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noviembre 2000
Nº 71

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entrevista

Cristina Cuesta
Entrevista de CHARO GONZÁLEZ PRADA

Cristina Cuesta tenía veinte años cuando mataron a su padre, el delegado de Telefónica Enrique Cuesta. Del dolor hizo la causa de su vida: estudió criminología y se ha dedicado a rescatar a otras víctimas de la presión del silencio. Fundó la Asociación por la Paz y Denon Artean-Paz y Reconciliación, y es portavoz del colectivo Víctimas del Terrorismo en el País Vasco: un currículum que le exige mirar todos los días debajo de su coche y dejar de frecuentar el bar de toda la vida para no perjudicar a los dueños. En Contra el olvido (Temas de Hoy, 2000) recoge testimonios de los afectados y reivindica la memoria de la muerte, del chantaje moral y del escarnio. La publicación ocurre a los dos años de la muerte anunciada de Miguel Ángel Blanco ­aquella muerte de verano que puso en pie a los medios de comunicación primero y al país después­ y sólo unos meses después de las declaraciones xenófobas del líder del partido nacionalista que gobierna en Euskadi, que no pusieron en pie a casi nadie: era temporada alta para la prensa. El libro quiere dar fe de lo que es la vida en el País Vasco: la organización asesina en nombre del pueblo, certifica que alguien está o no limpio y marca las reglas de la convivencia en una sociedad "narcotizada por la infamia". Y, mientras tanto, se exige a las víctimas que guarden la compostura.

Utiliza usted en su libro el vocabulario propio de una enfermedad: "víctima tipo", "colectivo de riesgo"...

Es cierto que hablo del terrorismo como de una enfermedad, o más bien como de un cuadro de síntomas. No hay estudios serios sobre el tema: mientras un sector ­el nacionalista, fundamentalmente­ lo asume como un problema político, otros lo consideran como una falta de firmeza democrática, de autoridad. Es un gran mosaico en el que faltan muchas piezas, porque hay muchas cosas que están ocurriendo y que no se denuncian: las presiones cotidianas, la gente que vive mirando debajo del coche, que pasa por cursos de seguridad, que no ha sufrido un atentado pero sabe que puede sufrirlo pasado mañana. Sobre todo desde que en en el 92 ETA decide "la socialización del sufrimiento", es decir, que aquí nadie se va a librar salvo su entorno y, ahora, los partidos nacionalistas.

 

A estas alturas, ¿cree usted que ETA es el síntoma o es el problema?

Creo que es el problema. Yo soy especialista en victimología y, cuando te pones en la piel de las víctimas, no hay crímenes que se pueden justificar, porque no hay ninguna idea que justifique el dolor de una persona. Tampoco es lícito diferenciar entre terrorismos buenos y malos. Es cierto que las condiciones históricas y sociales en la época tardofranquista eran diferentes, pero yo creo que desde sus inicios ETA ha sido el problema. Además, se abre un interrogante histórico: si a mediados de los sesenta ya llevábamos muchos años de franquismo, ¿por qué no nace antes? Uno de los presupuestos de mi libro, que no ha querido ser neutral, es que ETA es un problema en sí mismo, la causa de nuestros sufrimientos y del déficit democrático que estamos padeciendo los vascos y el resto del Estado.

 

Hubo un tiempo en que ETA parecía legitimada por la lucha contra la dictadura. ¿Sigue viviendo de las rentas de aquello?

Cada vez menos, porque va contra el sentido común, contra el curso de la historia, contra la mayoría social y política del País Vasco e incluso contra la propia causa nacionalista. Aun así, el apoyo que tiene se concreta en más de doscientos mil votos. Es una enfermedad social, un fanatismo ideológico que ha medrado por causa del miedo, porque hemos permitido que la violencia se hiciera costumbre, porque hemos dejado que nos ganara la batalla un discurso que en parte ha falsificado la historia, y también por falta de cultura política. Todavía hoy no se sabe distinguir claramente entre una violencia legítima ­sometida a control y a crítica, por supuesto­ y una violencia ilegítima, injusta e ilegal. Además, tengo que decir, para nuestra vergüenza (y hablo como vasca), que parte de las nuevas generaciones está enganchada a esta enfermedad del narcisismo ideológico y está reproduciendo la máquina del terror. Es un cúmulo de factores ­históricos, sociológicos, educativos­ que ha derivado en una falta de neutralización del problema desde la propia democracia.

 

El populismo de izquierdas que vende ETA, ¿confunde especialmente a los más jóvenes?

Hay un matiz de heroísmo, un marxismo aderezado con patriotismo, una venta de salvación, un enganche fácil en gente que sin eso tendría una vida anodina. No parece que ésa haya sido precisamente la preocupación en las escuelas, en las ikastolas o en los institutos. Al contrario, se ha dejado crecer como una bola de nieve y ahora tenemos gente de 16 o 17 años que vive en un odio absolutamente infundado que en muchos casos no sentimos ni las propias víctimas del terrorismo. Uno de los testimonios del libro señala que el movimiento pacifista y la actitud de las víctimas en general ha evitado la ulsterización del conflicto: podría haber derivado en un enfrentamiento civil y en una sociedad mucho más militarizada. Ésa es una reivindicación moral que también pretendo con este libro.

 

¿Se acabó el tiempo del "algo habrá hecho"?

El terrorismo asesina varias veces: eliminando físicamente a la persona, intimidándola, chantajeándola, pero también asesina la dignidad y la reputación social de las víctimas cuando las relaciona con el tráfico de drogas o con la posibilidad de ser confidentes de la policía. La sociedad ha reaccionado aislando a estas familias, sobre todo en la década de los ochenta, y también ha calado la consigna de intentar culpabilizar a la víctima. Ésa es otra victoria del terror: ¿quién es merecedor de esto? Nadie, ni el policía nacional ni el guardia civil, que son víctimas a las que estamos tan acostumbrados ­y con las que estamos en deuda, porque cuando los muertos eran policías nacionales no nos levantamos ni nos rebelamos­, ni tampoco los ciudadanos que tenían un bar y a los que se acusó de ser traficantes de droga. El asesinato venía precedido de una campaña de intimidación que creaba el caldo de cultivo para que gente de buen corazón se creyera el cuento: personas predispuestas a defender el derecho a la vida dejaban de asistir a una concentración porque también estaban en contra de la droga. Este caos ideológico y ético todavía lo seguimos pagando, pero aquel "algo habrá hecho" se mantiene cada vez menos. La rebelión de la sociedad vasca, iniciada a mediados de los ochenta, que planta cara y le dice a ETA "no nos representas" ­igual que se lo dice al GAL­ sirvió para que no existieran justificaciones ni víctimas de primera o de segunda. Nadie tiene derecho de quitarle la vida a nadie.

 

Sorprende que algunos de los testimonios que aparecen en su libro reclamen casi únicamente que ETA reconozca su caso como un error.

Llevo muchos años intentando ponerme en la piel de las víctimas, intentando comprender cuáles son los mecanismos psicológicos que actúan para que la gente se comporte de esta manera. Esta reacción concreta es posible porque las víctimas que han decidido seguir viviendo en el País Vasco después de haber perdido a un ser querido han seguido teniendo miedo, y no querían que el entorno pensara que eran culpables de algo. El fenómeno sociológico de autoculpabilización de las víctimas ha funcionado en las propias familias: lograr que ETA aceptara que se había confundido era lograr un salvoconducto futuro, suponía no tener que abandonar el barrio, no estar sometido a pintadas, no sufrir el aislamiento social, todas esas secuelas que tantas familias han arrastrado con muchísima dignidad y sin revanchismo, lo que es muy importante. Significa que los vecinos les van a volver a saludar, que sus hijos estarán más integrados porque, por ejemplo, los podrán llevar a una ikastola.

 

¿Está usted satisfecha con la acogida que ha tenido el libro?

De momento sí, aunque esto es una carrera de fondo. Comprendo que el libro genere polémica: se me ha acusado de traidora, de estar vendida al ministerio del Interior, de haber escrito un libro para la guerra... Era de esperar, a pesar de que he intentado ser comedida en la adjetivación. Se explican hechos muy crudos en sí mismos. La falta de sentido histórico y político, de cualquier heroísmo en los planteamientos de salvación del pueblo vasco es algo que queda absolutamente claro cuando oyes hablar a la gente. Y estoy hablando de gente vasca, esa misma a la que intentan achicharrar para liberarla.Los testimonios que aparecen en el libro hacen evidentes esas contradicciones.

 

La relación paternal del PNV con ETA no provoca un escándalo moral...

Han intentado un viaje a ninguna parte con la esperanza de atraerles hacia la idea de que con medios democráticos se podía conseguir más. Es una apuesta que les ha salido mal y, por soberbia o por orgullo político mal entendido, no han sabido rectificar y analizar sus errores, con lo cual pierde incluso la propia causa nacionalista. Cuanta más soberanía, menos territorio: han perdido Álava y crece el voto radical. Me pregunto cómo no se dan cuenta de que están perdiendo el país, de que están perdiendo fuerza política y credibilidad moral, de que están dividiendo a la sociedad vasca más que nunca. De todas formas, hay todavía muchos nacionalistas con buen sentido dentro del PNV, aunque en este momento no tienen un peso específico dentro del partido.

 

El horror ajeno y lejano nos parece incomprensible. Aquí forma parte del paisaje...

Por costumbre. Habría que estudiar cómo puede uno vivir con un vecino que tiene que mirar debajo de su coche y tú, aunque lo sabes, no eres capaz de preguntarle cómo le va la vida. Hay miedo, hay apatía, hay confusión política, esa aureola de que estos chicos son un poco brutos pero están defendiendo una buena causa. Todavía no hay un diagnóstico común aceptado en la política vasca, no hay una estrategia de pacificación creíble que sea liderada por nuestros políticos, así que la gente ha negociado su miedo particularmente, ha negociado su salida personal, su tranquilidad. Por ello los riesgos de levantar la voz son muy altos: la gente que ha decidido que no traga con esto son una minoría. En este sentido, falta autocrítica social y Contra el olvido también intenta eso: mostrar las vergüenzas.

Dentro, el miedo; fuera, la indiferencia, incluidas las instituciones europeas.

Yo formo parte del Colectivo de Víctimas del Terrorismo del País Vasco, creado recientemente. Estuvimos en el Parlamento Europeo el pasado mes de mayo y coincidimos con el debate sobre la cuestión de Austria y la crítica ideológica que se hacía a Haider. Hicimos entonces una crítica política y planteamos que había un partido gobernando en ese momento con quienes justifican el terror. Pedimos una reflexión conjunta y que se tomaran cartas en el asunto, un toque de atención al menos. La cosa quedó ahí, no puedo decir más. Lo cierto es que el PNV ha sido parte integrante del Partido Popular Conservador Europeo hasta hace un año. El planteamiento político es muy confuso.

 

Una muerte más, nuevos comunicados de indignación. ¿No le asalta la sospecha de que sea un mero trámite burocrático?

Sí se da un cierto olvido, aunque haya más comprensión que en otras épocas. La incomprensión se ha dado, sobre todo, cuando hemos decidido alzar la voz de manera organizada para decir que tenemos derecho a opinar, que somos agentes políticos, que tenemos criterios propios basados en la reivindicación de la verdad, la memoria y la justicia democrática. Hemos sido y seguiremos siendo muy incómodos, porque estamos recordando constantemente las brutalidades que la clase política en general no ha sabido evitar hasta ahora. Hay un abandono y un olvido personal e institucional. Ahora mismo el Parlamento Vasco nos trata como víctimas de la violencia en general, en un cajón de sastre en el que entra todo tipo de casuística, incluido el señor que protesta porque no le han atendido en euskera en una ventanilla: esto es un elemento más de victimización y causa muchísimo dolor. Si a eso añadimos que Josu Ternera, antiguo dirigente de ETA, forma parte de la comisión de derechos humanos del Parlamento Vasco y que esa comisión lleva realizando desde hace tiempo una labor importante a favor de los presos etarras, el agravio comparativo es infinito, y el dolor, fuerte y profundo. Hay que salvar todavía muchos obstáculos y hay que ir más allá de la lógica solidaridad que exige la gente que sufre y que se ha visto muy sola. Se trata de que nadie más sufra, ésa es la lección. Intentamos ser la conciencia para nuevas generaciones. En todo genocidio, las víctimas son las que recuerdan lo que no debe volver a repetirse, y la propia sociedad vasca lo tiene muy claro con las víctimas chilenas, por ejemplo. Quizá sea que con nuestras propias víctimas no tenemos la suficiente perspectiva histórica.

 

Piden ustedes el arrepentimiento. Pero reconocer el error significa quedarse a solas con los propios actos.

Yo soy una firme defensora ­hablo a título personal­ de la reinserción de los presos, incluso de los presos terroristas. Lo que quiero como ciudadana vasca, como víctima y como criminóloga es que un terrorista deje de serlo. Los hijos de víctimas y de terroristas están ya conviviendo en los pueblos vascos. Si no hay un reconocimiento expreso, si sigue habiendo homenajes públicos en las plazas de los pueblos, donde los presos son tratados como héroes... no pedimos arrepentimientos públicos ni acciones humillantes, sólo un aprendizaje moral y político, un reconocimiento de los errores. A partir de ese momento podremos plantearnos con seriedad el perdón personal y colectivo. Hay que empezar a hablar de qué se hace para reinsertar, para modificar las conductas.

 

En Italia, las Brigadas Rojas empezaron su declive con el asesinato de Aldo Moro. ¿Hay aquí un antes y un después de Miguel Ángel Blanco?

Socialmente hay un antes y un después, pero políticamente creo que estamos en un callejón sin salida. Yo he conocido directamente algunos casos de arrepentidos italianos. Allí los curas realizaron una labor muy importante en las cárceles, fueron a provocar la reflexión y a motivar el arrepentimiento desde un punto de vista cristiano, y lograron un proceso de arrepentimiento masivo.

 

Uno de sus testimonios afirma con resignación "Y de la iglesia vasca, nada, claro"...

En la sociedad vasca el proceso ha sido contrario: la jerarquía de la iglesia guipuzcoana ha exigido siempre a las víctimas que perdonen y jamás a los presos que se arrepientan. Ha habido una absoluta carencia de sensibilidad ética, cristiana. Yo soy agnóstica, pero sé de gente muy religiosa que se ha sentido absolutamente abandonada por su iglesia a todos los niveles.

 

En Contra el olvido, habla también de "no nombrar para no odiar". ¿Lo que no se nombra no existe?

Ésa es una decisión que han tomado muchas víctimas vascas: no han contado a sus hijos cómo murió el padre o el abuelo porque no querían inculcarles el odio o que sufrieran el aislamiento del entorno cuando explicaran que su padre había sido asesinado por ETA. Estas familias se han comido su indignación, su dolor y su rabia a solas y han intentado vivir como si no hubiera pasado nada. Pero eso, a medio o a largo plazo, trae consigo secuelas psicológicas.

 

¿Tienen los medios de comunicación un papel en la desaparición del terrorismo?

Pueden hacer que el acercamiento a las víctimas sea ético, deontológico, justo; no caer en la trampa del lenguaje, hablar con conocimiento de lo que está ocurriendo, no acrecentar la máquina del odio, no asumir afirmaciones no contrastadas. Su postura no puede ser neutral ante la barbarie y ante la muerte, pero sí serena, sin abundar en esos rumores sobre las víctimas que acaban por acrecentar la justificación del crimen. Porque nadie se merece el tiro en la nuca, ¿o es que estamos a favor de la pena de muerte?