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julio
- agosto 2000
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sin ficción Trabajar cansa, en el aniversario de Pavese En agosto se cumplen cincuenta años del suicidio de Cesare Pavese. Ésta es la delicada aportación de la escritora Mayra Montero último premio La sonrisa vertical por Púrpura profundo (Tusquets) a su recuerdo y homenaje. Me detuve frente al lugar donde estuvo alguna vez el Albergo Roma y musité estos versos: "Verrà la morte e avrà i tuoi occhi". Son unos versos que aprendí hace mucho. En verdad, me han estado acompañando durante la mayor parte de mi vida. Tenía yo justamente quince años cuando leí en español esa frase magnífica: "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos". No recuerdo el día exacto en que la leí, pero sí la época: era el verano del 68 y aquel libro de poemas de Cesare Pavese cayó en mis manos con el efecto de una piedra fabulosa. En aquel momento, no supe captar el significado atroz que tenían esas palabras. Pero sí me preocupé por buscar la versión italiana y aprenderme el verso en el idioma en que originalmente había sido escrito. Pura pedantería adolescente. Creo que supuse que eso me daba algún prestigio intelectual. No sabía una sola palabra de italiano, pero sabía decir esa frase enloquecida, y en cierto modo apasionada: "Verrà la morte e avrà i tuoi occhi". Meses más tarde supe que Cesare Pavese la había escrito en el año cincuenta, que fue el mismo año en que murió, y pertenece a su segundo libro de poemas. De modo que, animada por ese libro, me decidí a buscar el primero: Lavorare stanca, que se tradujo textualmente al español: Trabajar cansa. No se refiere Pavese, como pensé en un principio, al trabajo del músculo ni al del cerebro. Se refiere, me parece, a una suerte de trabajo de vida, o de trabajo del alma, que es la jornada más agotadora. Cierto que el personaje principal de ese poema tiene las manos endurecidas. Pero Pavese, que era un tipo sensible, sabía que las manos endurecidas, por sí solas, no son motivo de cansancio. El cansancio llega de otro lugar y de otro modo, es como un olor, como una pena que le entra a uno por la nariz y se le queda pegada de los huesos. Es muy fácil, por ejemplo, contraer esa clase de cansancio en una ciudad como Turín, que es mágica tirando a oscura, y está embrujada, toda embrujada, puedo jurarlo. En ella no nació, pero sí vivió Pavese durante casi toda su vida. En otras ocasiones, yo había pasado por el lugar donde estuvo el Albergo Roma, que hoy se llama Albergo Génova. Pero siempre lo hice acompañada de otra gente, y nunca me detuve un rato demasiado largo. Esta vez, en cambio, me topé casi sin querer con ese hotel, que queda a pocos metros de la estación de trenes. Cesare Pavese le había dicho a los amigos que iba a dar un viaje, y presumiblemente era sincero. De pie, frente al vestíbulo de ese Albergo maldito, me obligué a reconstruir la escena como un pequeño homenaje, una tortura que me complacía. Era el 26 de agosto de 1950 y él se dirigió a la estación. De verdad que pensaba viajar, alejarse unos días, despegarse del influjo de Turín, diablo de ciudad, tan hermosa y tan apenumbrada. Lo que pasó fue que al entrar en la estación sintió que le agobiaban las voces de los viajeros y el resoplido de los trenes que esperaban por el pasaje. Dio media vuelta y caminó desorientado por entre las columnas, tuvo la tentación de volver a su casa, pero de repente vio el letrero: Albergo Roma, entró sin pensarlo dos veces y pidió una habitación con teléfono, un lujo póstumo que ya en el cielo no podría permitirse. Desde la puerta de ese Albergo, en estos días, he visto a los huéspedes entrar y salir, con cara de no tener la menor idea de que Cesare Pavese fue sacado de allí sin una gota de vida, pero también sin gota de cansancio. Poco antes hizo un montón de llamadas (algunos biógrafos aseguran que llamó a varias mujeres), pero ninguna lo quiso acompañar. De modo que abrió tres o cuatro frascos de pastillas, y se las fue tragando como si tragara pastillitas de violeta. En Turín se especializan en esos dulces aromáticos, que vienen fabricando con la misma receta y bajo el mismo nombre, Leone, desde hace un par de siglos. También fabrican pastillitas de ruibarbo y menta, y unas bolitas elementales y amorosas que llaman Principe di Napoli. Teniendo a la mano tantos caramelos encantadores, Pavese se empeñó en atiborrarse de barbitúricos. Al morir, contaba apenas cuarenta y dos años, había escrito novelas y cuentos, y una bonita tesis sobre Walt Whitman. Tradujo al italiano a importantes autores norteamericanos. Se enamoró de una mujer que tenía la voz ronca. Sufrió de asma; pasó un año en prisión; atravesó la guerra. Pero sobre todo, se sentó a una mesa, con la cabeza entre las manos, y concibió ese verso magnífico: "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos". Yo lo repetí mirando hacia las ventanitas del Albergo Roma (hoy Génova). Y me sentí agradecida de Pavese. Sin ese poema suyo hay una parte en mí, una especie de bruma y comprensión, que no habría sido igual. En el número 69 de la Piazza Carlo Felice venden pastillas de violeta, las mejores de toda la ciudad. El negocio es atendido por un viejito que pienso que en agosto del año cincuenta estaba allí, mucho más joven, claro, pero envolviendo los mismos dulces. Me agrada pensar que ese viejito vio pasar a Pavese y lo siguió con la mirada. Y me agrada mucho más sentir que esa mirada que se posó en Pavese se posa suavemente en mí. La muerte va y viene, y para cada cual tiene los ojos del otro. |
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