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diciembre 2000
Nº 72

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ficción

El tesoro Benedek
KALMAN BARSY

Atila se enfurecía si le decían que los húngaros eran gitanos; ése era su gran sufrimiento. Por lo demás, le gustaba ese pueblo, Ituzaingó, su nueva patria. A Laci esas cosas no le importaban. Apenas llegados a la escuela, un grupo de los más grandes le preguntó:

­¿De quién sos?, ¿de River o de Boca?

Él todavía no hablaba casi el castellano, por lo que contestó repitiendo de memoria los sonidos:

­De Boca.

De todos modos, tuvo que pelear. Uno de ellos lo desafió mojándole la oreja con el dedo ensalivado, a la manera argentina. Se encontraron a la salida de la escuela, en el terreno baldío detrás del huerto de sacristán. Laci maneja bien los puños y es hincha del Boca, ¿qué más se podía pedir de un pibe? Enseguida lo aceptaron.

Atila, en cambio, sufría por aquello de que le decían gitano por húngaro. En este pueblo había la manía de cambiarle las nacionalidades a la gente: al flaco Galib le decían turco y era libanés; a Groszinski le decían ruso cuando era judío de Polonia. Pero a uno que cantaba tangos por la radio, bien argentino, le decían polaco: el polaco Goyeneche.

­¿Y qué? A mí me dicen gallego y soy catalán ­se reía el petiso Ferrer. ¡Pero a mi padre le da una rabia!

El tano de la panadería, que para variar era efectivamente italiano, se había dado cuenta del punto flaco de Atila y lo embromaba a propósito, por verlo rabiar.

­Pregúntale a tu mamá si después me puede leer la suerte, pibe. Anoche soñé con un número de la lotería.

Atila se ponía rojo hasta la raíz del pelo.

­¡Bah! ¡Doble bah! ¡Triple bah!

Decía así, como el lobo feroz, porque había aprendido español leyendo revistas de historietas con los personajes de Disney. Y más se reían en la panadería.

Benedek padre despachaba el sufrimiento de Atila y todo aquel asunto con olímpico desprecio:

­Ignorantes ­sentenciaba­. Criollos ignorantes.

El padre no necesitaba ser aceptado; anda por el mundo embutido en su coraza, a prueba de amor y a prueba de odio.

Pero él no tiene coraza. En esto, Atila está solo. Su hermano mayor habla mal español pero ya es hincha de Boca, parece argentino. ¡Y qué suerte tiene siempre! Laci es uno de esos que, caiga donde caiga, está bien. Es... como un gitano. La madre tampoco está con él, aunque es verdad que trata de consolarlo y que se distraiga.

­No hagas caso, Öcsike. Vete, dale maíz a las gallinas, juega con los pollitos, ¿sí?

Ella va al mercado, regatea con la verdulera, pelea con el carnicero; todo en lenguaje de señas. No habla ni una palabra de español pero ya ríe con las vecinas, en eso es como Laci, o Laci como ella. Sólo él, Atila, a medio camino, sin la coraza del padre ni el corazón de pan de la madre: ni gitano ni húngaro, ni húngaro ni argentino.

Sube al techo de la casa; allí está de verdad solo. Como venidos desde otra dimensión, le llegan los sonidos de vivir de la gente en sus casas, los olores de las cocinas, el ladrido de un perro, el traqueteo del tren en la distancia. Su madre lo llama: "A comer, Atila", pero él no hace caso. Visto desde el techo, el pueblo es un chato caserío en la llanura. Muy lejos, casi irreal, se dibuja la silueta azul de una arboleda que parece un bosque; Atila imagina aquel otro bosque de su primera infancia en el exilio, en Austria. Y son dos espejismos que se miran.

­Ya volverás algún día ­lo consuela su madre, suspirando.

­Pero entonces ya no seré un niño.

­Vete a jugar, ¿sí?

De pronto lo asalta la nostalgia de todo: el bosque, la nieve, las palabras, la tos ferina que le dio a los cuatro años y el zapato que perdió a los tres, cuando cruzaban la frontera en la noche. Quisiera fijar hitos en el fluir del tiempo con su nostalgia; añora hasta la travesía en el barco de guerra que los trajo, es el colmo. Por lo menos ése, el General Langfitt, ya fue torpedeado en Corea y yace en el fondo del mar.

­Los húngaros vienen a ser como los gitanos, ¿no? Es la misma cosa.

¡Y que lo diga la propia maestra, la señorita Tinto! Atila cree que va a estallar de rabia. "¡Criollos ignorantes!", piensa, con palabras de su padre, pero no le sirve. Tiene que probarle a Ituzaingó que no son gitanos los húngaros, aunque no sepa bien, él tampoco, qué cosa son los unos ni los otros.

Había pasado ya mucho tiempo desde que los húngaros casi ganaran el mundial de futbol contra Italia, y todavía faltaba mucho para la revolución del 56. Aquellos dos hechos le hubieran servido muy bien, porque es sabido que los gitanos no juegan al futbol ni hacen revoluciones. Pero para convencer a la señorita Tinto y al pueblo entero en el momento en el que esto que ahora contamos estaba pasando, Atila necesitaba algo más concreto, alguna cosa que sirviera de emblema de la patria perdida, a la manera del ladrillo aquel que un personaje de Brecht lleva en el bolsillo para mostrarle al mundo cómo era su casa.

Entonces se le ocurrió tomar prestado el tesoro Benedek.

Esto del tesoro Benedek era otro de los sarcasmos del padre: se refería a una sola moneda de plata, con la efigie del rey San Esteban, que se salvó milagrosamente de ser trocada por huevos de gallina o papas durante la hambruna de la posguerra. Una sola. Hubo otras dos que casi lo lograron. Una los acompañó hasta las islas de Cabo Verde, donde el propio padre Benedek la arrojó al mar, por equivocación, cuando intercambiaban las monedas sin valor de los países derrotados por racimos de guineos y collares de caracoles con los negros semidesnudos de las canoas que pululaban junto al General Langfitt. El San Esteban se fue junto a un puñado de leves pengö de aluminio, y con él, un tercio del tesoro familiar. La otra consiguió llegar a suelo argentino, pero se quedó atascada en los bolsillos de un funcionario de Inmigraciones. Según la ley del país, los nombres en idiomas extranjeros estaban prohibidos y Zoltan, el nombre del padre, era intraducible. Sin traducción, no hay documento, y sin documento no hay permiso de entrada. La madre, asustada, aflojó el penúltimo San Esteban y desembarcaron, el padre convertido en Zoilo: Zoilo Benedek.

El tesoro, entonces, era una sola moneda; pero una moneda muy bonita, es cierto. Por un lado tenía aquella efigie en relieve con el hermoso perfil del rey San Esteban y por el otro, la corona de Hungría, con su cruz ladeada de cuando la escondieron bajo tierra para salvarla de la parentela tártara. Con su inocente lógica de niño y sin haber jamás leído a Brecht, Atila razonó que la señorita Tinto, a partir de esa moneda, habría de inferir la existencia de un sistema monetario, de un Estado y de una historia nacional, incompatibles con las nómadas tribus de gitanos que vendían chatarra en la Argentina.

Su maestra de segundo grado contempla con avidez al hermoso San Esteban germanizado y su mirada se enciende detrás de los anteojos que cabalgan su nariz, estrecha y afilada como la quilla de un barco.

­¡Qué linda! No te hubieras molestado, Atilio...

Le daba vueltas a la moneda entre sus dedos. Tenía las manos sin sangre, pálidas como su mirada y unas uñas de aspecto peligroso que afilaba con una lima durante las pruebas escritas.

­Decile a tu mamita que muchas gracias, eh.

Y la guardó en su cartera. Atila casi se desmaya, ¡la señorita Tinto se había creído que la moneda era un regalo!

­Era... Era... Era nada más para que viera que no somos gitanos, señorita ­tartamudea Atila­. No era..., no era...

Ya no pudo decir más nada; sólo extiende la mano, sin atreverse a levantar la vista. Hay un silencio y enseguida la risa de la señorita Tinto, como el grito de un tero.

­Ah, bueno, yo creía... ¡Como las gitanas tienen tantas monedas! Tomá. Y no te pongas a llorar ahora.

Con su garra sin sangre, le rasca la cabeza.

­Andá, volvé a tu asiento, Atilio ­y la señorita Tinto se pone a hablar de historia argentina: el sargento Cabral, la batalla de San Lorenzo.

En el bolsillo de Atila, el tesoro Benedek crece y crece, pesado como un lastre.