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julio
- agosto 2000
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pensamiento Sartre aún goza de buena salud Como sucediera en el affaire Dreyfus, un nuevo debate polariza la sociedad francesa, esta vez en torno a Sartre. Filósofo, novelista, dramaturgo, crítico y teórico de la literatura, el líder del existencialismo fue estigmatizado por su ceguera ante el Gulag. Veinte años después de su muerte, Bernard-Henri Lévy recupera al "filósofo del siglo" con todas sus contradicciones. Demasiado humanista e idealista para tomarlo en serio, demasiado filosófico, demasiado sediento de verdad para no inspirar el desdén de los artistas, y sobre todo, de los escritores. Jean Paul Sartre no deja de provocar pasiones encontradas: de la admiración al odio más visceral, de la reflexión sobre temas contemporáneos hasta la miopía acusadora que lo reduce al papel de caballito de batalla del estalinismo, pro-bolchevique y marioneta de las masas. Hace poco, otro controvertido filósofo francés, Bernard-Henri Lévy (Un siècle de Sartre, Ed. Grasset, 2000), lo sacó del ropero, desempolvó al buen Sartre y lo enarboló como el filósofo del siglo. Se podría tener la impresión que Francia está dividida, como en la época de Dreyfus (prodreyfus y antidreyfus), entre prosartrianos y antisartrianos, neosartrianos y postsartrianos. Dos hornadas paradigmáticas: Gide y Malraux, Sartre y Camus. Camus basó su compromiso político en una cuestión ética: puesto que la vida es contingencia y absurdo, el hombre, capaz de sentir empatía, está unido al resto de su especie por esta fatalidad ontológica. Quizá la visión de Camus era más fatalista y por eso fue menos militante. Sartre, marxista convencido, y también idealista, estaba seguro de que el artista, y concretamente el escritor, no debía simplemente recrear o expresar la realidad sino transformarla. Marx invirtió la tradición antigua en la filosofía: si ésta pretendia comprender y explicar el mundo, ahora se trataba de transformarlo. Del mismo modo, Sartre impregna a su visión de la literatura una moral de la acción. Cuando Sartre trata de defenderse de sus detractores en Qué es la literatura definiendo qué diferencia al poeta del narrador, desarrolla la idea de que la prosa conlleva una acción, una acción concreta: la de transformar el mundo y estar siempre a la búsqueda de la verdad.
Humano, demasiado humano Discutible. Diríamos ahora que la búsqueda de la verdad se ha convertido en la expresión de cierto fanatismo y la causa de los peores males que aquejaron y aquejan al planeta, ahora que miramos más en el interior de nosotros mismos por falta de consenso para saber cuál es la verdad (¿qué verdad?, ¿la mía?, ¿la de un europeo?, ¿la de un asiático?): ¿cómo hubiese reaccionado Sartre en esta época de relativismo cultural? Difícil saberlo, pero nos acercamos. A su manera, Bernard-Henri Lévy recupera más al Sartre humanista que al Sartre dogmático, un Sartre que lucha por sus ideas, que se expone, se entrega en cada línea que escribe, que declama, acusa, se golpea; el Sartre que regala dinero a sus amigos, saca a Nathalie Sarraute del olvido, defiende a Jean Genet y a Proust de la homofobia, al de las Cartas al Castor..., al Sartre emotivo, susceptible de equivocarse y de terminar escribiendo un libro oscuro y complejo como El ser y la nada. Su gran aporte a la filosofía, según BHL: la desmebración del sujeto, sujeto sin substancia que no es otra cosa que la totalidad de sus actos subjetivos, que no tiene una sola conciencia y un yo sino miles. Lo que fascina a sus contemporáneos es el cómo se comprometió y no el por qué, y sus escandalosos errores lo hacen incluso más querible. Sartre, que quería ser Stendhal y a la vez Spinoza, invadido por las tristes pasiones del segundo y la elegancia (algo que exigía Sartre al narrador: sutileza) del primero, entre la sed de absoluto y el convencimiento de ser un sujeto fragmentado, obligado, siempre a elegir y por lo tanto a perder algo de su existencia. Sartre, una mano que escribe, una buena definición de sí mismo, no un sujeto que piensa, una mano que se mueve tratando de alcanzar la velocidad del pensamiento. He ahí el Sartre escritor. El Sartre de Las palabras que escribe que el mundo para él es lenguaje, el que pretende atrapar el instante en las palabras, ese primer Sartre que después abandona la literatura porque no sabe adónde va. BHL: "La llave de la obra está ahí: ¿Cómo fabricar máquinas literarias homogéneas y cerradas sobre sí mismas cuando somos el seno de una subjetividad dispersa y fragmentada?". El Sartre político y filósofo no renuncia primo: a la acción, y secondo: a la verdad. El primero escribe: "Afirmamos que la felicidad se hace en esta tierra, que pertenece al hombre entero por el hombre entero y que el arte es una meditación de la vida, no de la muerte". El segundo es el de la contingencia del tiempo:"Los libros que pasan de una época a otra son libros muertos. Tuvieron, en otro tiempo, otro gusto, violento y vivo. Habría que haber leído el Emilio o las Cartas persas cuando recién aparecieron". Si Sartre se hizo probolchevique, según BHL, fue por su profundo anticapitalismo. Espinozista convencido, sólo podría creer en el poder de la Reforma de las ideas que nunca deberían ser mercadería, pero sí un medio para transformar la realidad. Sartre se salvará de la contingencia, de la obsesión de la muerte, consagrando el poder absoluto del instante, tal como escribe en un curioso texto publicado en 1946 en la revista que fundó, Les Temps Modernes, y reproducido en el diario Le Monde, ahora, veinte años después de su muerte. Sartre escribe: "Usted enciende su pipa y es un absoluto, detesta las ostras y es otro absoluto, entra al partido comunista y también lo es. Que el mundo sea materia o espíritu, que Dios exista o no, que el juicio de los siglos por venir le sea favorable u hostil, nada impedirá haber amado apasionadamente un cuadro, una idea o una mujer y que este amor haya sido vivido día a día, vivido, deseado, asumido [...]. Es un hecho puro y nosotros también, en lo más profundo de la relatividad histórica y de nuestra insignificancia, somos absolutos, inimitables, incomparables y la elección de nosotros mismos es un absoluto".
En el mundo de la 'doxa' Este Sartre nos hace sentir ganas de leerlo de nuevo, considerar la idea de que todo texto se hace político en una época de géneros que se mezclan, de impureza en las disciplinas, una época en la cual lo político ya no está separado de la esfera privada (antes lo político se desarrollaba en los anfiteatros, en los partidos, ahora es en la casa), sino que cada persona, cada individuo se siente con derecho, y obligación, a opinar y a poseer por lo menos una opinión de lo que considera mejor para sí mismo, de la vida, el mundo, o de su relación con los demás. (Los escritores tienen aquí un nuevo reto: ya no son los gurús de nadie, aunque siempre estemos sedientos de líderes; cada vez más, el desafío es más grande..., en este mundo que debería formar a personas autónomas, capaces de pensar por sí mismas, el escritor tendrá que reinventar la idea de escribir, reinventar la idea de literatura.) Internet ha abierto las puertas a este mundo laberíntico y fascinante donde todos pensamos que, el mundo de la doxa, el mundo de la opinión. ¿Cómo no involucrarse en política si el reto actual en el mundo es político?, pero ¿cómo evitar que cada uno enarbole su verdad?, ¿cómo evitar el bloqueo del diálogo, la reflexión? Lo exigen los filósofos, desde los más posmodernos hasta los más ortodoxos, hay una exigencia ética, moral, de consenso. Quizá Sartre es recuperable como aquel hombre que reconoció y luchó con ideas propias contra el sufrimiento y el fracaso de la especie, vivió su época y la vivió con pasión, bebiendo hasta la última gota, ¡Sartre fue un optimista! Levantémoslo. |
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