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noviembre 2000
Nº 71

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crónica

Un encuestador se mira en el espejo
MAYRA MONTERO

Llegado el día, este hombre se levanta tempranito, se asea, se viste como de costumbre y sale a la calle a hacer preguntas. Los encuestadores son más o menos iguales en todas partes, pueden ser casi de cualquier edad, aunque los hay muy jóvenes y muy despiadados. En general, son gente que ni siquiera les dan muchas vueltas a las preguntas que deben hacer. Se sientan un ratito junto al entrevistado (o se quedan de pie) y disparan su interrogatorio.

En Roma, donde últimamente se ocupan de temas rarísimos, acaban de dar a conocer los resultados de una curiosa encuesta. Dicha encuesta fue ordenada por una firma de cosméticos

­a saber qué se trae entre manos­ y varios periódicos divulgaron posteriormente los resultados. Ni la firma de cosméticos, ni la empresa que se encargó de la pesquisa, mencionaron, siquiera de pasada, el daño emocional que podrían haber sufrido los encuestadores, a quienes desde ya, tengo pegados del alma.

Sale este buen hombre de su casa, no sin antes despedirse de su perro, y por supuesto de su esposa, que aunque han pasado los años sigue teniendo una carita de ángel. Llega a la empresa encuestadora y le dicen, a bocajarro, que el tema es la infidelidad. A los encuestadores, generalmente, les dan mala espina estas indagaciones filosóficas o conyugales. Una cosa es preguntarle a un individuo cuál es la cerveza que toma en su casa y cuál la que prefiere en la calle, que siempre son distintas, y otra preguntarle si no ha notado que se le cae el pelo después de haber cometido adulterio desastroso.

Cuando el encuestador se enfrenta a varias mujeres (la mayoría infieles, pero en su casa no lo saben), un extraño presentimiento le agarrota las manos y apenas puede sostener el lápiz (las encuestas se rellenan con lápiz). No sé, sinceramente, de dónde saldrían los quinientos entrevistados que convocó la firma italiana. El periódico donde leí esta noticia no revela cuál es la proporción de hombres y mujeres en esas quinientas almas. He querido suponer que mitad y mitad. Pero lo cierto es que el 47 por ciento de las mujeres alegó que se ocupaba más de su imagen tras haber sido infiel a su pareja; el 28 por ciento concluyó que la carga hormonal y la adrenalina liberada en los furores del clandestinaje las hacía adelgazar; el 24 por ciento confesó que notaban una mejoría en el cutis, y el 17 por ciento dijo como si tal cosa que sus cabellos, después del acto (sin entreactos), les brillaban muchísimo más.

Hay que ponerse en el lugar del encuestador. Un hombre es un hombre. Y aunque las mujeres se hayan ocultado tras antifaces para contestar a sus preguntas, duele pensar (o al menos, debe dolerle al encuestador) que la adrenalina las hizo adelgazar, y la traición las hizo refulgir, y encima, valga descaro, el pelito les empezó a brillar, cual si fueran venusinas en gracia, que es como decir, marcianas en estado de delectación.

El momento más amargo del encuestador, de ése y de todos los que participaron en tan desolador sondeo, vino cuando el 52 por ciento de las mujeres afirmó que la infidelidad les daba más equilibrio; el 26 por ciento declaró que no tenía ningún sentimiento de culpa, y el 10 por ciento simplemente afirmó que el interludio las había hecho sentirse más seguras. Todo esto en contraste con los varones, que contaron a coro que ni más seguros ni más equilibrados: la infidelidad, a la larga, los hace polvo.

Yo, que siempre me pongo en el lugar de las entrevistadas (y acaso por eso, con toda modestia, soy tan buena periodista), he pensado, por un momento, en lo que pasaría si un encuestador toca a la puerta de mi casa y me dice "Señora (todos dicen señora), ¿podría contestarme unas preguntitas?".

Por supuesto, a ninguna mujer se le pregunta si ha sido infiel como si se le preguntara cuál es el detergente de sus sueños. Entre el detergente y el insurgente hay una línea de conflagración que nunca debe franquearse. Pero el encuestador, que lleva gafas oscuras, me pregunta, con un hilo de voz, cuándo fue la última vez que me sentí culpable. Dejo todo lo que estoy haciendo y empiezo a hacer memoria. "Culpable, culpable... ya sé, hace tres o cuatro meses me devolvieron una peseta de más en el supermercado, me dio pereza regresar a devolverla y luego sentí una gran culpabilidad". El encuestador, que rompe a sudar, insiste: "A ver, ¿no se sintió culpable por alguna otra cosita?". Yo pienso y pienso, pero como no se me ocurre nada, el encuestador, bastante colérico, me incluye en todos los porcentajes de todos los desatinos que aparecen en su cuestionario: súbita delgadez, pelo irascible, ojitos diabólicos, luminosidad perniciosa. Luego se va, y una sólo atina a pensar que no hay infidelidad más grande que la estupidez.

Volviendo a Roma, no es necesario que les diga que el encuestador, tras la pavorosa encuesta, no volvió a ser el mismo. Se levantó tempranito (tiene que seguir viviendo), se vistió como de costumbre y se miró al espejo antes de salir a la calle. Pero ya no se despidió de su perro ni le vio tanta carita de ángel a esa esposa que siempre ha usado el mismo detergente.