las vecinas, en eso es como Laci,
o Laci como ella. Sólo él, Atila, a medio camino, sin la
coraza del padre ni el corazón de pan de la madre: ni gitano ni
húngaro, ni húngaro ni argentino.
Sube al techo de la casa; allí está de verdad
solo. Como venidos desde otra dimensión, le llegan los sonidos
de vivir de la gente en sus casas, los olores de las cocinas, el ladrido
de un perro, el traqueteo del tren en la distancia. Su madre lo llama:
"A comer, Atila", pero él no hace caso. Visto desde el
techo, el pueblo es un chato caserío en la llanura. Muy lejos,
casi irreal, se dibuja la silueta azul de una arboleda que parece un bosque;
Atila imagina aquel otro bosque de su primera infancia en el exilio, en
Austria. Y son dos espejismos que se miran.
Ya volverás algún día lo
consuela su madre, suspirando.
Pero entonces ya no seré un niño.
Vete a jugar, ¿sí?
De pronto lo asalta la nostalgia de todo: el bosque, la
nieve, las palabras, la tos ferina que le dio a los cuatro años
y el zapato que perdió a los tres, cuando cruzaban la frontera
en la noche. Quisiera fijar hitos en el fluir del tiempo con su nostalgia;
añora hasta la travesía en el barco de guerra que los trajo,
es el colmo. Por lo menos ése, el General Langfitt, ya fue torpedeado
en Corea y yace en el fondo del mar.
Los húngaros vienen a ser como los gitanos,
¿no? Es la misma cosa.
¡Y que lo diga la propia maestra, la señorita
Tinto! Atila cree que va a estallar de rabia. "¡Criollos ignorantes!",
piensa, con palabras de su padre, pero no le sirve. Tiene que probarle
a Ituzaingó que no son gitanos los húngaros, aunque no sepa
bien, él tampoco, qué cosa son los unos ni los otros.
Había pasado ya mucho tiempo desde que los húngaros
casi ganaran el mundial de futbol contra Italia, y todavía faltaba
mucho para la revolución del 56. Aquellos dos hechos le hubieran
servido muy bien, porque es sabido que los gitanos no juegan al futbol
ni hacen revoluciones. Pero para convencer a la señorita Tinto
y al pueblo entero en el momento en el que esto que ahora contamos estaba
pasando, Atila necesitaba algo más concreto, alguna cosa que sirviera
de emblema de la patria perdida, a la manera del ladrillo aquel que un
personaje de Brecht lleva en el bolsillo para mostrarle al mundo cómo
era su casa.
Entonces se le ocurrió tomar prestado el tesoro
Benedek.
Esto del tesoro Benedek era otro de los sarcasmos del
padre: se refería a una sola moneda de plata, con la efigie del
rey San Esteban, que se salvó milagrosamente de ser trocada por
huevos de gallina o papas durante la hambruna de la posguerra. Una sola.
Hubo otras dos que casi lo lograron. Una los acompañó hasta
las islas de Cabo Verde, donde el propio padre Benedek la arrojó
al mar, por equivocación, cuando intercambiaban las monedas sin
valor de los países derrotados por racimos de guineos y collares
de caracoles con los negros semidesnudos de las canoas que pululaban junto
al General Langfitt. El San Esteban se fue junto a un puñado de
leves pengö de aluminio, y con él, un tercio del tesoro familiar.
La otra consiguió llegar a suelo argentino, pero se quedó
atascada en los bolsillos de un funcionario de Inmigraciones. Según
la ley del país, los nombres en idiomas extranjeros estaban prohibidos
y Zoltan, el nombre del padre, era intraducible. Sin traducción,
no hay documento, y sin documento no hay permiso de entrada. La madre,
asustada, aflojó el penúltimo San Esteban y desembarcaron,
el padre convertido en Zoilo: Zoilo Benedek.
El tesoro, entonces, era una sola moneda; pero una moneda
muy bonita, es cierto. Por un lado tenía aquella efigie en relieve
con el hermoso perfil del rey San Esteban y por el otro, la corona de
Hungría, con su cruz ladeada de cuando la escondieron bajo tierra
para salvarla de la parentela tártara. Con su inocente lógica
de niño y sin haber jamás leído a Brecht, Atila razonó
que la señorita Tinto, a partir de esa moneda, habría de
inferir la existencia de un sistema monetario, de un Estado y de una historia
nacional, incompatibles con las nómadas tribus de gitanos que vendían
chatarra en la Argentina.
Su maestra de segundo grado contempla con avidez al hermoso
San Esteban germanizado y su mirada se enciende detrás de los anteojos
que cabalgan su nariz, estrecha y afilada como la quilla de un barco.
¡Qué linda! No te hubieras molestado,
Atilio...
Le daba vueltas a la moneda entre sus dedos. Tenía
las manos sin sangre, pálidas como su mirada y unas uñas
de aspecto peligroso que afilaba con una lima durante las pruebas escritas.
Decile a tu mamita que muchas gracias, eh.
Y la guardó en su cartera. Atila casi se desmaya,
¡la señorita Tinto se había creído que la moneda
era un regalo!
Era... Era... Era nada más para que viera
que no somos gitanos, señorita tartamudea Atila. No era...,
no era...
Ya no pudo decir más nada; sólo extiende
la mano, sin atreverse a levantar la vista. Hay un silencio y enseguida
la risa de la señorita Tinto, como el grito de un tero.
Ah, bueno, yo creía... ¡Como las gitanas
tienen tantas monedas! Tomá. Y no te pongas a llorar ahora.
Con su garra sin sangre, le rasca la cabeza.
Andá, volvé a tu asiento, Atilio y
la señorita Tinto se pone a hablar de historia argentina: el sargento
Cabral, la batalla de San Lorenzo.
En el bolsillo de Atila, el tesoro Benedek crece y crece,
pesado como un lastre.
|