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noviembre
2000
Nº 71

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historia
Nómadas de la estepa
TAMARA IVANCICH
Hasta el treinta de diciembre el Centre Cultural
de La Caixa en Barcelona aloja la exposición Asia, ruta de las
estepas. De Alejando Magno a Gengis Kan. Este artículo le descubre
al lector la riqueza y diversidad cultural de unos pueblos los nómadas
que en el pasado habitaron desolados territorios. Algunas de sus más
emblemáticas obras de arte completan este acercamiento.
Este país no tiene ningunas particularidades, excepto
los ríos que son los más grandes y más numerosos
del mundo. A parte de los ríos y de la inmensa extensión
de la tierra, quiero mencionar otra maravilla digna de admiración:
en la orilla del río Tiras, en una roca, se ve claramente la huella
de los pies de Heracles; su aspecto es como las huellas del pie humano,
sólo que mide dos codos", leemos, en la Historia de Herodoto,
uno de los primeros testimonios escritos sobre las tierras que se expanden
al norte y al noreste de mar Negro. Ya este escrito del siglo v a. C.
de la era prehistórica refleja cómo las amplias extensiones
de la estepa siempre han evocado algo temeroso, inconcebible, desconocido.
Para los antiguos romanos la tierra era conocida hasta la frontera de
Armenia, hasta donde su afán conquistador había llegado,
y la orilla septentrional del mar Negro, donde llegaban comerciantes procedentes
de Oriente y Occidente; pero más allá, al norte, estaban
las tierras incógnitas, tribus bárbaras, estepas amenazadoras
y ríos infranqueables.Muchos mapas antiguos presentaban imprecisiones
y errores o, simplemente, se interrumpían allí.
Relatos fantásticos
Posiblemente, en el mundo antiguo, los griegos eran los
que más conocimientos tenían sobre los pueblos nómadas
que habitaban al norte de donde ellos asentaron sus colonias a partir
del siglo vii a. C., en el litoral del mar Negro. Con la actividad colonizadora
griega, los escitas, los sármatas y los godos contactaron con el
mundo de la Antigüedad clásica. No obstante, cuando Herodoto
visitó Escitia tampoco llegó a adentrarse mucho más
allá de la orilla del mar Negro y reconoció no poder decir
mucho sobre la estepa asiática: "Nadie sabe qué hay
más allá de estas tierras que he mencionado; sin embargo,
los escitas calvos cuentan algo que yo no creo: que en los montes viven
hombres con patas de cabra, y que más allá de los montes
viven otros que duermen durante seis meses, en lo que creo aún
menos... yo no puedo encontrar a nadie que haya estado, para que me contara
lo que había visto con sus propios ojos..."
Asia, ruta de las estepas, la exposición que actualmente
se puede ver en Barcelona, ofrece la posibilidad de adentrarse en este
universo estepario tan escasamente conocido. Esta magnífica travesía
antropológica, donde lo mítico y lo histórico se
funden en nuestra imaginación, confirma, por otra parte, que la
ancha estepa tenía una población permanente desde tiempos
remotos. El período que recorre la exposición va desde Alejandro
Magno (356-323 a. C.) y los pueblos de la época precristiana que
pasaron por aquí hasta Gengis Kan (1167-1227), que creó
el imperio más amplio fundado por un solo hombre. Entre unos y
otros se suceden los enigmáticos escitas, el imperio Han, los hiong-nu
(primer imperio de las estepas y los que empujaron a los chinos a construir
su Gran muralla), los turcos, el pueblo mongol... Sin embargo, no se trata
de un itinerario simplemente didáctico; ante la imposibilidad de
ofrecer una cronología claramente clasificable se abre ante nosotros
(y también dentro de nosotros) un espacio mágico. Nos damos
cuenta de lo poco que conocemos estas culturas, que no sólo crearon
un arte propio y fascinante, sino que contribuyeron abundantemente a los
intercambios culturales entre Oriente y Occidente.
El arte como forma de vida
Aproximándose a estas formas artísticas
como expresión de su forma de vida, se descubre la primacía
del espacio (la inmensidad de la estepa) sobre el tiempo. En sus distintos
niveles de lectura, el carácter del arte y los objetos expuestos
reflejan tanto las visiones cosmológicas de los nómadas
como las escatológicas. Parece que la mayoría de estas culturas
percibían la historia de manera diferente: la base no acostumbraba
a ser un acontecimiento sino un antepasado muerto. La medida de todas
las cosas era el animal y es sobre todo a través de las figuras
zoomórficas como su arte transcede la realidad inmediata. Las piezas
del oro escita que pueden verse en la exposición reflejan particularmente
cómo todas las actividades de los pueblos nómadas de Asia,
desde las artísticas hasta las económicas, se fusionaban
con los procesos naturales. El espacio físico favoreció
el carácter nómada de estos pueblos así como sus
invasiones ya que desde que se empieza a utilizar el caballo como medio
de transporte (a partir del segundo milenio a. C.) podrán galopar
y atravesar las extensas llanuras esteparias prácticamente desde
Manchuria hasta Hungría. Por otra parte, las numerosas transformaciones
religiosas obedecen a su condición nómada.
Los escitas y los rusos
En la literatura clásica rusa encontramos numerosas
comparaciones entre los rusos y los nómadas de la estepa. En Guerra
y paz, cuando Tolstoi quiere expresar la estupefacción de Napoleón
ante la irracionalidad rusa al contemplar éste la ciudad de Moscú
en llamas y a sus habitantes quemando sus hogares le hace exclamar: "¡Qué
pueblo! ¡Esto son los escitas!". El historiador Karamzin lo
relaciona rápidamente con sus características mentales,
afirmando que los escitas eran "amantes de la libertad más
que de ninguna otra cosa", "tal como los rusos". Aunque
a menudo predomina la idea de que esta influencia es debida a cierto grado
de salvajismo y a pasiones elementales, en la cultura rusa encontramos
distintos elementos de la particular visión del mundo de los escitas.
Ésta se puede investigar sobre todo a través de su arte,
un arte que "nunca habla para no decir nada", "un mundo
de los signos". Estas figuras doradas, alegóricas y ambivalentes,
también descubren una percepción del mundo fundamentalmente
sensible que recuerda la susceptibilidad poética. También
el arte ruso, desde sus inicios, insiste en el aspecto transcendental
de la búsqueda y reivindica la expresión de verdad.
Seres mitológicos
El grifón la figura emblemática de
la famosa colección del oro escita con su cabeza de águila,
garras de pájaro y cuerpo de león, está presente
también en la mitología eslava. En la Antigüedad la
denominación "escita" se utilizaba a menudo como nombre
genérico para designar a los nómadas de las estepas en general
(en esta exposición se utiliza el nombre saka para referirse a
los escitas cuyos yacimientos se encontraron al norte de la actual Rusia,
en Siberia). De las pocas cosas que se pueden afirmarse sobre los escitas
es que, según parece, vivieron su mayor esplendor en el siglo iv
a. C., llegando incluso a desafiar al mismísimo Alejandro Magno,
para desaparecer del mapa a partir del siglo ii a. C., vencidos por los
sármatas, pueblo con un fuerte componente eslavo. Herodoto es uno
de los pocos que intentó contemplarles por separado y profundizar
en su conocimiento. Los escitas se mencionan en distintos textos literarios
antiguos. En la literatura griega, de Homero a Esquilo, y en los textos
hipocráticos, se mencionan con frecuencia "las costumbres
extrañas de unos caballeros casi centauros, arqueros sagitarios,
sin hogar estable, bebedores de vino puro". Ya en la Biblia, el profeta
Jeremías se refiere a ellos con expresiones tan poco favorables
como la "calamidad venida del Norte" o "el gran desastre".
En los años veinte de este siglo, nació
en Rusia un movimiento, el euroasianismo, cuyo objetivo fundamental era
demostrar científicamente la unidad de Asia y Rusia. El líder
de la doctrina euroasiática, D. Svyatopolsk-Mirsky interpretaba
el bolchevismo como una manifestación de la energía nacional
que Rusia hereda directamente de los grandes pueblos nómadas de
la estepa. Otro estudioso ruso, Lev Gumilev, escribió numerosos
libros dedicados a este tema.
Asimismo, el recorrido de la exposición sobre los
nómadas de la estepa, me hizo rememorar precisamente las magníficas
travesías por esta ruta de las estepas de Asia que ofrece Gumilev
en sus textos.
Más allá de satisfacer simplemente a la
tribu de los historiadores esta exposición logra maravillar e implicar
a cualquier visitante. Tal como lo expresó el historiador Josep
Fontana en el prólogo a uno de los libros de Lev Gumilev, La búsqueda
de un reino imaginario, "el despertar de unas inquietudes nuevas,
un deseo de desprenderse de las anteojeras con que los miopes procuran
limitar la visión a los que tienen buena vista, para que se comprenda
que el de historiador no es un trabajo sino un oficio: algo que sólo
merece la pena hacer cuando buscas algo que te importa a ti y que puede
importar a otros hombres y mujeres."
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